Caso amor a primera caída (De amor y perros nº 6) 12 Anne Marie #2
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12 Anne Marie #2

Es increíble lo rápido que desaparecen de la mente todos los pensamientos sobre Tripp Lancaster, las citas secretas y el noviazgo clandestino cuando hay un pobre animal enfermo sobre la mesa.

Nunca pensé que llegaría a estar agradecida por las veces que mamá me obligaba a acompañarla cuando los animales del establo estaban de parto. O aquella vez que tuvimos que hacerle una cesárea a la cabra. Pero mis manos están firmes mientras ayudo al Dr. Tom a hacer lo que es necesario por Dozer.

—Sujete la cincha en su sitio —dice él, y hago lo que se me ordena.

Unos pocos puntos más y Dozer estará casi como nuevo.

El perro se ha quedado frito. La anestesia está haciendo su trabajo.

—¿Cree que se pondrá bien? —le pregunto al Dr. Tom mientras acaricio el hocico inconsciente de Dozer.

—Debería; el área alrededor de la herida está más limpia de lo que esperaba. Tendrá que tomárselo con calma, pero es un perro joven y con buena salud.

Observo dormir al animal que me ha salvado, mientras el Dr. Tom recoge la sala. Ha sido digno de ver cómo sus manos hacían con destreza lo necesario para salvar la vida de Dozer.

—Menos mal que hay gente como usted en el mundo —le digo al Dr. Tom—. Imagine qué le habría pasado a Dozer sin usted.

—Es muy amable por su parte decir eso, pero menos mal que hay gente como usted. No solo ha traído al perro aquí a tiempo, sino que ha ayudado sin dudarlo. Buen trabajo, chica nueva.

—Gracias —susurro, sintiéndome profundamente honrada por el cumplido.

El sonido de pasos apresurados llena el pasillo, mientras Rita se detiene deslizándose y Lizzie choca contra ella justo detrás.

—¿Está bien Dozer? —pregunta Rita—. ¡Me acabo de enterar!

Lizzie entra de un salto en la habitación.

—¡Pobrecito mío!

—Se va a poner bien —el Dr. Tom se lava las manos—. Afortunadamente Anne Marie ha estado a la altura de las circunstancias y ha actuado como mi segunda mientras yo lavaba la zona y aplicaba el antídoto.

Rita y Lizzie me miran con la boca abierta.

Me encojo de hombros.

—He hecho lo que he podido.

El Airedale que está sobre la mesa empieza a agitarse.

—Se va a poner nervioso —dice el Dr. Tom—. La mordedura no ha sido grave, pero no quiero darle más tranquilizantes todavía.

—Prepararé un informe detallado para Nora —dice Rita—. Tiene que saber todo esto para el turno de noche.

—Cierto —murmuro—. Nora.

Rita inclina la cabeza.

—¿Sí, Nora? ¿Qué pasa con ella?

¿Por qué habré abierto mi estúpida boca?

—Nada, nada —intento disimular—. Es que no soy su persona favorita.

El Dr. Tom y Rita intercambian sonrisas.

—No te preocupes —dice Rita—. Es que es muy protectora. Pero es uno de los miembros más fiables de nuestro personal.

El Dr. Tom asiente.

—Cuando está con los perros, hace magia. Todos se sienten muy a gusto con ella. Aporta una presencia tranquilizadora incluso a los animales más inquietos.

No tanto con los humanos, pienso, pero esta vez me lo guardo para mí.

El Dr. Tom mira su reloj.

—Tengo que ir a recoger a mi novia, Claire, a la estación. Vuelve de Nueva York hoy. ¿Pueden quedarse ustedes dos con Dozer hasta que regrese para revisarlo?

—Por supuesto —decimos Lizzie y yo al unísono.

Le da una palmadita en la cabeza al perro.

—Eres un buen chico. Nos vemos luego —nos dice y sale a paso rápido.

Lizzie acerca una silla y suelta un largo suspiro.

—Primero pierde a su dueña, y ahora esto.

—¿Qué va a pasar con él ahora? —pregunto mientras acerco otra silla.

—Intentaremos encontrarle un hogar definitivo. Desafortunadamente, nuestra clientela no suele estar interesada en quedarse con el perro de otra persona. Pero ya se nos ocurrirá algo. En el peor de los casos, podemos contactar con el National Airedale Rescue.

—¿Un refugio? ¡No puede ir a un refugio! Me ha salvado, Lizzie. Es muy valiente. —Deslizo el dorso de mi mano por su suave oreja. Se agita suavemente bajo mi contacto.

—Puede que él te haya salvado a ti, pero desde luego tú le has devuelto el favor. Parece que tienes la costumbre de estar cerca justo cuando se te necesita —dice Lizzie, inclinándose hacia adelante—. Y ya sabes que hablo por mí también.

—No sé explicarlo —me encojo de hombros—. Supongo que el buen Señor simplemente me pone en el lugar adecuado en el momento oportuno para hacer algunas buenas obras.

—¡También te ha dado un montón de músculos ocultos!

Le resto importancia con un gesto.

—¡Eso ha sido solo la adrenalina!

No le digo a Lizzie que estoy sintiendo los efectos posteriores al subidón de adrenalina. Me pasa siempre. Los otolitos se están moviendo y no puedo hacer mucho al respecto. Menos mal que estoy sentada.

La puerta de la sala clínica se abre con un crujido.

—He oído que hay un Airedale pachucho por aquí.

Tripp. Siento que se me retira el color de la cara.

