16 Tripp
¿Cómo voy a poder dormir ahora? Esta noche lo ha trastocado todo para mí.
Siempre he tenido muy claro qué era lo siguiente que debía hacer. Un pie delante del otro. Seguir avanzando. Hacer planes. Cumplirlos. Superar las expectativas. ¿Pero ahora? Nada de eso parece importar ya.
Anne Marie es lo único que tengo en la cabeza.
Los sabuesos duermen junto a mi cama. Ellos nunca dan vueltas en el colchón hasta las tantas de la madrugada con una crisis existencial. Quizá debería aprender de ellos.
En cambio, en lo único en lo que puedo pensar es en cambiar mi vida. Dar un giro a las cosas. Cumplir por fin mi destino. Cuando cierro los ojos e imagino cómo sería… veo a Anne Marie a mi lado.
Me doy la vuelta en la cama y me encuentro con un hocico húmedo esperándome.
—Oye, colega, ¿qué pasa? —le pregunto a Melvin, el más viejo. Apoya la barbilla en el colchón frente a mí, pidiendo mimos—. Lo sé, lo sé. No voy a ser capaz de tomar ninguna decisión esta noche. Probablemente debería dormir lo que pueda, ¿verdad?
Me lame la mejilla y luego se tumba junto a la cama. A veces la respuesta más sencilla es la mejor.
Llego a ese estado, en algún lugar entre el sueño y la vigilia, y Anne Marie aparece allí con todas sus contradicciones.
Es a la vez frágil y fuerte, de una honestidad letal y un completo misterio para mí.
Es la imagen de sus rizos, brillando bajo la luz de la luna, lo que finalmente consigue que me duerma.
En los pocos días que llevo en the Chateau Rose, le he cogido cariño a este balcón desde donde puedo ver todo el recinto, y especialmente los campos detrás de the Dog's Paw, donde Anne Marie está jugando a la pelota con Dozer, el Airedale, que tiene un aspecto estupendo tras su encuentro con una serpiente.
Anne Marie hace un amago hacia la izquierda y lanza hacia la derecha mientras el perro gira encantado y vuela para atrapar el disco en el aire.
Es ágil para ser un Airedale, pero tiene ese mismo empeño característico por alcanzar un objetivo.
Sí, es un ejemplar magnífico ahora que está totalmente recuperado.
—¡Tripp, por fin! Te he estado buscando por todas partes.
—Ahora no, Rebecca. Tengo mucho que hacer hoy. —Como mirar a Anne Marie saltar y jugar con los perros—. Necesito concentrarme. Con la llegada de Huxton mañana, la presión es…
—Tripp, por el amor de Dios. ¿Es que nunca miras tus mensajes ni el buzón de voz? ¿Ni los papeles que he deslizado por debajo de tu puerta?
—Rebecca… —Me vuelvo hacia ella, apartándome de la escena idílica de la mujer de mis…
Vaya. Detén ese hilo de pensamiento ahora mismo.
—Rebecca —digo entre dientes—, creo que no has captado el concepto de privacidad.
Me quedan veinticuatro horas antes de que venga Huxton y necesito entrar en materia.
Así que, a menos que haya un terremoto o, peor aún, que mi madre se pase por aquí, no hace falta que me persigas incesantemente como mis sabuesos tras un conejo.
Rebecca frunce los labios y se cruza de brazos como una niña petulante. Pero esto no es nada nuevo. Llevamos años trabajando juntos y pensaba que ya me conocería lo suficiente para…
—Viene hoy.
—¿Perdona? —Me inclino hacia adelante.
—Lo que has oído. Huxton viene hoy. —Rebecca se pone las manos en las caderas con firmeza e inclina el cuerpo hacia un lado—.
¿Entiendes ahora por qué he estado persiguiéndote por todo el pueblo?
Huxton ha dicho que quiere pasarse hoy. Para hacerse una idea mejor de la naturaleza de tu organización.
Así que, Sr. Lancaster, ahí tienes ese hueso, ahora róelo.
Da media vuelta y se aleja a paso ligero, dejándome sin aliento.
—¿Cuándo? —le grito a Rebecca, intentando ocultar la desesperación en mi voz. Ella levanta un dedo sin volverse.
—En una hora —responde a gritos—. Tienes una hora. Buena suerte.
Una hora.
Tengo una hora para que esta operación parezca lo más impecable y ordenada posible. Mientras tanto, he estado completamente desconectado, volcándome en un sueño que depende del hombre que vendrá dentro de cincuenta y ocho minutos.
Entro a grandes zancadas en el salón de baile principal, donde el equipo ha instalado nuestro centro de control.
—¡Atendedme todos! —grito—. Tenemos cincuenta y seis minutos para alcanzar la fase cuatro de preparación para el espectáculo.
—¿La fase cuatro? —exclama mi director técnico—. ¡Pero si estamos solo en la fase dos! Faltan otros dos días para la exposición.
—Has oído lo que he dicho, Jim. Así que haz que suceda. Eso va por ti también, Andrea; la decoración tiene que estar presentada. No hace falta que esté en las paredes, pero Huxton tiene que ser capaz de visualizar este salón y el centro de agility transformados.
—Tengo los bocetos, sir.
—¡Los bocetos no son suficientes! ¿Has oído lo que he dicho? Presentada. En su sitio.
—Pero, pero…
—¡Nada de peros! —grito.
—¡Si todavía están en las cajas! —gime ella.
