Caso amor a primera caída (De amor y perros nº 6) 19 Anne Marie
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19 Anne Marie

El sol está saliendo a saber qué hora horrible de la mañana, y apenas he pegado ojo.

Pero no me importa, porque cada minuto de esta noche lo he pasado consumida por imágenes de Tripp.

Tripp Lancaster, de pie en el porche de mi entrada, sosteniéndome en sus brazos como si yo fuera lo único que importara.

El aire era frío y cortante a medida que avanzaba la noche, pero él me envolvió con su abrigo, manteniéndome cerca, atrayéndome hacia sí.

Con delicadeza, como si yo fuera un pajarillo que pudiera salir volando en cualquier momento.

Pero yo no pensaba irme a ninguna parte.

Sus labios rozaron los míos, luego recorrieron mi mejilla hasta llegar a mi oído, donde susurró una y otra vez:

—No hay nadie en el mundo como tú, Anne Marie, nadie en el mundo.

Y se trata de Tripp Lancaster. Ha dado la vuelta al mundo y ha vuelto. Ha visto a mujeres desde París hasta Sídney, pero era a mí a quien sostenía en sus brazos en el porche de mi casa.

—No hay nadie en el mundo como tú, Anne Marie. Nadie.

Sus besos fueron suaves y tentativos, luego hambrientos y plenos. Una y otra vez, lo reviví en la acogedora calidez de mi cama. Arrugué el edredón contra mí, porque me sentía demasiado sola sin tenerlo a él para rodearlo con mis brazos.

Olvidaos de estar en el séptimo cielo, yo voy flotando por la nube ciento noventa y nueve de camino al trabajo.

El trayecto me parece hoy de una belleza especial.

El sol brilla en las copas de los árboles perennes y las Montañas Rocosas se alzan a lo lejos.

Al aparecer the Chateau Rose, me invade una oleada de calidez.

Así es como se siente una al estar por fin saliendo adelante por su cuenta.

Algún día le enseñaré a Craig lo lejos que he llegado. Mientras tanto, tiene que acostumbrarse a que no responda a cada uno de sus mensajes y llamadas. Sé que su cariño y preocupación vienen de un buen lugar, pero de verdad. Soy una mujer adulta. Tengo que navegar esto por mis propios medios.

Como si lo hubiera invocado, mi teléfono vibra. Aparco y solo miro lo justo para ver que es otro mensaje de Craig. Sea lo que sea, puede esperar hasta más tarde.

—¡Parece que alguien le ha puesto plátano extra a sus cereales esta mañana! —exclama Rita mientras entro dando saltitos en el spa.

—¡Y arándanos! —añado. Rita y Lizzie intercambian una mirada arqueando las cejas.

—Es como si ya lo supiera —dice Lizzie.

—¿Saber qué? —digo, corriendo hacia el mostrador—. ¿Saber qué? ¿Saber qué?

—¡Quieta, chica, quieta! —dice Rita—. ¡Desde luego estás hecha una chihuahua de lo más alegre! Es Tripp. Ha venido a buscarte. Ha preguntado por ti por tu nombre. Ha mencionado al Airedale, aunque se trababa con las palabras.

—Yo también lo he visto —añade Lizzie—. Como si estuviera buscando una excusa para venir a encontrarte.

—Bueno —digo, estirándome la camiseta—. Estoy segura de que solo es que Dozer necesita un poco de cariño y atención extra.

—Ya —dice Rita, entornando los ojos hacia mí—. Es Dozer quien lo necesita, ¿eh?

Lizzie menea los hombros.

—Eso es, Dozer necesita los mimos. Esto tiene que ser todo por el perro.

—¿Queréis parar las dos? —las reprendo mientras ellas se ríen como niñas pequeñas.

—Solo estamos bromeando —dice Rita—. Además, no hay ninguna posibilidad de que una chica tan dulce como tú sobreviva en las garras de un pesimista gruñón y quejica como Tripp Lancaster.

—¿Pesimista? —pregunto. No puedo rebatir la parte de gruñón y quejica, ya que lo he visto comportarse así con el personal. Pero lo de pesimista es nuevo.

—Desde luego —dice Lizzie—. Con los perros es divino, pero con los humanos es... impredecible. ¿Es que nunca has visto su programa de televisión?

—No, acuérdate —dice Rita—. No hay televisores en Nebraska.

—¡Claro que hay! —De repente me siento a la defensiva con respecto a mi estado—. Es solo que mis padres...

—Lo sé, lo sé —dice Rita—. Solo estoy bromeando otra vez. Eres tan sincera. ¿No lo ves? —Se pone las manos en las caderas y echa el peso hacia un lado—. Por esto mismo tú y Tripp seríais la pareja más extraña del mundo. ¿Tengo razón, Lizzie?

El humor de Lizzie ha pasado a ser pensativo. Tiene el ceño fruncido y se cubre los labios con la mano. Emite un ruido que no es ni un sí ni un no, o al menos yo no hablo ese tipo de lenguaje de gruñidos británicos.

—Bueno, en fin, solo estábamos bromeando —Lizzie interrumpe su hilo de pensamiento con una sacudida de cabeza—. Será mejor que vayas a buscar al gran jefe ahora, porque esa parte definitivamente no era broma. Te estaba buscando.

—Sí, señora —digo, poniéndome en posición de firmes y haciendo un saludo con el puño en el aire—. ¡En camino!

De camino a buscar a Tripp.

Después del festival de besos de anoche en mi porche, es difícil saber qué me voy a encontrar.

