Castillos de arena (Hijos del desierto nº 2) Capítulo Dieciocho #2
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Capítulo Dieciocho #2

—Oh, sí. —Con el brazo alrededor de ella, la condujo hacia la cocina donde podían hablar—.

La vida en una familia grande siempre es.

.. interesante. Un verano, Nadia, Faisal y yo pillamos la varicela al mismo tiempo.

Padre estaba destinado en Grecia entonces, y Elyse acababa de darle a nuestra niñera dos semanas de vacaciones, ya que Khalid y Natalie estaban en casa en sus vacaciones de primavera y podían cuidarnos a los más pequeños.

Pero Khalid se rompió el brazo al caerse de un árbol, y Natalie se escapó una tarde para hacerse la permanente y le dio una reacción alérgica a los productos químicos.

Padre estaba en Atenas, así que Elyse se quedó sola con todos nosotros, con solo su criada y nuestro conductor para ayudarla.

.. y Farouk no había pasado la varicela.

—¡Dios mío! —A Tanya le pareció fascinante... bastante horroroso, pero fascinante.

—Sí. —Se acomodó en una silla baja y la atrajo hacia su regazo—.

Incluso después de terminar la universidad y establecerme en casa con Saiid y Jauhara, con Padre y Elyse todavía destinados por todo el mundo, siempre había mucha familia, gente que iba y venía.

No hay mucha privacidad en una familia grande.

Y cada vez que alguien volvía a casa, se organizaba una gran fiesta con toda la familia, hasta el último primo, para celebrar.

Si tienes en cuenta que estamos emparentados con la mitad de Taqara.

.. bueno, la cosa se descontrola bastante.

—¿Cómo alimentas a toda esa gente? —Tanya no podía imaginárselo.

—No es tan difícil —le dijo él—. Muchos traen platos, como la semana pasada cuando todos vinieron aquí.

Para la carne y el arroz, tenemos lo que se llama matbakh, literalmente, cocina.

Vas al mercado de ganado por la mañana y compras un cordero o una oveja.

.. o dos o tres, o los que hagan falta, los cargas en el coche o la camioneta y los llevas al matbakh.

Luego vuelves por la tarde y recoges bandejas de arroz y carne, todo listo para servir.

Para el resto... todos arriman el hombro y ayudan a preparar la comida. Igual que aquí.

Tanya le dirigió una mirada burlona.

—Aquí, las mujeres hicieron casi toda la comida, mientras los hombres se quedaban fuera charlando y viendo cómo giraba el pollo en el asador.

Bennett tuvo la decencia de agachar la cabeza, avergonzado. —Touché.

—Entonces, ¿los hombres cuidan de los niños para que no molesten a las mujeres mientras preparan la cena para todos?

Él carraspeó.

—No.

—¿Se encargan de poner la mesa y de servirse ellos mismos?

—No exactamente.

Ella lo miró con expresión calculadora. —Al menos dime que son ellos quienes matan los pollos que se van a cocinar.

Él negó con la cabeza, conteniendo a duras penas una sonrisa.

—¿Y bien? —lo instó ella.

—Nosotros, eh... hacemos una hoguera fuera y nos sentamos alrededor a hablar de política y religión, y a preparar café árabe.

Y quizás a jugar al trik-trak o al shataranj.

.. eso es ajedrez. A menos que haya partido de fútbol, claro, y entonces nos sentamos dentro a verlo hasta que nos avisan de que la cena está lista.

—En mi defensa —se apresuró a añadir—, tenemos criadas que se encargan de casi toda la cocina y de toda la limpieza.

—¿Criadas?

—Sí. —Le sonrió—. Todo el mundo tiene al menos una. Pregúntale a Fatima o a Nadia alguna vez cuánto cocinan realmente en su país. Es más bien un pasatiempo.

Al oír que se abría la puerta del garaje, miró el reloj frunciendo el ceño.

—Khalid ha soltado a la clase antes de tiempo para venir corriendo a casa. —No era difícil adivinarlo.

Bennett se limitó a reírse. —¿Pensabas que no lo haría?

—Podría haberse quedado, total, Sarah se ha vuelto a dormir.

Con un suspiro, se bajó de su regazo.

—Oye. —Él le cogió la mano—. Tanya, tengo que hablar contigo.

Ella parpadeó, extrañada por su expresión seria.

—Bueno, claro.

La puerta del garaje se abrió y Khalid entró con cara de preocupación. Tanya se llevó un dedo a los labios y señaló hacia el salón.

—Chis —le advirtió—. Está dormida.

Khalid asintió, pero se dirigió al salón de todos modos. Tanya suspiró y se volvió hacia Bennett.

—Justo cuando estaba empezando a aflojar un poco.

—Sí. Oye, Tanya, escucha. Creo que estoy listo para dejar las muletas.

Ella frunció los labios, pensativa. Llevaba un par de semanas moviéndose bien sin las muletas en su habitación, y cada día se mantenía más firme. Probablemente estaba preparado para dar el siguiente paso. Aun así, conociendo a Bennett... le lanzó una mirada severa.

—No irás a correr el Maratón de Boston ni a apuntarte al Sierra Club para hacer senderismo ni nada por el estilo, ¿verdad?

Él se rio, la atrajo hacia sí y la sentó de nuevo en su regazo. —No, no lo haré. Te lo juro.

—¿Y te llevarás las muletas si vas a algún sitio donde tengas que estar de pie o caminar mucho rato?

—¡Oye, que no soy tonto! —protestó.

—No. Pero te conozco —le dijo.

Bennett, sin el menor remordimiento, se limitó a sonreír. —Sí. ¿Te gusta?

—Mmmm. —Se acurrucó en sus brazos y apoyó la cabeza en su hombro musculoso—. Pero no se lo digas a nadie.

—¡Eh! No te vayas a quedar dormida, ¿eh? Ya casi es hora de cenar. —Hizo una pausa—. Siempre podemos pedir pizza.

Tanya se incorporó tan rápido que casi le dio con la cabeza en la barbilla.

—¡Ni se te ocurra!

Bennett pareció pensárselo. —Pero me apetece pizza.

Tanya se inclinó para mirar la pantalla luminosa del microondas por encima del hombro de él.

—Demasiado tarde —decidió—. La levadura tarda en subir. Si quieres pizza, iremos a un restaurante italiano como Dios manda, pero de ninguna manera vas a pedir pizza a domicilio.

—¡No tiene nada de malo!

—¡Ja! —Le lanzó su mejor mirada de indignación—. Ya tuve bastante de eso cuando vivía en la residencia universitaria durante cuatro años, y juré que nunca volvería a comer pizza a domicilio.

—¿Por qué no vais a Petrini's? —Khalid había entrado en la cocina sin que se dieran cuenta—. Podéis cenar allí y luego traernos mostacholi a Sarah y a mí.

—Eso puede funcionar —decidió Tanya—. Petrini's es estupendo. No creo que Bennett haya ido todavía.

—La comida es buena. —Una sonrisa nostálgica asomó a los labios de Khalid—. Llevé a Sarah allí en nuestra primera cita. No sabía quién era, ni nada de ella... ni siquiera dónde vivía. Pero al final de la velada, supe que era la mujer de mi vida.

Bennett frunció el ceño y miró a su hermano. —¿Cómo que no sabías quién era?