18. La sala #2
Rojas declaró el quinto día, tres horas, y aguantó el interrogatorio de la defensa —que fue por donde tenía que ir, por su expediente disciplinario, por si había presionado a Damián, por si había manipulado la grabación— con la paciencia del que ya sabía que aquello iba a pasar y llevaba dos años preparándolo.
No se alteró ni una vez. A cada insinuación, un dato.
A cada duda, un documento. Aristegui, después, le diría que fue el mejor testigo policial que había llevado a una sala en veinte años, y que si le contaba a alguien que le había dicho eso, lo negaría.
Declaró Colmenar, apoyado en su bastón, y contó lo mismo que había subido a contar al ayuntamiento: que él supo que no era una marcha voluntaria y firmó que lo era.
Un guardia civil retirado declarando contra su propio atestado.
El presidente del tribunal le preguntó, casi con delicadeza, si entendía lo que estaba diciendo.
«Perfectamente, señoría —dijo el viejo—.
Estoy diciendo que hice mal mi trabajo. Con once años de retraso, pero lo estoy diciendo. »
Declaró Satur y lo de las luces. Declaró la mujer de la gasolinera y lo del barro fresco en las botas.
Declaró el peón de los sobres. Declaró el contable menudo y gris, y contó lo del cuaderno de tapas de piel del cajón de don Ismael.
Declaró Quique, que no era necesario, que Aristegui propuso como testigo precisamente porque no era necesario, y contó, en voz alta, en una sala pública, delante de la prensa, lo que Nuria le dijo en un coche aparcado a las afueras tres semanas antes de morir: que estaban enterrando bajo esa carretera cosas que no deberían, y que iba a contarlo.
Por último se leyeron los papeles. Las fotocopias de la caja de zapatos. El cuaderno de cuadros del cajón de la báscula, con la letra menuda y las comas. El diario de obra con las tongadas y la coronación del lunes. Y la libreta de hule de Nuria, la última.
Corvo declaró el octavo día, contra el consejo de sus abogados, porque los hombres como Corvo no saben estar callados cuando les va la vida, ya que llevan cuarenta años convencidos de que si les dejan hablar convencerán a cualquiera.
Fue un desastre. Para él, quiero decir.
Mantuvo la versión del arrebato: que subió a hablar, que ella se puso a gritar, que se le fue la mano.
Sostuvo, con una convicción que a Rojas le pareció genuina y por eso mismo obscena, que él era, en el fondo, un hombre que había dado de comer a doscientas familias y al que aquella chica había querido arruinar por unos papeles.
Aristegui lo dejó hablar. Le dio cuerda durante casi una hora, sin interrumpirlo, dejando que se explicara, que se explayara, que se pusiera cómodo. Cuando Corvo terminó, satisfecho, convencido de que lo había hecho bien, la fiscal se levantó y le hizo tres preguntas.
—Señor Corvo. Dice usted que se le fue la mano en un arrebato. ¿Cuánto duró ese arrebato?
—Un momento. Un segundo. Qué sé yo.
—El informe forense dice que para fracturar el hioides como está fracturado hacen falta varios segundos de presión sostenida. No un empujón: varios segundos apretando. ¿Fueron varios segundos?
—Yo qué sé. Le digo que fue un momento.
—Segunda pregunta. Después de ese momento, ¿llamó usted a una ambulancia?
Silencio.
—¿Llamó usted a la Guardia Civil? ¿A un médico? ¿A alguien?
Silencio.
—Tercera pregunta, y termino. Después de ese arrebato de un segundo, usted dio instrucciones a su capataz para enterrar el cuerpo en una tongada abierta de una obra pública; le ordenó bajar al pueblo con el teléfono y la tarjeta de la fallecida para simular un mensaje y una retirada de efectivo; el lunes siguiente coronó y selló usted esa tongada según el calendario previsto; días después se asfaltó; y usted adelantó la recepción de la obra para que un aparejador la certificara cuanto antes.
—Aristegui dejó una pausa mínima—. Dígame, señor Corvo: ¿todo eso también fue un arrebato?
Corvo abrió la boca. La cerró. Miró a su abogado. Y no contestó.
—No hay más preguntas —dijo Aristegui.
Rojas, desde el fondo de la sala, pensó que había visto en su vida muchos interrogatorios brillantes y muy pocos así de limpios: tres preguntas, ninguna trampa, ninguna teatralidad, y un hombre destruido por la sencilla operación de ponerle delante lo que él mismo había hecho, en orden, con las horas.
El último día, en el turno de última palabra, el presidente del tribunal le preguntó a Corvo si quería añadir algo. Y Corvo, que llevaba nueve días encogiéndose en aquel banquillo, se puso de pie.
—Yo he dado de comer a este pueblo cuarenta años —dijo, y le tembló la voz—. Cuarenta años. Ahí está la gente, mírenlos. Ahí está el pueblo entero. Pregúntenles quién les pagó la casa, quién les dio el trabajo, quién estaba ahí cuando había que estar. Pregúntenselo.
