Castillos de arena (Hijos del desierto nº 2) Capítulo Veinticinco
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Capítulo Veinticinco

El teléfono sonó y Tanya se dio la vuelta boca abajo para hundir la cara bajo la almohada. Pero el molesto ruido no cesaba, así que al final alargó la mano, agarró el auricular y se lo llevó bajo las mantas.

—¿Qué? —murmuró.

—Buenos días —la voz de Sarah sonaba risueña—. ¿Qué vas a hacer hoy?

Soltó un largo bostezo.

—Dormir hasta tarde.

—Duerme hasta tarde mañana —sugirió Sarah—. Necesito tu ayuda.

Tanya suspiró y se incorporó. Al instante se estremeció y tiró del edredón de plumas para subírselo hasta el cuello.

El sur de California llevaba una semana atrapado en una ola de frío inusual, lo que no le venía mal, porque se había estado preparando mentalmente para el clima invernal de Kentucky, adonde iría en Acción de Gracias.

Tenía la sensación de que nada en su vida —habiendo crecido en Phoenix y luego en el sur de California— la había preparado para un invierno de verdad como los del este.

Se acurrucó bajo el edredón con el teléfono en la mano.

—¿Qué pasa? —reprimió un bostezo.

—Elyse y Jauhara vienen —le dijo Sarah—.

Van a quedarse con nosotros y ayudar hasta que nazca el bebé.

Quiero terminar de pintar la habitación del bebé antes de que lleguen, pero Khalid tiene un grupo de estudiantes que llegan hoy de Taqara para el nuevo trimestre, y le dio un ataque cuando sugerí hacerlo yo sola.

—¡No, eso ni se te ocurra! —Tanya ya estaba completamente despierta—. ¡Sabes que no debes subirte a una escalera!

—Sí, lo sé —la voz de Sarah denotaba una paciencia divertida—.

Y no pienso hacerlo. Pero de verdad quiero tener la habitación terminada antes de que lleguen, Tanya.

También compramos una cenefa de papel muy bonita.

La cuna ya está montada y todo listo para colocarlo en la habitación, si conseguimos terminar de pintar.

Tanya miró el reloj y reprimió un gemido. Eran las ocho y cuarto.

—Vale. Estaré allí en media hora. Pero tenme preparado un té caliente.

—Lo tendré. Ah, y quédate a cenar también... Fatima y Andy estuvieron anoche, y Fatima nos dejó una olla enorme de biryani con pollo.

—¡Cuenta con ello! —el biryani de Fatima, un plato de arroz especiado, era un manjar que no había que perderse.

De camino al baño, Tanya frunció el ceño al ver las ojeras que tenía.

Otra vez había tenido problemas para conciliar el sueño y se había pasado la noche dando vueltas hasta las tantas.

Echarse agua fría en la cara no le quitó mucho las ojeras, pero se sintió más despierta y capaz de afrontar el día.

Para activar la circulación se dio una ducha rápida y luego rebuscó en el armario.

Pintar... hmmm. Tenía una vieja camisa de campamento que había conseguido un verano cuando ayudó a una anciana con la jardinería.

Se la puso con unos vaqueros. Si iba a quedarse a cenar, más le valía llevar algo para cambiarse, así que metió otra muda en un bolso.

Se echó un último vistazo en el espejo. Con el color vivo de la camisa compitiendo con su pelo rojo, las ojeras no se notaban tanto, decidió.

Quince minutos después, Sarah le echó un vistazo y negó con la cabeza.

—¡Tienes una cara horrible!

«Pues vaya», pensó Tanya con ironía.

—No pude dormirme hasta las tantas —explicó.

Sarah no se dejó engañar.

—¿Otra vez?

—Madre mía, ¿es que una no puede tener intimidad? —refunfuñó Tanya, y Sarah se rio.

—Aquí no, bonita —Sarah la tomó del brazo y la llevó a la cocina—. Ojalá vinieras más a menudo. Me da pena pensarte sola en casa, pasándolo mal.

—Para serte sincera, estoy más enfadada que dolida.

Sarah pareció sorprendida.

—Qué curioso —reflexionó—. A mí nunca se me ocurrió enfadarme cuando Khalid se fue, y eso que pensaba que iba a casarse con Magda. Nunca se me pasó por la cabeza estar enfadada. Sentía tanto dolor que no veía cómo iba a poder vivir sin él.

Tanya suspiró.

—También hay de eso —admitió.

Se quitó la chaqueta y la colgó en el respaldo de una silla. Tomó agradecida la taza de té que Sarah le tendía e inspiró su cálida fragancia. Bebió con cuidado.

—Mmm, qué rico —se sentó en un taburete junto a la encimera—. Entonces, ¿cuándo llegan? ¿Es solo una visita rápida?

—Ahora están en San Francisco, con Nadia. Piensan venir en coche mañana y quedarse una temporada para ayudarme con la casa hasta que nazca el bebé, y también después. Jauhara trae a sus tres hijos y a su empleada, así que esto va a ser bastante movido, pero será estupendo tenerlas aquí.

¡Ay, tener una empleada para ella sola! La idea le resultaba completamente ajena, pero los Al Mansour lo daban por sentado.

Por lo visto, las empleadas y los chóferes eran lo normal en Taqara y en los demás países petroleros de Oriente Medio.

Si se hubiera casado con Bennett... Apartó ese pensamiento.

—¿Qué edad tienen los niños? —preguntó, más por distraerse de pensar en Bennett que por verdadera curiosidad.

Sarah frunció el ceño.

