Castillos de arena (Hijos del desierto nº 2) Capítulo Quince
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Capítulo Quince

Al final, Nadia volvió en avión a San Francisco para sus exámenes. Khalid había sido tajante.

—No gana nada quedándose allí. Y Sarah se cansa con facilidad; cuanta menos gente haya cuando llegue, mejor para ella al principio. Nadia puede volver y quedarse todo el verano si quiere, pero por ahora es mejor así.

Tanya estaba de acuerdo, pero Nadia no se dejó convencer de volver a Berkeley hasta que habló por teléfono con la propia Sarah.

Elyse y Rashid habían regresado al puesto diplomático de Rashid —actualmente en Moscú—, así que solo ella y Bennett fueron a recibir a Khalid y Sarah al aeropuerto, no una sino dos semanas después.

Tanya observó el jet trazar círculos antes de aterrizar, entornando los ojos contra el sol poniente mientras el pequeño avión plateado llegaba por fin desde el oeste. A su lado, Bennett se rio en voz baja, balanceando las manos entrelazadas de ambos.

—Tanya, Khalid dijo que estaba perfectamente.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué me estás cortando la circulación de los dedos?

—Ups.

Tanya le soltó la mano con una mirada de disculpa y él volvió a reírse, enderezándose para estirar los hombros y ajustar las muletas en las que se apoyaba.

El jet de Khalid ya había aterrizado, pero lo tapaba el avión comercial que descargaba a los últimos pasajeros en la terminal principal.

Tanya apenas miró el avión más grande mientras esperaba con ansiedad.

Tenía un nudo en el pecho que no se le iba a deshacer hasta que viera a Sarah con sus propios ojos.

El pequeño jet apareció rodando lentamente hasta detenerse a pocos metros.

Tanya contuvo la impaciencia mientras se abría la puerta y se bajaban las escaleras.

Solo un momento después, Khalid apareció en la entrada con Sarah bien sujeta en brazos.

Estaba pálida pero feliz mientras su marido la bajaba por la corta escalera, y los saludó con una sonrisa alegre.

Al ver la silla de ruedas, sin embargo, puso los ojos en blanco.

—Soy perfectamente capaz de caminar —dijo sotto voce a nadie en particular.

—Cuando llegues a casa, habibti —le aseguró Khalid.

Bennett le guiñó un ojo a Tanya.

—Deberías alegrarte de que esté libre —le dijo a Sarah mientras Khalid la acomodaba en la silla.

—¡Y lo estoy! —Les sonrió a ambos—. Qué alegría verte de pie por fin, Bennett.

Tanya se inclinó para abrazarla, notando su ligera fragilidad, el agotamiento que Sarah no lograba ocultar del todo.

Aun así, la sonrisa de Sarah no flaqueó mientras se dirigían al aparcamiento.

Tanya sintió un enorme alivio e intercambió una sonrisa con Bennett, que avanzaba con soltura apoyado en sus muletas.

—¿Te sientes mejor ahora? —le murmuró al oído. Había un brillo burlón en sus ojos verdes, y ella respondió con una sonrisa irónica.

—Sí. Me alegro de que por fin le dieran el alta.

Sarah miró por encima del hombro de Khalid, pues obviamente había oído. Resopló.

—Khalid no dejó en paz a los médicos. ¡Seguro que estaban encantados de librarse de mí!

Bennett se rio, pero Tanya pensó para sus adentros que Khalid tenía peor aspecto que Sarah.

Su tez morena lucía una palidez cenicienta, tenía ojeras marcadas y la mandíbula apretada.

Aunque trataba a Sarah con ternura al subirla a la furgoneta, su tensión era evidente en los movimientos cortos y bruscos con que plegó la silla de ruedas, y en cómo aferraba el volante con los nudillos blancos mientras salían del aeropuerto.

Tanya intercambió una mirada silenciosa con Bennett en el asiento trasero, y él le cubrió la mano para tranquilizarla.

—Se pondrá bien —le aseguró Bennett más tarde, mientras ella lo observaba entrenar en el gimnasio—.

Estuvo así durante meses después de que Saiid desapareciera, en la guerra.

Khalid se ausentaba días enteros... rastreando Khobeira, entrevistando a vecinos que lo habían visto por última vez, recorriendo los hospitales de ambos países.

Buscando entre los cadáveres que todos se afanaban por identificar.

Tanya se estremeció.

—¡Qué espanto!

—Sí. Pero Sarah está bien, y él se recuperará ahora que la tiene en casa.

—¿Y tú? —preguntó ella, observándolo con atención—. ¿Estás bien?

—Sí. —Bennett se incorporó y le tendió la mano. Ella se acercó y dejó que la atrajera a su lado en el banco de pesas. Él la miró fijamente a los ojos—. Sí, de verdad estoy bien, Tanya. Voy a estar bien.

