Caso amor a primera caída (De amor y perros nº 6) 8 Anne Marie
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8 Anne Marie

—Washing… —canto—, washing in the U.S.A. Yes, I'm washing—washing—washing in the U.S.A.

El Furmeister está hecho un asco después de la última sesión de Amelia con Clarisse, la Chow. No me sorprende. Según Rita, el Furmeister siempre se atasca después de las sesiones de Clarisse.

—¡Qué voz tan bonita! —Amelia asoma la cabeza—. ¡Si hubiera sabido que teníamos a una estrella del pop entre nosotras, te habría dado un trabajo con más glamur!

—Oh, calla —le resto importancia al cumplido con un gesto—. Solo estoy haciendo el tonto. Pero ayuda a que pase el tiempo.

—Sobre todo cuando intentas quitar pelo de Chow de las bisagras.

—¿Pero cómo se mete ahí dentro? —Soplo en la bisagra y libero unos cuantos pelos más—. Progreso.

—Tengo una sesión de observación con el Dr. Tom para una cirugía…

—¡Oh, no! ¡Espero que no sea nada grave! —Odio la idea de que los animalitos sufran.

—Por suerte no, solo vamos a quitarle un tumor molesto pero benigno a Jojo, el gran danés.

—No me extraña que el Dr. Tom necesite ayuda. Más les vale darte pronto el título de veterinaria. ¡Te necesitamos aquí!

Amelia sonríe.

—Eres un sol. Y lo que es más, creo que lo dices en serio.

—Desde luego. No sabía que hubiera otra opción.

Amelia se ríe.

—¡No pongas esa cara de ofendida! Era un cumplido.

—¿Otro más? —Me llevo las manos a la cabeza—. ¡No puedo con tanto!

Amelia se aleja riendo por el pasillo hacia la zona veterinaria.

Me gusta hacerla sonreír. Me da la sensación de que es una mujer seria, entre sus estudios de veterinaria y el trabajo en el spa.

Pero esta mañana he visto a su marido pasarse por aquí para traerle la comida en una bolsa.

Y cuando digo pasarse, me refiero a que toda su dotación de bomberos ha entrado en the Chateau Rose en uno de esos camiones de bomberos enormes, y él estaba en la escalera con una bolsa de papel en la mano. Ella ha subido y le ha dado un beso.

Ha sido adorable.

Imaginaos, ¡alguien capaz de llegar a tales extremos por entregar un almuerzo! Eso es amor.

Quizá, algún día, alguien me traiga la comida de una forma tan espectacular…

Aunque, pensándolo bien, anoche salí a cenar por primera vez en Hampton Falls con un hombre con experiencia de mundo. Tripp es harina de otro costal.

Es misterioso y tiene esa forma de lograr que me ponga a hablar. Noto que escucha de verdad… pero él no cuenta nada sobre sí mismo.

Y aquí estoy yo, suspirando por este chico, cuando apenas sé nada de él. Sé que trabaja en la Super Fabulosa Exposición Canina. Que tiene una jefa exigente. Que ha estado en la mayoría de las grandes ciudades de Estados Unidos… ¿y qué más?

Veo la forma en que me mira. Sus ojos se dulcifican y las comisuras de sus labios se curvan hacia arriba.

Me mira como si fuera alguien especial…

¡Ja!

Imaginaos, yo, Anne Marie, siendo alguien especial. Alguien que pudiera hacer feliz a Tripp Lancaster…

Vuelta al Furmeister. Soplo para sacar algo más de pelo de la esquina inferior y compruebo dos veces que esté desenchufado, porque esas cuchillas parecen afiladísimas.

—¿Cómo va la cosa por aquí? —Lizzie asoma la cabeza.

—Ya casi está. ¿Tienes prisa? Puedo intentar ir más rápido.

—Vamos, vamos —el acento de Lizzie me recuerda al de una directora de colegio de esas películas británicas…

espera, ellos las llaman films. Me da una palmadita en el hombro mientras estoy arrodillada en el suelo—.

Tómate tu tiempo. Es mejor que hagas el trabajo bien a que lo hagas rápido.

Pero sí, hay un afgano, un maltés y un Airedale empezando a la hora en punto.

—¡Uf! ¡Okeedoke!

—Okeedoke —Lizzie se ríe entre dientes—. Qué expresión americana tan adorable. Okeedoke.

—Somos tú contra mí, viejo enemigo. —Me esfuerzo al máximo y termino cinco minutos antes de la hora.

—¡Bien hecho! —Lizzie aplaude y se dirige al personal—.

Rita, Nisha, hagamos que estos cachorros pasen rápido.

He programado turnos de veinticinco minutos para que podamos terminar con tiempo para reunirnos antes de que acabe el día.