Y entonces pasó una cosa que Rojas no olvidaría, y que no consta en ningún acta porque las actas no recogen los silencios.
Corvo se volvió hacia el público. Hacia su pueblo. Sesenta personas de El Pedernal, en fila, en los bancos, mirándolo.
Y no le contestó nadie.
Nadie asintió. Nadie dijo nada. Nadie bajó la mirada, tampoco: eso fue lo peor.
Le sostuvieron la mirada, todos, en silencio, sesenta personas mirando a la cara al hombre que les había dado de comer y que se les había bebido el agua y que había enterrado a la chica de la báscula debajo de la carretera por la que iban al médico.
Rojas, desde el fondo, vio la nuca de Corvo, vio cómo se le quedaban los hombros, y supo que en aquel momento —no cuando lo esposaron, no cuando lo condenaron, sino en aquel instante mudo delante de sesenta vecinos— Ismael Corvo entendió de verdad, por primera vez, que ya no era nadie.
Que el pueblo que le reía las gracias había dejado de existir.
Que se había quedado sin lo único que había tenido de verdad, que no era el dinero: era que lo quisieran.
Se sentó sin decir nada más.
La sentencia llegó siete semanas después.
Prisión permanente revisable por el asesinato de Nuria Alsina, con alevosía, apreciando además el móvil de impedir que la víctima denunciara un delito.
Veintitrés años por el asesinato de Damián Sanz.
Penas menores, pero muy considerables, por el delito contra el medio ambiente en su modalidad agravada, por el fraude en la contratación pública, por falsedad documental.
Una indemnización civil enorme a doña Amparo y a la familia de Damián, que Rojas sabía que no cobrarían nunca del todo, porque a esas alturas la cantera estaba concursada y el patrimonio de Corvo, misteriosamente, se había ido evaporando en sociedades desde hacía dos años.
La sentencia recogía, además, algo que Aristegui había peleado especialmente y que no cambiaba ni un día de condena: un párrafo, en los hechos probados, que decía en lenguaje jurídico lo que Rojas le había prometido a un guardia viejo en un porche con acelgas.
Que Nuria Alsina no abandonó voluntariamente su domicilio.
Que el mensaje remitido a su madre a las 23:47 no fue redactado por ella.
Que la retirada de efectivo de las 23:52 no la efectuó ella.
Que la fallecida, en el momento de su muerte, se dirigía a denunciar ante las autoridades competentes los hechos delictivos de los que había tenido conocimiento en su puesto de trabajo.
Estaba escrito. En una sentencia. Para siempre.
Rojas leyó ese párrafo tres veces, en el sótano, con el flexo encendido, y luego lo imprimió y lo metió en un sobre y lo subió él mismo a El Pedernal, a la casa de la puerta verde, y se lo dio a doña Amparo, que lo leyó despacio, dos veces, moviendo los labios, y lo dobló y lo guardó en el aparador, con las cosas importantes, al lado de la libreta de hule.
—Ya está escrito —dijo la mujer—. Que no se fue.
—Ya está escrito —dijo Rojas.
Rojas asistió a la lectura, en una sala mucho más pequeña y casi vacía, porque las sentencias se leen semanas después y para entonces ya no queda prensa: la prensa va al espectáculo, no al final.
Estaban Aristegui, dos abogados, un funcionario, doña Amparo, su hermana y él.
Seis personas. Nueve días de juicio, dos años de instrucción, once años de mentira, y al final la justicia cabe en una sala con seis personas y un funcionario leyendo deprisa.
Doña Amparo escuchó los fundamentos sin entender ni la mitad, como le pasa a todo el mundo, y esperó al final, a los años.
Cuando el funcionario leyó «prisión permanente revisable», la mujer no dijo nada.
Solo buscó a tientas la mano de su hermana y se agarró a ella.
Cuando salieron al pasillo, Rojas le preguntó, con cuidado, cómo estaba, y ella se quedó pensándolo un momento, honesta hasta el final, y dijo:
—Pues no lo sé, hijo. —Se ajustó el bolso—.
Yo creía que hoy iba a sentir algo. Y no siento nada.
Ni alegría ni pena. Nada. —Miró el pasillo vacío—.
Es que a mí ese hombre me da igual, ¿sabe?
Nunca me ha importado. La gente cree que una madre quiere venganza, y no.
Yo lo único que quería era saber dónde estaba mi hija y poder llevarle flores.
Y eso ya lo tengo desde hace dos años. Lo de hoy es para ustedes, para los papeles.
A mí ya me lo dieron en el cementerio. —Le cogió el brazo para bajar las escaleras—.
Ande, lléveme a casa, que hoy hay que regar el limonero.
Porque doña Amparo había plantado, aquella primavera, un limonero nuevo en el sitio donde llevaba once años el otro, el muerto.
Rojas lo había visto la última vez que subió: pequeño, verde, atado a una caña, en el patio de la casa de la puerta verde.
Ella no le dio ninguna explicación cuando lo vio mirarlo, y Rojas no se la pidió, porque no hacía ninguna falta.