Castillos de arena (Hijos del desierto nº 2) Capítulo Seis
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Capítulo Seis

Con las rodillas pegadas al pecho, Tanya miraba fijamente las noticias matutinas que pasaban por la televisión, ausente.

Se había despertado temprano, algo alarmada al encontrarse en los brazos de Bennett.

Se había deslizado a regañadientes de su estrecho abrazo y había salido de la habitación, y ahora no sabía cómo enfrentarse a él esa mañana.

¿Lamentaría haberse confiado a ella?, se preguntaba.

¿Tal vez le molestaría que lo hubiera visto en un momento de debilidad?

Cuando por fin oyó abrirse la puerta de su habitación, se puso tensa.

—¿Tanya?

—Aquí —llamó ella mientras estiraba las piernas y se levantaba del sofá.

Su silla de ruedas apareció en el umbral, y Bennett la miró con la cabeza inclinada hacia un lado.

—¿Una mañana de Kellogg's? —preguntó.

Ella no pudo evitar reírse ante la decepción en su voz. Caminó hacia él, siguiéndolo mientras retrocedía con la silla hacia la cocina.

—No. Pero no sabía hasta qué hora dormirías, y no quería despertarte haciendo ruido en la cocina.

—Una tortilla española, con mucha salsa, patatas ralladas y tostadas estará bien —le aseguró él.

Tanya se detuvo con la mano a medio camino de la puerta del frigorífico.

—¿Perdona?

Él le dedicó esa sonrisa devastadora que solo le había visto una o dos veces antes. Sintió un cosquilleo que le llegó hasta los dedos de los pies.

—¿No, eh?

—Ni en sueños —sugirió ella.

—¿Por favor?

Tanya fingió considerarlo. Si esa era la versión árabe de suplicar, no era muy impresionante. Aun así, dando por buena la intención... Ocultó una sonrisa.

—Tortilla española. Solo eso.

—¿Salsa extra? —insistió él—. Yo haré las tostadas.

—Trato hecho.

Se rió para sus adentros mientras abría el frigorífico.

Le gustaba este nuevo Bennett. Ni rastro de la oscuridad de las últimas semanas.

Parecía lleno de energía, con los ojos brillantes de vitalidad.

Acababa de dejar los huevos en la encimera y estaba sacando una sartén del armario cuando él volvió a hablar.

—Bueno, pues ya está. Estoy listo para caminar.

Ella se giró alarmada, con el corazón en un puño, mientras la sartén caía al suelo con estrépito.

—¿Qué? —jadeó.

Él estaba a unos metros, sentado tranquilamente en su silla de ruedas mientras la observaba.

—He dicho que estoy listo para caminar.

—¡No, no lo estás! —protestó sin pensar—. ¡Todavía no tienes ni de lejos la fuerza suficiente!

Su rostro mostraba diversión.

—Lo sé —dijo él con paciencia—. Pero quiero caminar, y necesito empezar a trabajar en serio.

—Vale, madre mía —Tanya se dejó caer sentada en el suelo, con la espalda contra el armario y la mano en la garganta—. Dame un minuto para recuperar el aliento. ¡Me has dado un susto de muerte!

Bennett se echó a reír.

—¿Qué, pensabas que iba a saltar de la silla sin más?

Acercó la silla, le tomó la mano y la ayudó a ponerse de pie. No la soltó de inmediato, sino que la miró directamente a los ojos con intensidad.

—Gracias por lo de anoche, Tanya. Por estar ahí y por escucharme.

Sintió que el rubor le subía a las mejillas, pero sus dedos se aferraron a los de él.

—De nada. Si sirvió de algo, me alegro.

—Sirvió. Sirvió mucho. Más de lo que te imaginas.

Cohibida y muy consciente de su presencia, retrocedió un paso y apartó las manos. Se volvió hacia la encimera, cogió uno de los huevos y estaba alargando el otro brazo hacia un bol cuando él volvió a hablar.

—¿Te sientes tan atraída por mí como yo por ti?

El huevo se le cayó de la mano y se estrelló en el fregadero. Tanya apoyó el codo en la encimera de golpe y dejó caer la cabeza sobre la mano, tapándose los ojos.

—Lo tomaré como un sí —observó él.

Cuando Bennett jugaba duro, desde luego no se andaba con rodeos, pensó ella, liándose con las metáforas.

—Bennett...

—Mírame.

Tanya levantó la cabeza, incapaz de resistirse al tono de mando en su voz. Sin embargo, cuando él hizo ademán de alcanzarla, ella retrocedió un paso con las manos a la espalda.

—Bennett, no es... real. A veces pasa cuando un terapeuta y un paciente pasan mucho tiempo juntos...

—No es eso —afirmó él rotundamente.

—Solo... solo convivencia entonces. Estamos prácticamente viviendo juntos, en casa de tu hermano.

—No, él no te quiere. Dice que con Sarah le basta.

Sorprendida, Tanya se quedó boquiabierta y luego estalló en carcajadas.

—Tú... tú... —las palabras no le salían—. ¡Sabes que no me refería a eso!

—Lo sé —Bennett sonrió, sin el menor arrepentimiento—. Pero tu cara no tenía precio.

Con una rapidez que la sobresaltó, él alargó el brazo y la atrajo hacia su regazo. Ella lo empujó, protestando.

—¡Bennett! Tengo que hacer el desayuno.

Él miró la encimera y pareció pensárselo. Esos ojos verdes volvieron a posarse en su rostro, con un brillo travieso en el fondo.

—Un beso.