Supongo que no querrá liarse conmigo en las escaleras de la entrada de the Chateau Rose.

Y si lo intentara, tendría que negarme, por supuesto.

¿Quién podría tomarme en serio si me estoy besuqueando con el jefe famoso durante las horas de trabajo?

Será mejor que me prepare por si intenta dar un paso. Tendré que decir algo suave y dulce, que demuestre que quiero pero que no voy a hacerlo. Suave y dulce. Quizá algo como «Aquí no, ahora no». Y puedo mirarlo con picardía, para que lea el deseo en mis ojos. Sí, eso podría funcionar.

El pulso se me acelera mientras subo los peldaños de the Chateau Rose. Pero los gritos que vienen del interior me detienen en seco.

—¿Cuántas veces he dejado claro que el orden de operaciones, tal como se establece en nuestros PNT, debe respetarse desde la página uno?

Oh, oh. Este es el lado de Tripp del que hablaban Lizzie y Rita.

—¡Aquí nadie se sale del guion, señores!

The Great Global Dog Show depende de vuestra capacidad para cumplir con metodologías probadas y contrastadas.

¿Os imagináis que tuviéramos a los perros entrando aquí, corriendo a sus anchas y haciendo sus necesidades en cada rincón?

¿Irrespetando la estructura que hemos establecido?

Por supuesto que no. Porque esos perros saben lo que tienen que hacer.

Ahora os toca a vosotros. Vosotros tenéis que saber lo que tenéis que hacer.

No dejéis que los perros os dejen en evidencia. Podéis hacerlo mejor.

Su voz retumba por todo el salón de baile.

—¡Retiraos!

Se gira y me encuentra de pie en el umbral.

—Anne Marie —su aspecto cambia por completo. Sus hombros se relajan y una sonrisa amenaza con asomar en esos labios fruncidos. Se aclara la garganta.

—Gracias por venir —dice, como si lo anunciara a toda la sala—. Llevo esperando su llegada más de veinte minutos. Ya he estado en the Dog's Paw, pero voy a asumir que su tardanza tiene una buena causa.

—La tiene —digo, más flojo de lo que me gustaría.

—Bien. Entonces, sígueme.

Cruza el salón de baile a grandes zancadas hacia la puerta trasera, y yo me apresuro para seguirle el ritmo, bajo la mirada de todo el mundo. El calor me sube a las mejillas y me arden mientras avanzo.

—Lo siento —les digo a los empleados que se quedan mirando mientras paso como una exhalación—. No quería interrumpir.

La puerta trasera del salón da a la terraza posterior. Salgo corriendo, ahora varios pasos por detrás de Tripp, pero no lo veo. Solo veo las colinas onduladas y el brillante sol de la mañana. Su calor atraviesa el aire fresco. ¿Dónde está? No puedo haberlo perdido. Acaba de cruzar...

Una mano me agarra el brazo y me tira hacia atrás. El susto me envía una descarga de electricidad por las venas, pero si parpadeo con fuerza, puedo mantener la adrenalina a raya.

Es Tripp, escondido en el hueco de la pared, lejos de miradas indiscretas. Me aprieta contra el ladrillo y me mira profundamente a los ojos. Un suspiro casi imperceptible escapa de sus labios y entonces... esos labios están sobre los míos.

Se siente como si el mundo pudiera acabarse en cualquier momento y todo lo que tenemos es este preciso instante. Me pierdo en el calor de su cuerpo contra el mío.

—Anne Marie —susurra, pegando su mejilla a la mía—. Cada segundo desde anoche ha estado lleno de pensamientos sobre ti. ¿Estoy loco?

—No —susurro yo, recorriendo su mejilla con la punta de los dedos.

—Sí, lo estoy —dice él, apartándose para que pueda ver el brillo en sus ojos—. Estoy loco por ti.

Permanecemos en silencio, con las manos entrelazadas, con los sonidos de los preparativos para los perros en el salón de baile a nuestras espaldas. Pero no decimos una palabra. Al menos hasta que se oye un estrépito gigante al otro lado de la pared.

—Será mejor que me vaya —dice.

—Yo también —respondo.

Me besa la mano y luego se aparta.

—Es mejor que bajes por las escaleras mientras yo entro por la puerta trasera. Ya sabes. Para evitar rumores.

No tiene sentido decirle que los rumores ya vuelan por the Dog's Paw.

—Claro, Tripp.

Nos separamos unos pasos, con la punta de los dedos todavía rozándose en esos últimos momentos. Quiero quedarme así un poco más de tiempo. Entonces Tripp me agarra la muñeca y me atrae para un beso rápido antes de salir corriendo hacia la puerta del salón.

—No he podido evitarlo —me guiña un ojo y vuelve a entrar.

Suspiro. He pasado una cantidad de tiempo desproporcionada estas últimas semanas suspirando. Pero son todos suspiros buenos. Suspiros de un futuro que se siente cálido y tierno, como una camada de cachorros de golden retriever.

Pero el trabajo me espera. Soñar despierta con Tripp Lancaster tendrá que aguardar hasta más tarde.

Justo cuando voy a poner el pie en el primer escalón, una voz grita detrás de mí.

—¡Anne Marie!

La voz de Tripp resuena por la terraza. Me agarro a la barandilla de piedra para no perder el equilibrio, ya que caerme por las escaleras tres días antes de la Big Awesome Dog Show parece una idea terrible.

—Tripp —digo sin aliento—. ¿Necesitas algo?