Caso amor a primera caída (De amor y perros nº 6) 22 Anne Marie
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22 Anne Marie

—¡Hermanita! Me han dicho que te encontraría aquí atrás. ¿Ha habido algún incidente?

Oigo la voz de Craig pero no puedo verle. Es el efecto secundario de tener la cabeza entre las rodillas, pero al menos la postura me está impidiendo vomitar.

—¿Qué haces aquí?

—Me pusiste como tu contacto de emergencia —se arrodilla a mi lado y me pone la mano en la frente—. ¿Estás bien?

—Sí, solo un pequeño incidente, pero afortunadamente ha tenido un final feliz.

—Genial. Me lo contarás todo durante el almuerzo. La comida ayudará con esos otolitos.

—No lo sé, Craig.

—Ya he hablado con esa mujer con acento británico que afirma ser tu jefa, y le parece bien. Ha dicho que se nota el parecido familiar. Somos una pareja de chicos guapos, ¿sabes?

—Craig, no estoy de humor.

—De todos modos, te voy a llevar a almorzar. Pero cuento contigo para elegir el sitio.

No tengo ánimos para discutir con él. Esta mañana ha sido una montaña rusa demasiado intensa.

—De acuerdo. El sitio se llama Cafe Java y preparan unas ensaladas estupendas. Deja que te dibuje un mapa, porque voy a tener que mantener la cabeza bien firme entre las rodillas durante el trayecto.

Desde el asiento del copiloto, ya empiezo a sentirme mejor. Debe de ser algo relacionado con la presencia tranquilizadora de mi hermano mayor. Está haciendo que los otolitos se asienten más rápido de lo habitual.

Nos hemos comido las ensaladas y hemos pedido un par de cafés, y me asombra la contención de Craig. No ha preguntado por Tripp ni una sola vez. Pero sé que lo hará. Da un sorbo ruidoso.

—Mmm. ¡Buen café! ¿Quién iba a decir que se podía encontrar un café tan rico en medio de las Rocosas? Ahora, sobre ese tipo, Tripp...

Lo sabía.

—Sí, Craig. He oído tu advertencia. Estuve dándole vueltas anoche...

—Mírame —levanto la vista para encontrarme con la suya—. No siempre tengo razón, lo sabes.

—Créeme, lo sé.

Él levanta un dedo.

—No tientes a la suerte —sonríe—. Pero puede que sea cierto que, cuando se trata de los hombres de tu vida, yo no sea el juez más objetivo.

—Vaya, ¿tú crees?

—¿Fue él quien dejó las flores?

—Tuvo que ser él —suspiro—, pero no he conseguido sacarle ni cinco segundos hoy. Si no supiera que no es así... —hago una pausa. ¿Cuánto de la historia estoy dispuesta a revelarle a mi hermano mayor?— Diría que me está ignorando.

—¿Le has dado las gracias por las flores?

—¡Lo he intentado! Pero iba de un lado a otro a toda prisa sin un motivo muy claro. Podría haber sacado dos segundos para saludar.

—Hmm —cruza los brazos sobre la mesa—. Parece un hombre cuyo ego ha sufrido un golpe. ¿Le dijiste algo raro?

—¡No! No le he dicho nada de nada.

—En ese caso —aprieta los labios y asiente—, vas a tener que ser explícita con él.

—¿Cómo dices?

—Explícita —repite, y entonces se da cuenta de lo que ha dicho—. ¡No en ese sentido! No seas malpensada.

—Tú has sido el que ha dicho «explícita».

—¡Sí! Explícita —insiste con las manos—, en el sentido de que seas muy clara con él.

Ya sabes, los tíos podemos ser muy cabezotas a veces.

Y podemos interpretar una situación de una forma completamente opuesta a lo que nuestra mujer intenta decirnos.

Tienes que hacérselo ver con total claridad. Pon todas las cartas sobre la mesa.

Qué curioso, pensaba que cuando nos estábamos besando en la terraza trasera ya había puesto todas las cartas sobre la mesa con bastante claridad.

Pero ¿yo qué sé? Cualquier cosa podría estar pasando por la cabeza de Tripp.

¿Piensa que le estoy usando por su fama? Cuando nos conocimos, no tenía ni idea de quién era. Pero quizá sea eso. Quizá piense que mis intenciones no son sinceras. Es lo único que se me ocurre. A menos que... ¿podría tener algo que ver con ese inversor multimillonario?

No quiero dejar que mi mente divague por ahí, pero tengo esa horrible sensación en la boca del estómago de que tal vez Tripp Lancaster ha cambiado de opinión respecto a mí. Quizá a eso se refería con que me merecía las flores...

Como un premio de consolación.

—Anne Marie —Craig me saca de mis pensamientos—, te gusta este tío, ¿verdad?

—Sí —susurro.

Él exhala un suspiro sonoro y largo.

—Entonces vas a tener que intentarlo.

—Haces que parezca muy fácil.

—No lo es. Pero cualquier tipo del que se enamore mi hermana debe de tener alguna cualidad que valga la pena. Tienes que darle una oportunidad al menos.

—Lo haré —asiento y le miro a los ojos—, lo haré.

—¡Así se hace! Ahora volvamos al trabajo. No podemos dejar que piensen que la familia Taylor es otra cosa que los empleados más responsables. ¡No dejaré que dejes mal a la familia!

—¡Ja! —me río en su cara—. ¡Eso lo dice el que robó calabazas en Halloween en la Blakely Farm!

—Eso fue hace mucho tiempo.

—Y no se me ha olvidado.

—Venga —dice—. Antes de que te haga volver andando a the Dog's Paw.

Al entrar por el tramo del camino de grava, veo a Tripp en los escalones delanteros de the Chateau Rose, caminando de un lado a otro.

—Tripp Lancaster —murmura Craig—. En carne y hueso.

—¿Creías que me lo estaba inventando?

—No, no —dice, entrando en una plaza de aparcamiento—. Solo pensaba que sería más alto.

Le doy un golpe en el hombro a Craig.

—Buena suerte, hermanita —dice él—. Te veo en casa esta noche. Mrs. McKenny dice que está preparando un chili de pavo de muerte.

Ahora solo tengo una cosa en mente, y es Tripp. Armándome de valor, respiro hondo, obligando a esos otolitos a quedarse en su sitio, y me dirijo hacia él.

—¡Tripp! —Sonríe, Anne Marie, sonríe. No importa lo insegura que te sientas por dentro, sonríe—. Tenemos que hablar.

—Anne Marie —mira su teléfono y luego exhala suavemente—. Tienes razón. Deberíamos hablar.

Me acerco a él por si hay oídos indiscretos cerca.

—Sé que tienes muchas cosas entre manos, pero...

—Lo siento, Anne Marie —me interrumpe él—. No sé en qué estaba pensando. Me dejé llevar por un momento de debilidad.

—¿Un momento de debilidad?

—Sí —continúa, moviendo los pies con nerviosismo—. Si te sirve de consuelo, durante unos minutos llegué a creer que incluso algo podría ser posible entre tú y yo. Pero luego recobré el sentido común.

No puedo creer lo que estoy oyendo. Dime que esto no es verdad.

—Tripp. Lo que estaba empezando entre nosotros...

—... no estaba bien meditado —termina él mi frase—. El programa me lleva por todo el mundo. Me voy dentro de tres días, quizá para no volver nunca más.

Ojalá pudiera encontrar una grieta en el pavimento y fundirme en ella.

—Anne Marie —se muerde el labio y alarga la mano para tocarme la mejilla—. Hay hombres mejores que yo para ti.