Castillos de arena (Hijos del desierto nº 2) Capítulo Diecinueve #3
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Capítulo Diecinueve #3

—Tu madre está muy nerviosa. Le dije que pensaba que querrías hablar con ella, pero cree que debería irse y esperar a que la llames cuando estés preparada.

—Iré.

Tanya se puso de pie y Bennett también se levantó. No es que tuviera mucha opción, pensó, ya que ella le apretaba la mano como si le fuera la vida en ello.

—¿Quieres verla a solas? —preguntó Bennett.

—¡No! —Le apretó la mano con más fuerza y sacudió la cabeza frenéticamente. Parecía absolutamente aterrorizada con solo pensarlo.

—Eh, tranquila —la calmó—. No te dejaremos sola a menos que tú quieras.

—No quiero.

Khalid ya estaba entrando en la cocina. Bennett hizo girar a Tanya para que lo mirara de frente, con las manos firmes sobre sus delgados hombros, y bajó la vista hacia su rostro aprensivo.

—No tienes que verla ahora si no quieres —le dijo—. Podemos pedirle su dirección y su teléfono, y la llamas cuando estés lista, cuando haya pasado un poco más de tiempo.

Tanya negó con la cabeza.

—No quiero esperar —susurró—. Yo... necesito hablar con ella. Necesito saber q-qué pasó.

—Pues vamos a preguntarle.

Pero ella se contuvo, vacilante. Clavó la mirada en el rostro de Bennett con ansiedad.

—Ella sí me quería... ¿verdad? —Más que una pregunta, era una súplica de consuelo. Bennett no vaciló.

—Sí, te quería, cariño. Y todavía te quiere. Venir hoy aquí no debió de ser fácil, sabiendo lo que debías de pensar de ella, pero vino de todos modos. Nos plantó cara a Khalid y a mí ahí fuera, de lo decidida que estaba a verte. Y no fuimos precisamente amables.

Tanya inspiró hondo y luego soltó el aire en un largo suspiro. Aflojó la presión de su mano, aunque no lo soltó, y lo miró con una sonrisa. Era una pálida sombra de su habitual sonrisa alegre, pero era una sonrisa.

—Vale, vamos.

Bennett la siguió por el pasillo hasta la luminosa cocina.

La madre de Tanya y Sarah estaban sentadas en taburetes junto a la barra del desayuno, mientras Khalid permanecía de pie detrás de Sarah, vigilante.

Mary levantó la cabeza bruscamente, con gesto aprensivo, cuando su hija entró en la habitación.

Sarah, en cambio, se levantó con una sonrisa y rodeó la barra para servir dos tazas más de té.

Se hizo un silencio incómodo; nadie parecía saber qué decir. Finalmente, Tanya bajó la vista hacia el álbum de fotos que aún sostenía en una mano.

—No había fotos de mi... de mi padre.

Mary apretó las manos en el regazo y hubo una pausa antes de que respondiera.

—No —volvió a hacer una pausa, con un destello en los ojos—. Las rompí y luego las quemé. No merecía el título de «padre».

—Y para ser sincera —continuó Mary, con la voz temblorosa por la emoción contenida—, no podía soportar ver su cara después de lo que había hecho.

Huí de él esa misma noche. Cuando me dijo que te había abandonado, que estabas muerta, era tan increíble.

.. tan imposible. Te había tenido en mis brazos cuando paramos a comer apenas unas horas antes.

El hospital me había dado unos analgésicos cuando me dieron el alta.

No teníamos dinero para comprar más, así que los usábamos con mucho cuidado.

Randy se mostró tan solícito durante la comida, me dio dos pastillas para que me las tomara, dijo que porque veía que me dolía mucho.

Me sentí tan patéticamente agradecida de que le importara lo suficiente como para darse cuenta.

Pero lo había planeado todo desde el principio, para que yo durmiera hasta que fuera demasiado tarde.

.. demasiado tarde para pedir que te rescataran.

Casi había sido demasiado tarde, pensó Bennett.

Recordó el informe que le habían enviado los investigadores que había contratado.

El hospital calculó que la bebé había estado en el contenedor de basura aproximadamente media hora antes de que la encontraran.

Su temperatura corporal al llegar al hospital había dejado atónitos a médicos y enfermeras; nadie había podido explicar cómo la pequeña había logrado sobrevivir, y la habían apodado la «Bebé Milagro» en los periódicos.

