Castillos de arena (Hijos del desierto nº 2) Capítulo Dos #2
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Capítulo Dos #2

Khalid era algo más alto que la media, de constitución sólida y aspecto muy árabe, con espesas cejas negras sobre ojos casi negros.

Tenía el rostro cuadrado, igual que la mandíbula, y a Tanya le recordaba a un halcón: orgulloso y distante.

Aunque callado, no era un hombre con quien resultara fácil estar; poseía una intensidad oscura que al principio resultaba algo desconcertante.

Era evidente que adoraba a su joven esposa; una luz suave le iluminaba los ojos cada vez que la miraba.

La noche anterior, Tanya se había reunido con ellos en el salón para hablar de los preparativos de la llegada de Bennett y repasar las notas de su terapeuta en Taqara.

En un momento dado, había alzado la vista y sorprendido la mirada de Khalid cruzándose con la de su esposa.

Casi saltaban chispas entre ellos, y los ojos de él ardían con tal deseo, tal sensualidad, que Tanya tuvo que apartar la mirada, avergonzada de haber presenciado aquel momento íntimo.

Al oír que se abría la puerta a su espalda, Tanya se volvió y vio a Bennett, que se les unía; las ruedas de su silla se deslizaban en silencio sobre las baldosas de barro.

Como antes, su rostro delgado y apuesto permanecía impasible, sin revelar nada.

Pero había señales de agotamiento en las tenues arrugas alrededor de la boca y en las ojeras.

Había sido un viaje largo, desde casi el otro extremo del mundo, agotador incluso para alguien en plena forma, reflexionó Tanya.

Lo mejor para él sería comer y después dormir, pero ella aún no estaba en posición de dar órdenes.

.. su trabajo no empezaba oficialmente hasta que el cirujano de aquí le diera el alta.

Tendría que confiar en Khalid. Parecía muy protector con su hermano pequeño, ya adulto, y Tanya no dudaba de que habría llegado a la misma conclusión y actuaría en consecuencia.

Curioso, pensó, impresionada una vez más por el atractivo rostro de Bennett, lo fácil que resultaba no fijarse en las horribles cicatrices.

—¡Ay!

Sarah dio un salto hacia atrás y chocó con Tanya cuando el pollo que acababa de echar en la sartén escupió aceite caliente.

Tanya agarró la sartén y bajó el fuego. Ya había descubierto que Sarah era un desastre en la cocina.

Sarah le lanzó una mirada de disculpa y le pasó la tapa.

A su espalda, Tanya oyó la risa indulgente de Khalid.

—¿Después de empeñarte tanto en contratar a Tanya, ahora intentas espantarla insistiendo en cocinar?

—En absoluto. —Sarah rodeó el mostrador y dejó que su marido la atrajera a su regazo. Le echó los brazos al cuello con una sonrisa. Los ojos violetas le brillaban con picardía—. Pensé que, si insistía en cocinar, no tardaría en ofrecerse ella misma.

—Brujita —la acusó sin acritud, y le dio un beso en la nariz—. Venga, ve a ayudar al menos.

—No, tú quédate ahí. —Elyse se levantó con expresión resignada, aunque sus ojos brillaban con la misma picardía que los de Sarah—. Aprecio más mi estómago que mi orgullo. Decidme dónde hay un delantal.

—¡Oh, Dios mío, no!

Sobresaltada, Tanya se volvió hacia Bennett.

La apatía había desaparecido; las líneas sombrías de su rostro se habían disuelto en una expresión de horror.

Hasta Khalid se incorporó de golpe y apartó a Sarah de su regazo.

Tanya miró de un hermano al otro, divertida.

Imposible no encariñarse con esta familia.

Khalid sujetaba a su madre del brazo y la obligaba a sentarse de nuevo.

—Yo lo hago. Tú quédate donde estás.

Elyse frunció los labios, como si se lo pensara. Bennett giró la silla para encararla y entornó los ojos.

—Como pongas un pie en esa cocina, empiezo a llamarte «Madre».

Tanya contuvo una risita; lo decía como si fuera la peor de las amenazas. Elyse, sin embargo, hizo un puchero, y Sarah se acercó a su suegra entre risas.

—No nos valoran, ni a ti ni a mí. Mira, ven conmigo esta noche después de cenar y dejamos a estos hombres solos.

Tanya se detuvo un momento y miró por encima del hombro sin dejar de atender el pollo.