Tenemos que hablar sobre la Gran Exposición Canina Global.

Mañana es el pistoletazo de salida y queremos que the Dog's Paw se presente como la opción más impresionante para los participantes del certamen, ¡ya sea en agility o ingenio, belleza o destreza!

De repente, no tengo nada que hacer.

—¿En qué puedo ayudar? —le pregunto a Rita.

—Aquí en nada —dice ella, guiando a un ridgeback hacia el centro de entrenamiento—.

Pero ¿por qué no vas a inspeccionar el terreno?

Llévate el bolso multibolsillos y familiarízate mejor con el lugar.

Le has caído bien a Lizzie, y eso probablemente significa que tendrá algún trabajo para ti durante la exposición.

—¿Tú crees? —No puedo ocultar mi entusiasmo. Imaginaos, trabajar en la exposición canina… con Tripp.

—No te hagas demasiadas ilusiones.

—No lo haré.

—Pero vuelve para la reunión a las cuatro y media.

—¡Allí estaré!

Me voy dando saltitos hasta el armario y cojo el bolso multibolsillos.

Rita se ríe.

—Nadie ha estado nunca más feliz que tú por recoger depósitos caninos en the Chateau Rose.

—¡Me encanta mi trabajo!

La dejo riéndose y salgo al patio.

El patio. Es decir, las colinas onduladas y la extensión de arbustos, parterres de flores… incluso he encontrado un laberinto trazado en una esquina al otro lado del edificio principal del hotel. ¡Un laberinto!

El móvil me vibra en el bolsillo trasero y casi me mata del susto. Tengo el teléfono para emergencias, pero nadie me llama ni me escribe nunca. Mi madre insiste en que el teléfono fijo es la única forma de comunicarse, y la señora McKenney espera a que llegue a casa o me deja notas.

No hay nadie más.

No es que no tenga amigos. Siempre me he llevado bien con todo el mundo. Pero eran amigos a los que veía en el instituto, o en los partidos de fútbol, o en el mercado si, por alguna gracia de Dios, brotaban más de tres coles en una temporada.

Pero eran el tipo de amigos a los que veía porque estaba allí. Y ahora que no estoy, se acabaron las llamadas al móvil. No puedo culparles. Mis padres me mantenían muy pegada a casa, quizá más de lo que deberían…

El mensaje es críptico y proviene de un número que no conozco.

—¿Te gusta la noche?

Esto es sospechoso. Podría contestar, pero ¿y si no es alguien con quien quiera hablar? ¿Y si es un rey exiliado en Australia que busca una concubina? Vi una película en la que pasaba eso.

Aunque, pensándolo bien, quizá sea alguien del spa. Tienen mi número. Podría llamar, eso aclararía las cosas…

—¡Anne Marie?

—¡AY!

Se me cae el móvil, que rebota contra las piedras del laberinto. Me pongo de rodillas para buscarlo.

Pero lo hago demasiado rápido. El oído interno se me está volviendo loco. Debe de haber sido por pensar en casa. En mis padres. En el rey australiano.

Se me pasará, pero voy a necesitar un minuto.

—Lo siento muchísimo —dice Tripp—. Pensé que me habías oído llegar, aunque te he visto muy concentrada mirando el móvil.

—No pasa nada. —Palpo el suelo buscando el teléfono. No veo bien, pero sé que ha ido por aquí. Oh, este es un mareo de los malos.

—Toma. —Me pasa el móvil—. ¿Dolor de cabeza?

—Sí —miento—. Debe de haber sido por todo el pastel de anoche. —Hago un esfuerzo por sonreír y me quedo sentada en el suelo. Me siento mucho mejor así—. Acompáñame —doy una palmadita en la tierra—. Está seco y he oído que las conversaciones en un laberinto traen buena suerte.

—¿Ah, sí? Nunca lo había oído. —Pero se sienta a mi lado. Señala el bolso multibolsillos—. De vuelta al deber, ¿eh?

—Es un trabajo sucio, pero alguien tiene que hacerlo. —Sonríe, Anne Marie. Intenta ser encantadora aunque sientas ganas de vomitar.

—Te has puesto muy pálida de repente… —Le suena el móvil—. Lancaster.

—Sir, han traído un pedido de alfombras con tres días de antelación —la voz suena a través del teléfono lo bastante alto como para que la oiga sin el manos libres—. El centro de entrenamiento no está listo, ¿qué quiere que les diga que hagan con ellas?

—Háblalo con la mujer esa, Chardonnay. Seguro que tienen algún almacén.

—Sí, pero está fuera del recinto. —Reconozco la voz chillona de la mujer, la que yo pensaba que era la jefa de Tripp…

—No las necesitamos hasta dentro de tres días como mínimo, así que fuera del recinto está bien.

