Castillos de arena (Hijos del desierto nº 2) Capítulo veinticuatro
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Capítulo veinticuatro

—Así que ahí estaba yo, aferrado a este caballo enloquecido de miedo, con este perro engendro del demonio rugiendo como un oso pardo enfurecido…

y que, por cierto, probablemente era mucho más pequeño de lo que lo recuerdo, que en mi memoria era más o menos del tamaño de un oso pardo también.

No había adónde ir. El perro estaba delante de nosotros, y déjame decirte: ¡odiaba a los caballos!

La montaña se elevaba en vertical a mi derecha y caía en picado, probablemente unos treinta metros como mínimo, a mi izquierda.

Desde el estribo, podía ver el fondo del valle bajo mi pie.

El sendero era tan estrecho, pegado a la ladera de la montaña, que no había espacio para dar la vuelta.

La otra guía, que iba delante de mí, ya había sido derribada y su caballo huía de vuelta al rancho a toda velocidad.

Tanya lo miró fijamente desde el otro lado de la mesa, con el tenedor lleno de ensalada detenido a medio camino de la boca.

—¡Dios mío! ¿Qué pasó? ¿A ti también te tiró?

Christopher, su cita de esa noche, hizo una mueca de dolor.

—Nada tan ignominioso… aunque igual de humillante.

Para ser sincero, el caballo estaba en tal estado de pánico que temía que se lanzara por el borde del precipicio y me arrastrara con él.

No es que lo culpe, pero me pareció que estaría más seguro si me bajaba que si me quedaba encima para comprobarlo, así que me tiré.

Estoy entrenado para caer, por supuesto, así que justo cuando se encabritó de nuevo me solté, me encogí y rodé al aterrizar.

Eso debería haber funcionado perfectamente —recalcó, con una mueca—.

Tuve la mala suerte de aterrizar sobre un trozo de roca que sobresalía del sendero y me rompí la muñeca izquierda.

Además, mi caballo logró dar un giro de ciento ochenta grados en el aire y salió disparado montaña abajo…

y su casco me dio en la otra mano mientras se largaba de allí.

Levantó la mano derecha, y Tanya observó la hendidura cicatrizada… exactamente del tamaño y la forma del borde de una herradura… con una especie de asombro respetuoso.

—Para entonces, el dueño del perro había llegado e intentaba controlar al animal.

Yo estaba tirado en el suelo con las dos manos inútiles.

Ninguna funcionaba y ambas estaban tan hinchadas que no podíamos saber qué estaba roto.

Ese maldito perro no se callaba, y la otra guía revoloteaba a mi alrededor preguntándome una y otra vez si estaba herido.

Y mientras tanto, estábamos en la montaña, a kilómetros de cualquier parte.

—Eso suena a locura —le dijo Tanya, tan fascinada que apenas podía respirar.

—Desde luego que lo fue —asintió Christopher con una sonrisa, los dientes blancos destacando contra la piel bronceada.

Dio un sorbo a la copa de vino antes de continuar—.

Muy abajo, al pie de la montaña, veíamos al dueño del rancho cabalgando.

No tenía ni idea, por supuesto, de lo que estaba pasando.

Así que Susan, la otra guía, empezó a intentar llamarlo, pero tenía una de esas voces agudas y diminutas que no se proyectan más de medio metro.

Lo que hacía falta era un buen bramido, y ahí estaba yo todavía revolcándome en el suelo y jadeando de dolor, mientras el dueño del perro se dedicaba a regañar al animal.

—¿Y qué pasó? —lo apremió ella.

—Pues justo entonces mi caballo bajó disparado por la montaña y pasó volando junto al dueño en una nube de polvo.

Robert levantó la vista, nos vio y subió directo hacia nosotros.

Terminé bajando la montaña a pie, con Robert a un lado y Susan —que por suerte no se había hecho daño cuando la tiraron— al otro, cada uno sujetándome un brazo roto.

Desde el rancho llamaron a una ambulancia y me llevaron al hospital.

La muñeca izquierda estaba rota por la caída, pero resultó que la patada en la mano derecha no había roto nada, aunque sí había dislocado todos los huesos.

Para cuando me habían dado suficientes calmantes como para poder recolocarme los huesos, mi madre ya estaba allí.

No recuerdo que el médico me encajara los huesos en su sitio, pero sí recuerdo a mi madre poniéndose de un tono de verde muy interesante mientras miraba.

Tanya soltó una carcajada.

—Gracias a Dios por los buenos calmantes, ¿eh?

Él asintió con fervor.

—¡Y que lo digas!

Justo entonces la camarera les trajo la cena, y reinó el silencio mientras se dedicaban a comer.

Tanya miró de reojo a su acompañante; la luz de la vela protegida por el cristal sobre la mesa parpadeaba sobre las líneas clásicas de su rostro.

Era uno de los hombres más guapos que había conocido.

Era todo dorado… no llamativo como un rubio resplandeciente, sino más suave, más apagado, como oro antiguo.

Con la constitución esbelta del surfista empedernido, tenía la piel suavemente bronceada por las horas pasadas al aire libre.

