Castillos de arena (Hijos del desierto nº 2) Capítulo Seis #2
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Capítulo Seis #2

—Sé que quieres recuperar el tiempo perdido —le dijo—. Y eso es genial... de verdad. Pero necesito que me prometas... prometas, Bennett, que no intentarás pasarte solo a ningún sitio que no sea tu cama o el sofá del salón. Y sobre todo, no aquí fuera.

Él la miraba con atención mientras hablaba.

—Te has asustado de verdad, ¿eh? —preguntó.

—Podrías haberte caído y yo ni me habría enterado —señaló el suelo con la cabeza—. El cemento no perdona. ¿Y si te hubieras resbalado al meterte? ¿Y si te hubieras dado un golpe en la cabeza?

Le tomó la mano izquierda, la sostuvo entre las suyas y la apretó con suavidad.

—Pronto tendrás el brazo lo bastante fuerte, sobre todo si sigues haciéndolo tan bien como esta mañana. No pasarán más de un par de semanas, puede que menos, te lo prometo.

Él asintió.

—Sí. Lo siento, Tanya. Quería darte una sorpresa y no pensé.

Tanya tuvo que disimular la cálida oleada de felicidad que la invadió al oír sus palabras. ¡Había querido darle una sorpresa!

—¿Puedes repetirlo para que quede constancia, por favor? —fingió sostener un micrófono—. Quiero asegurarme de que lo he oído bien... ¡un hombre pidiendo perdón!

Él le lanzó un chorro de agua a la cara con la mano. Ella contraatacó, y en poco tiempo había un buen charco empapando el patio. Entre risas, pidió una tregua.

—¡Vale, me rindo!

Él le sonrió de buen humor y ella se recostó, apoyándose contra el lateral de la bañera. Se dio una palmadita en la rodilla.

—¿Puedes levantar la pierna y ponerla aquí?

El agua oponía cierta resistencia, pero lo logró, y Tanya le tomó el pie entre las manos y empezó a masajearlo suavemente.

—No conviene pasar demasiado tiempo en el jacuzzi —le dijo mientras subía hacia la pantorrilla—. Hay un equilibrio muy delicado entre mantener los músculos flexibles y que estén demasiado blandos para desarrollar el tono que necesitas. En realidad, el masaje es mejor.

Bennett asintió.

—Sí, teníamos a un tipo en las Fuerzas Aéreas que se estrelló cuando el motor se tragó un par de pájaros. Saltó en paracaídas, pero aterrizó mal y se rompió la pierna por varios sitios. A veces lo llevaba a rehabilitación; tenían muchas de estas cosas allí.

Señaló la sala donde estaba el equipo de gimnasio.

—Supongo que la fisioterapia viene a ser igual en todas partes.

—Más o menos. Y siempre se están haciendo nuevos avances.

Han salido algunas cosas estupendas que le pedí a Khalid que encargara —le contó Tanya—.

Como un cojín de marcha para cuando puedas ponerte de pie.

Es como un step, pero mejor para lo que necesitas de entrada, y te permitirá pasar a un step más rápido que con el método antiguo.

Te quedas en un sitio, y tiene una cámara de aire que se puede ajustar para que al principio trabajes más la estabilidad y menos el movimiento.

Luego, a medida que progresas, le ponemos más aire mientras trabajas cada vez más el equilibrio al caminar.

Salió el año pasado, y la clínica en la que había estado trabajando acababa de conseguir uno justo antes de que me fuera a trabajar contigo.

Bennett parecía relajado, con la cabeza apoyada en los cojines acolchados que revestían los laterales de la bañera, los ojos cerrados mientras ella le masajeaba la pierna con pericia.

—De verdad te apasiona esto, ¿no? —preguntó.

Tanya sonrió y le flexionó el tobillo mientras le hundía los pulgares en la planta del pie.

—Es a lo que me dedico. Si vas a hacer algo, hazlo lo mejor que puedas; eso es lo que siempre he pensado.

