Castillos de arena (Hijos del desierto nº 2) Capítulo Seis #3
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Capítulo Seis #3

—Viví con mi primera familia de acogida hasta los cinco años.

Querían adoptarme, pero eran negros, y los tribunales no les permitieron adoptar a una niña blanca.

Supongo que eran lo bastante buenos para cuidarme, pero no para ser mi familia.

—Aún sentía aquel ramalazo de amargura—.

Seguían luchando contra los tribunales cuando murieron en un accidente de coche. Iban de camino a otra audiencia más.

No habrían muerto de no ser por ella. Ya ni siquiera podía recordar el rostro de aquella mujer, pero nunca, jamás olvidaría el amor con el que la habían rodeado esos primeros años.

Hacía poco había descubierto el nombre de una sobrina de ellos, una chica de su edad con la que había jugado en aquellos primeros años, y le había escrito para pedirle una foto de la pareja.

—¿Qué pasó después? —la voz tranquila de Bennett la sacó de su ensimismamiento.

—Después de eso, me tocó jugar a las sillas musicales con familias de acogida durante los siguientes doce años.

—Se encogió de hombros—. No entendía, cuando murieron, por qué mi mamá y mi papá se habían ido.

Gritaba y pateaba cuando alguien se acercaba, porque la gente seguía diciéndome que no eran mi madre y mi padre, y yo no les creía.

Además, era demasiado mayor para que me adoptaran.

La gente quiere bebés adorables y tiernos, sin cargas a cuestas.

Bennett parecía horrorizado. —¡Pero debiste de ser una niña preciosa! Seguro que alguien tuvo que querer adoptarte...

Los Mosely lo habían hecho, y ya se sabía cómo había acabado aquello. Y luego estaba la otra familia.

—Hubo una pareja que me acogió cuando tenía doce años —dijo en voz baja—. Querían adoptarme. Pero tenían un hijo mayor, un adolescente que no soportaba la atención que me dedicaban.

Él había intentado violarla. Aquello había destrozado a la familia.

—Solo estuve allí una semana. Volví al sistema de acogida antes incluso de que se tramitaran los papeles. Después de aquello, me negué a plantearme siquiera quedarme con una familia, dejar que nadie me adoptara.

Una pareja había muerto por su culpa, otra familia se había roto. No había estado dispuesta a intentarlo una tercera vez. Se encogió de hombros.

—Tampoco fue una mala vida. No pasé hambre, no sufrí abusos, no me pegaron ni me descuidaron. Me fue bien en la escuela, fui a la universidad. Ahora me abro camino sola.

Había ira en su cara, en sus ojos, pero los dedos que aún le sostenían el rostro eran delicados.

—Pero no tuviste una familia. Seguridad. Amor. Nadie que fuera tuyo.

—No.

Hubo un largo silencio. Bennett parecía debatirse consigo mismo.

—Dios, Tanya —estalló—. Ni siquiera puedo imaginar...

—Eso espero —replicó ella con aspereza. Le apartó el pie del regazo y se levantó para sentarse a su lado izquierdo—. La otra pierna, aquí.

Le dedicó una sonrisa mientras empezaba a trabajarle el pie izquierdo.

—Así que la próxima vez que pienses que tu familia es pesada, que te agobia y quiere que hagas esto o aquello por tu bien, da gracias al cielo por tenerlos.

—¡Lo haré! —La exclamación le salió del alma—.

Cuando desperté en el hospital, Elyse estaba allí, y Khalid y Jauhara.

Michael. Y los demás. Siempre estaban conmigo, animándome, acompañándome.

Luego vino mi padre, y otros también, por supuesto.

A veces... la mayoría de las veces... deseaba que todos se fueran y me dejaran en paz. ¡Pero Dios! ¡No tenerlos en absoluto!

Bennett se sumió en un silencio contemplativo, y Tanya se concentró en su trabajo. Sus dedos buscaban los músculos atrofiados y los tendones debilitados, estimulaban los nervios, llevaban la circulación vital a la piel.

—Qué extraño —dijo lentamente—. Habría pensado que, después de criarte como te criaste, un hogar y una familia propios serían un sueño que por fin podrías hacer realidad de adulta.

No con su historial. Tanya apartó de sí el dolor que le causaban sus palabras.

—Voy a ser famosa —le dijo—. Voy a ser una de las mejores fisioterapeutas del mundo, y la gente me reclamará de todas partes.

Era un bonito discursito, bien ensayado de tantas veces como lo había soltado ante la gente. Bennett, sin embargo, no parecía muy convencido.

—De verdad. —Se recostó y le levantó un poco el pie para alcanzarle la pantorrilla—. Cada vez que vuelva a casa, mi correo rebosará de ofertas, y podré elegir los trabajos que quiera, los lugares.

Se fue animando con el tema. —Podré exigir el salario que quiera, y tendré suficiente ahorrado para que, si algún niño en Guatemala me necesita, pueda ir a verlo gratis. Y cuando termine allí, podré aceptar un cliente en algún lugar exótico y lujoso. Hawái, tal vez, o París. Río o Montecarlo.

Y si alguna vez tenía un bebé, nunca... ¡nunca!

... la abandonaría, la tiraría a un contenedor de basura como los restos de carne entre los que la habían encontrado a ella aquel día.

Pero nunca tendría un bebé, ni un marido, ni un hogar.

Había cosas que simplemente no estaban hechas para ella.

Si algo había aprendido bien al crecer, era que nunca estaba destinada a tener una familia propia.

—Bueno, parece que vas por buen camino. —Bennett bajó la pierna y estiró la espalda—. Venga, salgamos de aquí. Es hora de comer.

Ella se rio de su tono apremiante y se puso de pie.

—Nada como el ejercicio y un jacuzzi para abrir el apetito.