Castillos de arena (Hijos del desierto nº 2) Capítulo Diecinueve #4
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Capítulo Diecinueve #4

—Mary Catherine McGinnis —leyó Bennett en voz alta—. Hija de Mary Eleanor McGinnis y Randy Walt Jeffries. Uno de julio de 1995. Dos kilos setecientos cincuenta gramos.

Tanya empezó a temblar en sus brazos y Bennett la miró alarmado. Pero no estaba llorando. Al contrario, se reía sin poder contenerse, con los ojos brillándole de risa. Con un resoplido, hundió la cara en su pecho.

—Solo dime —su voz salió amortiguada—. Solo dime que no me habrían llamado Mary Kate.

Todos se rieron, pero Bennett sintió una oleada de alivio. Era bueno, muy bueno, que el sentido del humor innato de Tanya estuviera saliendo a flote.

—Bueno. —Mary se bajó del taburete y se colgó el bolso del hombro—. Esto ha sido un shock para ti. Me voy ya y te dejo tiempo para pensarlo todo.

Dejó una tarjeta en la encimera.

—Aquí tienes mi dirección y mi teléfono, y el móvil también, claro.

Estaré en el Airport Inn tres o cuatro días, por si.

.. por si decides que no ha sido un shock del todo indeseado.

—Su sonrisa fue titubeante, vacilante—. No pretendo.

.. ser una madre para ti. Lo único que pido, si tú quieres, es que me dejes formar parte de tu vida.

Verte de vez en cuando. Y quizá... quizá podríamos ser amigas. Es lo único que pido.

Bennett no creía que Tanya necesitara el empujoncito de Sarah. Era tan incapaz de resistirse al amor en aquellos ojos verdes hambrientos como lo habría sido él mismo. No estaba muy seguro de quién había dado el primer paso, pero Tanya quedó envuelta en un largo abrazo con su madre.

Las dos tenían los ojos húmedos cuando se separaron.

—Bueno... me voy ya. —Mary les dedicó a todos una sonrisa temblorosa y salió de la casa casi a la carrera.

Tanya paseó la mirada por la habitación sin mirar a nadie a los ojos, con una sonrisa trémula.

—Voy a subir un rato. Necesito un poco de tiempo a solas.

Al verla salir de la cocina, a Bennett casi se le partió el corazón al ver a su efervescente Tanya tan pálida y hundida. Se volvió al notar que alguien le tocaba la manga. Sarah lo miraba con compasión.

—Se pondrá bien, Bennett.

—Lo sé.

Claro que sí. ¿Pero y él?

Cuando por fin subió las escaleras, ya entrada la noche, la puerta de Tanya estaba cerrada y no se veía luz por debajo.

Con un suspiro, continuó hasta su habitación y se preparó para acostarse.

Apenas había apagado la luz, sin embargo, cuando oyó el clic de la puerta al abrirse en el otro lado del pasillo y unos pasos suaves sobre la alfombra.

—¿Bennett?

Alargó la mano hacia ella y Tanya se deslizó en su cama, acurrucándose en sus brazos. La abrazó con fuerza, contento de que hubiera acudido a él. Esa noche no debería estar sola.

—No creas que te estaba dejando fuera —dijo en voz baja—. Solo necesitaba tiempo a solas... para pensar e intentar poner las cosas en orden.

—¿Y lo conseguiste? —preguntó él.

Suspiró. —No mucho. Toda la vida deseé tener una madre que me quisiera, pero mi madre me abandonó, me dejó morir en un contenedor de basura.

Crecí sabiendo que no tenía familia, a nadie, y sabiendo que nunca tendría a nadie.

Y ahora resulta que no me abandonó... tengo una madre de verdad, que me quería.

Que todavía me quiere. Entonces, ¿por qué me siento tan.

.. tan rara? Es como si... no sé. ¿Qué me pasa, Bennett?

Debería estar feliz, debería estar gritándolo a los cuatro vientos: tengo una madre que me quiere, tengo una familia.

Pero solo puedo pensar en lo horrible que fue crecer sin ella. ¡Y ni siquiera es culpa suya!

—Lo harás —le aseguró, apartándole con suavidad el sedoso cabello de la frente—.

Sentirás la felicidad, Tanya… la emoción.

Todo esto ha pasado tan de repente, sin previo aviso.

Todavía estás en shock, en cierto modo. Tratando de reconciliar tus viejas creencias con las nuevas.

Solo necesitas un poco de tiempo para adaptarte, eso es todo.

Se incorporó apoyándose en un codo, escudriñando la oscuridad como si pudiera ver el rostro de ella en la almohada, junto a él.

—Pero Tanya, no pierdas de vista algo importante. Esto no cambia quién eres ni lo que has hecho de ti misma. Sigues siendo tú, pase lo que pase. No cambia cómo llegaste a ser quien eres ahora, solo el porqué. Eres tú, y ni todas las madres del mundo… o la ausencia de ellas… van a cambiar eso.

—Es bonito pensarlo así —dijo Tanya con un bostezo, acercándose más para apoyar la cabeza en su hombro. Pareció desplomarse contra él, y él pensó que la tensión de aquella noche había agotado buena parte de su inagotable energía.

—Gracias por estar ahí —murmuró, medio dormida—. No creo que hubiera podido afrontarlo si no hubieras estado conmigo.

Su voz se fue apagando, y su respiración suave y acompasada le indicó que ya estaba dormida. Pero lo habría afrontado, pensó él, estrechándola con más fuerza entre sus brazos. Ya había pasado por tanto y había salido entera, como acero bien templado. No había nada que ella no pudiera superar.

Pero ¿a él dónde lo dejaba todo aquello?, se preguntó.