—Ya, bueno, nunca había oído a nadie emocionarse por un cojín de aire.

Tanya se rio y le pellizcó el dedo del pie. Bennett se limitó a sonreír, con los ojos aún cerrados. Era bueno verlo tan relajado, pensó ella.

—Y ¿cómo es tu familia?

La pregunta, tan inesperada, la golpeó como un puñetazo.

Sus dedos vacilaron un momento en el masaje metódico antes de que se obligara a retomar el ritmo.

Le costó más tiempo conseguir que la voz le saliera firme, y era consciente de que Bennett había levantado la cabeza para mirarla.

No le devolvió la mirada, sino que se concentró ferozmente en el pie.

—Soy huérfana.

—Lo siento. —La compasión en su voz era sincera—. ¿Están...? ¿Murieron?

—No lo sé. —No pudo evitar que un tono amargo se colara en su voz—. Cabe suponer que no.

Sin levantar la vista, Tanya notaba que él la estudiaba con atención.

—¿Qué quieres decir?

No estaba segura de cómo responder, ni siquiera de si debía intentarlo.

Bennett venía de una familia grande e increíblemente unida.

Los primos lejanos de Khobeira formaban parte de la familia como si fueran hermanos.

Khalid había dejado todo sin dudarlo un instante para volar junto a Bennett después de la explosión de la mina.

Cuando otra mujer le había anunciado a Sarah, en ausencia de Khalid, que ella, Magda, estaba prometida con Khalid, él había fletado un avión y había volado medio mundo, con Elyse a su lado, para reclamar a la mujer que amaba.

Había abierto su casa a su hermano y gastado miles de dólares en hacer los cambios necesarios para acomodarlo, y eso a pesar de estar recién casado.

Cuando Saiid había muerto, toda la familia se había volcado con Jauhara y sus hijos, y se había asegurado de que el negocio que Saiid había construido sobreviviera y prosperara.

Con ese trasfondo, ¿cómo podría él siquiera empezar a entender cómo había sido su vida? ¿La despreciaría por ello, como otros habían hecho? ¿O peor aún, la compadecería?

—Oye. —Le tocó la barbilla y le levantó la cara. Con los ojos llenos de preocupación, Bennett le acarició la mejilla con el pulgar—. Háblame.

Al fin y al cabo, él había confiado en ella justo la noche anterior. Era justo que se lo contara. Pero no había manera de suavizarlo... eso lo había descubierto hacía mucho tiempo.

—Tenía unos cuatro días cuando me encontraron en un contenedor de basura detrás de un supermercado —le dijo sin rodeos. Estaba orgullosa de poder mantener la voz firme al pronunciar esas palabras—. Nunca descubrieron quién era la mujer.

Era mucho más fácil pensar en ella como «la mujer» que como su madre. Los ojos de Bennett relampaguearon de ira; las arrugas en torno a su boca se tensaron.

—¿Cómo puede ser? —exigió—. ¿Cómo pudo alguien hacer algo así?

Se encogió de hombros. Imposible saberlo.

La intención no había sido que la encontraran, pensó.

Había sido a media tarde cuando un chico del almacén del supermercado había salido a tirar material de embalaje y la había descubierto.

Estaba tan roja como la carne que él cortaba, le dijeron.

Fue en Phoenix, a mediados de julio. Los médicos del hospital al que la habían llevado habían calculado que llevaba allí una hora, quizás.

La mujer que la había dejado allí había querido que muriera; solo el hecho de que alguien se hubiera olvidado de cerrar la tapa del contenedor le había salvado la vida.

El chico del almacén se llamaba Francisco.

Había sido su padrino cuando la bautizaron en su primera familia de acogida.

Había estado allí cuando se graduó del instituto, y más tarde de la universidad. Ahora estaba casado, con hijos propios.

—Entonces, ¿te adoptaron?

Tanya negó con la cabeza.