Castillos de arena (Hijos del desierto nº 2) Capítulo Veintiséis
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Capítulo Veintiséis

Más tarde esa noche, una vez terminada la cena, todos se acomodaron en la sala de estar con el estéreo sonando de fondo y un fuego encendido en la chimenea.

Los tres hijos de Jauhara recogieron la cocina rápidamente con una eficiencia sorprendente y de buen humor, sin las peleas ni quejas que solían armar los jóvenes del clan McGinnis cuando les tocaba fregar.

Después subieron a ver la televisión en la habitación sobre el garaje, la antigua habitación de Tanya que ahora le habían asignado a Elyse; Jauhara y sus dos hijas, Samra y Amal, ocupaban el gran dormitorio de la planta baja que había sido de Bennett, y el chico, Farid, junto con la criada y el conductor, dormirían en grandes colchones inflables en el solárium.

.. que ya no era un gimnasio, observó Tanya.

Se sintió algo aliviada de que ni Elyse ni Jauhara sacaran el tema de su relación.

.. o la falta de ella... con Bennett. Agradecía su discreción, aunque sospechaba que Sarah tenía algo que ver.

Podía ver la viva curiosidad en la mirada de Jauhara, y un par de veces abrió la boca como para hablar, pero Sarah o Elyse la frenaron con el ceño fruncido.

Tanya no le quitaba ojo a Sarah a medida que avanzaba la noche.

Su amiga parecía cansada, pero a gusto, relajada entre los brazos de Khalid.

De vez en cuando, su abultado vientre se ondulaba cuando el bebé se movía.

En un momento, Khalid se inclinó y le susurró algo al oído, pero ella frunció el ceño y negó vigorosamente con la cabeza.

Era evidente que Sarah quería disfrutar de la reunión familiar todo lo posible.

Al cabo de un rato, Tanya se levantó para echar un tronco al fuego. Khalid también hizo ademán de levantarse, y Jauhara se puso en pie con gracia.

—Voy a preparar té.

—Gracias a Dios —rezó Tanya para sus adentros.

Todos se rieron. Jauhara le dedicó una sonrisa que le marcaba los hoyuelos.

—Si tengo un enemigo, lo traigo a beber el té de Khalid y ya no tengo nada que temer —dijo con un deje de humor en la voz.

Khalid se limitó a reírse entre dientes y estrechó a su esposa entre sus brazos mientras la familia se burlaba de él.

Jauhara le sonrió a Sarah. —¿Y zumo para ti?

Sin esperar respuesta, desapareció en la cocina.

Alguien llamó a la puerta y Khalid miró el reloj con el ceño fruncido. Pasaban de las once.

Tanya se levantó de un salto y le hizo señas para que no se moviera; no quería que tuviera que levantarse estando él y Sarah tan cómodos en el sofá. —Ya voy yo.

Al abrir la pesada puerta de roble, apenas pudo reprimir un grito ahogado cuando la luz del porche iluminó al hombre que tenía delante.

Su rostro estaba cubierto de cicatrices, como algo salido de una pesadilla.

.. «El Fantasma de la Ópera» le vino al instante a la cabeza, mientras su cerebro iba haciendo la conexión poco a poco.

Dios mío. Este... este tenía que ser Saiid.

El marido de Jauhara, a quien ella creía. .. a quien casi todos creían... muerto.

Cuando él cruzó el umbral, Tanya se aferró al pomo de la puerta y miró a su alrededor con aprensión. Khalid se estaba levantando del sofá, lívido. Dio un paso apresurado hacia delante justo cuando Elyse ahogaba un grito.

El sonido de cristales rotos atrajo todas las miradas hacia el fondo de la casa.

Jauhara estaba en el umbral de la cocina; un charco de zumo de naranja se extendía sobre el mármol y los fragmentos de vidrio brillaban a sus pies.

—Saiid —susurró—. Dios mío, ¡es Saiid!

Tanya agarró la muñeca del hombre cuando este retrocedió tambaleándose, con el rostro ceniciento.

—Ah, no, de eso nada. —Lo arrastró hacia dentro y cerró la puerta de un portazo justo cuando Jauhara se lanzaba a los brazos de su marido.

—¡Vivo! ¡Estás vivo, Saiid! —sollozó Jauhara mientras lo abrazaba. Le tomó el rostro entre las manos y lo besó una y otra vez. Durante todo ese tiempo, Saiid permaneció inmóvil, aunque en sus ojos, que miraban desde aquel rostro destrozado, había una agonía infinita.

En la sala, los rostros reflejaban distintos grados de conmoción y horror. Sarah se había levantado con esfuerzo para ponerse junto a su marido y le agarraba la mano con fuerza, como si quisiera protegerlo. La cosa se había puesto fea de verdad, decidió Tanya.

Jauhara se apartó un poco y miró fijamente a su marido. Tanya, que observaba la escena, pensó que ella parecía no reparar siquiera en las cicatrices que lo desfiguraban.

—Saiid, habibti, mi amor. Pensamos que estabas muerto... tantos años.

Se detuvo en seco al mirar los rostros a su alrededor.

El dolor y la culpa de Khalid eran evidentes; tenía la boca apretada en una línea tensa mientras miraba a Saiid con rabia contenida.

Incrédula, Jauhara clavó la mirada en su hermano, luego en el hombre silencioso que tenía delante, y volvió a mirar a su hermano mayor.

—¿Tú sabías? —Su voz tembló y se quebró—. ¿Sabías que estaba vivo? ¿Todo este tiempo, lo sabías, y no me lo dijiste?

—Jauhara...

