5 Anne Marie
Tengo muelles en las plantas de los pies y juraría que me he levantado con el pie derecho. De hecho, he dormido como un tronco y por mi mente han desfilado sueños con cachorros de labrador.
Y Tripp.
Anoche, por primera vez, no le cogí el teléfono a Craig. Estaba demasiado perdida en los recuerdos de la velada y no necesitaba que mi hermano mayor me pinchara el globo. Fue liberador.
Aunque sí respondí a su mensaje de texto.
Mis mejillas se han quedado fijas en una sonrisa semipermanente mientras avanzo a saltitos por el pasillo hacia la cocina. La señora McKenney ya está sentada a la mesa. Ha puesto la cafetera, que ahora mismo está destilando un aroma divino por todo el apartamento.
—Anne Marie —dice la señora McKenney—, puedo oír tu alegría esta mañana.
—¿Eso se puede oír?
Quienquiera que descubriera que cuando se pierde un sentido los otros se agudizan, dio en el clavo.
Es casi como si la señora McKenney percibiera mis sentimientos desde el otro lado de nuestro apartamento de tres dormitorios en la planta baja.
Ay, los caseros no lo tienen muy bien mantenido.
Parece que siempre estoy haciendo pequeñas reparaciones.
Sin embargo, me encantan las hortensias del jardín.
El lugar no es muy distinto al Café Java, una casa convertida en dos apartamentos, salvo que por aquí hay menos pasteles. La señora McKenney es diabética.
—Estabas tarareando. Desde que te mudaste hace dos semanas, nunca te había oído tararear.
—¿Estaba tarareando?
—Una canción que no había oído nunca.
Seguro que es la nana que mi madre escribió para mí. De algún modo, esa canción se ha quedado grabada en mi mente y, cuando me siento especialmente a gusto, animada o a salvo, es lo que me sale.
—Espero que mi tarareo no haya perturbado tu momento de oración matutino.
—¡Cielo santo, no! —Sonríe—. Parecía que un ángel hubiera aterrizado en mi cuarto de baño.
—Nada de ángeles, señora McKenney. Solo soy yo.
Me hace un gesto con la mano para que me acerque y posa su palma en mi antebrazo. Su tacto es cálido y suave.
—Tú eres un ángel, Anne Marie. No lo olvides.
La miro un momento, preguntándome cómo es posible que nuestros caminos se cruzaran justo en el momento en que lo hicieron. Ella necesitaba asistencia en casa para las mañanas temprano y las noches. Yo necesitaba un lugar donde vivir y apenas tenía calderilla para empezar.
Aunque solo llevo aquí unas semanas, la señora McKenney y yo hemos conectado a un nivel profundo, mucho más allá del de cuidadora y cliente.
Ha sido una amistad caída del cielo.
Le preparo el desayuno y me sirvo un termo grande de café. Me espera el tercer día del nuevo trabajo, y todavía tengo mucho que demostrar al personal de the Dog's Paw.
Y luego está Tripp.
Quizás sea de mala educación encapricharse de un huésped de the Chateau Rose, pero fue él quien me buscó ayer, no al revés.
Dejando a un lado el hecho de que me desplomé a sus pies.
Necesitaba ayuda para escapar, así que le ayudé. Luego lo devolví a sus obligaciones y regresé a mi puesto en el spa antes de salir corriendo a casa para recibir a la enfermera de la señora McKenney.
Gajes del oficio.
Pero debería tener cuidado. Fraternizar con la clientela trae problemas, estoy segura.
Tampoco querría que él se metiera en líos con su jefa.
Parecía convencido de que ella no pagaría con él el hecho de haberse marchado a mitad del día, lo cual es bastante sorprendente.
¿Qué clase de trabajo te permite irte así como así?
Bueno, el mío lo hizo. Pero aquello fue por el interés de un cliente de the Chateau Rose.
Tripp insistió en que todo iría bien y en que sabía cómo lidiar con ella.
Me gusta su seguridad. Es una gran cualidad en un hombre.
Especialmente si es un tipo normal, que ama a los perros y cuenta chistes como Tripp Lancaster.
A veces la seguridad puede parecer prepotencia, pero eso suele ocurrir cuando se trata de la persona al mando.
Cuando dan órdenes a la gente como si no valieran nada o como si merecieran ser tratados como tontos.
Sí, la seguridad es peligrosa en un gran jefe.
Pero Tripp no es así. ¡Menos mal!
Pensé que la transición a trabajar en un spa canino de lujo vinculado a un hotel de lujo sería accidentada y extraña después de haberme criado en la granja, pero es un alivio saber que Tripp no es tan diferente a mí.
Tripp, Tripp, Tripp... ¡tengo que parar! The Dog's Paw está justo delante y, a través de los cristales, ya hay una fila de clientes caninos esperando sus sesiones. ¡Rita me va a necesitar!
—Chica nueva.
La voz es ronca y baja. La reconozco antes de verla apoyada en un árbol con un cigarrillo.
—Buenos días, Nora.
—¿Lo son? —Tira el cigarrillo con dramatismo y lo aplasta, luego lo recoge y me apunta con él—. ¿Qué es exactamente lo que hace que esta mañana sea tan buena?
—Eh... —busco inspiración—. ¿El sol? ¿El aire puro? ¿El nuevo trabajo? —No sé por qué me sale todo como una pregunta. Nora me pone nerviosa, que supongo que es su intención.
—Nuevo trabajo —aspira aire entre los dientes—, es cierto, tú eres la chica nueva que ha conseguido el turno de día.
