Caso amor a primera caída (De amor y perros nº 6) 21 Anne Marie
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21 Anne Marie

—¿Has oído algo?

Ladeo la cabeza. Esta parte del pueblo suele estar muy tranquila por las tardes, pero eso ha sonado como... ¿un arbusto agitándose?

—Lo único que he oído es que no estás dispuesta a seguir mis consejos —Craig se pone las manos en las caderas—. Soy tu hermano mayor. ¿Es que no te he cuidado siempre? ¿No te di consejos estupendos sobre aquellos mequetrefes que intentaron salir contigo en el instituto?

—Esto no es lo mismo.

—Es verdad —se planta frente a mí, mirándome de arriba abajo como si midiera cinco centímetros—.

Ahora hay mucho más en juego. Tripp Lancaster no es un tipo cualquiera de Hampton Falls.

Se le conoce en todas partes. Si te enredas con un hombre así, acabarás perdiéndote entre promesas vacías de lujos y estilos de vida derrochadores.

—¡Ja! —suelto una carcajada de indignación en su cara—. Veo que tienes mucha confianza en mí.

Craig pasa por mi lado y se deja caer en el sofá.

—No es eso. Es que te he estado cuidando desde que tengo uso de razón.

—No saques eso ahora.

—Y no es un hábito fácil de romper. Da igual lo lejos que intentes irte de casa.

—¡Si solo estoy a dos horas y media!

—Es demasiado lejos.

Me pongo frente a él. Ahora soy yo la que mira desde arriba a mi hermano mayor. Así parece más pequeño, más joven.

—Craig, no me debes nada. Te aparté del camino de aquel coche de un empujón. Me estaba salvando a mí misma tanto como te estaba salvando a ti.

—Eso no tiene sentido —dice, agitando la mano para restarle importancia. Pero no voy a aceptarlo. Es hora de que lo entienda. Me agacho y pongo mis manos sobre sus rodillas.

—Vi que venía. Supe, incluso entonces, que tenía que hacer algo. En ese instante, todo se volvió nítido. El coche pasaría a toda velocidad. Tú quedarías aplastado. Y yo viviría el resto de mi vida con la culpa de saber que podría haber hecho algo.

—No eras más que una niña, Anne Marie.

—Pero lo sabía. Te lo digo en serio, Craig, lo sabía. Libérate ya de tu culpa. No me debes nada.

—Pero has sufrido desde entonces... —se le llenan los ojos de lágrimas.

—No —sacudo la cabeza—. He hecho las paces con estos otolitos que dan tumbos en mi cabeza. No es una cruz tan pesada. Me los gané. Me los gané salvándote. Ahora, hermanito —tomo sus manos entre las mías—, ¿estás listo para dejarme vivir mi vida?

Suspira y se toma un momento para reflexionarlo. Luego arruga la cara como si hubiera olido algo malo.

—¿Pero Tripp Lancaster? No puedes hablar en serio sobre ese tipo.

—Hablo muy en serio, Craig. He visto un lado diferente de él. Hay mucho más bajo ese exterior brusco que nadie llega a ver en la televisión.

—Solo piénsate lo que te he dicho —me aprieta las manos—. Tienes toda la vida por delante, pequeña.

—¡No me llames pequeña! —Le señalo con el dedo a la cara en lo que ha sido nuestro juego desde que yo tenía diez años y él catorce.

—Vale —levanta las manos—. No te llamaré pequeña, pequeña.

—Te crees muy gracioso.

—«Te crees muy gracioso» —me imita con voz chillona.

—Eres incorregible. Me voy a lavar los dientes.

—Oye, ¿pequeña? —me llama mientras me dirijo al pasillo.

—¿Qué?

—Te quiero.

—Y yo a ti, hermanito.

He estado intentando encontrar a Tripp todo el día. Su voz resuena por toda la propiedad, pero para cuando llego al lugar de donde estoy segura de que venía, ya se ha ido.

Cuando Mrs. McKenny entró anoche, hizo un comentario sobre algo que había en el escalón de la entrada y que no debería estar allí.

Al salir, he visto que era una maceta de hortensias.

Tenía que ser cosa de Tripp. No me imagino a desconocidos del vecindario dejando por casualidad mi planta favorita. Pero ¿por qué no llamó a la puerta?

Supongo que solo pretendía que fuera una agradable sorpresa esta mañana, pero ni siquiera he tenido la oportunidad de darle las gracias.

