Castillos de arena (Hijos del desierto nº 2) Capítulo Veintidós #2
83%

Capítulo Veintidós #2

—Aquí tiene que haber cien personas. La mayoría todavía vive en la zona, pero algunos están alojados en sus autocaravanas, y hay un montón de adolescentes acampando en unos establos vacíos del granero, y otros en el henil.

Tuvimos que alquilar el salón de la iglesia del pueblo para una gran cena familiar anoche.

.. resulta que era el ochenta cumpleaños de la bisabuela, por eso la gran reunión familiar.

Aparte de eso y del picnic del cuatro de julio, claro, cada uno se las apaña por su cuenta para las comidas.

A Bennett no le costaba tanto hacerse a la idea como a Tanya; las reuniones familiares en Taqara podían juntar fácilmente el doble de gente que la congregada en la granja McGinnis.

Aun así, disfrutó oyendo el relato de Tanya, y solo deseaba poder verle la cara mientras hablaba: le contó de las primas de su edad, de la bisabuela cuyo cumpleaños celebraban pero que vivía en una residencia cercana, del primo pequeño (la mitad de su edad y el doble de su altura, se rio ella) que también quería ser fisioterapeuta y la acribillaba a preguntas en cuanto podía.

Cuando por fin colgó —un par de primas habían ido a buscarla para no sé qué actividad.

.. hacer caramelo, había dicho—, Bennett se quedó sentado un buen rato, con la mirada perdida al otro lado de la habitación.

Al cabo de un momento se levantó, presa de una gran inquietud.

Cuando se descubrió dando vueltas por el salón, maldijo entre dientes y fue al armario del recibidor.

Cogió las llaves, se puso una chaqueta ligera para protegerse del fresco de la noche. .. Necesitaba estar solo. Pensar.

Dos horas después, sentado en una roca en lo alto de un acantilado sobre el océano, contemplando con melancolía las olas que rompían abajo, Bennett tomó su decisión. Siempre había sabido que llegaría a esto; no tenía sentido seguir postergándolo.

Tanya había encontrado su lugar... su madre, y familia y amor suficientes para compensar las carencias de los últimos veinticuatro años.

Era feliz, y él no tenía derecho a pedirle que renunciara a lo que había anhelado toda su vida.

Había creído que ella estaba cada vez más abierta a la idea de irse a Taqara con él.

.. pero eso fue antes de que Mary McGinnis apareciera.

No es que culpara a Mary... no exactamente.

Ella había deseado a su hija tanto como Tanya había deseado una madre. Pero él... él también quería a Tanya.

No podía quedarse aquí. Ni siquiera por Tanya. Su hogar, su vida, todo su futuro estaba profundamente arraigado en el desierto inconmensurable de Arabia. Pero su corazón... su corazón estaba aquí, en Estados Unidos, rendido ante una pelirroja de ojos verdes y un espíritu tan indomable como el suyo.

Ya estaba bien, no había duda de eso. Durante semanas se había quedado solo por Tanya.

Pero su hogar ya tiraba de él, y ansiaba regresar a la magnífica casa color arena al borde del desierto, ver a sus yeguas y sus potros, trabajar con los añojos, salir de cetrería en jeep o a caballo, sentarse por las tardes a preparar café sobre una fogata con la familia reunida alrededor.

Había esperado regresar con Tanya a su lado, como su esposa. Pero no iba a ser así.

Durante largo rato permaneció sentado, contemplando las luces de Santa Bárbara centellear a lo lejos. Se iba a casa.

Khalid se apoyó en el marco de la puerta, viéndolo meter un puñado de camisas en una maleta.

—Estás haciendo el idiota.

—Shukran jeziran. Muchas gracias —replicó Bennett, irritado.

—No me refería a esto, ¿sabes?, cuando te dije que tenías que ofrecerle algo más.

—¡Ya lo sé! —Bennett respiró hondo—. Mira, Khalid, es lo mejor. Tengo que irme en algún momento, y así será más fácil para Tanya... y para mí.

—¿La amas?

—¡Sí!

—¿Ella te ama?

Bennett apartó la mirada.

—Sí.