—Ah, ¿bailas esta noche?

Sarah asintió y Elyse aplaudió entusiasmada. La verdad, pensó Tanya, a veces parecía casi una niña, aunque Sarah le había contado que su encantadora suegra podía llegar a ser bastante temible.

—¡Una noche de chicas, solo nosotras tres! —exclamó Elyse—. ¡Sí, vamos! Además, nunca te he visto bailar, Sarah, y me muero de ganas.

—Ha salido perfecto —confió Elyse mientras Sarah sacaba la furgoneta del garaje marcha atrás—. Llevo toda la tarde intentando encontrar la manera de dejarlos a solas. Khalid le hará mucho bien a Bennett, estoy segura. En cuanto sugirió que Bennett viniera aquí, me sentí mucho más esperanzada.

Se giró en su asiento para mirar a Tanya, que iba detrás.

—Ha pasado por tres terapeutas, Tanya, ¿te lo han dicho? Al final, tuvieron que tirar la toalla. ¡Y solo han sido seis meses!

Tanya asintió. Ser fisioterapeuta implicaba saber llegar a los pacientes que se habían rendido, encontrar la forma de motivarlos. O, como había dicho uno de sus instructores con sorna: Encuentra su talón de Aquiles y písalo.

—Yo diría que ya ha empezado a responder —le aseguró a Elyse—. Y eso que solo lleva aquí unas horas.

Se mordió el labio para no reírse, pero fue inútil: se le escapó una risita.

—Desde luego, reaccionó de manera espectacular a tu amenaza de ayudar en la cocina.

Elyse se limitó a reír con aire satisfecho, una risa clara y cristalina. Sarah le dirigió una mirada comprensiva a su suegra.

—Nunca había pisado una cocina hasta que vine aquí a la universidad —les contó Sarah—. Después de la primera semana, me compré un abono para el comedor, o tiraba de comida rápida.

Hizo una mueca.

—Aunque eso fue casi tan traumático como intentar comerme lo que yo cocinaba.

—Entonces, ¿por qué no contratas a un ama de llaves que también sepa cocinar?

—Tanya estaba muerta de curiosidad. Khalid, que venía de una familia con mucho dinero, sin duda podía permitirse servicio doméstico, y Sarah también procedía de una familia privilegiada y adinerada.

De hecho, criadas, cocineras, amas de llaves y chóferes.

.. en definitiva, personal de servicio..

. eran lo normal en ambas familias, según tenía entendido.

Sin embargo, Sarah arrugó la nariz con disgusto.

—Khalid me lo ha ofrecido, pero no quería a alguien metido en casa todo el tiempo. Tenemos una mujer que viene una vez a la semana y limpia de arriba abajo, y Khalid y yo nos turnamos en la cocina.

—Oh, cielos, y ahora te hemos pedido esto —dijo Elyse con tono preocupado.

—No pedisteis nada, nosotras nos ofrecimos —Tanya percibió la sonrisa en la voz de Sarah—.

Bennett es de la familia. Y Tanya solo lleva dos semanas con nosotros, pero ya se lleva tan bien que es como si también lo fuera.

Todo irá bien, Elyse. Ya lo verás. Aunque me gustaría que pudieras quedarte más tiempo.

Elyse negó con la cabeza enérgicamente, y sus largos pendientes de plata tintinearon.

—No, querida. He estado con Bennett día y noche durante meses.

Ya es hora de que tenga un cambio de aires.

Y además —hizo una pausa y su voz se suavizó con nostalgia—, puede sonar egoísta, estando mi hijo tan malherido, pero echo de menos a mi marido.

He hecho por Bennett todo lo que he podido.

Ahora es mejor para todos que me haga a un lado.

Sarah no parecía muy convencida, pero Tanya, en el fondo, le daba la razón.

—Tiene razón, ¿sabes? —le dijo a Sarah—.

Bennett necesita aprender a valerse por sí mismo otra vez, y cuanta menos gente tenga alrededor en estas primeras etapas, mejor.

Tú y Khalid estaréis trabajando todos los días, así que durante el día solo estaré yo.

Puede que a Bennett no le importe depender de su familia, pero no va a aguantar mucho tiempo teniendo que apoyarse en una desconocida.

Eso puede ser justo el empujón que necesita para salir adelante.

—¿Darle un empujón? —sugirió Sarah.

Tanya le devolvió la sonrisa, totalmente de acuerdo.

—Exacto.