El cabello, castaño claro y rizado, era casi del mismo tono que la piel, mientras que los ojos eran de un ámbar brillante, como un buen coñac.

Había inteligencia en esos ojos, y un cálido brillo de interés cuando la miraba que la hacía suspirar para sus adentros.

¿Por qué, se preguntó, no conseguía interesarse más por él?

Había conocido a Christopher la semana anterior, cuando él estaba terminando su última sesión de fisioterapia en la clínica de rehabilitación en la que ella había empezado a trabajar.

Era instructor de kárate en un dojo no muy lejos de la clínica, y habían hablado de varias formas de kárate y defensa personal.

Ella le había contado cómo había empezado a aprender defensa personal en la universidad, cuando Lisa era su compañera de cuarto.

Aquella conversación había terminado con él invitándola a cenar a este elegante asador en la parte alta de State Street, en Santa Bárbara.

Ella había dudado en aceptar, pero él la había tentado con la promesa de contarle todos los detalles del enfrentamiento entre caballo y perro que lo había llevado a fisioterapia.

—Te toca a ti —le dijo—. Cuéntame algo que te haya pasado.

Ella se mordió el interior de la mejilla mientras pensaba en algo que hubiera hecho que pudiera igualar el dramático relato de su aventura en la montaña.

—¡Ah! —Le sonrió—. Ya lo tengo. Vale, cuando estaba en la universidad me gustaba hacer senderismo en el desierto por las tardes, justo al atardecer, ¿sabes?

Esto fue en Phoenix. Hacía demasiado calor para hacer senderismo de día, pero justo después de ponerse el sol y antes de que oscureciera del todo, era genial.

Así que voy caminando por un barranco una tarde.

Las paredes eran empinadas, algo rocosas, y yo me mantenía en el centro del barranco, porque a las serpientes les gusta esconderse bajo las rocas cuando hace calor.

Oí un ruido extraño detrás de mí, me doy la vuelta y veo a este pecarí asomando de detrás de unos arbustos.

Más o menos al mismo tiempo, él me ve a mí.

Debía de estar ya de mal humor, o agresivo o lo que fuera, porque te digo que no dudó ni un instante en pasar del trote a la carga.

Tragó saliva, reviviendo aquel momento.

—Incluso en medio del estrés, recuerdo haberme sorprendido de que sus colmillos no fueran largos y curvos como había pensado que serían.

Pero tío, esas cosas estaban afiladas como navajas.

Corrí hacia la pared del barranco y como que me lancé sobre unas rocas.

Logré trepar fuera de su alcance justo a tiempo.

Y cuando digo justo a tiempo, es justo a tiempo.

Podía sentir su aliento en el pie mientras lo subía para que no pudiera alcanzarlo.

—Creo que tu historia supera a la mía —concedió él—. ¿El jabalí no pudo subir hasta donde estabas en las rocas?

—No, pero yo tampoco podía bajar, y como estaba en una especie de saliente, no había forma de seguir subiendo hasta el borde del barranco y salir de allí. Me tuvo atrapada en esas rocas casi una hora, hasta que pasaron unos todoterrenos y lo ahuyentaron. Maldito cerdo —refunfuñó.

Los ojos castaños de Christopher brillaron divertidos.

—Sabes que en realidad no son cerdos, ¿verdad?

Tanya resopló.

—Ya. Google dice que son pecaríes, pero están como cabras. Por lo que a mí respecta, si parece un cerdo, resopla como un cerdo y tiene colmillos afilados como navajas, es un cerdo.

Él se echó a reír, y ella sonrió.

—Cuando llegué a casa, lo primero que hice fue freír una bandeja entera de beicon. ¡Toma esa, cerdo!

Él levantó su copa de vino. Ella hizo lo mismo y chocaron los bordes en un brindis.

—¡Por escapar por los pelos! —declaró él.

—¡Por escapar por los pelos! —repitió ella, y dio un sorbo a su vino.

Terminaron de cenar sin prisas, sin ninguna de esas conversaciones incómodas y entrecortadas típicas de las primeras citas.

Cuando salieron del restaurante, Christopher le puso la mano en la parte baja de la espalda mientras la guiaba hacia la salida, sujetándole la puerta para que pasara primero.

De camino al coche, en la parte trasera del aparcamiento, Tanya ensayó mentalmente lo que le diría para rechazarlo con delicadeza.

Le caía muy bien, pero no de la forma en que él claramente se sentía atraído por ella.

Sin embargo, cuando llegaron a su coche, descubrió que lo había subestimado.

Al girarse para mirarlo tras abrir la puerta, se encontró con su mirada firme. Aquellos ojos dorados reflejaban una mezcla de comprensión y pesar.

—No hay chispa, ¿verdad?

—Lo siento —dijo ella simplemente—. Todavía no estoy preparada para pasar página de... de mi última relación.

Él asintió, pero había tanta decepción en su mirada que ella se sintió terriblemente culpable.

—Son cosas que pasan.

Su expresión se iluminó, su sonrisa fácil regresó y sus ojos brillaron.