—No estoy segura... la pequeña tiene solo doce años. Jauhara estaba embarazada de ella cuando Khalid los sacó de Khobeira durante la guerra... así que los otros tendrán unos trece y quince, si no recuerdo mal.

—Entonces, si vienen a ayudarte, ¿por qué tanta prisa por terminar el cuarto del bebé?

Sarah puso cara de culpabilidad.

—Eso mismo dijo Khalid. No teníamos prisa porque todavía falta un mes para que nazca el bebé, pero cuando llamaron ayer y nos dijeron que venían.

.. —hizo una pausa y se mordió el labio, con una expresión inusualmente ansiosa en los ojos—.

¡Ay, Tanya! ¡Son mi suegra y mi cuñada! De verdad que quiero tener el cuarto del bebé completamente terminado antes de que lleguen, para que puedan verlo todo listo. Ya sé que es una tontería.

—¡No es una tontería! —declaró Tanya—. Si fuera mi madre... o mi suegra... yo también querría que estuviera todo hecho.

Sarah le sonrió y la expresión ansiosa desapareció. —¡Pues manos a la obra!

Durante dos horas pintaron en perfecta armonía: Sarah se encargó de las secciones inferiores mientras Tanya pintaba las paredes superiores y los zócalos.

—De ninguna manera vas a ponerte de rodillas para hacer esto —le dijo a Sarah con firmeza.

Su amiga se rio. —¡No pienso discutir! Además, necesitarías una grúa para volver a ponerme de pie.

La pintura era al agua y de secado rápido, así que bajaron a almorzar mientras terminaba de secarse.

—¿Qué vamos a comer? —preguntó Tanya, lavándose los dedos manchados de azul Wedgwood en el fregadero de la cocina—. Espero que el médico acierte y sea niño, por cierto.

—Yo también. ¿Y qué tal unos sándwiches de queso a la plancha? —Sarah tenía la puerta del frigorífico abierta y examinaba su contenido—. ¿No podríamos pillar un poco de biryani a escondidas?

—No, a menos que valores tu vida —se rio Tanya—. Khalid se pondría hecho una furia. ¿Ya has aprendido a hacerlo?

—No, todavía dependemos de Fatima para nuestra dosis de biryani. —Miró a Tanya esperanzada—. Aunque tenemos espárragos frescos.

—¿Ah, sí? —Tanya se levantó y fue a asomarse al frigorífico por encima del hombro de su amiga—. ¿Tienes nata?

—Siempre.

—¿Mantequilla?

—Ajá.

—Vale, apártate. —Tanya abrió la puerta de par en par—. Sopa de espárragos en camino.

Una hora más tarde, Sarah apartó la silla de la mesa. —¡Uf! Estoy repleta, como diría mi madre, tan fina ella. Tanya, tu crema de espárragos es pecaminosa. Creo que he engordado dos kilos.

Tanya pensó que Sarah parecía cansada. Habían trabajado muchísimo esa mañana, y estaba de casi ocho meses.

—¿Por qué no te tumbas un rato mientras yo recojo todo esto? —sugirió—. Cuando hayas descansado, podemos poner la cenefa en el cuarto del bebé.

Conteniendo un bostezo, Sarah la miró agradecida. —¿Segura de que no te importa?

—Para nada. Has estado de pie toda la mañana; necesitas descansar.

—Vale. —Se levantó y se dirigió al salón—. Creo que me tumbaré en el sofá. No me apetece arrastrarme escaleras arriba, estoy llenísima.

Tanya había ido lavando la mayoría de las cosas mientras cocinaba, así que no quedaba mucho que limpiar aparte de los cuencos, los platos y la sartén de los sándwiches. Tapó la olla de la sopa y la apartó hacia el fondo de la cocina; ya la pasaría a un recipiente cuando se hubiera enfriado más.

Al salir de la cocina, encontró a Sarah profundamente dormida en el sofá del salón. Sin hacer ruido, sacudió la manta que estaba doblada a los pies del sofá y la extendió sobre ella, y luego subió las escaleras con sigilo.

Para cuando Sarah se despertó abajo, Tanya había terminado de poner la cenefa alrededor de los zócalos. Cogió un poco de la pintura azul más oscura que habían usado para los detalles y pintó un pequeño diseño caprichoso alrededor del marco de la puerta.

—¿Tanya? —Sarah apareció en la puerta justo cuando estaba dando los últimos toques—. ¡Oh, qué bonito ha quedado!

—Mmm-hmmm. —Tanya se apartó un rizo de la cara con el dorso de la mano—. Me encanta el estampado que elegiste para la cenefa. Pero no he podido poner la de arriba sola; necesito que me sujetes el rollo.

Les llevó casi una hora poner la cenefa superior alrededor de toda la habitación. Sin duda había merecido la pena, pensó Tanya, contemplando el resultado con satisfacción. Los ojos de Sarah brillaban mientras recorría la habitación con la mirada.

—Metamos los muebles ya —la apremió.

Su entusiasmo era contagioso, y cruzaron juntas el pasillo hacia el antiguo dormitorio de Tanya.

La cuna tenía ruedas, por supuesto, y entre las dos empujaron la cómoda alta hasta el cuarto del bebé.

El cambiador era de plástico, formado por cubos de colores vivos que contenían pañales, toallitas, mantas y otros artículos para bebés.

Había también una vieja mecedora de arce que Sarah había encontrado en una tienda de segunda mano del centro y que había restaurado ella misma en el garaje, y un gran baúl para juguetes con tapa abatible que servía también de banco.

Cuando terminaron de colocar todo en su sitio, Tanya se sorprendió al ver lágrimas en los ojos de Sarah.

—¿Qué pasa? —preguntó alarmada.