Caso amor a primera caída (De amor y perros nº 6) 4 Tripp
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4 Tripp

Soy consciente de que arrastro a Anne Marie tras de mí, pero la situación se ha vuelto crítica.

—¡Espera! —grita ella—. Necesito...

—Sea lo que sea que necesites, yo me encargo.

Se detiene y se pone las manos en las caderas.

—Necesito mis llaves.

—¡Ve rápido!

Se sobresalta por mi grito y corre hacia la puerta de the dog spa. Es una chica sensible. Sale corriendo de nuevo, justo cuando Rebecca me avista en el aparcamiento.

—¡Tripp! —grita Rebecca a través de las hileras de coches deportivos, todoterrenos y una limusina—. Tripp Lancaster, ven aquí ahora mismo...

—Lo siento —le respondo a gritos—, tengo que salir con esta señorita del spa. Estaré de vuelta antes de que te des cuenta.

—¡Ni hablar! Sabes perfectamente que...

El sedán gris que tengo enfrente pita y hace destellos con las luces.

—¡Vamos! —me llama Anne Marie, corriendo hacia la puerta del conductor.

Antes de que me dé cuenta, estamos dentro, el coche ha arrancado y levantamos gravilla mientras salimos disparados por el camino.

—¿De ella es de quien intentabas escapar? —pregunta jadeando, sin aliento.

—De ella y de algunos otros.

—Sabes, la mayoría de la gente viene a the Chateau Rose para escapar del mundo, no al revés.

—Supongo que no soy como la mayoría.

—¿Y supongo que tú eres Tripp Lancaster? Al menos, eso es lo que Lizzie no paraba de mascullar entre dientes.

Cierro los ojos para que no me vea ponerlos en blanco.

—Por favor, no me llames así.

Me mira de reojo mientras conduce.

—¿Tienes otro nombre?

—Me refiero a que me llames solo Tripp. No soporto oír mis nombres pegados como si mi identidad fuera Tripp-Lancaster por aquí y Tripp-Lancaster por allá. Solo soy Tripp. Siempre he sido únicamente Tripp.

No me había dado cuenta de que tuviera tantos sentimientos al respecto, pero me sienta bien soltarlo.

—Está bien —responde ella con una suave sonrisa en los labios—. Te llamaré solo Tripp.

—Gracias.

—¿Esa mujer es tu jefa?

Hago una pausa.

—En cierto modo. —Técnicamente es al revés, pero no es así como se siente la mayoría de los días. Rebecca me lleva con un horario muy estricto.

—¿Te vas a meter en líos?

—Posiblemente.

—¿Vas a meterme en líos a mí? —Su agarre al volante se tensa.

—En absoluto. Solo estás haciendo lo que un cliente de the Chateau Rose te ha pedido.

Se relaja visiblemente.

—Entonces, señor Tripp, ¿a dónde le llevo?

No había pensado tan lejos.

—¿Conoces algún sitio bueno para tomar un café?

Ella sonríe.

—Pues mira, sí que lo conozco.

Nos detenemos frente a un edificio independiente, un bungaló de mediados de siglo remodelado para convertirse en «Café Java», según reza el cartel.

Es pintoresco, enclavado entre las afueras rurales donde se encuentra el hotel y el límite del pueblo principal. Es la viva imagen de un café rústico con un toque moderno en su interior.

Anne Marie tiene que cerrar la puerta del coche tres veces antes de que encaje.

—Las chicas del spa dicen que este es el sitio ideal para todo lo relacionado con el café y los pasteles.

—Eso ya me gusta más.

La puerta tintinea al entrar y, sinceramente, no recuerdo la última vez que entré en un lugar donde no hubiera un Maître D' esperando mi llegada.

Me pongo unas gafas de sol y me bajo el sombrero.

Que esta chica no haya visto nunca un episodio de «Canine Turnaround» no significa que otros no lo hayan hecho.

—Mira los pasteles del mostrador —dice Anne Marie—. ¡Los ha hecho Rita! ¿Te duele la cabeza?

—No —respondo—. Estoy bien. Los pasteles tienen buena pinta.

—La mayoría de la gente lleva las gafas de sol fuera y se las quita dentro.

—Supongo que no soy...

—como la mayoría. Lo recuerdo. —Levanta las cejas y se dirige a la mujer que está tras el mostrador—. ¡Hola! Es la primera vez de mi amigo y parece que le ha gustado el aspecto de los pasteles. ¿Qué nos recomiendas?

—Oh, eso es fácil. El de abajo a la izquierda, café y coñac. Mmmm. —La mujer ladea la cabeza—. Oye, tú eres la chica nueva de the Dog's Paw, ¿verdad?

—¡Esa soy yo! —Anne Marie se estira y menea los hombros, como si le acabaran de decir que es la mejor mujer del planeta.

Esta chica es encantadora.

Terminamos con dos capuchinos y una porción de tarta de café y coñac. Ella nos guía hacia una mesa en el centro del local.

