Caso amor a primera caída (De amor y perros nº 6) 7 Tripp
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Lo que hacen las mujeres en el baño será siempre un misterio para mí. He visto a montones de chicas en el set que se pasan horas arreglándose y acicalándose para que, al final, parezca que no se han hecho nada. Es una ilusión óptica. Tienen que pasarse horas intentando parecer naturales.

Pero Anne Marie no. Hace tres minutos parecía haber salido de un pantano de zombis. No cabe duda de que había estado llorando. No me importó ni por un segundo que tuviera la mitad del maquillaje corrido por la cara; quería darle un gran abrazo de oso y no soltarla hasta que todo estuviera bien.

¿Qué clase de instinto es ese? Una necesidad de escudarla, de proteger a una mujer dulce que ha salido de las profundidades del campo estadounidense de cualquier dolor y desdicha que el mundo real le lance.

Nunca me he sentido así antes.

Las mujeres con las que he salido en el pasado eran duras, curtidas por la experiencia, conscientes del mundo y de sus recelos.

Pero la suavidad de Anne Marie me hace derretirme.

Aquí viene, bajando las escaleras corriendo como si fuera la noche del baile de graduación, con los ojos iluminados y ni rastro de maquillaje.

Sus mejillas besadas por el sol tienen ligeras pecas, y podría imaginármela ataviada con un vestido de cuadros, correteando por un corral con una bandada de gallinas a sus pies.

Espera, las gallinas no van en bandadas.

Lo que sea que sea eso, un montón de gallinas cacareando mientras ella baila de nido en nido.

Espera, las gallinas viven en gallineros.

Parpadeo para volver al momento presente.

—Estás maravillosa —le digo, y ella me mira de forma extraña.

—¿En serio? Porque estoy bastante segura de que mi cara todavía está llena de manchas, y debes de estar preguntándote por qué.

—Solo me alegra verte sonreír.

Sus mejillas arden de color rojo, aunque finge que no ha pasado nada.

—Y bien —entrelaza las manos delante de ella como una maestra de escuela—, ¿qué te trae por estos lares?

—He pensado que podríamos retomar la conversación donde la dejamos ayer.

—¿Te refieres a la de la cafetería o a esa en la que saliste disparado del coche a mitad de frase cuando llegamos a the Chateau Rose? —Levanta las cejas en un simulacro de desafío.

Es cierto, me largué y me escondí entre los coches para llegar a mi habitación sin que me pillaran. No quería que la magia de aquel primer café con Anne Marie se desvaneciera tan pronto. Y ver a Rebecca tiene la costumbre de ponerme de un humor particularmente irritable.

—Mis disculpas por mi precipitada partida. Había visto a mi... esto... jefa caminando por el recinto y no quería que me viera.

—Ya veo. ¿Y esa jefa te estará buscando esta noche?

—En absoluto. He pedido la noche libre. —Lo que en realidad significa que tuve un berrinche y le ordené a Rebecca que me dejara en paz por una noche antes de que empiece el caos de la exposición.

—En ese caso, será mejor que compremos algo de comida, ya que definitivamente no hay sopa suficiente para todos. ¡La sopa!

Sale corriendo hacia lo que debe de ser la cocina.

—¡Buenas noticias, Mrs. McKenney! —grita—. ¡Esta vez no se me ha quemado demasiado el fondo de la olla!

Mrs. McKenney llama desde el salón:

—Me alegra saber que tus habilidades culinarias están mejorando.

Estoy seguro de que había una nota de sarcasmo en la voz de la anciana.

—Ya la tienes sobre la mesa, Mrs. McKenney. —Anne Marie la ayuda a ir al comedor, aunque Mrs. McKenney se desenvuelve bien sola por el apartamento.

Me pregunto si siempre ha sido ciega o si es una condición nueva, pero no sé cómo hacer la pregunta de forma delicada.

—Muy bien —Anne Marie coge una chaqueta vaquera y se pone unas zapatillas—, estoy lista.

Hago una reverencia mientras abro la puerta principal.

—Tu carruaje te espera.

—¿Este es tu coche?

—Es de préstamo.

—Pero es un coche deportivo.

No es un deportivo cualquiera. Es un Lamborghini. Y sí, es prestado, pero a cambio de una mención durante la exposición. El concesionario de lujo estuvo más que encantado de cedérmelo.

Eso es lo que tiene ser rico: la gente te regala cosas precisamente porque no las necesitas.

Hay algo que no funciona bien en nuestro mundo.

Anne Marie rodea el coche despacio, como si pudiera romperse si se acercara demasiado.

—¿Puedo tocarlo?

—¡Ja! —Esa risa me sale de las entrañas. Es tan refrescante hacer algo más que sonreír con desprecio—. Mejor aún, puedes subirte.

—Lo voy a ensuciar.

—El mejor tipo de coche es el que está sucio.

Ella me sonríe mientras sube.

—Eso es algo que diríamos durante la limpieza de los establos. Porque cuanto más te ensuciaras, mejor trabajo habías hecho.

—Vida de granja, ¿eh? Teníais mucho lío.

Ella suspira.

—Eso es porque éramos granjeros de verdad... de los malos.

—¡Ja! —Sinceramente, me empieza a doler el estómago como si hubiera despertado de un sueño profundo—. ¿Cómo es que fue así?

—Mis padres eran hippies. Querían vivir de la tierra, desconectados de la red, de forma autosuficiente, ecológica y con un impacto cero.

