Caso amor a primera caída (De amor y perros nº 6) 19 Anne Marie #2
73%

19 Anne Marie #2

—Se me olvidó decirte —dice, apresurándose a ayudarme a subir el último escalón, ya que parece que se me ha olvidado cómo hacer que me funcionen los pies—.

Dozer. No bromeaba cuando fui al spa esta mañana.

.. aunque también me pareció una excusa excelente para encontrarte.

—Se muerde el labio. Es adorable—. Dozer necesita volver a crear vínculos.

Así que, aunque todavía no tenga dueño nuevo, tenemos que asegurarnos de que establezca relaciones.

Puedes hacerlo mediante el juego productivo, dándole seguridad y reforzando su autoestima. ¿Te parece bien?

Se me había pasado por la cabeza que teníamos que hacer algo más por Dozer a raíz del triste fallecimiento de su dueña, pero nunca habría sido capaz de expresarlo con tanta elocuencia.

—Sí, Tripp —digo—. Puedo hacerlo.

—En nombre de Dozer —dice él—, te doy las gracias. —Mira de nuevo hacia la puerta del salón—. De verdad tengo que irme. Parece que las gradas tienen unos cuantos tornillos flojos, igual que el dueño de la empresa de las gradas. —Sacude la cabeza y vuelve a entrar decidido.

Me quedo mirando el lugar donde estaba hace un momento, deseando poder cruzar esa puerta con él.

Un suspiro profundo más y me iré a trabajar.

Pero al girarme, choco directamente contra una columna blanda y elástica... lo cual no tiene sentido porque estoy en una terraza de hormigón.

—¡Ay, madre del amor hermoso! —exclamo al rebotar contra el cuerpo de Nora—. ¿Qué haces aquí? —grito tanto con terror como a la defensiva. ¿Cuánto tiempo lleva ahí parada?

—¿Acabas de decir «madre del amor hermoso»? —Nora frunce el ceño.

—Han sido las primeras palabras que me han venido a la mente —digo, cruzándome de brazos—. Me has pillado desprevenida.

—He estado buscándote. Por fin he visto tus rizos asomar por aquí...

Oh, no. Por favor, que no nos haya visto a Tripp y a mí juntos, besándonos como un par de críos locos en un autocine. Qué curioso, nunca he estado en un autocine. Ni siquiera he visto una película sobre ello y, sin embargo, sé lo que pasa allí. Y se parece mucho a lo que ha pasado en ese arco.

—Sí, bueno... —me trabo al hablar a pesar de mis esfuerzos por mantener la compostura—. Tripp me ha pedido un poco de... ayuda. Tripp Lancaster. Ya sabes quién es, el que dirige la Gran Exposición Canina.

—¿No se llama...? —sacude la cabeza—. Da igual. Sí, le he oído decirte lo de Dozer.

Quizá hayamos tenido suerte y solo haya aparecido para la última parte de nuestra cita.

—De hecho, te buscaba porque me preocupa el estado de Dozer. —Lo dice con enfado, pero no veo cómo eso es culpa mía—. Tienes que hacer algo al respecto —me ladra—. Asegúrate de seguir las instrucciones de Tripp Lancaster.

—Sí, Nora —respondo, entrelazando las manos delante de mí.

Ella asiente y se da la vuelta para bajar los escalones. Llega a la mitad y se detiene. Me da miedo lo que pueda salir de su boca a continuación. Nunca se sabe con ella.

—Lo hiciste bien con Dozer.

—¿Perdón? —No sé si he oído bien.

—No te lo había dicho, y deberías saberlo. Actuaste rápido, evitaste que el veneno se extendiera por su sistema. Gracias.

Se da la vuelta y sigue bajando las escaleras, mientras yo me quedo congelada en el sitio. Me espero a que se vuelva y me ladre más instrucciones. O insultos. O desánimo general con el estado del mundo.

Pero no lo hace. ¿Por fin me la estaré ganando?

El resto del día transcurre en una bruma de frenesí de juegos. Creo que estoy progresando con Dozer. En un momento dado, pillé a Tripp vigilándonos. Me saludó con la mano y luego se marchó hacia el centro de agility.

Me inventé un par de excusas por si las necesitaba mientras paseaba por the Chateau Rose, con la esperanza de avistar con mis propios ojos a cierta celebridad de las exposiciones caninas que me está robando el corazón rápidamente.

Pero no estaba por ninguna parte. Es normal, dado que solo faltan tres días para la exposición.

El hombre tiene mucho que hacer. Pero el camino de vuelta a casa se me hace vacío sabiendo que no lo veré hasta mañana.

Mrs. McKenny tiene su club de bridge en braille esta noche, así que la casa estará especialmente silenciosa.

Suspiro por enésima vez mientras meto la llave en la cerradura y abro la puerta de par en par.

—¡Sorpresa!

—¡Ah! —Me caigo hacia atrás por el escalón de la entrada, donde todavía no hay barandilla, y noto que un brazo me sujeta por debajo.

Juntos damos unos pasos torpes hacia el césped delantero y aterrizamos con un sólido «¡Uf!

». El corazón me late a mil por hora mientras me levanto de encima del hombre extraño que ha invadido la casa de Mrs. McKenney.

Pero mi enfado solo dura medio segundo. El tiempo que tardan mis ojos en volver a enfocar.

—¡Craig! —Me lanzo desde el suelo y vuelvo a caer encima de él.

—¡Uf! —gruñe él bajo mi peso.

—¿Qué haces aquí? —le chillo al oído.

—Oye, no grites, hermanita. Yo también me alegro de verte, pero entremos para que me pongas al día de todo, ya que tienes la mala costumbre de no contestar a mis mensajes.

Me mira como si me estuviera regañando, pero estoy demasiado feliz de verle como para que me importe.

—He estado ocupada.

—Mhmmm. Debes de estar ocupada con cosas importantes si no se las cuentas a tu hermano mayor.

Sé que mis mejillas están encendidas porque siento el calor de la vergüenza subiendo por ellas. Hablar con mi hermano mayor sobre mi incipiente vida amorosa no suena nada divertido.

—¡Lo sabía! —dice Craig, señalándome la nariz con el dedo—. Es un hombre. Ahora entremos antes de que llegue esa amable anciana, porque me lo tienes que contar todo con pelos y señales.

Madre mía. Allá vamos.