Mientras tanto, Dozer no se ha separado de mi lado.

Rita me ha asegurado que no hay problema en que esté de turno con Dozer, incluso hasta el día del espectáculo.

Dos días. Eso es todo lo que queda antes de que la Exposición Canina Globalmente Increíble comience, y hay pruebas de ello por toda la propiedad.

Carteles con flechas hacia el centro de agility, el campo trasero, el salón de baile.

Además de todo tipo de fotógrafos, periodistas y aficionados a los perros que se han alojado en el hotel con sus compañeros de cuatro patas.

—¡Rebecca! —truena la voz de Tripp—. Lleva a los equipos de televisión a la colina. Quiero que hagan una panorámica de toda la propiedad.

Por fin lo veo.

—¡Vamos, Dozer! ¡Vamos a buscar a Tripp!

No importa si Dozer lo entiende o no; está encantado de trotar a mi lado.

—¡Tripp! —lo llamo, y él se da la vuelta con una carpeta en la mano.

Parece sorprendido de verme... aunque no puede ser tan sorprendente, trabajo aquí.

Y además, su cara estuvo pegada a la mía no muy lejos de este mismo lugar, detrás del salón de actos.

Llego hasta él al trote—. Las hortensias son preciosas.

Él mira su carpeta.

—He pensado que te merecías un detalle —su voz es monótona y no me mira a los ojos.

—¿Un detalle? ¿Por qué?

—Tengo que irme. Ya... ejem... ya —suspira y mira al cielo— hablaremos luego. Supongo.

Se da la vuelta y sale corriendo. Bueno, no está corriendo, pero lo parece por la velocidad a la que sus piernas lo alejan en dirección opuesta a donde yo estoy.

¿He hecho algo malo?

Tal vez sea solo el estrés del espectáculo, que le está pasando factura... pero, de algún modo, no creo que sea eso.

—Ven, Dozer, vamos a jugar al campo de atrás.

Una hora más tarde, Dozer ya ha tenido suficiente frisbee y se acurruca en su transportín para echarse una siesta. El momento es perfecto, ya que Tripp baja la colina al frente de un equipo, justo en mi dirección. Entrelazo las manos frente a mí y sonrío pensando en lo que podría pasar ahora.

¿Me verá y echará a correr? ¿Me estrechará entre sus brazos y me besará como si fuera la Scarlett de su Rhett? Lo que el viento se llevó era la única película que había visto antes de los diez años y, vaya si me marcó.

Me gusta la idea. Tripp es mi Rhett. Yo soy una Scarlett amante de los perros. Es una pareja ideal.

Señala con el dedo hacia una mujer que toma notas frenéticamente. Están demasiado lejos para que oiga lo que dicen, así que doy pataditas a la tierra y espero.

Más vale que no sea tonta. Por supuesto que no me dará un beso de película así como así. Es demasiado profesional para eso. Y yo también. Quizá me roce las manos al pasar. O me dedique un guiño pícaro que nadie más note. Aquí viene.

—...es de vital importancia la coordinación al trasladar a los participantes desde el punto A, a la salida del salón de baile, al punto B, en el campo trasero.

Y ya ha pasado.

Ha pasado por mi lado. De largo. Como si yo fuera un árbol plantado en su camino. Ni guiño, ni roce de manos. Ni hablemos de una sonrisa. No ha reconocido mi existencia.

¿Es de esto de lo que hablaba Craig? Este trato de una de cal y otra de arena me está haciendo dar vueltas la cabeza —en el sentido emocional, no en el del oído interno—; al menos eso es algo. Lo último que necesito ahora es montar una escena.

Sigo al grupo porque... esto no puede ser. Seguro que me ha visto. Soy la única persona humana que hay aquí parada.

Pero quizá haya sentido demasiada presión con su personal alrededor. Esperaré en el borde de la zona que están inspeccionando. Le daré una oportunidad más de hacerme una señal.

Ay, Tripp. Por favor, dame alguna señal. Lo que sea. Un saludito, un levantamiento de cejas.

Me ha visto. Yo lo miro y él me mira a mí. Pero su expresión es totalmente indescifrable. ¿Por qué parece dolido? ¿Lo estoy interpretando bien?

Se da la vuelta. Ahora solo veo su nuca, y de eso no puedo sacar ninguna conclusión.

Será mejor que siga con mis tareas. Darle vueltas a lo de Tripp no va a cambiar nada; está claramente en su mundo. Pero ¿qué significaba esa mirada de su cara?

