Capítulo Cinco #2
—Normalmente volamos. Tengo mi jet, y está el de mi padre cuando está en casa.
Tenemos nuestra propia pista de aterrizaje cerca de la casa.
Khalid siempre ha insistido en volar. Durante la guerra con Khobeira, una mina terrestre hizo volar a un primo nuestro ante los propios ojos de Khalid, cuando el jeep en el que iba se salió de la carretera.
Después de aquello, nunca volvimos a conducir por esa carretera.
Pero Khalid estaba en Estados Unidos, la guerra había quedado muy atrás, era verano y el desierto me llamaba.
Sus dedos, que habían estado acariciando la sedosa melena rizada de Tanya, se detuvieron.
—Dios, el desierto, Tanya. Si pudieras verlo.
.. nada más que olas de arena, dunas inmensas barridas por el viento, hasta donde alcanza la vista.
Las curvas y crestas están tan perfectamente esculpidas que creerías que han sido así desde siempre; y sin embargo, siempre cambiando, nunca iguales.
El calor es como un horno que te abrasa desde abajo y desde arriba.
Irradia desde el suelo mientras el sol te quema.
Puede haber tal quietud que oyes el latido del corazón como un tambor.
Para algunos no es más que kilómetros y kilómetros de vacío.
Pero está vivo, Tanya. Pájaros y halcones, y mamíferos: desde animales excavadores que solo salen de noche para alimentarse y cazar, hasta la esbelta gacela y el pequeño gato de las arenas.
—Pero es peligroso. Alejarse lo suficiente de la carretera como para perderla de vista... una sola vez... puede significar la muerte si pierdes el rumbo. Hay serpientes e insectos venenosos, y tormentas de arena que surgen sin previo aviso.
Tanya se movió y deslizó un brazo alrededor de su cintura hasta enroscarlo en su hombro, acariciándolo distraídamente.
Él luchó contra el deseo creciente que aquel contacto despertaba en él; un deseo que nada tenía que ver con el consuelo que ella le ofrecía, y todo con hundirse en la suave calidez de su cuerpo.
El deseo lo golpeó de pronto, rápido e intenso.
Quería perderse en ella, saborear cada gota de su dulzura antes de llevarlos a ambos a un clímax estremecedor.
Y si ella supiera lo que estaba pensando, saldría de sus brazos y cruzaría la puerta antes de que él pudiera tomar aliento.
—Lo amas, ¿verdad?
Las palabras, pronunciadas con suavidad, le llegaron directas a su centro más masculino.
Ese centro se tensó en ardiente anticipación y Bennett se irguió sobre ella, dispuesto a tomarla sin demora.
En ese mismo instante se dio cuenta de que ella no tenía la menor intención de seducirlo, ni era consciente del efecto que sus palabras causaban en él.
Bennett apretó los dientes y se obligó a recostarse, mientras su cuerpo le gritaba que la tomara ya, que la hiciera suya.
Respiró hondo, tratando de calmar el doloroso latido de su entrepierna.
Igual de difícil de manejar era aquel desconcertante sentido de posesión mezclado con el embriagador deseo sensual, y el impulso de atarla solo a él, algo que nunca antes había sentido.
La diversión se mezcló con la frustración.
Tanya esperaba pacientemente su respuesta, sin tener ni idea de lo que le estaba provocando. ¿Qué le había preguntado?
Taqara. El desierto.
—Sí —respondió por fin, con el deseo bajo control por el momento, domado por la necesidad de responderle, de hacerla entender.
Dirigió sus pensamientos hacia su hogar y sintió cómo el anhelo de siempre le crecía en el pecho.
Lo ponía nervioso, ese anhelo... lo hacía impaciente por regresar a su tierra natal.
Le acarició el cabello distraídamente, enredando los dedos en los suaves rizos rebeldes.
—No sabría decirte por qué, ni qué tiene el desierto que me atrae tanto, solo que lo llevo en la sangre. Los Al Mansour venimos de linaje beduino. Cientos de generaciones de tribus nómadas del desierto crean una afinidad que no se borra con unas pocas generaciones de civilización.
—Pensé... que era volar lo que tanto significaba para ti —la voz de Tanya sonaba vacilante, como si le costara sacar el tema que más le dolía.
Él le tocó la mejilla para tranquilizarla.
Era extraño lo natural que resultaba tenerla entre sus brazos, hablando en voz baja en la penumbra. Se sentía... bien, de algún modo.
—Lo es. Lo era —en el tierno abrazo de Tanya, la oleada de dolor no le golpeó con tanta fuerza—.
Pero eso es... diferente. Volar era un sueño que perseguir, algo que quería hacer, que tenía que hacer.
Me llamaba, pero desde fuera de mí. El desierto.
.. el desierto es parte de mí, parte de mi corazón y mi alma.
