Caso amor a primera caída (De amor y perros nº 6) 6 Anne Marie
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6 Anne Marie

El día pasa más rápido que un galgo en una cinta de correr. Hay mucho que hacer antes de que estemos listos para acoger la Exposición Canina Realmente Fabulosa.

Quiero decir, la Exposición Canina Globalmente Increíble. Tengo que tener más cuidado. ¿Os imagináis que me confunda de nombre delante de los organizadores de la exposición canina? ¡Eso sería vergonzoso!

Craig me ha enviado dos mensajes, pero no voy a ocuparme de él ahora. He estado atenta por si aparecía Tripp, pero no ha vuelto a asomar desde nuestro encuentro de esta mañana.

Solo el recuerdo de su presencia me hace sonreír.

Hacía tanto tiempo que nadie me hacía sentir así.

.. A ver, estaba aquel chico del instituto, pero ese no cuenta.

Solo éramos unos críos y habíamos ido a la misma clase desde siempre.

Creo que planeamos nuestra boda en el parvulario.

Luego estuvo el chico del pueblo, pero Craig se las apañó para meterse rápido en medio de esa relación.

No importó que lo hiciera, ya que de todos modos no había ninguna química entre ese chico y yo.

¿Y con Tripp? Olvidaos de la química, soy prácticamente un tubo de ensayo a punto de explotar.

—Buen trabajo por hoy, novata —dice Rita mientras recojo mis cosas—. Mañana te enseñaré a gestionar las citas en la aplicación de citas.

—¿En el iPad?

—En ese mismo.

¡No puedo creer que ya me estén dando tanta responsabilidad! Pero no puedo dejar traslucir que esto me parece pelo-fantástico.

—¡Righty-o! —digo, porque en mi cabeza sonaba guay.

Ya no suena tan guay ahora que lo he dicho.

—Desde luego tienes sentido del humor, novata. ¡Hasta la vista! —responde ella y saluda con la mano como la reina de Inglaterra.

El paisaje de camino a casa pasa en un suspiro mientras imágenes de Tripp flotan en mi mente. ¿Cuál es su historia? ¿Cómo puede un hombre adulto tener ese lado tan juguetón, casi infantil? ¿Qué lo ha traído a the Chateau Rose con sus tres perros y cuánto tiempo se va a quedar?

¡FRENOS!

Piso el pedal a fondo sin pensar cuando la ardilla cruza corriendo, a apenas un latido de terminar bajo mi rueda.

El corazón me late como un tren desbocado. ¿En qué estaba pensando, ardilla tonta? ¿No sabía lo cerca que estaba de pasar al otro barrio?

Una lágrima caliente me cae por la mejilla; la idea de que casi le quito la vida a un ser de este mundo me petrifica. Ardilla o no, estaba corriendo, jugando, viviendo su vida, y yo casi la termino.

Un coche se detiene en el arcén junto a mí. Aunque técnicamente es hora punta, en esta zona del pueblo donde la carretera rural apenas empieza a estar asfaltada, no pasan más de dos o tres coches.

El conductor sale del coche y se acerca a mi ventanilla.

La bajo antes de que llegue.

—Lo siento —le digo al hombre mientras se acerca—. No le he visto venir detrás de mí.

—¿Se encuentra bien? He visto que pegaba un frenazo.

—Había una... —se me corta la voz—. Una ardilla. Casi la atropello.

—Está llorando.

—La habría matado.

—Pero no lo ha hecho.

—No, afortunadamente.

Frunce el ceño y, sin que me lo diga, sé que es padre.

—Claramente está muy alterada. ¿Tal vez debería apartarse y tomarse un minuto? No es muy seguro quedarse así, parada en seco en medio de la carretera.

—Parada en seco...

—Perdone —se rasca la cabeza—, una frase desafortunada.

Respiro hondo y me limpio la lágrima.

—Ya estoy bien, gracias por preguntar y perdone de nuevo por las molestias.

—No es ninguna molestia, hija. Conduzca con cuidado a partir de ahora.

—Sí, Pa— sir.

¡Otra vez casi llamo a alguien papá! ¡Tengo que controlarme!

Ahora entiendo lo que dicen de que conducir es algo semiconsciente, porque estoy en casa antes de darme cuenta.

Siento la mandíbula tensa. Debo de haber ido apretando los dientes todo el camino.

Es un alivio girar la llave en la cerradura y oír el sonido familiar del concurso de la tele que Mrs. McKenney siempre ve a esta hora.

Por fin puedo relajarme.

—Bienvenida a casa, Anne Marie —Mrs. McKenney baja el volumen—. ¿Qué tal el tercer día?

