Castillos de arena (Hijos del desierto nº 2) Capítulo Veintitrés
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Capítulo Veintitrés

Sin duda, decidió Tanya, venía de una familia enorme.

¡Nunca había imaginado que fuera posible tener tantos primos!

Y eso sin contar a los tíos abuelos y tías abuelas con sus respectivos cónyuges, por no hablar de los hijastros que aparecían aquí y allá.

Era asombroso cuántos parientes seguían viviendo en la zona, o al menos en el mismo condado.

Las raíces aquí parecían muy profundas. Supuso que menos mal que tantos seguían viviendo aquí, así alojar a la gente durante las fiestas no resultaba tan complicado.

.. al parecer, cada familia había ido acumulando con los años una reserva de camas plegables y, más recientemente, colchones hinchables para Navidad y las reuniones familiares de rigor.

El mundo de los caballos aquí era completamente distinto al de Santa Ynez; el establo de los McGinnis era un gran edificio antiguo de madera roja, con su correspondiente pajar.

Pero dentro, la atmósfera era la misma..

. caballos, caballos, caballos. Cabezadas y ronzales colgando ordenadamente junto a las puertas de los boxes, los ocupantes asomándose a mirar a quienes pasaban o comiendo tranquilamente de los pesebres de las esquinas.

Era un ambiente más íntimo y acogedor que la reluciente eficiencia del rancho Killarney.

Ni mejor ni peor, reflexionó Tanya, simplemente.

.. diferente. Aun así, el tío Morris la había montado en un Tennessee Walker para darle una clase de doma, lo cual había sido divertido.

Los Walkers eran enormes, la mayoría superaba los diecisiete palmos de alzada.

Se había sentido como una pulga sobre el lomo de aquella criatura montañosa, y descubrió que prefería los Arabia, más pequeños y delicados.

Había hecho muchos amigos entre la multitud de primos.

Algunos de los más jóvenes pensaban que era muy romántico que la hubieran encontrado en un contenedor de basura y la hubieran criado unos extraños, para que años después la descubriera su madre.

Podría haberlos sacado de su error, pero quería evitarle un disgusto a su madre.

No hacía falta que Mary supiera lo mal que lo había pasado de verdad, creciendo como había crecido.

Así que les dio la razón en que era romántico y se recreó en la parte del «reencuentro».

Mary colaboró, describiendo con todo lujo de detalles la recepción que le habían dispensado Bennett y Khalid en la puerta principal aquella primera noche.

Aquello pilló a Tanya por sorpresa, y escuchó con los ojos casi tan abiertos como los de sus primos.

—No me imagino cómo lo conseguiste —le dijo a su madre más tarde, a solas—. Khalid puede ser... bastante imponente cuando se pone en plan protector a tope.

—Lo sé —respondió Mary con sorna—. Yo estaba allí.

—Lo único que puedo decir es que menos mal que no eras la madre de Sarah, desaparecida hace años, la que llamó a la puerta esa noche.

Mary sonrió.

—Tu Bennett era igual de imponente, créeme. El hermano mayor podría haber llamado a la policía para que me echaran de su propiedad; creo que Bennett habría preferido matarme allí mismo antes que dejarme acercarme a ti. Fue gracias a Khalid, ¿sabes?, que Bennett me dejó pasar.

Tanya asintió.

—Khalid parece ser el ancla de la familia. Todos acuden a él, creo, cuando surge algo fuera de lo normal. Rara vez lo he visto descolocado o perder la calma. Da miedo cuando le pasa.

Mary le sonrió.

—Y supongo que Bennett es el bala perdida de la familia.

—Has acertado —Tanya sonrió, pensando en la sonrisa torcida de Bennett, en sus ojos verde mar con aquel brillo travieso siempre al acecho.

—Lo quieres mucho, ¿verdad? —la sonrisa de Mary era un poco melancólica.

Tanya asintió, con la mirada fija en las brasas parpadeantes de la gran chimenea de piedra.

Era casi medianoche; la mayoría de la familia se había acostado, y ella y su madre estaban solas en el amplio salón, con las tazas de chocolate en la mesita frente a ellas y el fuego consumiéndose lentamente.

—Nunca pensé que tendría a nadie —le dijo a su madre—.

Creía que era de esas personas destinadas a estar siempre solas.

