14 Anne Marie
—¡Esto es adorable! —anuncio mientras cruzamos la puerta de Maude's Place—. Puedo decir con total sinceridad que no he visto nada igual desde que visitaba a mi abuela.
—¿Ella también coleccionaba animalitos de porcelana?
Niego con la cabeza.
—No te imaginas cuánto. Estaba como una cabra.
Él se ríe entre dientes.
—¿Pero dónde se supone que nos sentamos?
—¿Fuera, supongo?
Maude's Place es en realidad Maude's place, la casa de Maude.
El restaurante es su hogar, y ha improvisado una terraza en el jardín delantero, con enrejados, hiedra y macetas con flores.
Casi podría ser Italia... por las fotos que he visto, claro.
Quizá algún día pueda ir a Italia... Tripp y yo paseando por las calles de Roma. ..
—¿Buscamos a Maude? —pregunta Tripp.
Yo sigo en algún lugar cerca de la Capilla Sixtina en mi cabeza.
—¿Has estado alguna vez en Italia?
—Eh, sí —responde—. ¿Tiene eso algo que ver con encontrar a Maude?
—No. Solo pensaba que esta terracita parece una escapada italiana en medio del campo de Colorado.
—Sabes —Tripp se cruza de brazos—, no te falta razón. Pero tú no has estado nunca en Italia, ¿verdad?
Siento el calor subiéndome por el cuello.
—No, sir.
—¿Acabas de llamarme «sir»? —pregunta, y veo que a él también le sube un rubor a las mejillas.
¿Tripp Lancaster sonrojado? Es un espectáculo digno de ver.
Resulta que Maude's Place es perfecto para nosotros. Tenemos la terraza para nosotros solos, y el olor de la comida casera es celestial mientras Maude nos la trae.
—¡Aquí tenéis! —dice—. Dos platos de lasaña, hecha con mi propia receta familiar. ¡Que aproveche!
Se da la vuelta para entrar y, antes de que pueda procesar lo que ocurre, veo a cámara lenta cómo su tacón se engancha en el césped. Me levanto de la silla y estoy al lado de Maude antes incluso de que tenga tiempo de tocar el suelo.
—¡La tengo! —exclamo, mientras sostengo a la mujer con fuerza en mis brazos. La pongo en pie—. Más vale que tengas cuidado, este césped es terriblemente irregular. Podrías haberte hecho mucho daño.
Maude se me queda mirando boquiabierta.
—¡Me has sujetado y no eres más que una cosita escuchimizada!
—Vaya reflejos —dice Tripp desde la mesa.
Me encojo de hombros.
—A veces me dan estos subidones de adrenalina. He oído que es bastante común. Ya sabes, eso de que las madres pueden levantar coches cuando sus hijos están atrapados. Ese tipo de cosas.
—Bueno, yo por mi parte quiero darte las gracias, señorita —dice Maude—. Y ni una palabra. La cena invita la casa. Que disfrutéis.
Maude se da la vuelta y camina de puntillas con cuidado de vuelta a la casa. Me siento de nuevo a la mesa, pero la cara de Tripp sigue reflejando asombro.
—Tú no eres su madre y ella no estaba atrapada bajo un coche.
Lo has activado como si fuera un grifo. Te has movido más rápido de lo que he visto a nadie moverse nunca, y luego la has sujetado con todo su peso.
Y esa mujer no es precisamente ligera como una pluma.
Estoy convencido de que acabo de ver a una superheroína en acción.
—Oh, para ya. —Le quito importancia con un gesto—. No tiene nada de súper. Tiene más que ver con un trauma infantil que con cualquier habilidad sobrehumana.
—Ah —dice Tripp, frunciendo el ceño—. Eso suena duro. —Se muerde el labio. Sé que quiere preguntar más, pero es demasiado educado; la mayoría de la gente lo es. Pero esta es una historia que he llegado a conocer bien. Y afortunadamente, tiene un final feliz.