Definitivamente detecto cierta animosidad, pero lo que ha dicho es verdad.
—Así es.
—Así es. Y, sin embargo, estabas en el bosque, ¿verdad?
Me quedo sin aliento. ¿Acaso fue un crimen? Quiero decir, casi me caigo encima de un cliente, pero él también necesitaba mi ayuda. ¿Es por eso por lo que recela tanto de mí?
—¡Anne Marie! —Rita abre la puerta del spa y asoma la cabeza—. ¡Menos mal que estás aquí! Tengo que ayudar a los veterinarios con una camada prematura, y Pulco acaba de llegar con una uña encarnada. ¡Nora, deja de actuar como la guardiana del cielo y deja entrar a Anne Marie!
—Buena suerte, chica nueva —Nora olfatea con fuerza y se aleja marchando.
Puede que me cueste un poco de trabajo ganármela. O mucho.
En la zona de recepción, un Jack Russell terrier está sentado con la pata delantera derecha levantada, como si saludara. Este debe de ser Pulco.
—¡Creo que está infectada! —exclama la mujer que supongo que es la dueña de Pulco. Las lágrimas resbalan por su cara y sus ojos azules, extremadamente grandes, son como lunas—. ¡Necesita ayuda!
—Déjeme echar un vistazo —digo. Recuerdo que mi perro Loopy tuvo una uña encarnada; le dolía muchísimo, pero al final fue bastante fácil de tratar—. Ah, sí, es igual que lo de mi Loopy. Puedo ayudarlo. ¿Quiere venir por aquí, señora...?
—Señora Granger. —Está sudando. Pobrecilla, debe de estar muy preocupada por su pequeño Pulco—. No puede imaginarse lo agradecida que estoy.
—¿Estás segura de saber lo que haces? —susurra Rita mientras paso por su lado—. Podemos pedir a Amelia o a Nisha que lo miren en unas horas.
—No pasa nada, yo me encargo. Sé dónde se guarda el jabón antiséptico y me enseñaste el cajón de las herramientas de aseo. Con eso debería bastar.
Rita asiente con aprobación y creo que acabo de ganar unos cuantos puntos con mi jefa.
Menos de quince minutos después, Pulco brinca de un lado a otro, aunque con cierta delicadeza por la gasa de su pata.
—Asegúrese de vigilar la zona alrededor de la herida —le digo a la señora Granger—. Si no cicatriza bien en los próximos días, llame a los veterinarios de aquí para que comprueben si hay infección. Por suerte, a mí me pareció que estaba limpia.
—Eres un sol, Anne Marie. Fueron muy listos al contratarte. Muchas gracias, de parte de Pulco y de la mía. —La señora Granger me da un fuerte abrazo.
—Jo-falta —intento decir "faltaría más", pero me estoy asfixiando contra su hombro. Me libro con delicadeza, ya que era obvio que la señora Granger necesitaba ese abrazo—. Cuando quiera.
Me yergo con orgullo mientras Pulco sale trotando por la puerta, libre del dolor de la uña encarnada.
Rita vuelve a entrar, con un mono de trabajo sobre su elegante traje de chaqueta, y me pone una mano en el hombro.
—Bien hecho, chica nueva.
—Gracias, jefa.
—Sabes quién era esa, ¿verdad?
—Eh...
—¡Layla Granger! ¿Cómo es posible que no la reconozcas con esos ojos?
—Sí que me he fijado en que tenía unos ojos un poco raros.
Al parecer, acabo de decir algo divertidísimo porque Rita se dobla sobre su escritorio, tapándose la boca con la mano.
—No tienes precio, chica nueva. Me encanta.
Parece que no tenía por qué preocuparme de cruzarme con grandes celebridades y no saber qué decir, porque ni siquiera distingo a una estrella del rock de, bueno, de una piedra.
—Sabes... —Rita se muerde el labio y asiente con la cabeza como si acabara de tener una idea genial—. Podrías sernos útil.
—Eso espero. —Doy saltitos sobre mis pies y siento un repentino ramalazo de desequilibrio, así que me agarro al escritorio de Rita como si lo hubiera hecho a propósito—. Me enorgullece ser útil.
—No, quiero decir... —Rita sale de detrás de su mesa— que no te azoras. No te quedas boquiabierta ni te comportas como una fanática. —Vuelve a asentir—. Sí, definitivamente habrá un lugar especial para ti aquí. ¡No pongas esa cara de miedo!
—¿Miedo? —No me había dado cuenta de que lo estaba proyectando. Pensaba que el terror estaba bien encerrado dentro de mí—. No exactamente miedo, es solo que... ¿y si digo algo inconveniente?
Rita inclina la cabeza.
—¿Eres una mala persona?
—¡Cielo santo, no!
—¿Grosera?
—¡Hago todo lo que está en mi mano por ser educada!
—¿Insensible con los dueños que están preocupados por sus peludos?
—Sé cómo se sienten. —Me llevo la mano al pecho—. Me llega aquí dentro.
Rita sonríe y me da unas palmaditas en el brazo.
—Entonces vas a estar perfectamente.
Eso es un alivio.
—¡Eh, Amelia! —grita Rita a la aprendiz de veterinaria, que también hace sus pinitos en peluquería canina—. ¿Te puedes creer que la chica nueva no ha reconocido a Layla Granger?
Amelia asoma la cabeza por el cuarto de suministros.
—¿En serio? Pero con esos ojos...
—¡Ya lo sé!