—Es verdad, Tripp Lancaster —dice Lizzie—. Nuestro chico Dozer nos ha dado un susto de muerte, pero se va a poner bien. Estamos esperando a que vuelva el veterinario. Nuestra propia chica nueva incluso se ha lanzado a ayudar con la cirugía.

—¿No me digas? —Tripp me mira con una ceja levantada.

—Oh, ya sabe, no ha sido nada. Una ayudita por aquí y por allá, en lo que pueda.

—¿Una ayudita? —Lizzie hace una mueca.

—Desde luego eres una chica de dar ayuditas —dice Tripp con ojos risueños. Pero nuestra conversación se ve interrumpida bruscamente por un único y desgarrador alarido. Dozer está despierto. No se mueve, pero me mira con unos ojos de tal angustia que se me rompe el corazón.

—¿Es por el dolor? —pregunto.

—No —dice Tripp, acercándose al lado de la camilla—. Ese no es el aullido de un perro con dolor físico, sino que sin duda es el aullido de un perro con sufrimiento emocional.

Dozer aúlla de nuevo. El equivalente canino a llorar a moco tendido.

—¿Crees que sabe lo de su dueña? —le pregunto a Lizzie.

—¿Qué pasa con la dueña? —pregunta Tripp.

—Falleció —respondo.

Dozer aúlla otra vez, y otra, y otra. Ni siquiera podemos mediar palabra sin que nos interrumpa con su penetrante aullido.

—Dejadme intentar algo. —Tripp señala la silla de Lizzie, que ella libera de inmediato.

La acerca al lado de Dozer—. Hola, amigo.

—Frota un punto específico detrás de la oreja de Dozer, y luego bajo su mandíbula.

Dozer lloriquea pero ya no aúlla más. Tripp se inclina cerca, susurrando al oído del perro mientras le da un masaje muy bien coreografiado.

Puntos de presión, supongo. Apenas podemos oír lo que Tripp dice, pero me llegan unas pocas palabras.

—No estás solo —dice Tripp—. Nunca estarás solo. Tripp Lancaster es un hombre de palabra. Estaré ahí para ti…

Tripp levanta la vista hacia mí, dejándome clavada en el sitio, y añade:

—Siempre.

Esa mirada, tan honesta, tan sincera.

Creo que he dejado de respirar. Definitivamente lo he hecho. O quizá sean los otolitos otra vez.

No, creo que soy solo yo, que me estoy enamorando de este tío.

Dozer vuelve a caer en un sueño confortable mientras Tripp le acaricia la mejilla.

—Estoy seguro de que tu veterinario lo sabrá, pero debería quedarse aquí un par de días. Ese tipo de agitación emocional puede pasarle factura a un perro. A este chico le espera un camino difícil.

—¿Cómo está el cachorro? —Scotty asoma la cabeza.

—Durmiendo —responde Lizzie—. El Dr. Tom dice que se va a poner bien.

—Grandes noticias. —Scotty se quita la gorra de béisbol y se rasca la cabeza—. No he podido encontrar la serpiente. Es la primera cascabel en la propiedad en años. Más vale que tengamos cuidado y no usemos el Campo C hasta que esté despejado.

—Buena idea —dice Lizzie.

—Las tres, me tengo que ir. El mecánico del cortacésped llegará en cualquier momento. —Scotty inclina la cabeza y se marcha.

—¿Las tres? —Tripp mira su reloj, contiene el aliento e inmediatamente cambia de semblante. Se estira la camisa para enderezarla y se pasa las manos por los laterales del pelo, alisándoselo hacia atrás para recuperar su peinado perfecto.

Refunfuña:

—Tengo que ir a la reunión o Rebecca me matará. —Cruza el pasillo a paso firme y sus pisadas resuenan como las de un profesor enfadado.

Le veo marcharse; su espalda no da muestra alguna del hombre amable que he estado conociendo. Ahora es todo negocios. Pero no voy a mentir, está terriblemente guapo con esos vaqueros…

De repente, Lizzie se planta delante de mí, bloqueándome la vista.

—¡Conozco esa mirada! —dice ella.

—¿Qué mirada? —pregunto, poniendo mi mejor cara de yo no he sido—. Solo estaba impresionada por su toque mágico.

—Toque mágico, ¿eh?

—Con el perro.

Lizzie suspira:

—Cariño, lo he visto todo. Es más, yo misma he vivido esta historia.

—¿La has vivido? —Siento un nudo extraño en el estómago.

Lizzie inclina la cabeza.

—Esa fui yo durante años. Observaba al hombre de mis sueños desde lejos, sin creer nunca que él y yo llegaríamos a ser pareja. Me llevó años, Anne Marie. Años. Y lo que no había hecho era admitirme a mí misma que… tenía sentimientos.

—Te equivocas conmigo —le digo a Lizzie con una risita incómoda—. Es solo que es el primer famoso que conozco personalmente así. Es solo por los perros. Es solo por el trabajo. Por eso mañana vamos a tener una no-cita profesional muy seria.

¿Una no-cita profesional? ¿Por qué he tenido que decir eso en voz alta?

—Ten cuidado, Anne Marie. —Lizzie alarga la mano y me toca el brazo.

Tiene razón. Tiene muchísima razón. Solo he estado pensando en mí misma y no en the Chateau Rose ni en the Dog's Paw.

Esto es algo más grande que yo. La exposición canina globalmente asombrosa es una oportunidad enorme y más vale que no sea por culpa de Anne Marie Taylor por lo que todos acaben en un aprieto.