Capítulo Trece
—Houston, tenemos un problema.
Tanya levantó la vista cuando Sarah entró en la sala de estar con la preocupación reflejada en los ojos. Khalid la seguía de cerca.
—Tenemos que ir a Nueva York. Volamos el viernes por la noche —hizo una mueca de disgusto—. Vuelo comercial.
¿Nueva York? ¿No Washington? Tanya intercambió una mirada con Bennett.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
Sarah se dejó caer en uno de los sillones mullidos. Una vez más, Tanya notó lo pálida y cansada que parecía.
—Pasé a ver a Lisa ayer por la tarde —hizo una pausa significativa—. Estaba haciendo las maletas.
Tanya se incorporó de golpe con un grito ahogado.
—¡¿Qué?!
Con los hombros caídos, Sarah miró a Khalid, que se había sentado en el brazo del sillón.
—Cree que Richard va a ir a por ella; que está poniendo a Jesse en peligro quedándose allí. No solo a Jesse, sino también a Nick y Margaret, el matrimonio que vive allí cuidándolo: él es el chófer y ella el ama de llaves.
—Dios mío —suspiró Tanya, pasándose los dedos por el pelo—. Debería haberme dado cuenta... No sé cómo no até cabos cuando nos contaste que Richard había salido de prisión.
Sarah frunció el ceño.
—¿Lo sabías?
—Siempre ha pensado que iría a por ella —explicó Tanya, preocupada—.
Aunque ella pensaba más bien en que se escapara, no en que lo soltaran.
El primer año en la residencia, después del accidente, se despertaba gritando con las pesadillas más horribles.
Decía que llevaba mucho tiempo sin tenerlas, pero estar inmovilizada con las férulas y el collarín, sin poder ni sentarse sin ayuda, y mucho menos levantarse de la cama, hizo que volvieran.
Se sentía atrapada, como si él fuera a venir y ella no pudiera escapar.
Sarah parecía dolida.
—La conozco desde hace un año y nunca me había dicho nada de esto hasta ayer.
Khalid se removió en su asiento y acarició el pelo de su esposa.
—Habibti. Era un miedo irracional. Ella lo sabía, y con ese hombre bien encerrado en prisión, no habría querido hablar de ello.
—Creo que no me lo habría contado —coincidió Tanya— si no hubiera sido por las pesadillas que empezaron después del accidente. Como éramos compañeras de habitación, era imposible que no me diera cuenta.
La culpa se apoderó de ella por haber estado tan absorta en su propia vida, en su creciente amor por Bennett, que no había visto con claridad lo que estaba pasando su amiga.
—Debería haberlo sabido. Debería haber estado más pendiente de ella, pero pensé... con Jesse... estaba tan feliz. Pensé que estaría bien. No se me ocurrió que siguiera temiendo que Richard fuera a por ella. ¡Simplemente no pensé!
—Se lo ha guardado todo muy dentro —le dijo Sarah—.
No creo que Lisa haya hablado de esto con nadie.
Se ha encerrado en sí misma desde que recibió la noticia.
Logré convencerla de que no se fuera de inmediato.
Le dije que hablaría con Khalid para ver si podíamos encontrar alguna solución.
No quiere dejar a Jesse, pero está aterrorizada.
—Entonces, ¿habéis encontrado algo? —preguntó Tanya.
Sarah asintió.
—Resulta que Jesse y Margaret la oyeron hablando conmigo. Así que Jesse y Khalid hablaron anoche, y esta mañana Jesse llamó a su abogado, Bruce Langstrom, en Nueva York. Dijo que ni Lisa ni nadie más corre ningún peligro con Richard.
—El problema es —miró a su marido— que Lisa no escucha. Ni a Bruce ni a nadie. Así que...
—Así que Jesse la va a llevar a reunirse con Bruce, que ha organizado para que Richard también esté presente.
—Dios mío —susurró Tanya, mirándolos fijamente. Sintió que el brazo de Bennett le rodeaba los hombros, pero ni siquiera el calor de su abrazo pudo ahuyentar el frío que se apoderó de ella—. No, ¡no pueden hacer eso! Sarah, ¡su peor pesadilla es encontrarse cara a cara con él!
—A veces —observó Khalid con suavidad—, la única manera de superar tu peor pesadilla es enfrentarte a ella cara a cara.
—Sí, pero... ¿y si Bruce se equivoca? Y Jesse... ¿y si sale mal? Puede que ella nunca lo perdone; la perdería para siempre.
—Ya la está perdiendo —señaló Sarah—. Lisa no está siendo nada racional. Si crees que sus pesadillas eran malas cuando solo temía que Richard quedara libre, deberías meterte en su cabeza ahora que lo está.
Khalid se inclinó hacia delante y atrajo la atención de Tanya.
—Mira. A estas alturas, Jesse siente que no tiene nada que perder.
Nada de lo que nadie diga... ni él, ni yo, ni su abogado.
.. convencerá a Lisa de que ese hombre no es una amenaza para ella ni para quienes la rodean.
La confrontación es la única manera de resolver esto.
Y tiene que resolverse, de un modo u otro.
Podía entender la lógica. Pero aun así, tenía un mal presentimiento que la roía por dentro. Volvió a mirar a Sarah y notó la leve palidez en las mejillas de su amiga.
—¿Así que vais de apoyo?
—No estaremos en la reunión —dijo Sarah—. Esperaremos abajo, en el vestíbulo... Bruce dice que el despacho está en uno de esos edificios grandes y antiguos.