—¿Tal vez mejor un reservado en la esquina? —sugiero. De momento todo va bien. Este numerito de ir de incógnito me está funcionando—. No quiero que mi... eh... jefa entre y me encuentre aquí.

Esto hace que Anne Marie suelte una carcajada.

—¿Qué es lo que tiene tanta gracia?

Niega con la cabeza.

—He visto a esa señora. Se la ve súper elegante. Apuesto a que está a cargo de un montón de cosas. No la veo del tipo de persona que entraría paseando al Café Java, si sabes a qué me refiero. Es más de champán, a juzgar por sus zapatos.

—¿Tú crees? —Tiene toda la razón. Rebecca es una snob por elección propia. Y me acusa a mí de haberme criado a base de caviar y pato asado.

Para ser justos, tenía razón en lo del pato. A mi madre siempre le encantó la temporada de caza.

Me suena el móvil.

—Hablando del rey de Roma —mascullo.

—Sé amable. —Anne Marie me guiña un ojo—. Al fin y al cabo, ella es tu jefa.

—Y tú eres amable con todo el mundo, apuesto. —Ni siquiera lo digo con sarcasmo, aunque siento que las palabras salen de mi boca con ese tono. Es un mal hábito.

—Intento serlo. No siempre es fácil, pero se cazan más moscas con miel.

No solo eso, sino que nunca sabes qué clase de día está teniendo alguien.

O peor, por lo que podrían estar pasando en su vida personal que se esconde bajo la superficie.

Somos seres muy complejos. Eso es lo que siempre dice mi padre.

Se muerde el labio.

—Hacer citas de mi padre me hace parecer una pueblerina, ¿verdad?

Soplo mi café para no reírme por accidente de su inocencia.

—En absoluto. Es entrañable.

—Entrañable. Claro. Se puede sacar a la chica del campo, pero no el campo de la chica. Por eso dejé aquel rincón perdido para venirme a la gran ciudad.

Escupo el café.

—¿A la gran ciudad?

—¡Sí! —Sus ojos brillan—. ¿Es que no has visto the Chateau Rose? ¡Es precioso! Y se aloja allí todo tipo de gente famosa, casi famosa y súper famosa. ¿Y sabes lo que hacen? Traen a sus perros. ¡Incluso me he enterado hoy de que vamos a organizar la Exposición Canina Globalmente Asombrosa!

—¿Te refieres a the Great Global Dog Show? —Mantén la calma, Tripp. Que no se note.

Arruga la nariz.

—Estoy bastante segura de que se llamaba Exposición Canina Globalmente Asombrosa.

Se lo dejaré pasar. Exposición Canina Globalmente Asombrosa suena a parodia, pero es arrogante por mi parte asumir que todo el mundo ha oído hablar de mi exposición canina.

—De todos modos —continúa ella—, van a venir todo tipo de peces gordos del mundo de las exposiciones caninas.

Perros con premios en agility, en morfología y en pedigrí.

¡Qué ganas tengo! Espero que me dejen trabajar en alguna parte de la exposición, pero de momento me da la sensación de que tendré que quedarme en el spa mientras el personal con más experiencia se encarga de eso.

Suelto un suspiro que no sabía que estaba conteniendo.

A lo mejor, solo a lo mejor, puedo mantener este secreto. Quizá pueda ser simplemente Tripp, un tipo con sabuesos que anda por ahí. No Tripp Lancaster, el niño prodigio de la telerrealidad y el mundialmente conocido rey del circuito de exposiciones caninas.

Anonimato.

Es la primera vez que lo saboreo desde aquella expedición a las zonas rurales del sudeste asiático en busca del Ridgeback camboyano perfecto.

A los niños del pueblo les parecía divertidísimo que la gente me siguiera con cámaras gigantes, especialmente cuando se les acababa la luz y no tenían dónde cargarlas.

No hay electricidad para una bombilla, mucho menos para baterías de litio.

—¿Quién sabe? —le digo a Anne Marie—. Quizá tengas una oportunidad. Pero si no es así, no es para tanto. He oído que esa gente es bastante estirada.

Ella reprime una risita.

—Sabes, yo también he oído eso. Creo que la expresión que usó mi padre era algo grosera sobre algo metido en cierto sitio donde no da el sol.

Qué bueno.

—Tu padre parece un tipo divertido.

—Él cree que lo es.

Una mirada de nostalgia cruza su rostro mientras piensa en su padre, con una tierna sonrisa en los labios.

Todo en este momento —el no ser nadie en una cafetería con una chica más sencilla que cualquiera que haya conocido jamás— es perfecto.

Soy Tripp Lancaster. Consigo todo lo que siempre he querido. Incluso el anonimato. ¿Por qué iba eso a cambiar ahora?

Mi móvil vuelve a pitar. Ni siquiera lo miro, porque ya sé lo que vendrá después.

—¿Anne Marie?

Parpadea y me mira, con la sonrisa aún bailando en sus labios.

—¿Sí?

—¿Puedo volver a verte?