Tenía toda mi vida planeada, mi carrera.

No pretendía enamorarme de él, simplemente.

.. pasó. Al principio pensé que lo nuestro nunca funcionaría.

Está atado a Taqara, ¿sabes?, por lazos de sangre.

Bennett jamás podría vivir en otro sitio, no de forma permanente.

Pero cuanto más lo quería, menos importancia tenía todo lo demás.

.. mis planes, lo que había pensado hacer con mi vida.

Tanya alargó la mano y entrelazó los dedos con los de su madre.

—No estaría renunciando a nada que me importara de verdad —dijo con vehemencia.

Era importante que Mary lo entendiera—. Convertí mi carrera en todo, porque creía que nunca podría tener a nadie.

.. un marido que me quisiera, hijos, una familia.

No porque no los deseara. Pero entonces me enamoré de Bennett y comprendí que podía tener la familia que siempre había anhelado con tanta desesperación.

Y... y entonces apareciste tú, y ahora es más difícil. .. elegir.

Los dedos de su madre le apretaron los suyos con suavidad.

—Pero tienes que elegirlo a él, ¿verdad?

Los ojos verdes irradiaban comprensión, y Tanya sintió una oleada de gratitud.

—Sí. Lo quiero.

—Bueno. No es que no vayas a volver nunca a Estados Unidos. Con su hermano afincado en California y sus padres yendo y viniendo del país, me da que vendrás por aquí de vez en cuando.

—Todos estos parientes —Mary hizo un gesto amplio con la mano libre, como abarcando a toda la familia—, muchos de los que viven dispersos por todo el país solo se ven una vez al año, cuando vienen a estas reuniones.

Yo misma rara vez estoy aquí, porque me paso la vida volando por todo el país, y a veces también hago vuelos internacionales.

—Solo sería cuestión de coordinar nuestros horarios cada vez que viniera —dijo Tanya, dándole vueltas—. Si viniéramos aquí para Acción de Gracias...

—Y cada vez que fueras a California a ver a Khalid y Sarah, yo podría pasarme unos días por Santa Bárbara —accedió su madre—. O si fueras a Nueva York con tu suegra, podríamos quedar todas allí.

—¡Mejor todavía! —Tanya empezaba a ver posibilidades reales—. Sarah también puede venir en avión, ¡y podemos ir de compras las cuatro!

Mary se rio.

—¡Nueva York no volverá a ser la misma!

Se puso seria de repente, con los ojos fijos en el rostro de Tanya.

—Querida niña, te mereces lo mejor, y eso es lo que quiero para ti.

Has hablado tan poco de cómo fue tu infancia que solo puedo suponer que fue dura.

Si hubieras sido feliz, lo habrías contado.

Si tu Bennett va a hacerte feliz, si te quiere tanto como tú a él, no dejes escapar esta oportunidad.

Yo lo hice una vez... dejé escapar a un hombre que me quería mucho porque tenía miedo de arriesgarme.

Fue unos años después... después de perderte.

Desde entonces me he arrepentido de no haber confiado en él por culpa de mis propias dudas.

No tengas miedo, niña. No tengas miedo de arriesgarte.

Si quieres a Bennett, haz lo que haga falta para estar con él.

El consejo de Mary le resonaba en la cabeza durante el largo vuelo de regreso.

Estaba deseando ver a Bennett, sentir sus brazos rodeándola.

Hablarían, se prometió. Hablarían esa misma noche.

Él la deseaba... de eso estaba tan segura como de estar respirando.

No habían hablado mucho de lo suyo desde que apareció Mary, lo cual no era tan sorprendente; ella había querido conocer a su madre, y Bennett se había mostrado increíblemente comprensivo.

De pronto se preguntó si él creía que eso cambiaba las cosas para ella.

.. la llegada de Mary a su vida. Quizá había guardado silencio porque se preguntaba si ella cambiaría de opinión sobre irse a vivir a Taqara.

No, eso era absurdo. Tal como estaban las cosas entre ellos, se daba por sentado que ella iría con él, aunque nunca lo hubieran hablado.

Tenía tantas ganas de ver a Bennett que fue un poco decepcionante bajar del avión y encontrarse a Sarah esperándola. No es que no se alegrara de ver a su amiga, claro.

Sarah la recibió con un abrazo cálido.

