Castillos de arena (Hijos del desierto nº 2) Capítulo Veintidós
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Capítulo Veintidós

Tanya contempló las maletas sobre la cama y se volvió hacia el armario una vez más. Bennett, tumbado en la cama mientras la veía hacer el equipaje, negó con la cabeza.

—Cariño, si metes una sola cosa más, ¡el avión se va a caer del cielo!

—No sé qué voy a necesitar —se quejó casi gimiendo mientras se sentaba a su lado en el borde de la cama—. Además de la barbacoa y el picnic, están las veladas con la familia, y Dios sabe qué haremos durante el día. Y encima, ¡va a hacer una humedad tremenda! En mi vida he estado en un sitio húmedo.

A Bennett le habría divertido más su angustia de no ser por el peso que sentía en el pecho desde hacía una semana.

Tanya llevaba días preocupada por qué ponerse en este viaje para conocer a su familia.

Se había comprado casi un guardarropa entero solo para la visita de una semana, y el día anterior había ido a arreglarse el pelo a Nordstrom.

El nuevo estilo le sentaba bien: los rizos rojos le enmarcaban suavemente el rostro de duendecillo y resaltaban sus grandes ojos verdes.

Esta visita, esta gente, eran tan importantes para ella que no podía pensar en otra cosa.

La estaba perdiendo, como había sabido que ocurriría desde el día en que abrió la puerta de Khalid a Mary McGinnis.

Pero tenía cuidado, como siempre, de no dejar traslucir sus sentimientos; no quería que nada estropeara el encuentro de Tanya con sus parientes, ninguna preocupación por el futuro ni decisiones pendientes.

Estaba tan mona, con sus rasgos de duendecillo haciendo un delicado puchero. No pudo evitar reírse.

—Vamos, cariño, cierra las maletas de una vez... si puedes. Tienes todo lo que necesitas, te lo juro.

—Oh, pero ¿y si...? —protestó ella al instante.

—Shhh —le tapó la boca con los dedos—. Tienes cubierta cualquier eventualidad, desde una cena en un hotel de cinco estrellas hasta ir hecha un desastre.

Y si algo se ensucia, seguro que en Kentucky tienen lavadoras.

Ahora cierra las maletas y baja a relajarte un rato antes de que tengamos que irnos.

Tanya se recostó contra él y apoyó la cabeza en su pecho.

—Crees que soy tonta, ¿verdad?

No pudo evitar soltar una risita.

—Un poco. Es comprensible, cariño. Pero te preocupas por nada. Todos son familia tuya, y tú eres la pariente perdida que por fin han encontrado... quieren conocerte, saber de ti. No les va a importar lo que lleves puesto.

—Y si a alguien le importara algo tan trivial, a mí no me importaría lo que ellos pensaran —admitió Tanya con un suspiro exagerado—. Vale, tienes razón. Voy a bajar todo esto.

Bennett apretó los labios, conteniendo la protesta que le surgió instintivamente.

Cuánto odiaba seguir así... si no era un inválido, al menos todavía no había recuperado todas sus fuerzas.

Ella no debería tener que bajar su propio equipaje por las escaleras.

Si estuvieran en Taqara, llamaría a uno de los conductores o a los mozos de cuadra.

Pero aquí no había nadie... Sarah estaba embarazada y seguía con un aspecto más frágil de lo que a nadie le gustaba, y Khalid estaba en el campus dando clase.

Al menos ya podía conducir... llevaba haciéndolo un par de meses.

Incluso el largo trayecto hasta el Rancho Killarney en Santa Ynez, ahora un viaje semanal habitual, ya no le cansaba la pierna mala.

Sin sentirse precisamente contento, bajó y salió hasta la furgoneta para abrir la puerta corredera y que Tanya pudiera cargar el equipaje.

Al menos las maletas tenían ruedas y no darían problemas en el aeropuerto.

Cuando volvió a entrar, Tanya bajaba las escaleras con el último bulto.

Estaba tan guapa que se le encogió el corazón en el pecho: llevaba vaqueros negros y una blusa color crema que se ceñía con cariño a sus esbeltas curvas.

No llevaba más joyas que unos pendientes de esmeraldas que brillaban entre los rizos cobrizos.

—Yo, eh... —Bennett titubeó, incómodo—. Tengo algo para ti.

Sacó un collar del bolsillo y le deslizó la larga cadena por el cuello. El guardapelo de oro quedó justo entre la suave curva de sus pechos. Ella lo tomó y lo abrió, y Bennett vio cómo se le llenaban los ojos de lágrimas al contemplar el rostro de su madre.

—¿Cómo? —susurró.

Se encogió de hombros, incómodo.

—Cogí una de las fotos del álbum que te dio Mary y le pedí a Khalid que la llevara a copiar.

Ella cerró el guardapelo con cuidado y se lanzó a sus brazos, rodeándole el cuello. Él la envolvió en un cálido abrazo, deleitándose con la sensación de su pequeño cuerpo contra el suyo. «Queda tan poco tiempo», pensó mientras la tristeza se apoderaba de él, y la estrechó con más fuerza.

—Gracias —le tembló la voz a Tanya—. Gracias, Bennett.

—Eh —se apartó y le levantó la barbilla hasta que ella alzó el rostro—. Es solo un collar... no es para tanto. Venga, sonríe, o me arrepentiré de habértelo dado.

Ella se rio, todavía un poco llorosa.