—¿Quieres que te cuente la historia? —le pregunto.
—Solo si te sientes cómoda. —Se inclina hacia delante apoyando los codos.
—Tenía cinco años. —Sonrío—. No alcanzaba a ver mucho más allá de la encimera de la cocina.
Era una niña pequeña, incluso menuda para mi edad.
Pero mi hermano mayor y yo estábamos fuera jugando en la calle; a un gran partido de rayuela, debo añadir.
Mi madre había aprendido a hacer tiza casera e incluso le añadía un poco de granito molido para que brillara.
—¿Tiza casera para la acera?
—Bueno, no era exactamente tiza. Pero en mi casa, nada se hacía exactamente igual que lo hace el resto de la gente.
En fin —continúo, porque lo último que quiero hacer ahora es revelar todas las extrañas excentricidades de mi familia—.
Estábamos examinando la línea porque mi hermano insistía en que yo había dibujado el cuadrado número cuatro más pequeño que los demás, y que por eso él no paraba de perder.
.. aunque solo era que tenía mala coordinación con el pie izquierdo.
En ese momento, un coche apareció a toda velocidad al doblar la esquina y yo corrí a un lado pensando que mi hermano también lo había visto.
.. pero no. —Tripp contiene el aliento—.
Estaba demasiado concentrado en la tiza.
De algún modo supe que el coche no podía verle, y que estaba a punto de convertirse en un niño-tortita, como los que salían en los dibujos animados.
Así que corrí a la calle y lo aparté de un empujón.
Literalmente lo lancé. Fui yo a quien atropelló el coche.
—¡Anne Marie! —exclama él.
Le quito importancia con la mano.
—Me dio de refilón. Nada demasiado grave. Aunque estuve bastante magullada durante un par de meses, agradecí que mi hermano estuviera bien.
—Qué alivio —dice él con los ojos muy abiertos por la sorpresa—. ¿Pero has dicho que fue traumático?
—Sí, bueno... —Esta es la parte que más cuesta contar—.
Cada vez que cerraba los ojos, veía la escena una y otra vez, con finales diferentes.
En algunas de mis pesadillas, el coche atropellaba a mi hermano y no sobrevivía.
En otras, volábamos como mariposas hacia el cielo, pero luego lo perdía entre las nubes.
Verás, me había llevado un golpe bastante fuerte.
Lo suficiente como para entrar y salir del estado de consciencia, y fue entonces cuando supe lo de los diamantes en mi cabeza. Quiero decir...
¿De verdad le acabo de decir «diamantes en mi cabeza» a Tripp? Está ladeando la cabeza como si estuviera loca, cosa que probablemente sea cierta.
—... No quiero decir diamantes. Se llaman otolitos. Otolitos. Los que se encargan del equilibrio.
—Los conozco. Los perros también los tienen.
—Así que —miro de reojo mi plato gigante de lasaña—, esa es mi historia.
Y parece que las cosas que pasan en la infancia pueden tener un impacto de por vida.
Eso es lo que han dicho los médicos, al menos.
Así explican este subidón de adrenalina y el aumento de fuerza física.
Cielo santo, me siento tonta... —le digo a mi lasaña—. No te interesa nada de esto.
—Sí que me interesa —dice—. Me interesa muchísimo. Y créeme, te entiendo.
—¿Ah, sí? —susurro. Me da miedo preguntar, pero quiero saberlo.
—Es decir —Tripp se mueve en su silla, pareciendo más un chico en el colegio que una estrella internacional—. Llevo en televisión casi desde que tengo memoria. Y aunque puede parecer glamuroso, divertido y emocionante... —se mira las manos en el regazo—, no siempre es así.
—Apuesto a que todo el mundo piensa que es fantástico, ¿eh?
—Todo el mundo excepto yo —afirma—. Suena muy desagradecido, pero siento que me perdí una gran parte de la infancia. De jugar, de la libertad, de cometer errores. Nunca podía cometer ningún error. Si lo hacía, quedaba grabado en cámara y me regañaban por ello.