—La voz de la razón, a la espera —Bennett sonrió a su hermano mayor, que hizo una mueca.
—No digo que Jesse esté contento con esto. Pero no ve que tenga otra opción a estas alturas.
—Dijo —Sarah miró a Khalid con intención— que ha esperado años por Lisa y que no iba a dejar que se alejara de él sin luchar.
Khalid sonrió a su esposa e, inclinándose, le besó con ternura el rostro que ella alzaba hacia él. —Así es.
—Estamos interrumpiendo otra vez —susurró Tanya teatralmente a Bennett.
Él se incorporó con un suspiro, acercó la silla de ruedas y se pasó a ella con facilidad.
—¿Cómo es que siempre entran ellos en la habitación donde estamos y acabamos siendo nosotros los que nos vamos? —se quejó.
Tanya se inclinó y le besó la mandíbula.
—No importa —lo consoló—. Ya encontraremos nuestra propia fiesta privada.
—Suena bien. —Se dio una palmadita en el regazo—. ¿Te llevo, preciosa?
Entre las risas ahogadas de Sarah, Tanya se deslizó del sofá a los brazos que Bennett le tendía. Él la acomodó contra sí.
—¿Tu habitación o la mía?
Ella fingió pensárselo mientras le pasaba el brazo por la cintura.
—La tuya —decidió, y le dedicó una sonrisa traviesa—. A menos que puedas convencer a tu hermano de que instale un ascensor en los próximos cinco minutos.
La risa de Sarah los siguió por el pasillo. Pero una vez dentro de la habitación de Bennett, él se apartó y la miró con preocupación.
—¿Qué te pasa, Tanya?
Tanya hundió el rostro en su pecho, envuelta en su fuerza. No se había dado cuenta de lo transparentes que eran sus emociones, ni de que Bennett notaría su tensión.
—Es solo un mal presentimiento. No me gusta nada.
—¿Es por ese hombre, ese tal Richard? —preguntó con suavidad.
—No lo sé. —Se acurrucó más contra él—. Ojalá no fueran.
—¿A Khalid y Sarah te refieres?
Ella asintió y sintió la mano de él acariciándole el pelo, un contacto reconfortante.
—Creía que los hombres no debían ser sensibles ni comprensivos —murmuró.
La risa sorprendida de Bennett resonó bajo su mejilla.
—¿Debería limitarme a parecer varonil y noble, y decirte que no te calientes esa linda cabecita? Después de todo —le dio un golpecito en la barbilla con el dedo—, ese es mi hermano mayor. ¿Qué podría salir mal, estando Khalid allí para arreglarlo todo?
Bennett silbaba mientras salía del baño.
Planeaba aprovechar al máximo esta noche, una de las pocas que habían tenido a solas en la casa.
La noche anterior, Tanya había estado alterada después de ver partir a Khalid y Sarah hacia Nueva York.
Calmar aquella ansiedad difusa no había sido fácil, y la había abrazado durante toda la noche mientras ella dormía inquieta, despertando sobresaltada a cada rato.
Esta noche, sin embargo, era otra cosa. Tanya le pertenecía en cuerpo, corazón y alma. Lo sabía con cada fibra de su ser. Esta noche haría que ella también lo viera así. No podía alejarse de ella cuando regresara a Taqara. De alguna manera tenía que convencerla de que fuera con él.
De pronto se preguntó si debería consultar con Khalid.
Nunca se le había ocurrido hablar con su hermano de algo tan personal.
Simplemente no se hacía. Y sin embargo..
. Demonios, ¿qué daño podía hacer? No iba a perder a Tanya, costara lo que costara.
Aunque eso significara acudir a su hermano mayor en busca de consejo sobre su vida amorosa.
Forcejeó para ponerse unos vaqueros, maldiciendo lo rígidos que eran mientras intentaba subírselos por las caderas. Normalmente usaba chándal o pantalones holgados, pero por alguna razón le había dado por ponerse estas malditas cosas. Quizás debería esperar a poder ponerse de pie solo.
El teléfono sonó de repente.
—¡Yo contesto! —gritó Tanya con voz alegre desde la cocina.
Bennett por fin logró subirse los vaqueros y abrocharlos. Triunfante, giró la silla de ruedas hacia la puerta mientras se secaba el pelo con la toalla.
—¡No!
El horror en la voz de Tanya le golpeó el pecho como dedos helados que se cerraban en torno a su corazón.
Bennett dejó caer la toalla y dos giros rápidos de las ruedas grandes lo llevaron a la puerta del dormitorio.
Tanya estaba junto a la encimera de la cocina, aferrando el auricular con ambas manos.
Miró a su alrededor con ojos desorbitados cuando él cruzó la puerta, y Bennett vio el miedo en aquellas profundidades verdes, nubladas.
—Bennett está aquí. ¿Quieres que...? De acuerdo.
Se quedó mirando el teléfono un largo momento antes de colgarlo con manos temblorosas.
—¿Quién era? —Bennett se acercó con la silla y le tomó la mano. Tenía los dedos helados.
—Khalid. Es Sarah... —los ojos verdes se le llenaron de lágrimas—. Han apuñalado a Sarah.
—Ma'shallah! ¡Dios mío! ¿Ha sido Richard?
Ella negó con la cabeza. —No. Fue después de salir de la oficina de Bruce, en la calle.
—Pero ¿cómo? ¿Qué ha pasado? ¿Cómo está?
—No lo sé. Mal. Khalid dijo que la reunión había ido bien. Fue... fue después. Luego llegó el médico y Khalid colgó.