—¿Trabajando mucho o apenas trabajando?

Doy un brinco del susto y me giro. Los otolitos parecen reconocer que no hay peligro, pues me mantengo totalmente erguida.

—Nora —me froto la cabeza—. Me has pillado por sorpresa.

—Más bien te he pillado con las manos en la masa.

No puedo con esto ahora. Ya tengo la cabeza bastante ocupada intentando averiguar qué demonios pasa con Tripp. No necesito los sarcasmos de Nora.

—Tengo que volver al trabajo —intento marcharme, pero ella me sigue.

—Que sepas que no me trago tu numerito.

—¿Qué numerito? —digo, volviéndome brevemente al llegar al cobertizo de las herramientas—. No hay ningún numerito. Acabo de empezar el primer trabajo de mi vida y trato de hacerlo lo mejor posible.

—Ya, bueno —vacila, sacudiendo la cabeza mientras se atropella con las palabras—, ¡no necesitábamos tu ayuda! Estábamos bien sin ti.

—¿Ah, sí? Porque mire donde mire parece que hay más trabajo por hacer que gente para hacerlo.

—Teníamos algo estupendo en The Dog's Paw —continúa ella—, y entonces apareciste tú y hiciste que todo se volviera raro.

—No entiendo qué quieres decir, Nora. Te prometo que nunca intenté...

—¡A mí me tocaba el turno de día!

Ahhh. La animosidad y la hostilidad empiezan a tener sentido.

—No lo sabía, Nora. Me encontré con Miss Chardonnay en la iglesia y ella...

—Exacto, el puesto ni siquiera se anunció, si no me habría presentado. ¿Sabes lo duro que es estar siempre con el turno de noche? Y entonces apareciste tú, con todo tu encanto rural y tu dulzura tan simpática. No es justo.

—Tú me enviaste esos mensajes, ¿verdad? —Ahora todo encaja.

—Si hubieras aceptado el turno de noche, todo habría ido bien. Me he dejado la piel aquí durante dos años, ¡y mira! Ni siquiera sabes guardar las herramientas correctamente.

—Eso no he sido yo —retrocedo mientras Nora entra de golpe en el cobertizo.

—¿Ves esto? ¡La pala no va aquí! Se pone...

—¡Nora! —grito y agarro la pala, apartándola de un empujón. Me abalanzo sobre ella. Ella sale despedida fuera del cobertizo mientras yo descargo la pala sobre la serpiente de cascabel antes de que tenga oportunidad de clavarle los colmillos.

—¿Cómo has... cómo has...? —tartamudea Nora desde el suelo.

Me retumba la cabeza, pero le ofrezco la mano para ayudarla a levantarse. Ella la acepta de buen grado y luego me sujeta cuando tropiezo.

—¿Te ha mordido? —me mantiene erguida, con todo mi peso apoyado en ella porque mi cabeza ya no sabe dónde está el techo.

—Estoy bien, no ha tenido tiempo de atacar. Solo he perdido el equilibrio. Es algo que me pasa a veces.

Ella sacude la cabeza.

—Eres más fuerte que un toro, Anne Marie. Y me has salvado, justo cuando estaba en medio de mi discurso de imbécil.

—No pasa nada —digo con el estómago dándome vueltas—. No es para tanto.

—Sí que es para tanto. Y será mejor que te tumbes.

Llamaré a Scotty para que se encargue del lío de ahí dentro —me lleva hasta la puerta trasera de The Dog's Paw, dejando escapar un largo suspiro—.

No es culpa tuya, Anne Marie. He descargado toda mi frustración contigo.

¿Puedes perdonarme por habértelo puesto tan difícil?

—No hay nada que perdonar —me acomodo en sus brazos. Me ha llamado fuerte, pero esta mujer tiene unos músculos de acero—. Deberías hablar con Rita para cambiar los turnos.

—No sé... —su voz se apaga—. Nunca le he pedido nada a nadie.

—Te lo has ganado. Todo el mundo aquí te respeta.

—No estoy yo tan segura de eso...

—Es cierto —aunque resulta extraño tener esta conversación mientras me lleva en brazos hacia la zona de recepción, es un alivio saber por fin qué había detrás de todo el comportamiento extraño de Nora—. Eres una crack, Nora, y Rita lo sabe. Ella misma me lo dijo.

La sonrisa de Nora es tímida, pero con la cara iluminada así, resulta sorprendentemente guapa.

—Gracias, novata.