Pero se habían criado en los suburbios de Chicago.

Mis abuelos de ambas partes trabajaban en la industria automotriz.

La agricultura era lo más alejado de esa vida que podían encontrar. Aunque sus intenciones eran magníficas.

—Eso parece.

—Pero eran terribles en ello. Realmente terribles.

Leían todo tipo de libros, escuchaban programas de radio, consultaban con la gente del lugar, y lo mejor que conseguían eran zanahorias y repollo.

Teníamos ganado, pero se convertían en mascotas.

No podíamos comerlos hasta que morían de forma natural e, incluso entonces, mamá y papá tenían que fingir que estábamos comiendo tofu; de lo contrario, Craig y yo nos disgustaríamos.

Su rostro se ensombrece por un momento, pero luego exhala y me mira.

—La tienda de comestibles está al final de la calle a la izquierda, Sir Coche Lujoso.

—Es prestado.

—Sir Coche Lujoso Prestado.

—¿Y si salimos a cenar? ¿A Mrs. McKenney le importaría?

—Estoy segura de que no le importaría, pero...

—¿Pero qué? ¿No quiere salir conmigo? ¿No quiere mezclar trabajo y placer? Ella...

—Es un poco caro.

—Oh, sí. Es verdad. Pero podríamos ir a un sitio que no sea caro. —«Que no sea caro» no es un adjetivo. ¿Por qué me estoy comportando como un adolescente?

—Supongo que sí. —Se muerde el labio—. Mira, acabo de llegar. Ni siquiera he recibido mi primer sueldo. Tal vez no sepas lo que es llegar a fin de mes por los pelos, pero es difícil salir adelante por tu cuenta.

—Oye, no. Lo entiendo.

—¿En serio? —Me mira con tal alivio que el corazón se me encoge un poco—. Quiero decir, sé que estás... esto... mucho más avanzado en tu carrera que yo...

—¿Quieres decir que soy más viejo?

Ella se encoge de hombros como si fuera obvio.

—Así que paguemos cada uno nuestra propia comida. Es lo justo, ya que ambos tenemos problemas de dinero. Aunque nadie lo diría, viéndote conducir este Ferrari prestado.

—Es un Lamborghini. —Eso no viene al caso.

Levanta una ceja conspiradora.

—¿No es divertido conducir un coche que nunca podrías comprarte tú mismo?

Hago rugir el motor para darle efecto y evito mencionar los tres vehículos que ya poseo.

—Si lo prefieres —se gira para mirarme—, podríamos comprar unos fideos instantáneos y comérnoslos en un banco. El centro de Hampton Falls es precioso.

¿Fideos instantáneos? Tengo que decir algo para que sepa que no soy ningún indigente a cinco minutos de vivir en la calle... salvo que ella acaba de decir casi eso de sí misma.

—Podemos ir a un restaurante. —Asiento para tranquilizarla.

Nunca pensé que tendría que tener cuidado de no falsear mi riqueza, pero...

—¡Ese sitio! —exclama de repente y señala por delante de mi cara, así que doy un volantazo brusco a la izquierda.

Por suerte, este pueblo no se parece en nada a Los Ángeles, Miami o ni siquiera Boston, así que no importa que acabe de meter el coche en el carril contrario para entrar en el aparcamiento de. ..

—¿I Heart Burgers? —Hago una mueca.

—¡Tienen la mejor hamburguesa del pueblo! Y tienen unos precios muy razonables.

—Anne Marie, quiero invitarte a cenar.

—No pasa nada. Seguro que puedo encontrar unos cuantos dólares extra para una noche especial.

—No, lo digo en serio. Tengo trabajo y ya he cobrado muchos sueldos.

¿Qué tiene mi tono de voz que me hace sonar tan ridículo? Probablemente sea porque no estoy siendo del todo sincero. ¿Pero cómo paso de «llegar a fin de mes» a «más o menos asquerosamente rico»?

Con ella, siento que tener dinero no marca ninguna diferencia en absoluto. Con otras mujeres, eso era uno de los primeros atractivos, o al menos era una base necesaria. Lo entiendo, las mujeres no quieren estar con un tipo que no pueda valerse por sí mismo.

Pero ¿para qué he estado trabajando realmente? ¿De qué me ha servido este dinero?

De nada en absoluto.

Ella abre la puerta de I Heart Burgers y el olor a parrilla sale flotando como el cielo sobre carbón.

—Espera —la sujeto del brazo—, dijiste que no comías animales.

—¡Tienen hamburguesas vegetales, tonto! —Se adelanta y saluda a la camarera.

—Hamburguesas vegetales. Por supuesto.

Nos acomodamos en un reservado de plástico. No tiene nada que ver con lugares como Manhattan, donde acabamos de rodar nuestra última serie de episodios, pero me gusta. Se siente familiar, aunque nunca he estado aquí antes.

—Te estuve buscando esta tarde —dice Anne Marie después de que pidamos dos hamburguesas vegetales y patatas fritas caseras—. Pero no pasaste por el spa.

—Día ajetreado, mucha preparación para la exposición canina.

Sus ojos se agrandan y me doy cuenta de que se me acaba de escapar.

—¿Trabajas para la exposición canina?

Hago una mueca.

—Así que has oído hablar de ella.

—¡Claro! Todo el mundo habla de eso, debería haberlo imaginado. Solo que pensé que lo habrías mencionado.

Lo habría hecho, si no fuera porque no quería que lo supieras.

—No pensé que fuera de interés.