Castillos de arena (Hijos del desierto nº 2) Capítulo Diecinueve
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Capítulo Diecinueve

Dos noches después seguían sin contestar el teléfono, y Fatima y Andy debían regresar al día siguiente. Tras terminar su entrenamiento de la tarde, Bennett se duchó y se reunió con su hermano, Tanya y Sarah en el salón, donde planeaban una cena para los recién casados.

—Pero el alcohol se evapora del todo al cocinar —decía Tanya cuando él bajó las escaleras.

—Prepáranoslo alguna vez —sugirió Sarah—. No creo que vayas a convencer a Fatima.

Bennett se sentó junto a Tanya en el sofá, le tomó la mano y entrelazó sus dedos con los de ella.

—¿Convencerla de qué?

—Tengo una receta maravillosa de coq au vin —le explicó—. Pollo con vino. El alcohol se evapora por completo y solo queda parte del sabor. Pensé que, como la prohibición del alcohol se debe a sus efectos, no habría motivo para que no pudiera comerlo.

—Es cuestión de hasta dónde se siente cómoda —explicó Khalid—. Podrías convencerla de que es permisible, en teoría, pero aun así no va a querer.

Tanya suspiró justo cuando sonó el timbre. —Supongo. Si le va a molestar tanto, no quiero que sienta que intento apartarla de su religión. Ya tengo el pollo... ¿qué más podría preparar?

Bennett le soltó la mano y se levantó. —Ve pensando, yo abro la puerta.

Tanya le guiñó un ojo a Sarah, acurrucada entre los brazos de Khalid.

—Aprovecha cualquier excusa para levantarse y caminar.

Bennett se limitó a sonreírles por encima del hombro mientras abría la puerta.

La sonrisa se le borró al ver a la mujer en el umbral.

Por un momento solo pudo quedarse mirándola, desconcertado.

Un instante de puro terror lo dejó paralizado durante un latido.

Instintivamente miró por encima del hombro y su mirada encontró a Tanya, sentada en el sofá hablando de recetas con Sarah.

El miedo irracional se disipó. Medio esperaba que hubiera desaparecido; que en algún episodio retorcido de Doctor Who se la hubieran llevado, solo para regresar veinte años mayor.

Ángeles llorosos a la inversa. Siempre había odiado esos episodios.

La rápida oleada de alivio se esfumó cuando volvió a mirar a la mujer, y una furia ardiente la reemplazó al darse cuenta de quién debía ser.

Se movió para bloquear con su cuerpo la vista de la visitante desde el salón y lanzó otra mirada por encima del hombro. Sarah y Tanya no prestaban atención, pero su mirada se cruzó con la de Khalid. Su hermano se levantó ante su señal silenciosa y se acercó.

—¿Qué pasa?

Su rostro también se quedó inmóvil al ver a la visitante. Bennett salió y Khalid lo siguió, y cerró la puerta tras ellos. Hombro con hombro, los dos hermanos se plantaron ante la esbelta mujer pelirroja.

Khalid, el mayor, tomó la iniciativa. —¿Quién es usted y qué quiere aquí?

No menos territorial que su hermano, Bennett apenas podía hablar de la furia que le hervía en las venas. ¿Cómo se atrevía esa mujer a presentarse allí?

La mujer miró de uno a otro. Parecía bastante tranquila, aunque los dedos que aferraban el bolso grande estaban blancos de la presión. No parecía intimidada, cosa que debería, pensó Bennett frunciendo el ceño. Si acaso, la esperanza en los brillantes ojos esmeralda se intensificó.

—Soy Mary McGinnis —les dijo—. Creo que soy...

—Ya vemos quién cree que es —la interrumpió Khalid con dureza—. ¿Por qué deberíamos creerla?

La mujer metió la mano en el bolso y, sin decir palabra, les tendió una foto. Khalid la cogió, la miró y se la pasó a Bennett en silencio.

—Rabbina ma'ak —susurró Bennett—. Dios mío.

Desde la piel clara con su salpicadura de pecas en la nariz hasta el brillo travieso en los ojos verdes, era Tanya.

Incluso el pelo era el mismo, corto, apenas rozando los hombros, con rizos exuberantes.

Salvo por el uniforme militar azul, la foto podría haberse tomado ayer.

Le dio la vuelta. «Alemania, 1999», escrito con letra pulcra y ondulada.

Khalid lo observaba fijamente, cediéndole tácitamente la decisión.

Su mujer, su decisión. Los labios de Bennett se tensaron.

Al principio había pensado que quizás era solo otra cazafortunas que pretendía aprovecharse de su parecido con alguien cercano a la familia Al Mansour.

Si de verdad era la madre de Tanya, era mucho, mucho peor.

No intentó ocultar su hostilidad.

—Entonces, señora McGinnis...

—Señorita —lo interrumpió. Palideció ligeramente bajo sus pecas cobrizas. Tenía más pecas que Tanya, notó Bennett. También era más alta, y entre los mechones rojos se entremezclaban tenues vetas plateadas—. Señorita McGinnis. Nunca me casé.

Bennett asintió con sequedad. —De acuerdo, así que cree que es su madre. En ese caso, denos una buena razón para que la dejemos acercarse a ella.

Esta era la madre de Tanya. Nada más podía explicar lo que se leía en sus ojos, aquel dolor sorprendente. Cuando habló, le temblaba la voz.