—Pero eso no significa que te libres de visitar el dojo. Ven como quedamos y enséñame lo que sabes. Veremos si podemos pulir esas áreas oxidadas, ¿de acuerdo?

Sintió una oleada de alivio, y él le cayó aún mejor.

—¡Hecho! Quedamos así.

Se despidió con un gesto y retrocedió, aunque se quedó esperando hasta asegurarse de que el coche arrancaba y ella salía de la plaza antes de dirigirse al suyo.

—¿Por quéééé? —se lamentó ante Sarah al día siguiente durante el almuerzo—.

¿Por qué no puedo estar interesada en Christopher?

Es guapísimo, es inteligente, es divertido y sabe mantener una conversación, y es muy, muy, muy majo.

O sea, súper majo. ¡Y le gusto! Debería estar totalmente interesada en él. Pero es que... no lo estoy.

Sarah parecía satisfecha, pero no respondió de inmediato; estaba demasiado ocupada con un bocado de lechuga, provolone rallado, salami y aceitunas negras picadas.

.. la famosa ensalada número 2 de Petrini, su restaurante italiano favorito.

Con un suspiro, Tanya probó su propia ensalada y gimió de placer ante la combinación de sabores.

—Dios mío, qué bueno está esto —dijo mientras cogía la botella del aliño italiano de la casa y se echaba un poco más en la ensalada—. Te juro que nunca me canso de esto por mucho que vengamos.

Sarah tragó su enorme bocado y la señaló con el tenedor.

—No estás interesada en él porque estás perdidamente enamorada de Bennett.

Tanya frunció el ceño y pinchó la ensalada.

—Sí, y mira de qué me ha servido.

—Míralo por el lado bueno —gorjeó Sarah con una alegría irritante—. Está siendo el héroe romántico por excelencia, dispuesto a renunciar a la mujer que ama a costa de su propia felicidad, para que ella sea feliz.

Tanya miró el vaso junto al plato de su amiga. Lo cogió y lo olisqueó con curiosidad.

—No le habrás pedido al camarero que te eche vino en lugar de té, ¿verdad?

—¡Por supuesto que no! —negó Sarah, indignada. Le quitó el vaso de las manos y fulminó a Tanya con la mirada—. Estoy embarazada, ¡jamás haría algo así!

—Pues es la única explicación que se me ocurre para que dijeras eso.

Sarah se echó a reír.

—Venga ya. Tienes que admitir que es romántico.

—En teoría —Tanya enfatizó la palabra—, lo admito. Quedaría genial en una novela. Pero es mi vida, no una novela, y no tiene ninguna gracia que te dejen sola por un... un... noble gesto de sacrificio.

Sarah se rio entre dientes.

—¿Noble gesto de sacrificio? ¡Mira quién ha estado bebiendo!

—Además, las novelas románticas terminan con los dos juntos y felices para siempre. Ese es el quid de la cuestión.

Suspiró y clavó el tenedor en la ensalada. Fulminó al salami con la mirada como si tuviera la culpa.

—Por menos de nada me plantaba en Taqara a meterle algo de sentido común en esa cabezota suya, aunque noble.

Sarah la miró desde el otro lado de la mesa.

—¿Y por qué no lo haces? No, en serio, lo digo en serio. No es que no te quiera. Sabes que sí. Así que ve allí y escribe tu propio final feliz.

Tanya miró a su amiga, algo avergonzada.

—Bueno, la verdad es que lo he pensado. Incluso he buscado en internet información sobre el hospital de Al-Qalat, la capital de Taqara, y su departamento de rehabilitación.

Animada por la mirada de sorpresa y aprobación de Sarah, añadió:

—Hasta les pedí que me enviaran folletos y esas cosas.

—¡Eso es genial! —Sarah sonrió radiante—. ¡Me encanta que hayas hecho eso, Tanya! Creo que vas por buen camino. ¡De verdad que sí!

—Bueno, sí, pero tendría que dejar mi trabajo aquí, mi casa, solo por la remota posibilidad de que Bennett realmente me quiera.

Y ya puestos, ¿qué se supone que voy a hacer cuando llegue?

¿Mandarle un mensaje por Facebook diciéndole «oye, resulta que estoy por el barrio, ¿comemos juntos?

»? Es un riesgo enorme, Sarah. Al fin y al cabo, fue él quien me dejó a mí, no al revés.

Y no ha intentado ponerse en contacto conmigo desde que se fue, y ya han pasado un par de meses.

Si fuera allí detrás de él, sería como..

. bueno... —hizo una pausa, buscando la palabra adecuada—.

De acosadora —terminó, haciendo una mueca—.

¿Y si fuera al revés, y él fuera la mujer que dejó al hombre, y el hombre fuera tras él?

Ella. ¡Gah! Ya sabes lo que quiero decir.

—Sí, lo sé —Sarah frunció el ceño, pensativa—. Mira, vamos a darle vueltas. A lo mejor se nos ocurre algo.

—A lo mejor —repitió Tanya, sin mucha convicción.