Sabía que Tanya lo amaba; jamás lo había dudado ni por un instante.

—¡Entonces confía en ella! Confía en ti mismo.

—¡No es que no confíe en ella! —respondió, dolido—. Pero ahora que ha encontrado a su familia, no va a querer dejarlos, ni a Estados Unidos, para venirse a vivir conmigo al otro lado del mundo.

—No puedes saberlo si no se lo preguntas —Khalid sonaba exasperado.

—¿Cómo voy a pedirle que renuncie a su familia...?

—¡Su familia! —lo interrumpió Khalid—. No paras de darle vueltas a eso.

Vale, tiene una. La mayoría de la gente la tiene, solo que ella encontró la suya tarde.

¿Y qué? No tiene que renunciar a ellos por completo para irse a vivir contigo a Taqara, del mismo modo que yo no renuncié a Padre, a Elyse ni a vosotros cuando decidí establecerme en California con Sarah.

Que haya encontrado a su familia aquí no tiene por qué impedirle formar una nueva. .. una propia, contigo.

Niñas pequeñas con rizos cobrizos y la risa de su madre... hijos altos con el fuego del desierto en la sangre. Bennett apartó la vista y se dio cuenta de que la camisa que aún sostenía estaba toda arrugada, sin saber cómo. La tiró en la maleta.

Sarah asomó la cabeza por el marco de la puerta.

—¿Qué pasa?

Abrió mucho los ojos al ver las maletas sobre la cama.

—Se vuelve a Taqara —la voz de Khalid destilaba disgusto—. Se cree que está siendo noble.

—¿Estás loco? —se volvió hacia Bennett y avanzó hasta plantarse frente a él, con las manos en las caderas. Sus ojos echaban chispas—. ¿Qué demonios te pasa? ¡La amas! ¡Ella te ama! No puedes largarte así, sin decirle nada.

Bennett hundió las manos en los bolsillos y encogió los hombros a la defensiva. Odiaba esa sensación, como si lo tuvieran acorralado. Una oleada de ira lo invadió. ¿Es que no veían lo difícil que era esto para él? Estaba haciendo lo correcto. ¿Por qué no podían dejarlo en paz?

—Es mejor así —masculló entre dientes—. Es más fácil para los dos hacer un corte limpio.

—Más fácil para ti, querrás decir —lo corrigió ella—. Así no tienes que preguntarle y arriesgarte a que te rechace.

¡Argh! Tuvo que contenerse con todas sus fuerzas para no tirarse del pelo.

—¿Por qué os empeñáis los dos en pensar que tengo segundas intenciones?

—exigió—. Estoy haciendo esto por el bien de Tanya.

Habéis hablado con ella por teléfono, igual que yo.

Habéis oído lo feliz que está... eufórica, por haber encontrado a toda su familia.

Acaba de descubrir el tipo de familia que nosotros hemos conocido toda la vida.

¿Cómo voy a pedirle que renuncie a eso para venirse a vivir conmigo, para hacer su hogar a miles de kilómetros?

Sarah lo miró fijamente durante un largo instante.

—Eres idiota —sentenció, y dándose media vuelta, salió de la habitación.

Bennett volvió la mirada hacia Khalid y vio la opinión de Sarah reflejada en aquellos ojos oscuros y firmes.

—Déjalo, hermano. Sé lo que hago.

—Muy bien —Khalid se irguió y alzó las manos al aire—. Si quieres hacer el idiota, hermanito, allá tú.

Se alejó por el pasillo, y Bennett se volvió hacia su maleta.

Apoyó las manos en el borde y respiró hondo.

No estaba siendo idiota, ni imbécil. Era lo mejor, por muy difícil que resultara marcharse ahora, a sabiendas de que nunca volvería a verla.

Sin despedidas interminables, sin adioses tristes.

Él tenía su vida esperándolo, y Tanya tenía la suya por delante.

La separación era inevitable, y solo sería más dolorosa cuanto más tiempo pasara.

¿De qué servía alargarlo unas semanas o incluso meses?

Mejor hacerlo ya, cortar por lo sano, por el bien de los dos. Por difícil que resultara.