—¿Qué tal? ¡Estás estupenda!

Tanya sonrió.

—Y tú estás enorme. Te juro que has crecido desde la semana pasada.

—Ya lo sé —Sarah se acarició el vientre hinchado con ternura—. Además, no para de moverse ahí dentro.

Le cogió del brazo.

—Vamos a por tu equipaje y me lo cuentas todo.

Tenía ojeras, y Tanya pensó que el bebé no la dejaba dormir por las noches. Una vez en la furgoneta, saliendo del aparcamiento, Tanya no pudo contenerse más.

—¿Cómo está Bennett? ¿Está hoy en Santa Ynez?

La angustia de Sarah era evidente, igual que su vacilación al responder. A Tanya se le encogió el corazón.

—¿Está bien? No se habrá hecho daño, ¿verdad?

—No. Tanya... Bennett se ha ido.

¿Ido?

—¿Adónde?

—A Taqara.

—Oh.

Tanya intentó asimilarlo.

—¿Ha pasado algo en el rancho? ¿O con el negocio de Saiid?

—No. Ha vuelto a casa. Para siempre.

¿Había vuelto a casa sin decírselo? ¿Sin siquiera despedirse?

—No lo entiendo —susurró con un nudo en la garganta y el corazón en un puño.

Sarah negó con la cabeza.

—Yo tampoco lo entiendo del todo. Khalid dijo que Bennett no quería obligarte a elegir entre él y tu familia.

—¡No es cuestión de elegir entre nadie! —replicó Tanya, herida.

—Khalid intentó hacérselo ver. Le dijo —Sarah hizo una mueca— que estaba comportándose como un imbécil. Lo siento, Tanya. Por eso he venido sola, para decírtelo... porque sé lo que se siente.

Bennett se había ido. No estaría en casa para recibirla. Estaba a miles de kilómetros, en Taqara, y no volvería a verlo.

—¿Tanya? —los ojos de Sarah reflejaban preocupación.

—Estoy... bien. Supongo.

La verdad es que no sabía qué sentía. Apenas sentía nada. Todo aquello no parecía real.

—Esperaba llegar a casa antes de tener que decírtelo —dijo Sarah—. No te vengas abajo ahora, ¿vale?

—No lo haré.

Tanya miró por la ventana mientras las casas y los comercios desfilaban ante sus ojos.

¿Se había ido?

Pararon frente a la casa antes de que Tanya se diera cuenta. Salió del coche y estaba cogiendo la primera maleta cuando cayó en algo.

—Sarah, deberíamos haber ido primero a mi piso —dijo en voz alta.

Sarah ya estaba en la puerta, abriendo con la llave, y se volvió con gesto interrogante.

—Para dejar mi ropa. Tendré que volver con estas maletas para recoger las cosas que tengo aquí.

La expresión de Sarah se endureció.

—Esta noche no te mudas a ningún sitio, así que olvídalo. Quédate a cenar con nosotros y cuéntanos lo de Kentucky. Ya irás a casa mañana.

—Pero...

—Esta noche no te vas, y punto.

Sarah se acercó a la furgoneta y la cogió del brazo con firmeza, llevándola hacia la casa.

—Así que ni lo intentes.

—De acuerdo.

Tanya apartó a Bennett de su cabeza con determinación. No iba a pasarse la noche lamentándose ni dándose pena, ni a dejar que Khalid y Sarah la compadecieran. Que compadecieran a Bennett, pensó con rencor. El que salía perdiendo era él.

Aun así, fue difícil subir las escaleras más tarde, ver la habitación de Bennett frente a la suya, oscura y en silencio, sabiendo que él no estaba.

Se quedó despierta en la oscuridad, sin poder dormir.

El dolor la asaltaba por todas partes: los recuerdos de los momentos que habían pasado juntos se mezclaban con los sueños que había tenido de su futuro, viviendo con él en su granja de caballos en Taqara, teniendo hijos.

Pero poco a poco, bajo aquel dolor lacerante, empezó a crecer una pequeña semilla de rabia.

¡Bennett ni siquiera se lo había preguntado!

Simplemente había decidido qué era lo mejor para ella y se había largado.

No la merecía, al fin y al cabo... menudo imbécil.

Con este pensamiento reconfortante, cuando el sol empezaba a despuntar, por fin se quedó dormida.