Puedo cerrar los ojos y estoy allí, entre las dunas ondulantes, oyendo el susurro del viento que barre la arena.
El grito del halcón está en mi alma, el eco solitario del llamado a la oración canta en mi sangre.
Hay un viejo poema clásico árabe que dice: «Mi camello es alto como una torre y lo detengo, y entrego mi corazón dolorido al viento del desierto».
La voz de Bennett se apagó en el silencio. Emociones turbulentas y contradictorias se alzaron como una marea, pugnando en su pecho.
—Fue el desierto el que me llamó aquel día.
Cerró un puño y empezó a sudar.
—Culpa mía —las palabras le salieron a duras penas—. Mía.
—¡No! —Tanya levantó la cabeza de su hombro y se incorporó sobre un codo—. No podías haberlo sabido.
—Debería haberlo sabido. Khalid nos lo advirtió muchas veces.
Pero... maldita sea, Tanya. La guerra fue hace tanto tiempo, y han rastreado la zona en busca de minas.
Pero precisamente yo debería haber sabido cómo funciona el desierto.
El viento arrastra la arena y cubre las cosas, y luego cambia de dirección y la desplaza a otro lugar.
—¿Así que paraste a contemplar el desierto?
—Sí.
No le gustaba tenerla lejos de sus brazos. La atrajo de nuevo hacia él y la acomodó a su lado, el cuerpo de ella suave y flexible contra el suyo, duro y anguloso. Tanya se acurrucó en su hombro con naturalidad, encajando como si perteneciera allí.
—Había un ensanche junto a la carretera, una larga franja de suelo desértico antes de que se alzaran las dunas —explicó—.
Había grupos de flores, justo allí, en medio del desierto.
Y más allá, una duna increíble que se elevaba casi en vertical.
Te lo juro, Tanya, la cresta era tan afilada que parecía que podías cortarte con ella.
Y más allá, el cielo... No sabes lo que es el azul hasta que ves el cielo del Sáhara en verano.
Tragó saliva, embargado por un repentino anhelo. Con la mirada fija en la oscuridad de su habitación, podía ver aquella duna de nuevo con toda claridad: los picos rojizos recortados contra el azul brillante del cielo.
—En ese momento no deseaba nada más en la vida que coronar esa cresta. Sentir el viento en la cara, dar una vuelta completa y no ver nada... ¡nada, Tanya!, más que arena y cielo hasta donde alcanzara la vista.
—¿Y entonces...?
—Sí —asintió—. Entonces, la explosión. Recuerdo que salí volando por los aires. La caída. Me golpeé la cabeza al aterrizar, y no recuerdo nada más hasta que desperté, días después, en el hospital.
Notó la humedad en el hombro y comprendió que Tanya estaba llorando en silencio.
—Eh.
La estrechó contra él y la sintió acurrucarse en sus brazos. Era extraño no sentir la incomodidad que había experimentado cuando Fatima lloró por él. Le acarició el cabello suave que le hacía cosquillas en la mejilla, apartándole los mechones cortos de la cara.
—Tranquila, Tanya. Estoy aquí. No es el fin del mundo.
Eran las mismas palabras que su madre había usado en el avión, recordó, y de pronto comprendió su verdad. No era el fin del mundo. Estaba vivo. Volvería a caminar, regresaría a Taqara y encontraría otra cosa que hacer con su vida.
—Bennett.
Tanya alzó el rostro, surcado de lágrimas. La tenue luz que se filtraba por la puerta captaba el brillo de la humedad acumulada en sus ojos.
—Te lo juro, Bennett —le dijo, clavándole los dedos en los hombros—. Podrás caminar. Volverás a escalar las dunas y estarás en la cima del mundo. Lo conseguirás.
—Lo sé.
Le atrajo la cabeza hacia su hombro.
—Lo sé, Tanya. Mañana hablaremos más.
La sostuvo largo rato, con la mirada perdida en la oscuridad.
Al fin, la respiración suave y acompasada de Tanya le indicó que se había dormido, pero sus pensamientos lo mantuvieron despierto.
¿Qué haría ahora?, se preguntó. Lo único para lo que se había preparado era para volar.
No se le daban mal los ordenadores, pero pasarse el resto de la vida trasteando con esas cosas.
.. no, eso no era para él. Estaba demasiado cansado para pensar en todo aquello.
Necesitaría tiempo para descubrir qué quería hacer, para trazar un nuevo plan.
En ese momento no parecía tan importante.
No estando allí tumbado con Tanya en su cama, entre sus brazos.
Se sentía... bien. Casi como si ella perteneciera allí, con él.
Arropó su figura menuda con las mantas, se acurrucó en su calidez y dejó que el sueño lo venciera. El mañana ya se las arreglaría solo.