Dejó caer los brazos y se apartó de Saiid. Miró a su marido; sus labios suaves temblaban.

—Me dejaste creer que estabas muerto. —Pareció replegarse, encerrarse en sí misma—. Tú... ya no me querías.

Con un grito quebrado, se dio la vuelta y salió corriendo de la habitación.

—Maldito seas. —Los ojos de Khalid fulminaban a su cuñado; tenía el rostro crispado—. Que te condenes al infierno por lo que nos has hecho.

—No lo sabía —dijo Saiid por primera vez—. No sabía que ella estaba aquí.

—¡Te dije que te mantuvieras alejado! ¿No te bastó con romperle el corazón una vez? Y ahora vienes a hacerle más daño.

Tanya captó la mirada de Elyse.

—Voy tras Jauhara —articuló en silencio.

Elyse asintió, comprendiendo, y Tanya salió de la habitación. Saiid contemplaba con expresión desolada el umbral vacío por el que había huido Jauhara; luego se volvió.

—Me iré —murmuró.

La ira y el resentimiento de Khalid se avivaron aún más. Avanzó hacia él y lo agarró del brazo.

—¡No, de eso nada! —Empujó a su cuñado hacia una silla—. Te vas a quedar aquí hasta que vuelva Jauhara, y vamos a acabar con esto de una vez por todas.

Elyse por fin logró hablar.

—¿Sabías que estaba vivo? —le preguntó a su hijo mayor.

—Sí.

—¡No puedo creer que lo supieras y nunca nos dijeras nada! —Sus ojos verdes centellearon con reproche—. ¿Cuánto tiempo?

Khalid se dejó caer pesadamente en el sofá y atrajo a Sarah de nuevo a su lado.

—Años —se pasó las manos por la cara, con voz cansada—. Desde el principio. Lo encontré en un hospital, después de la guerra.

Ella parecía dispuesta a despellejarlo vivo. —Deberías habérnoslo dicho.

—Cuando volví al hospital, se había ido. Por lo que yo sabía, podía estar muerto. Seguí buscando, pero no volví a encontrarlo hasta años después.

Su madre no se apaciguó en lo más mínimo. Su voz rezumaba furia.

—Deberías habérnoslo dicho entonces. ¿Cómo pudiste guardar silencio? ¡Dejarnos creer que Saiid estaba muerto, y de esa manera!

—¡No fue culpa de Khalid! —Sarah saltó en defensa de su marido—. Saiid lo puso en una posición imposible.

Elyse giró la cabeza bruscamente y fulminó a Sarah con la mirada. Estaba visiblemente conmocionada y blanca de furia. Khalid no recordaba haber visto jamás a su madre tan enfadada.

—Debería habérnoslo dicho de inmediato. ¡No puedo creer que lo supiera y no dijera nada! Dios mío, ¡doce años! Sabiendo lo que Jauhara ha sufrido todos estos años...

—Me divorcié de ella.

Elyse se interrumpió a mitad de frase para mirar fijamente a Saiid.

—¿Qué? —preguntó con un hilo de voz.

—Me divorcié de Jauhara —Saiid escupió las palabras como si le dolieran. Quizás así era, pensó Khalid—. Por eso no os lo dijo.

—Pero... ¿por qué? —susurró Elyse, que de pronto aparentaba todos y cada uno de sus años—. Ella te ama. Tú la amas. Siempre la has amado.

—Por supuesto que la amo —estalló Saiid. Se señaló a sí mismo, el rostro lleno de cicatrices crispado de ira—. ¡Mírame! ¡Mírame la cara! Me destrozaron la pierna, nunca volveré a caminar bien. Y mi mano... casi inútil. Yo soy inútil.

—Jauhara... —la voz se le quebró en un sollozo. Se dio la vuelta y se cubrió los ojos con la mano buena.

—Jauhara es hermosa —susurró con voz ronca—. Tan hermosa, tan cariñosa. Se merece algo mejor.

—¿Así que te divorciaste de ella? —Elyse se recompuso, alzando la voz con incredulidad—. ¿Te divorciaste de ella porque se merecía algo mejor que tener a su marido vivo y a su lado?

Saiid alzó la vista sobresaltado.

—N-no... —tartamudeó—. ¡No, no! Ella me creía muerto. Pensé que encontraría a alguien, un buen hombre... uno que estuviera entero, que pudiera hacerla feliz. Se volvería a casar creyéndose libre. No quería que viviera en pecado.

Khalid suspiró para sus adentros. Dios, menudo desastre.

Tras una rápida búsqueda por la planta baja sin dar con Jauhara, Tanya frunció el ceño preocupada.

No se habría marchado, no con sus hijos arriba.

Abrió la puerta corredera del patio en silencio y salió al sendero de gravilla.

Allí, junto a la fuente ornamental, Jauhara estaba arrodillada, llorando desconsoladamente entre grandes sollozos entrecortados.

Tanya se acercó con verdadera aprensión.

No la conocía; acababa de conocer esa misma tarde a aquella hermana mayor de Bennett.

Por acostumbrada que estuviera a tratar con personas heridas, mutiladas y desfiguradas, y también con sus familias, aquella situación la superaba con creces.

Que Saiid estuviera allí y la verdad hubiera salido a la luz no garantizaba necesariamente un final feliz.

En cuanto al divorcio, ni de broma iba a tocar ese tema.

Eso le tocaba contárselo a Saiid... siempre que sobreviviera intacto a aquella noche, lo cual parecía dudoso en ese momento.

Tanto Khalid como Elyse parecían dispuestos a despedazarle lo que le quedaba de miembros útiles.