—Yo no lo hice. Ni siquiera lo sabía. Me habían hecho una cesárea... los antibióticos y los analgésicos... y cuando desperté, él me dijo... —Un dejo de desesperación se coló en su voz—. ¡Todos estos años pensé que estaba muerta! Nunca habría...

Se interrumpió, como si luchara por recuperar el control.

—Cuando la vi en el aeropuerto hace un par de semanas, apenas podía creerlo. Casi no vine... porque sabía lo que ella debía de haber pensado todos estos años. Pero tenía que venir. No podía mantenerme al margen, dejar que siguiera pensando... lo que debía de haber pensado.

Tenía sombras bajo los ojos verdes tan parecidos a los de Tanya, y un asomo de demacración en las mejillas.

Si lo que decía era verdad, habría estado pasando un infierno estas últimas dos semanas.

Estos últimos veinticuatro años. Bennett cruzó la mirada con Khalid.

Entendió el mensaje en los ojos oscuros de su hermano.

Khalid pensaba que debía hacer pasar a la mujer, dejarla contarle su historia a Tanya.

¡Dios! ¡Tanya! Su instinto le decía que rechazara a esa mujer, que se interpusiera entre Tanya y cualquiera que pudiera hacerle daño. Pero no cabía duda de que era su madre. La decisión de aceptarla o no no le correspondía a él. Era decisión de Tanya. Lo sabía, lo leía en la mirada firme de Khalid.

De mala gana, retrocedió un paso para alcanzar el pomo de la puerta. Sin embargo, Khalid levantó una mano en señal de advertencia. Sus ojos oscuros se clavaron en la mujer mayor.

—Mi esposa acaba de recuperarse de una agresión que casi le cuesta la vida. Y está embarazada. Además, ella y Tanya están muy unidas. No voy a permitir que se altere. Si Tanya no la acepta o decide no escucharla, se marchará sin discutir.

La mujer no dudó ni un instante.

—De acuerdo.

Sin embargo, cuando Bennett le sostuvo la puerta abierta para que entrara, Mary McGinnis no se movió. Parecía clavada en el sitio, mirando fijamente la entrada como si estuviera ante la guarida del león. Alzó los ojos hacia el rostro de él, miró a Khalid y volvió a mirar a Bennett.

—Por favor —susurró—. Aunque se niegue a verme... al menos dígale... hágale entender que no fui yo... que no lo sabía. Que habría vuelto a buscarla si hubiera sabido que había alguna posibilidad de que estuviera viva. Nunca habría abandonado a mi bebé.

No quería que le cayera bien. Aunque lo que afirmaba fuera cierto, de todos modos iba a ser traumático para Tanya.

Ojalá nunca hubiera venido. Después de tanto tiempo, ¿por qué no podía haberse mantenido alejada de la vida de Tanya?

Tanya estaba bien, haciéndose una vida, un nombre.

¿Por qué tenía que venir esta mujer a alterarla?

Le hizo un breve gesto de asentimiento y, con pasos vacilantes, la mujer pasó junto a él y entró en la casa.

Sarah alzó la vista.

—Khalid, ¿quién estaba en la...?

Se interrumpió con un jadeo audible, y Bennett vio cómo se le abrían los ojos de par en par.

Tanya, sentada cómodamente frente a su amiga con las piernas recogidas, miró a su alrededor con curiosidad.

Todo vestigio de color desapareció de su rostro.

Sin decir palabra, él fue hacia ella mientras Tanya desdoblaba las piernas y se levantaba del sofá.

La rodeó con el brazo y la sostuvo protectoramente a su lado; pudo sentir el temblor en su cuerpo esbelto mientras ella se enfrentaba a su madre.

Khalid seguía flanqueando a la mujer, con el rostro cauteloso pero atento.

Bennett lo conocía mejor. Su hermano le creía a la mujer; su mano grande sobre el brazo de ella la sostenía.

—Te vio en el aeropuerto —le dijo Bennett a Tanya—. No es lo que has pensado todo este tiempo. Khalid cree...

Se interrumpió y apretó los dientes.

—Nosotros creemos que deberías escuchar lo que tiene que decir. Pero la decisión es tuya. Solo tienes que negar con la cabeza y se irá.

Por el rabillo del ojo vio a la mujer estremecerse ante sus duras palabras, pero no le importó.

Era Tanya quien le importaba. Nunca en su vida se había sentido tan protector.

.. tan posesivo... con nadie como con Tanya en este momento.

Eso era más el estilo de Khalid que el suyo propio.

Pero ya pensaría en eso más tarde. Ahora mismo Tanya temblaba tanto que pensó que se caería.

—Siéntate, habibti.

El término cariñoso se le escapó sin querer. Sin embargo, ella se resistió cuando intentó llevarla de vuelta al sofá. Sus ojos no abandonaron en ningún momento el rostro de su madre.

—¿Por qué?

La única palabra, cargada de agonía, pareció arrancársele de dentro.

Bennett no había creído posible que la mujer mayor palideciera más de lo que ya estaba.

—No fui yo —susurró con palabras entrecortadas, inconexas—.

Ni siquiera sabía que no estabas en el coche.

Pensé que estabas atrás, en la sillita. Habías estado tan buena, tan callada mientras conducíamos.

Me habían hecho una cesárea y estaba tomando analgésicos que me hacían dormir.

Hasta horas y horas después, cuando paramos para pasar la noche, él no me despertó. .. no me dijo...