—¿Has pensado más en lo que te gustaría hacer?

Él suspiró, pasándose la mano por el pelo.

—Sí, algo. Bueno, mucho, supongo. Hablé con Jesse por teléfono la semana pasada sobre su negocio de informática; podría trabajar para él en esa zona, en Taqara y Khobeira, pero.

.. ay, no sé. —Suspiró de nuevo, negando con la cabeza—.

Me gustan los ordenadores, pero no soportaría estar encadenado a una oficina todo el día.

Además, hemos estado hablando de que se asocie con la empresa de Saiid, y si lo hiciera no me necesitaría de todos modos, salvo como contacto ocasional, y eso ya lo hago.

Por eso estaba en Khobeira, para empezar: para reunirme con el director comercial y firmar unos papeles.

Tanya se mordió el labio inferior, pensativa.

—¿Tu familia no se dedica también a la importación y exportación?

—Sí, pero eso también está ya montado. Quien esté en casa cuando surge un problema se encarga, igual que hacemos con el negocio de Saiid.

Podría hacerme cargo de alguna rama, supongo, y abrir mi propia tienda.

.. de electrónica o algo así, quizá... pero eso es casi tan aburrido como pasarme el día sentado delante de un ordenador.

A Tanya le hacía gracia y a la vez le sorprendía un poco aquella actitud despreocupada hacia lo que, según le había contado Sarah, era una enorme corporación multimillonaria propiedad de la familia Al Mansour.

—¿Y si no hay nadie de la familia? —preguntó, fascinada.

Él se encogió de hombros.

—El entrenador jefe se queda al mando de la casa cuando la familia está fuera.

Si surgiera algo, enviaría un fax a mi padre o a Khalid pidiendo instrucciones, y si estuvieran demasiado ocupados para encargarse, me lo pasarían a mí, o a Michael, o a Jauhara, que está cerca, en Al Qalat. Depende de lo que haga falta.

Okkkkk-ay. Se lo pensó un momento.

—¿No hay otro hermano?

—Sí. Faisal. Casi nunca está disponible. Forma parte de un equipo especial que combate incendios en pozos petrolíferos, y apenas lo vemos. De hecho, ahora mismo está en San Diego, participando en un ejercicio conjunto con los SEAL de la Marina estadounidense. Algo de contraterrorismo.

Contraterrorismo. Solo oír esas palabras le provocó un escalofrío.

—Debe de ser duro para tu madre.

—Para todos nosotros —Bennett frunció el ceño mirando las pesas que descansaban inofensivas en el suelo, cerca de él—. Nunca sabemos si la próxima vez que lo veamos será la última. Uno pensaría que con una tragedia en la familia bastaría.

Se refería a Saiid, comprendió Tanya. Dos meses atrás, Bennett habría considerado su propio accidente también como una tragedia.

De verdad iba a recuperarse. Ese pensamiento le provocó un extraño dolor punzante en el pecho.

Estaba recuperando la confianza tan rápido como la fuerza física.

No tardaría mucho en marcharse... en volver a su vida en Taqara. Y la dejaría a ella.

Le dolía más de lo que debería... al fin y al cabo, había sabido desde el principio que Bennett se iría.

Aunque no se marchara de allí, algún día la dejaría a ella de todos modos.

Todos los demás en su vida siempre la habían abandonado.

Algunas personas simplemente no estaban destinadas a tener una familia, y hacía años que sabía que ella era una de ellas.

Entonces, ¿por qué estar sola le parecía ahora mucho más insoportable?

Bennett respondió a su suspiro con otro.

—No lo sé, Tanya —dijo él—. Le he dado vueltas y vueltas, y no se me ocurre nada. Quiero... hacer algo... algo activo, algo útil. Pero no sé qué.

La respuesta estaba justo delante de sus narices, y aun así no la veía, pensó divertida. Tan cerca y a la vez tan lejos. Dejaría que le diera vueltas un poco más antes de hacerle su sugerencia.

Él le dio un toquecito en la cadera.

—Tengo que seguir con el entrenamiento. Siéntate en la silla y háblame. ¿Cómo está Sarah?

—De momento, bien —sin hacer caso de la silla junto a la puerta del patio, Tanya se dejó caer sobre la colchoneta al lado del banco.

Dobló las rodillas y apoyó la barbilla en los brazos mientras lo observaba levantar las piernas, con pesas atadas a los tobillos—.

Aunque está muy débil. Khalid la mandó a la cama a echarse una siesta hace media hora.

Bennett hizo una mueca.

—Khalid va a ser insoportable durante una temporada. Espero que Sarah tenga la paciencia de una santa. La va a necesitar.