Castillos de arena (Hijos del desierto nº 2) Capítulo Uno #3
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Capítulo Uno #3

En realidad, Tanya tenía serias reservas, aunque aún no estaba preparada para compartirlas con Sarah.

El lado derecho de la cara de Bennett estaba horriblemente desfigurado por la explosión de la mina que casi lo había matado, y también por la cirugía posterior.

Le habían contado que los huesos faciales habían quedado prácticamente destrozados y que los cirujanos los habían reconstruido y fijado con sumo cuidado.

La cirugía plástica se ocuparía de las cicatrices en algún momento, pero.

.. Tanya contempló el paisaje que desfilaba ante ella mientras reflexionaba, dejando que sus pensamientos difusos tomaran forma.

Bennett no parecía ser consciente de su rostro desfigurado, ni siquiera al conocer a su nueva cuñada y a otra completa desconocida.

Sí, eso era lo que la inquietaba. Debería haber habido.

.. algo, pensó Tanya. Algún tipo de conciencia de la desfiguración, de cómo reaccionaban los demás ante ella.

Que no pareciera importarle en absoluto le parecía muy mala señal.

—¿Y si paramos en el supermercado? —sugirió Sarah, interrumpiendo las cavilaciones de Tanya—. Les dará un poco de tiempo, y no tardaremos tanto como para que Khalid se preocupe.

Tanya disimuló una sonrisa, aunque su regocijo estaba teñido de algo parecido a la envidia.

La devoción mutua de Sarah y Khalid era casi palpable, evidente en cada mirada, en esa conexión que parecía existir siempre entre ellos.

Envidiaba también el cariño abierto de Khalid hacia Elyse, y la amistad fácil que había entre Sarah y su suegra.

Huérfana de nacimiento, Tanya nunca había conocido la vida familiar tal como existía en la familia Al Mansour.

Sus pensamientos volvieron a Bennett. Era delgado y fibroso, y probablemente sacaría una cabeza a su hermano mayor, de estatura más modesta.

Debía de haber sido tremendamente guapo, pensó, antes del accidente.

Y volvería a serlo, cuando la cirugía plástica reparase el daño de las cicatrices.

De hecho, cuando lo vio por primera vez bajando del avión, casi se le cortó la respiración.

Desde aquella distancia las cicatrices no se veían, y le había parecido el hombre más impresionante que había visto en su vida.

Pómulos marcados y una nariz recta, aristocrática, en un rostro estrecho y sensible.

Tenía una boca generosa, los labios firmes bellamente esculpidos.

El cabello, algo desgreñado y revuelto, era castaño, de un intenso color visón.

Pero fueron sus ojos los que captaron su atención cuando se acercó.

En ellos había destellado la amargura, la furia, y una expresión indefinible que no había sabido identificar cuando se encontró cara a cara con Sarah.

Pero bajo todo aquello acechaba una tristeza terrible, la mirada desconcertada de alguien perdido y solo.

Una hora después, solo por fin en el dormitorio que a partir de ahora sería el suyo, Bennett dejó caer los hombros.

Un año, pensó. Durante un año aquella sería su casa.

Eso le habían dicho: que podría pasar un año antes de que pudiera caminar, correr.

Antes de que estuviera tan recuperado como llegaría a estarlo.

La morriña lo invadió mientras recorría con la mirada la habitación que Khalid había acondicionado para él.

Justo al lado de la cocina, era grande y espaciosa, con chimenea y su propia nevera pequeña.

Había una cómoda enorme, y en una esquina, un ordenador nuevo sobre un escritorio.

Estaba la maldita cama de hospital, claro, para elevarle los pies o la cabeza.

Era lo bastante baja para que pudiera pasar de ella a la silla de ruedas y viceversa sin ayuda.

Al menos ya no llevaba el collarín. Los médicos habían insistido en que lo usara como medida de protección durante el largo vuelo desde Taqara, pero se lo había quitado en cuanto Khalid lo acomodó en la furgoneta en el aeródromo.

Bennett rodó hasta la puerta corredera de cristal en un extremo, que daba a una habitación larga y estrecha que recorría toda la longitud de la casa.

Cuando había venido a visitar a Khalid un año antes, aquella estancia acristalada albergaba varios sofás bajos y un enorme televisor de pantalla grande.

Ahora estaba completamente transformada en un gimnasio privado, con barras, pesas, una cinta de correr y otros aparatos.

Al fondo, otra puerta corredera daba al patio, donde se elevaba el vapor de un jacuzzi recién instalado.

Más allá, un césped verde y liso cercado por una alta valla de secuoya.

La añoranza de la belleza austera del Sahara, de los cielos infinitos de Taqara, de las notas resonantes del muecín llamando a los fieles a la oración, lo inundó como una marea.

Bennett se apartó de la puerta y se pasó la mano buena por el rostro.

Maldita sea. Había sido su propio amor por el desierto lo que lo había llevado hasta allí.

Culpa suya. Mientras conducía por la carretera de Khobeira de regreso a Taqara, las dunas salvajes esculpidas por el viento lo habían llamado, extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista.

Se había detenido a disfrutar de la soledad, a sentir el desierto a su alrededor, el azote del viento caliente en los extremos de su keffiyah, el tradicional tocado blanco largo.

El calor vibrante que se elevaba de las arenas interminables.

Había tenido suerte, le dijeron. Suerte de que hubiera sido un animal pequeño, asustado por su presencia, el que había pasado sobre la mina. Suerte de no haberla pisado él mismo. Suerte de estar vivo.

Al diablo con ellos.