—Necesito el diseño del suelo en el centro de agility, ya. ¿Rebecca? —Me vuelvo hacia ella.
—¿Dime, sir? —Su actitud ha cambiado desde que estábamos en el balcón. Ahora es todo profesionalidad. Rebecca puede ser un verdadero incordio, pero cuando se trata de la exposición, no se anda con chiquitas.
—Tú te encargas del agility. Yo me encargo de la exhibición.
—¡Sí, sir! —anuncia y se marcha sin perder un segundo más.
La decoración está solo a medias en el salón de baile cuando la voz de un hombre retumba a mis espaldas.
—¡Vaya, vaya, vaya! ¡Así que esto es lo que hay entre bastidores en la Gran Exposición Canina Global!
—Huxton tiene todas las señas de identidad de un multimillonario.
El brillo de sus zapatos me deslumbra. Se encamina hacia donde estoy, en el centro de la sala, captando la atención de todo el mundo.
Todo el trabajo se detiene en seco.
—Seré sincero. —Respira hondo—. Esperaba más. Pero quizá lo haya hecho a propósito, manteniendo la actividad al mínimo para que la presentación dentro de dos días sea más impactante. ¿Es eso, Sr. Lancaster?
No me gusta el tono de voz de este hombre.
—Vamos por buen camino con nuestra ruta crítica —le respondo con una sonrisa que sé que no resulta muy genuina.
Corta ya, Tripp.
No es el momento de entrar en un juego de egos. La realidad es que yo necesito a Huxton, y él no me necesita a mí. Respiro hondo y cambio de actitud.
—¿Qué le parece si le acompaño a dar una vuelta por las instalaciones?
Él ladea la cabeza como intentando adivinar si realmente me estoy mostrando sumiso o si es puro teatro. La verdad es que es un poco de las dos cosas.
—De acuerdo —dice—. Guíeme usted.
Ganarse a Huxton no va a ser fácil, pero supongo que eso es lo que hace que los multimillonarios sean… exactamente eso. Multimillonarios. Necesito convencer a este hombre de que, allá donde voy, la exposición y su personal obedecen todas mis órdenes.
—No está mal —dice Huxton mientras se pavonea con las manos en los bolsillos y salimos de la zona del salón de baile—. Veo que el personal está al tanto de todo en cada aspecto que usted ha exigido.
—Gracias —respondo.
—No es eso lo que me preocupa.
Oh, oh. ¿Huxton ya tiene una preocupación? Apenas lleva aquí media hora.
—Me sorprende que permita que el personal pierda el tiempo bajo su supervisión.
—¿Perdone? —El calor me sube por la nuca—. Nadie tontea bajo mi supervisión. Ni el personal ni los responsables del lugar. Eso lo dejé muy claro desde el primer día.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—Sígame —dice Huxton.
La ansiedad me crece en el fondo del estómago. No tengo ni idea de qué es lo que me va a mostrar.
—Veo que los equipos en el centro de agility están trabajando frenéticamente para preparar el sitio. No le voy a mentir, una parte de mí se pregunta por qué han tardado tres días en llegar al punto en el que están ahora.
—Mr. Huxton, eso sigue formando parte de nuestro plan. Estamos cumpliendo estrictamente los plazos.
—Eso no es lo que me preocupa —dice, y entonces señala de forma dramática hacia el campo que hay detrás del área de agility—. Esto es lo que me inquieta.
Es Anne Marie, jugando con el Airedale.
—Tengo entendido que todo el mundo está volcado en la Gran Exposición Canina Global.
—Así es.
—¿Entonces cómo explica esto?
Intento tragar saliva, pero se me queda atascada.
—Es un caso especial. Me ocuparé de ello más tarde.
—Por favor —dice Huxton con tono desafiante—. Me gustaría ser testigo de cómo maneja usted semejante falta de disciplina, si es que realmente se ocupa de ello.
Me ha arrinconado. Solo hay una forma de salir de esta.
Solo espero poder avisar a Anne Marie con la suficiente antelación para que sepa que todo lo que voy a decir es puro teatro para beneficio de Huxton.
—Vamos —digo, y me adelanto a Huxton, intentando hacer gestos con los brazos a Anne Marie para advertirla, pero sin llamar la atención de Huxton, que viene detrás de mí. Pero Anne Marie está totalmente pendiente de Dozer, el perro.
—¡Tripp Lancaster, Tripp Lancaster! —grita una voz de mujer—. Me alegra mucho que Mr. Huxton y usted hayan podido encontrarse. —Miss Chardonnay trota hacia nosotros seguida de la inglesa que gestiona the Dog's Paw.
—Llegan en el momento justo —dice Mr. Huxton—. Tripp estaba a punto de mostrarme cómo gestiona el rendimiento del personal.
—¿Ah, sí? —dice Miss Chardonnay—. Eso me gustaría verlo.
—Yo no estoy tan segura —masculla Lizzie, la gerente, con el volumen justo para que solo yo la oiga.
Los tres me siguen mientras me acerco al campo donde Anne Marie está en el suelo, dándole mimos al perro. Me aclaro la garganta y solo tengo medio segundo antes de que los demás me alcancen.
—Anne Marie —digo entre dientes—. Prepárate. Estoy a punto de soltarte una buena descarga.
—¿Vas a hacer qué?
Pero los demás ya han llegado. Es demasiado tarde.
Espero que Anne Marie me perdone luego.