Tanya se inclinó hacia él con un suspiro.

No tenía sentido fingir que no era lo que deseaba.

Deslizó un brazo alrededor de su cuello mientras él bajaba la cabeza hacia ella.

Los labios de Bennett rozaron los suyos, ligeros como plumas, y luego se posaron con una presión cada vez más profunda mientras la exploraba.

Ella también exploró, saboreándolo, aprendiendo la forma y la textura de su boca; su lengua salió al encuentro de la de él en una marea creciente de asombro.

Se apretó más contra él y de pronto fue consciente de que le dolían los pechos, aplastados contra el duro pecho de Bennett.

Los brazos de él eran como bandas de hierro que la sujetaban mientras le devoraba la boca, y una dureza inconfundible presionaba contra su cadera.

Se apartó con un jadeo y sintió que el rostro le ardía.

Él la dejó ir sin protestar; sus manos la sostuvieron mientras ella se deslizaba de sus rodillas. Una risa burbujeante le brotó de repente y soltó una risita. Se inclinó hacia él y buscó la mirada curiosa de Bennett.

—Tenemos que dejar de encontrarnos así —le confió.

Con los ojos brillándole de picardía, él le dedicó una sonrisa.

—No sé. A mí me gusta bastante.

A ella también. Ese era el problema. Le lanzó su mejor mirada de «aquí mando yo».

—Tú haces las tostadas mientras yo preparo las tortillas.

—Vaya, mierda.

Era la primera vez que se ofrecía siquiera a ayudar en la cocina. Además de hacer las tostadas, puso la mesa y equilibró con cuidado los condimentos y cubiertos en una bandeja sobre sus piernas.

Más tarde, en el gimnasio, la asombró con su capacidad para concentrarse intensamente en cada ejercicio que ella le indicaba.

.. una capacidad que sin duda no había demostrado durante las últimas seis semanas.

Escuchaba atentamente sus explicaciones, asentía y procedía con una concentración feroz.

De vez en cuando le preguntaba el propósito de un ejercicio en particular, o por qué tal o cual manera no sería mejor.

Si hubiera mostrado este tipo de compromiso desde el principio, pensó Tanya, a estas alturas no solo estaría caminando, sino corriendo. Tal como estaban las cosas, dio por terminada la sesión antes de tiempo. Él la miró con reproche, casi enfurruñado. Tanya reprimió una sonrisa.

—Lo has hecho muy bien —le aseguró—. Pero estos músculos llevan meses sin usarse, y va a llevar tiempo. Despacio pero sin pausa. Es tan importante no excederse en una sesión como mantener la constancia.

—Sí, supongo —reconoció a regañadientes.

Se incorporó en el banco de pesas donde había estado trabajando con pesas ligeras.

Se quitó la camiseta blanca y la usó para secarse el sudor que le corría por la frente.

Aunque de tez más clara que su hermano, Bennett tenía suficiente herencia árabe como para lucir un bronceado dorado pálido en el pecho a pesar de la larga convalecencia.

Una capa de vello oscuro y rizado le cubría el pecho, acentuando la fuerza nervuda de sus hombros.

El vientre plano y firme desaparecía bajo los pantalones de chándal azules, que le caían bajos en las caderas. Era un magnífico ejemplar masculino.

Hizo una bola con la camiseta y la tiró a un lado. Un ejemplar muy típico de varón, corrigió Tanya mentalmente con un suspiro. Cruzó la habitación para recogerla y meterla en el cesto de la ropa sucia, que había mandado poner allí precisamente para eso. Hombres.

Ajeno a todo, Bennett se estaba pasando solo a la silla de ruedas. Ella lo observó con ojo crítico. Todavía algo tembloroso, pero a finales de semana debería hacerlo con soltura. Aún tardaría en poder trasladarse sin el esfuerzo que le costaba ahora, pero iba por buen camino.

—Oye —Bennett giró la silla de ruedas para mirar hacia el patio—. Ve a ponerte el bañador, Tanya. Vamos al jacuzzi.

A Tanya se le iluminó la cara y miró hacia fuera. Más tarde haría un calor abrasador, pero de momento la temperatura era agradable. Aun así, vaciló. Normalmente lo usaban por las tardes, cuando Khalid estaba allí para ayudar a Bennett.

—¿Podrás cambiarte solo sin problemas? —le preguntó.

La expresión de Bennett solo podía calificarse de maliciosa, con luces diabólicas bailándole en los ojos verde mar.

—¿Te estás ofreciendo a ayudarme?

Tanya puso los ojos en blanco.

—Madre mía —se dirigió hacia la puerta de la cocina—. Nos vemos aquí cuando estés listo.

Cinco minutos después salió al patio y se encontró a Bennett sentado en el borde del jacuzzi. Debía de haberse pasado de la silla de ruedas al escalón más bajo y luego subido peldaño a peldaño hasta arriba, comprendió con el corazón en un puño.

—Bennett —se sentó a su lado en el borde del jacuzzi. Dios sabía que no quería desanimarlo ni herir su orgullo, pero solo de pensar en lo que podría haber pasado se le helaba la sangre.

Él la observaba con el ceño fruncido en su apuesto rostro. Una vez más le llamó la atención la total ausencia de pudor respecto a las terribles cicatrices del lado derecho.

—¿Qué pasa? —preguntó—. Estás blanca como la pared.

Tanya se tomó su tiempo para responder. Se deslizó en el jacuzzi y lo ayudó a pasar las largas y delgadas piernas por encima del borde y meterlas en el agua caliente.