—Pero eso supondrá un gasto adicional…

—Haz que pase, Rebecca. No necesito supervisar detalles como este.

Le cuelga.

Nunca he oído a nadie hablar así a su jefe. Pero si ella no es su jefa, ¿quién es? O quizá la pregunta sea…

¿Quién es él?

Tengo una sensación extraña en el estómago… pero claro, también podrían ser los otolitos moviéndose y jugándome una mala pasada.

—¿Quién era? —pregunta él.

—Eh, eras tú el que estaba al teléfono… ¿o es que mi cabeza está tan mal?

Me da un empujoncito cariñoso con el hombro, lo cual es mono, salvo porque la cabeza todavía me da vueltas.

—¿Quién te tenía tan absorta con el móvil que no me has oído llegar, y eso que no he venido con sigilo?

Le enseño el mensaje de texto.

—Mmm —dice con el ceño fruncido—. Yo no contestaría. Suena raro.

—Eso mismo he pensado yo. ¿A menos que sea alguien del spa?

—Probablemente dirían quiénes son, ¿no?

—Eso imagino.

—Tiene fácil solución: puedes ir a preguntar, dado que el spa está a tres minutos a pie de este mismo punto.

—Cierto —respondo, y por suerte la oleada de náuseas ha pasado.

Él se levanta y me ofrece las manos.

Pongo mis manos en las suyas. Son cálidas y recias a la vez. Como si fuera carpintero o marinero. No sé por qué pienso en esas profesiones en concreto, ya que no conozco a ningún carpintero ni a ningún marinero. Pero apuesto a que tendrían unas manos como estas.

Me ayuda a levantarme con facilidad.

Le miro las manos, recorriendo sus palmas con las yemas de los dedos.

—¿Qué has dicho que era tu trabajo exactamente?

Parpadea como si le hubiera pillado desprevenido con una pregunta de lo más normal.

—He tenido que controlar a muchos canes rebeldes con estas manos. Han recibido lo suyo, pero ha valido la pena.

—No me refería a eso…

Mi móvil suena y retiro lentamente mis manos de las suyas.

Es del mismo número.

—¿No preferirías el turno de noche?

—Nora está en el turno de noche. —Y desde luego no pienso meterme con Nora—. No voy a contestar.

—Sensato —dice él—. Pero dime, Anne Marie…

—¿Sí?

—¿Me das tu número?

Sonrío.

—Dame tú el tuyo, así ya no recibiré más mensajes misteriosos de remitentes desconocidos.

—¡Sensata otra vez! —Me quita el móvil de las manos y teclea su número—. Esperaré noticias tuyas. Pero no me hagas esperar mucho.

Después de su llamada con la mujer que no es su jefa, me da la sensación de que Tripp no está acostumbrado a esperar por nada.

—Te escribiré —digo— más tarde. Pero primero tengo una reunión de personal y vas a hacer que llegue tarde.

—¡Eso no puede ser! ¡Y menos cuando hay bolas de pelo que necesitan ponerse guapas!

—Más bien discusiones sobre la próxima Exposición Canina Mundial Definitiva, de la que tú, por supuesto, ya sabes mucho…

Una expresión cruza su rostro, pero desaparece rápidamente.

—Claro, la exposición. Mejor vuelvo yo también a lo mío.

Se mete las manos en los bolsillos y se marcha sin decir ni una palabra más. ¿He dicho algo malo?

—¡Chica nueva! —exclama Lizzie a mi llegada—. Has estado escuchándolo todo desde que empezaste. Pero ¿has estado prestando atención?

—Desde luego, señorita Lizzie.

—Bien. Te voy a asignar a la exposición. No sé cómo te utilizaremos todavía, pero no me cabe duda de que hay un lugar para ti. ¿Estás lista para este siguiente paso, dahling?

—¡Ya lo creo! —Creo que acabo de dar un brinco y de aplaudir. Sí, eso es lo que he hecho, y la suerte está de mi parte porque no me he mareado ni un poquito. Me aclaro la garganta y cruzo las manos delante de mí—. Quiero decir, lo que necesite, señorita Lizzie.

Ella me guiña un ojo.

—En ese caso, asistirás mañana al pistoletazo de salida conjunto con the Chateau Rose, la directiva de la exposición canina y el resto del equipo de the Dog's Paw. Pero mientras tanto, tenemos una reunión de personal a la que asistir.

Tengo un momento justo para enviarle un mensaje a Tripp. ¿Le cuento lo de mis nuevas responsabilidades?

Qué va, será más divertido darle una sorpresa.

—Soy yo. ¿Qué te parece ver las estrellas sobre las montañas de Colorado? —escribo, sin esperar respuesta de él hasta más tarde.

El móvil me vibra casi de inmediato.

—Me encantan las estrellas.