—Oh. Eso es terrible.
—Era el precio a pagar por ser una estrella infantil.
—Parece que su mirada se pierde en la distancia—.
Pero luego el programa de televisión se convirtió en la exposición canina en directo y, con ello, la presión no hizo más que intensificarse.
Mis padres no me dejaron espacio para ser nada más que lo que ellos esperaban de mí.
—Su voz se apacigua—. Nunca he dicho esto en voz alta.
—Es bueno hablar de ello —digo—. Has aguantado mucho sobre tus hombros.
—Así es —responde, con esa inocencia juvenil brillando en sus ojos—.
No me arrepiento de mi vida. Pero también siento que algo tiene que cambiar, o de lo contrario lo próximo que sabré será que mi vida ya habrá pasado y nunca habré cumplido mi verdadero destino.
—Niega con la cabeza—. Mi verdadero destino.
Ni siquiera soporto oír esas palabras salir de mi boca.
—Eso es bueno —digo, estirando la mano para tocarle el brazo—. Estas cosas hay que decirlas.
Me mira directamente a los ojos y luego una suave sonrisa asoma a sus labios.
—Creo que de verdad lo piensas así.
—Así es —confirmo.
—Contigo —continúa—, estas palabras salen con mucha facilidad. Y no me juzgas por ello.
—¿Juzgarte? Por supuesto que no lo haría.
—Eso puede parecerte obvio a ti, pero si hubieras vivido un tiempo en mi lugar, habrías visto que la honradez y la integridad no se ven muy recompensadas.
Me inclino hacia delante.
—Entonces no creo que quiera estar en tu lugar.
Él se ríe.
—No, definitivamente no. Ahora, ¿qué me dices de esta lasaña? Tiene un aspecto increíble.
—¡Y es gratis! —exclamo, antes de recordar—. Así que... supongo que tú no tienes precisamente problemas de dinero, ¿verdad?
—No —dice—. Solo problemas normales y corrientes.
El resto de nuestra cena transcurre en un torbellino de conversación entre bocado y bocado. Sus padres, su primer perro, cómo creó la exposición canina; que, por cierto, se llama the Great Global Dog Show.
Me pregunto cuánta gente se equivocará con el nombre.
Hemos dejado los platos impecables cuando por fin miro mi reloj.
—¡Oh, no! Tengo que volver con Mrs. McKenny. Tal como están las cosas, voy a llegar tarde. Y nunca llegaste a hacerme las preguntas que necesitabas para la exposición canina.
—¿Preguntas para la exposición canina? —frunce el ceño y luego parece recordar—. Ah, claro. Es verdad, esto es una no-cita profesional y nunca llegué a hacerte esas preguntas tan importantes. Así que... —Se pone en pie—. Simplemente tendremos que repetir esto en otro momento.
Me levanto y él me ofrece su brazo.
—¿Otra no-cita profesional? —Me río—. Habrá que ver sob...
Se me engancha el pie, creo que exactamente en el mismo sitio donde tropezó Maude, y me voy al suelo.
Pero Tripp está justo ahí. Me atrapa en sus brazos.
Sus ojos de color castaño profundo me sonríen.
Y si por un momento finjo que no acabo de hacer el ridículo en el césped, podría imaginar que acabamos de terminar un gran baile en un salón, como Cenicienta, y él me inclina para un último momento de intimidad antes del gran beso.
Cielo santo. No puedo pensar en besarlo. Ahora no. En cualquier cosa. Tengo que decir algo. Sus ojos son tan profundos, sus labios tan carnosos, y la forma en que me sonríe me está incendiando el corazón... Tengo que decir algo.
—¿Quieres venir a casa a tomar el postre?
—Sí —responde, con el brillo de la sonrisa aún en sus ojos—. Sin duda quiero.