Capítulo Nueve #2
Ella negó con la cabeza y volvió a hundir el rostro en el ramo que sostenía acunado en los brazos, sintiendo los suaves pétalos aterciopelados en la cara. Se oyó un leve susurro y, al alzar la vista, encontró a Bennett a su lado.
—Vamos, preciosa —la engatusó—. Deja que te lleve.
Con una risa, se acurrucó en su regazo, acunando las flores y abrazándolo a la vez.
—Gracias —susurró contra su cuello—. Son preciosas.
Él maniobró la silla con destreza por la puerta de la cocina y luego se detuvo. Le acarició la mejilla con los dedos.
—¿Qué es esto? ¿Lágrimas?
Inclinó la cabeza y sus labios rozaron los de ella con suma suavidad en una breve caricia. La luz en sus ojos mientras la miraba contenía algo más que pasión; Tanya vio ternura también, y aquellos labios bellamente esculpidos se curvaron en una sonrisa. Le acarició la mejilla con un dedo.
—Te prometí flores —dijo—. Y velas y romance. Lo decía en serio, Tanya.
Ella se recostó contra él, feliz de sentirse rodeada por sus brazos.
—No nos quedan velas —se sintió obligada a señalar.
—Mmhmm —fue su único comentario.
Las velas llegaron después de la cena. Las trajo Fatima: una docena de velas blancas en frascos altos, con el rostro iluminado por una viva curiosidad. Tanya la vio en el umbral y gimió, cubriéndose la cara con ambas manos. Riendo, Fatima le puso las bolsas en las manos.
—No me quedo —le aseguró a Tanya. Su mirada era sorprendentemente pícara para una dama musulmana tradicional—. Estoy segura de que Bennett puede encargarse de todo solo.
La risa grave de Bennett resonó a espaldas de Tanya mientras ella cerraba la puerta.
—¿Ves? Siempre cumplo mis promesas —tomó una de las bolsas y miró dentro—. Pensé que estas eran las mejores. Quería velas de candelabro, pero no creí que a Khalid le hiciera gracia que le incendiara la casa.
Tanya tuvo que reprimir un resoplido de risa nada femenino.
—Puede que tengas razón —admitió, logrando mantener la cara seria.
—Vamos —el brazo de Bennett le rodeó la cintura y la atrajo para sentarla en su regazo.
—Siempre me estás llevando de un lado a otro —le dijo, y él sonrió.
—Sí. Me gusta.
—Flores, velas... debes de ser un romántico en secreto.
Bennett logró parecer ofendido y pagado de sí mismo a la vez.
—Soy árabe. Todos los árabes somos románticos. ¿Es que no has leído nada?
Tanya se rio con la cara hundida en su hombro.
—Ajá —recogió las piernas mientras él cruzaba la puerta del dormitorio—. Sarah tiene todas esas novelas, empezando por El jeque de E.M. Hull.
—Leí esa la semana pasada —admitió Bennett—. Mientras tú estabas de compras y yo me aburría.
Detuvo la silla junto a la cama y le acarició el rostro con suavidad.
—No puedo ser tu ayuda de cámara —dijo con cierto pesar. Le llevó los dedos a los labios, cálidos y suaves, y se demoró en ellos. Sus ojos verdes se oscurecieron, y el brillo de su mirada era una promesa—. Pero seré tu amante, si me dejas.
—Eso quiero —susurró Tanya. Imposible resistirse a él. No recordaba haber deseado nada tanto en su vida como deseaba a Bennett.
Se deslizó de su cómodo lugar en el regazo de Bennett y distribuyó las velas por la habitación: una en cada mesita de noche, varias sobre la cómoda, otras aquí y allá en las estanterías bajas que cubrían las paredes.
Encontró cerillas en la cocina y las fue encendiendo una a una hasta que la habitación quedó bañada en una luz tenue que parpadeaba en las paredes y el techo.
Trajo los dos jarrones con las gardenias, los puso en las mesitas de noche, y su aroma dulce y suave inundó la estancia.
Con cierta timidez se volvió hacia la cama, donde Bennett la esperaba tumbado, cubierto hasta la cintura por una sábana. Le tendió una mano morena y esbelta.
—Ven.
Tanya puso la mano en la suya, y los dedos de Bennett se cerraron cálidamente en torno a ella, atrayéndola a la cama. En sus ojos había afecto y promesa, y sonrió con leve diversión.
—¿Tímida?
Sin palabras, Tanya solo pudo asentir.
—No lo estés. Solo soy yo. No tienes por qué estarlo.
Una mano ascendió hasta posarse en su pecho en una suave caricia, y ella se estremeció al sentir la oleada de calor.
—¿Te gusta? —preguntó él en voz baja.
Tanya volvió a asentir.
—Sí —logró susurrar.
Bennett sonrió.
—A mí también.
Tumbado de lado, apoyado en un codo, le desabrochó los botones de la blusa con la mano libre y separó la tela, contemplándola en silencio. Tanya no pudo evitar ruborizarse.
—Jamiila. Eres tan hermosa —susurró, y bajó la cabeza hacia sus pechos para tomar un pezón entre los labios. Tanya jadeó cuando el calor la atravesó como un rayo.
—¡Bennett!
No tenía prisa; la fue despertando poco a poco con caricias persuasivas y toques íntimos, hasta que Tanya se sintió atrapada en un torbellino de sensaciones cada vez más intensas, con Bennett como única ancla. Cuando por fin se irguió sobre ella, estaba consumida por el deseo.
—¡Ven a mí, Bennett!
—Voy —susurró con voz extrañamente ronca—. Ahora, Tanya.
Entonces se unió a ella, y el mundo empezó a girar sin control mientras él la llevaba cada vez más alto, hasta que alcanzó la cima. A lo lejos oyó que él pronunciaba su nombre mientras se dejaba llevar por su propio clímax.
Permanecieron así largo rato, con los cuerpos aún entrelazados mientras recuperaban el aliento.
Bennett se movió al fin, se desplazó hacia un lado y la atrajo consigo para que se recostara contra él.
Tanya nunca había sentido una satisfacción semejante, envuelta en los brazos de Bennett, con la mejilla apoyada en su hombro ancho y fuerte, mientras las manos de él le acariciaban suavemente el pelo y la espalda.
—¿Estás bien? —preguntó él.
—Mmhmm —murmuró ella con pereza.
—Yo también —Tanya sintió los labios de él en la frente y emitió un murmullo de satisfacción—. Duerme, Tanya. Bahibbik.
Tendría que preguntarle a Sarah qué significaba eso, pensó Tanya justo cuando el sueño la vencía. Mañana.