Capítulo veinte
A la mañana siguiente, Tanya se despertó descansada y mucho mejor que la noche anterior.
El verdadero milagro era que había podido dormir toda la noche de un tirón.
Esperaba pasarse la noche en vela, dando vueltas sin parar, pero en cambio había dormido segura y reconfortada en el refugio de los brazos de Bennett.
Estaba sola en la cama... probablemente él ya estaba abajo haciendo ejercicio.
Se estiró con un bostezo. Echó un vistazo distraído al reloj y se incorporó de golpe. ¡Las nueve en punto! ¡Nunca dormía hasta tan tarde! Saltó de la cama, se vistió a toda prisa y bajó las escaleras corriendo.
—¿A qué vienen esas prisas? —Sarah, reclinada en el sofá de la sala, la saludó alegremente.
—¡No puedo creer que haya dormido hasta tan tarde!
—El sueño —entonó Sarah con voz remilgada— es el mecanismo sanador del cuerpo.
Tanya se rio.
—¿Estás segura de eso? —bromeó.
Su amiga puso los ojos en blanco.
—Como una persona más me diga eso... —dejó la amenaza abierta a interpretación—. Khalid preparó el desayuno antes de irse, te dejó algo en la nevera. Y Bennett ha preparado té recién hecho, por supuesto.
—Por supuesto. —Le sonrió a Sarah y siguió hacia la cocina.
Huevos revueltos con patatas en dados, tomates y trozos de bistec era lo que había esa mañana.
Muy extraño que un hombre que cocinaba tan bien fuera capaz de hacer semejante desastre con algo tan simple como preparar té.
Se sirvió una generosa porción de las sobras en un plato y lo metió en el microondas para calentarlo.
Se había servido una taza de té y se había acomodado en uno de los taburetes de la encimera cuando Sarah se le unió.
—¿Deberías estar levantada del sofá?
Sarah arrugó la nariz.
—No empieces tú también. En mi vida me habían mimado tanto. ¡Me está volviendo loca! Menos mal que Khalid da clases en el curso de verano este año, porque si no, acabaría perdiendo la cabeza de verdad.
—No sé. —Tanya mordisqueó pensativa un trozo de pan que había sobrado de la cena—. Creo que si estuviera en casa todo el tiempo, se le pasaría antes. Como se preocupa por ti mientras está fuera todo el día, luego anda inquieto cuando está en casa.
El microondas pitó y se levantó a sacar su desayuno mientras Sarah reflexionaba sobre sus palabras. Sonó el teléfono de casa. Sarah se limitó a mirarlo y arrugó la nariz con disgusto.
—¿Apostamos a que es Taqara? ¿O la Embajada?
—¿Y si es Khalid? —replicó Tanya—. O podrían ser Andy y Fatima, que salían de Las Vegas esta mañana. ¿Y si han tenido una avería?
Rodeó la encimera.
—La verdad, con todo el dinero que tiene esta familia, cualquiera pensaría que podrían tener identificador de llamadas.
Sarah se limitó a reírse, y Tanya descolgó.
—¿Diga?
—¿Está Tanya Groves? —Era la voz de una mujer mayor, que sonaba algo vacilante.
—Soy yo. —Tanya se sentó en su taburete—. ¿En qué puedo ayudarla?
—Soy Catherine McGinnis. Tu... tu abuela.
—La voz continuó atropelladamente—. Mary me llamó anoche y me lo contó todo.
Pensó... bueno, pensó que no te importaría que llamara.
Ay, querida, no tenía ni idea. Mary dijo que necesitabas tiempo para hacerte a la idea, pero tenía que llamar y oír tu voz.
Mary es mi única hija, y nunca pensé que llegaría a tener una nieta, así que cuando me enteré. ..
Se interrumpió, y Tanya pensó que estaba llorando. Muy incómoda, buscó las palabras adecuadas.
—No me importa que llame.
Sarah la miraba frunciendo el ceño. Tanya le devolvió la mirada ceñuda; a ver si Sarah estuviera en su lugar y supiera qué decir así, de buenas a primeras.
—Me alegra saber de usted.
Se oyó un claro sorber de nariz al otro lado.
—No te entretengo más, Mary dijo que estabas trabajando... de fisioterapeuta. Está tan orgullosa de ti. Todos lo estamos. Querida niña, tengo tantas ganas de conocerte. Hasta pronto.
—Adiós. —Algo aturdida por aquel torrente de palabras, Tanya se quedó mirando el auricular un momento, del que salía el zumbido del tono de línea. Lo colgó en su sitio.
—Bueno, ahora sé de dónde viene lo de «Catherine» —comentó.
Sarah la miró interrogante.
—Era mi abuela. —Era difícil de asimilar. Los abuelos eran algo que tenían los demás... ella nunca. Un sentimiento extraño se agitaba en su pecho, y de pronto la invadió como una oleada—. Mi abuela. Sarah, ¡tengo una abuela!
Saltó del taburete para abrazar a Sarah con fuerza, riendo y, extrañamente, llorando.
—¡Una abuela! ¡Y una madre! ¡Tengo una familia!
—¿Qué pasa aquí?
Bennett estaba en la puerta, secándose la cara con una punta de la toalla que llevaba al cuello.
Tanya casi bailó hasta él y se lanzó a sus brazos. Él la rodeó con los suyos, y ella le sonrió.
—¡Mi abuela acaba de llamar! Ay, Bennett, ¡tengo una abuela!
—¿Sí? —Sonrió—. ¿Quién más hay?