Sarah se removió en su asiento.

—¿Dijo por qué?

—No se lo pregunté —el tono de Mary destilaba amargura—.

No importaba por qué. Mi bebé, mi preciosa hija estaba muerta.

.. ¡asesinada!... y de una manera tan horrible que las pesadillas me atormentaron durante años y años.

Apenas podía creerlo cuando me lo dijo. Y-yo lloraba y gritaba, y al final empezó a pegarme hasta que me callé.

Luego se fue a dormir, y yo me escabullí con nada más que el bolso.

Encontré un taxi y le pedí que me llevara a un refugio para mujeres.

Me acogieron sin hacer preguntas, con los moretones que me había dejado en la cara.

El brazo que me había roto. Nunca les hablé de mi pequeña.

Nunca se lo conté a nadie, jamás. Era tan joven, apenas tenía dieciocho años.

Llamar a la policía, tener que volver a Phoenix y.

.. y ver el cuerpecito de mi bebé, identificarla.

.. era impensable. Solo pensar en mi pequeña, abandonada a morir de calor y asfixia en un contenedor de basura inmundo, era un tormento indescriptible.

No podía soportarlo. Así que no dije nada, dejé que me ayudaran a encontrar trabajo, y más tarde fui a la universidad.

Pero nunca, jamás te olvidé, ni dejé de llorarte.

Un largo silencio se apoderó de la cocina mientras Tanya pasaba el álbum de fotos de una mano a otra con dedos inquietos. Finalmente alzó la vista y buscó la mirada de su madre.

—No sé qué decir. Yo... siempre pensé que habías sido tú —dijo casi sin fuerzas—. Todo este tiempo, pensé que no me habías querido.

—Siempre te quise —dijo Mary con pasión—.

Desde el principio. Randy y yo no estábamos casados.

Era el quarterback del instituto, ¿sabes?

, y yo creía estar enamorada de él. Los dos veníamos de buenas familias católicas, claro, así que cuando descubrí que estaba embarazada, justo después de graduarnos, hicimos planes para casarnos.

Le dije a mi familia que quería irme a la ciudad, independizarme.

Randy le dijo lo mismo a la suya y se mudó cerca, y planeamos casarnos en cuanto yo cumpliera los dieciocho.

Así, ¿entiendes?, cuando volviéramos a visitar a nuestras familias después de que nacieras, no importaría que nos hubiéramos. .. adelantado un poco.

Se parecía tanto a Tanya cuando sonreía, advirtió Bennett, con el mismo brillo travieso en los ojos. Pero el destello de humor se apagó casi de inmediato cuando continuó.

—Randy había conseguido trabajo en una empresa grande, y al cabo de unos meses querían trasladarlo a Los Ángeles.

Supondría un buen aumento de sueldo, suficiente para mantener a una familia.

Lo hablamos y se mudó a California. Volvería cuando naciera el bebé, nos llevaría a California y nos casaríamos allí.

Se encogió de hombros, incómoda. —No sé qué pasó, si el cambio en él fue antes de que nacieras o si después la idea de ser padre le hizo perder la cabeza.

.. simplemente no lo sé. Parece difícil de creer, porque eras una niña tan buena.

No llorabas nada, dormías casi todo el tiempo. Eras tan pequeñita, tan g-guapa...

Se interrumpió, con lágrimas corriéndole por el rostro. Se las enjugó de un manotazo, con el mismo gesto que había usado Tanya antes.

—Pasé años preguntándome ¿por qué? ¿por qué?

¿por qué? Y simplemente no lo sé. Y nunca lo sabremos, porque murió en un accidente de avión unos años después.

—Le relampaguearon los ojos de rabia—. Me alegré cuando me enteré.

Siempre le dio miedo volar, por eso íbamos en coche cruzando el país. Un final apropiado.

Nadie en aquella casa iba a llevarle la contraria en eso.

Bennett decidió que probablemente era bueno que el hombre ya estuviera muerto.

.. los Al Mansour podían hacerle la vida muy, muy difícil a quien se hubiera ganado su profundo desprecio.

Incluso allí, en Estados Unidos, tenían influencia en muchos ámbitos.

Mary sacó un papel del bolso. Estaba viejo y algo amarillento, pero cuidadosamente conservado, sin arrugas ni pliegues. Un certificado de nacimiento.