Entro en el salón, pero aún no estoy lista para olvidar todo lo que acaba de pasar. No ha sido solo la ardilla. Es todo lo que ha aflorado debido a la adrenalina.

La cabeza me empieza a dar vueltas.

Le doy una patada a la mesa de centro al pasar —fuerte—, pero consigo llegar al sofá antes de que el vértigo se apodere de mí. Cierro los ojos y me estiro.

—Vaya por Dios —Mrs. McKenney chasquea la lengua—. Pasa algo muy malo, sin duda.

—No es el trabajo —consigo decir—. Es solo que estoy teniendo uno de mis achaques.

—¿Solo eso? ¿Estás segura? Te suena la voz tensa, como si estuvieras a punto de llorar.

Y aquí vienen, brotando de mis ojos ante la mínima sugerencia de que estaban esperando para caer. Estoy sollozando.

Mrs. McKenney se desplaza desde su sillón y me levanta la cabeza para sentarse. Me coloca la cabeza en el regazo y me pasa la mano por el pelo.

—Eso es, llora. Te sentirás mejor después. Puedes contármelo si quieres, pero no es obligatorio.

Sollozo. Y sollozo. Tengo la boca seca porque todo el líquido de mi cuerpo ha sido robado para fabricar lágrimas.

Mrs. McKenney apoya la mano en mi hombro mientras hago ademán de incorporarme.

Ya no me da tantas vueltas la cabeza. Nos quedamos sentadas juntas, en silencio, reflexivas.

Por un lado, siento el cerebro vacío. Pero sé que si lo permito, se inundará de imágenes del pasado. Imágenes que no quiero volver a ver.

—Gracias, Mrs. McKenney.

—¿Quieres hablar de ello?

—Había una ardilla en la carretera. Casi la atropello. No se movía lo suficientemente rápido. Se detuvo y me miró fijamente, con los ojos llenos de pánico.

—Y apuesto a que eso te trajo recuerdos horribles del accidente.

Asiento.

—Mi hermano tenía esa misma mirada. Lo vi en él cuando el coche iba a atropellarlo.

Fue entonces cuando empezaron estos problemas, pero no lo cambiaría por nada. Craig y yo salimos de aquello con vida, y eso es lo que cuenta.

—Pobre pequeña. No me extraña que esa ardillita te lo haya recordado todo, especialmente con lo que tú quieres a los animales. Los traumas así no desaparecen sin más.

Miro el reloj.

—Lo siento mucho, Mrs. McKenney, debería estar preparando tu cena. Vas a comer más tarde de lo habitual por mi culpa.

—No te preocupes por eso. Dame una tostada y calienta la sopa que hay en el congelador. Con eso tendré suficiente por hoy. ¿Por casualidad viste si la concursante ganó el coche?

—Me lo he perdido por completo.

—Ah, bueno. Los impuestos sobre los premios son una pesadilla de todos modos. Seguramente sea mejor que no lo haya ganado.

Justo acabo de echar el bloque de sopa congelada en la olla cuando suena el timbre.

—¡Ya voy yo! —exclamo, pero Mrs. McKenney ya está allí. Es rápida para ser una anciana ciega.

—Buenas tardes —dice una voz masculina con tono cantarín.

—Buenas tardes —responde la señora—. Suena usted como alguien guapo.

—¿Ah, sí? —Tripp se ríe justo cuando llego a la escena de mi anciana compañera de casa flirteando con él.

—Mrs. McKenney, este es Tripp. De mi trabajo.

Mrs. McKenney se vuelve hacia mí.

—Te dije que no te trajeras el trabajo a casa.

—Tiene razón —digo, mirando a Tripp.

Su sonrisa es cálida, pero de repente asoma una pregunta en su mirada.

—¿Todo bien? —pregunta.

Es cierto que hace apenas unos minutos estaba llorando a moco tendido y estoy segura de que mi cara cuenta esa historia.

—Sí —respondo rápido y me doy la vuelta para frotarme bajo los ojos. Efectivamente, tengo los dedos manchados de máscara de pestañas y sombra.

—Mrs. McKenney, ¿podría entretener a nuestro invitado un minuto mientras me lavo?

—Desde luego, será un placer. ¿Por qué no pasa? Le acompañaré al salón, y lo digo en serio aunque sea ciega.

—¡Menudo sentido del humor! —Tripp se ríe mientras yo subo corriendo las escaleras para intentar parecer algo que no sea un mapache triste.

Pero cuando me miro al espejo, dejando a un lado el maquillaje corrido, me sorprendo sonriendo.

Esta tarde ya está empezando a mejorar.