—¡Ah! —Tanya se puso seria—. No se me ocurrió preguntar... todo fue muy rápido. Sí que dijo que mi madre era su única hija.
La felicidad volvió a embargarla.
—Pero dijo que pensaba que nunca tendría una nieta. Me quería, dijo que no podía esperar para llamar, solo para oír mi voz.
—Eso es genial, cariño. —La abrazó con fuerza.
—Creo que deberías llamar a tu madre y quedar con ella para comer —anunció Sarah.
—¿Llamarla? —Parte de la alegría se desvaneció, y se giró casi presa del pánico para mirar a Sarah al otro lado de la habitación.
—Ella no te llamará. —Sarah sonaba categórica—. Ya dio el primer paso. Ahora esperará a que tú des el siguiente.
—Oh, pero... —Se mordisqueó el labio—. No sabría qué decir... de qué hablar con ella.
Bennett le dio una pequeña sacudida, y ella alzó la vista hacia él.
—¡Cariño, de cualquier cosa! Tenéis veinticuatro años de los que poneros al día.
Además, puede contarte más sobre su familia.
.. ¡tu familia! Y quién sabe, viniendo de un pueblo pequeño como dijo anoche, su familia también podría aparecer.
Especialmente ahora que él ha muerto, es muy posible.
—Seguramente esté sentada en la cama de su habitación de motel mirando el teléfono, deseando que suene —añadió Sarah—. Es tu madre. Se ha pasado todos estos años creyendo que estabas muerta. Llámala y queda con ella para comer.
—Anoche te trajo eso —Bennett señaló el pequeño álbum de fotos que aún estaba sobre la encimera—. Apuesto a que tiene más... álbumes familiares. Por si acaso.
—¿Quieres volver a verla? —le preguntó Sarah con suavidad.
Sí, quería. Quería tanto que le daba miedo. Bennett debió de leer la respuesta en su rostro, porque le tendió el teléfono.
—Entonces llámala, cariño.
Mary debía de estar sentada junto al teléfono, como Sarah había sugerido, porque descolgó al primer timbre.
—¿Diga?
—Hola. Soy yo, Tanya. —Sarah asentía para darle ánimos. La mano de Bennett estaba cálida en su espalda. Respiró hondo—. ¿Te gustaría quedar para comer?
Al ver un hueco libre cerca del café con terraza, Tanya se metió en él.
Con una fuerte sacudida, el coche se caló; había olvidado pisar el embrague.
Con un suspiro de exasperación, puso punto muerto y sacó la llave.
Se había acostumbrado tanto a la furgoneta de los Al Mansour que le había resultado extraño conducir su viejo Corvair.
Cualquiera diría que nunca había conducido un coche de marchas, pensó, irritada.
Bueno, eran más los nervios que otra cosa.
Obligándose a respirar hondo, miró hacia el pequeño café justo a tiempo para ver a su madre salir con una taza humeante y sentarse en una de las mesitas. Hora del espectáculo.
Mary levantó la vista cuando ella se acercó.
—Buenos días. —Señaló su café—. Te habría pedido algo, pero no sabía qué te gustaba.
—Vale. Ahora vuelvo.
Aunque de vez en cuando se servía café en casa de los Al Mansour, era café árabe, espeso y amargo... y verde, por la cantidad de cardamomo que llevaba. Un café de verdad le vendría bien... café americano. O incluso europeo, pensó con una sonrisa.
—Café con leche —le dijo al joven del mostrador. Unos minutos después se reunió con su madre en la mesa de la terraza, disfrutando con deliciosa decadencia de cada sorbo.
—¿Algo para acompañarlo? —Su madre le ofreció una caja blanca de pastelería. Los nervios le revolvían el estómago, pero desaparecieron en cuanto vio lo que contenía la caja.
—¡Rollitos de canela! —Cogió uno y le dio un mordisco. Sonrió a su madre al otro lado de la mesa—. Mi vicio secreto.
Mary se rio. —El mío también.
El silencio reinó en la mesa durante los siguientes minutos.
No era incómodo, pensó Tanya, sino más bien contemplativo, mientras ella y su madre se observaban mutuamente.
Aparte de los pocos centímetros de diferencia en altura, que no era tan obvia estando sentadas, resultaba asombroso lo parecidas que eran.
Cuando se había agobiado pensando en qué ponerse para este encuentro, Sarah había puesto los ojos en blanco con elocuencia y le había dicho que dejara de darle vueltas.
Así que se había puesto unos vaqueros y había elegido al azar una camiseta azul ajustada.
Le quedaba tan bien que Bennett le había silbado cuando bajó las escaleras, y se había acercado para pasarle la mano cariñosamente por el trasero enfundado en vaqueros, riéndose cuando ella le dio un codazo en las costillas.
Mary también llevaba vaqueros, con una blusa azul impecable bien metida por dentro.
La sonrisa irónica de Mary le indicó que su madre estaba pensando más o menos lo mismo.
—Es bastante inquietante, ¿verdad? —preguntó la mujer mayor.
—No solo eso —respondió Tanya, negando con la cabeza—. Es como mirar en una especie de... espejo mágico que me muestra cómo seré dentro de veinte años.
—Es igual de extraño, te lo aseguro, mirar al otro lado de la mesa y ver la cara que me devolvía la mirada en el espejo hace años.
—Me lo imagino. —Tanya se rio—. Es realmente asombroso lo parecidas que somos.
—Mi madre también se nos parece mucho, aunque ya no le queda mucho pelirrojo. —Mary se tiró de un mechón canoso con una mueca.