—Vale.

—Eh, vosotros dos —Sarah entró en el pasillo—. Vais a querer salir pronto, con el tiempo extra que necesitáis para los controles de seguridad.

¿Había pasado el tiempo tan rápido? Bennett miró el reloj del salón... así era. Mientras Tanya se despedía de su amiga y las dos se abrazaban, él sacó las dos maletas hasta la furgoneta y las cargó. Tanya se reunió con él con el bolso de mano al hombro, y unos minutos después estaban en camino.

El viaje al aeropuerto se le hizo demasiado corto a Bennett.

En un abrir y cerrar de ojos estaban allí, cada uno arrastrando una maleta hacia la terminal.

Mary los esperaba, por supuesto, justo dentro de la puerta.

Hoy pilotaba el avión, se dio cuenta al fijarse en la falda y chaqueta del uniforme con sus galones y rayas doradas sobre una blusa blanca impecable.

Abrazó a Tanya y le tendió la mano a Bennett con una sonrisa que no expresaba más que franca cordialidad.

No parecía darse cuenta, pensó él con exasperación, de que su relación con Tanya y la de Bennett eran mutuamente excluyentes.

No había sombra en su expresión, nada que indicara que aquello era una competición, que uno de los dos perdería cuando Tanya tomara su decisión.

—Venid al mostrador a recoger los billetes —estaba diciendo Mary.

—Oh, no... Vuelo en clase turista —protestó Tanya mientras su madre la guiaba hacia el mostrador de facturación de primera clase.

—En ningún avión que yo pilote —le dijo Mary—. Te he subido a primera. Sin discusiones... eres mi única hija, y punto. Además, el vuelo solo llega hasta Phoenix. A partir de ahí seré una pasajera más, y podremos sentarnos juntas y charlar durante el resto del viaje.

Una vez que Tanya hubo facturado, Mary los dejó para ir a ocuparse de sus obligaciones. Bennett entrelazó los dedos con los de Tanya mientras caminaban hacia el control de seguridad.

—Lo vas a pasar genial —le dijo.

Ella alzó la vista hacia él con una sonrisa radiante, casi resplandeciente.

—Lo sé. ¡Qué emoción! Ya se me han pasado los nervios... ¡Estoy deseando llegar y conocer a todo el mundo!

Bennett puso cara de «te lo dije» que ocultaba a la perfección la sensación de que se le abría un abismo bajo los pies. Aquello significaba muchísimo para ella.

La cola del control de seguridad avanzaba bastante rápido, y a ella le tocaba ya. Bennett la rodeó con los brazos y la estrechó con fuerza.

—Buen viaje, cariño. Y pásatelo bien.

—Eso haré.

Ella alzó el rostro para besarlo, y sus labios permanecieron unidos un largo instante.

Luego se marchó: dejó el equipaje de mano y el bolso en la cinta y atravesó el arco del escáner.

—Te quiero —dijo Bennett en voz baja, aunque sabía que ella no podía oírlo.

Se dio la vuelta y se alejó.

Dos días después, aunque a Bennett le parecieron una eternidad, Tanya llamó, rebosante de entusiasmo y risas.

—¡Bennett!

—Hola, cariño. ¿Qué tal por allí?

—De maravilla.

Se rio.

—No sé ni por qué estaba tan nerviosa. Nada más llegar, cincuenta personas me abrazaron.

Se oyeron voces de protesta al fondo, y ella volvió a reírse.

—Vale, vale, creo que solo fueron cinco. Fue tan bonito, Bennett.

Oyó la voz de Mary al fondo, al parecer echando a los curiosos, porque el barullo se apagó de golpe.

—Ya está, mamá los ha echado a todos. Bennett, ¿a que no sabes qué? Mi tío Morris... bueno, en realidad es mi tío abuelo, el que lleva los establos de aquí, me está enseñando a montar a la inglesa.

—¿Ah, sí?

Con una sonrisa ante su entusiasmo, se acomodó en el sofá y puso los pies sobre la mesa de centro.

—¿En los Walkers?

—¡Dios, Bennett, son enormes!

La voz de Tanya rezumaba asombro.

—Me siento como una mota de nada encima de ellos. Pero el tío Morris tiene un par de cuartos de milla aquí para que aprendan los principiantes, así que estoy montando esos.

Soltó una risita, claramente encantada.

—Una de mis primas, Anna... no, fue Marilee, me llevó al pueblo y nos compramos ropa de montar... Tengo pantalones de montar y una chaqueta, unas botas negras de montar muy elegantes, ¡e incluso una gorra de terciopelo negro!

Bennett se rio.

—Se llama casco, cariño.

—Ah, es verdad. Se me olvida siempre. Ah, y también tengo una fusta.

Total, que creo que me gasté una fortuna.

Fue superdivertido, y luego fuimos a comer a un restaurante diminuto donde trabajaba mi madre de adolescente.

.. éramos como veinte, ocupamos todos los asientos del local.

El dueño es el mismo de cuando trabajaba mi madre, está ya viejísimo, y dice que soy clavadita a mi madre a mi edad. Me regaló un batido de fresa.

Parecía una adolescente. Supuso que tendría muchas primas más jóvenes y habría adoptado su forma de hablar. Era bastante tierno.

—Entonces, ¿tienes un montón de parientes? —preguntó.

—¡Madre mía!

El asombro volvió a teñir su voz.