18. La sala #3
Del otro asunto —del hilo largo, del que subía— hubo también noticias aquellos meses, aunque de otro tipo.
Corvo cumplió su parte del cálculo miserable: declaró ante la fiscalía de la Audiencia Nacional, dio lo que tenía sobre Gestión Ambiental del Norte, contó lo de los intermediarios y lo de las otras canteras.
Y sirvió, sí. Sirvió para abrir una causa enorme, de esas que salen en los telediarios tres días y luego se pierden durante años en instrucciones interminables.
Se registraron oficinas. Se intervinieron sociedades.
Se detuvo a dos administradores que eran, como Elena había predicho, hombres de paja con la cara de no haber roto un plato.
Al hombre de arriba no lo tocó nadie.
Elena se lo dijo a Rojas por teléfono, sin sorpresa, con aquella voz plana suya que era la manera que tenía de decir las cosas que le importaban:
—Ya te dije cómo acaba esto. Cae el que aprieta el gatillo, cae el que pasa el rodillo, y a veces, con mucha suerte, cae el que paga: tu Corvo.
Pero el que cobra no cae nunca. Se le muere el testigo, se le quema el archivo, se le jubila el juez.
—Una pausa—. Pero hay una diferencia con las otras veces, Rojas. Una diferencia grande.
—¿Cuál?
—Que esta vez tenemos el nombre de la empresa.
Y una etiqueta oxidada en una pieza de convicción, guardada en un depósito judicial, con un número de expediente.
Doce años buscando por dónde empezar a tirar, y ahora hay por dónde.
—Otro silencio—. He añadido cosas al corcho. Hay un hilo que ya no acaba en blanco.
Rojas miró la hoja clavada en la pared de su sótano, encima de la mesa, con seis palabras copiadas de su puño y letra.
—Cuando quieras —dijo Rojas.
—Pronto —dijo Elena—. Este año, si me da la vida. —Y colgó, como siempre, sin despedirse.
Aquella tarde, al salir de la casa de la puerta verde con el sobre ya vacío en el bolsillo, Rojas no cogió directo hacia la ciudad. Hizo una última cosa, una que no se había prometido a nadie y que necesitaba hacer por su cuenta. Subió con el coche hasta el kilómetro 344.
La carretera llevaba ya dos años abierta otra vez.
La habían reparado deprisa, en cuanto terminó la investigación forense: asfalto nuevo, más negro, más liso, un remiendo oscuro en mitad del firme viejo, allí donde habían abierto el terraplén.
Los coches pasaban ya con normalidad, familias, camiones, gente que iba a la ciudad, al médico, de vacaciones, sin saber, otra vez, lo que pisaban; solo que ahora, lo que pisaban, era un agujero vacío.
Un agujero del que se había sacado la verdad.
Rojas aparcó en el arcén, junto al mojón, en el mismo sitio donde había aparecido el coche de Nuria una década atrás con el depósito lleno y el morro apuntando a casa.
Se bajó. Hacía frío y el aire olía a monte mojado.
Y se quedó allí un rato, en el arcén del 344, haciendo lo que hacía siempre, casi sin darse cuenta, desde que era joven: mirar los dos extremos de la carretera.
Uno y otro. De dónde se venía y adónde se iba.
Era una manía vieja, de policía, de mirar siempre por dónde puede llegar el peligro.
Pero aquella tarde, en aquel arcén, mirando los dos extremos de la carretera vacía, le pareció que la manía significaba, por una vez, otra cosa.
Hacia un lado, la carretera bajaba al valle, a El Pedernal, al cementerio donde llevaba dos años en paz una mujer valiente, a una madre que ya podía descansar, a un pueblo que a lo mejor, tarde, aprendía a mirar de frente. Ese era el lado de lo cerrado. De lo cumplido. De las promesas pagadas.
Hacia el otro lado, la carretera subía y se perdía en el puerto, entre la niebla que empezaba otra vez a bajar, hacia arriba, hacia el norte, hacia las fábricas y las gestoras y el hombre sin nombre, hacia las otras carreteras de España con quién sabe qué debajo, hacia Marina, hacia todas las Marinas y todas las Nurias que seguían esperando, en la oscuridad, a que alguien tuviera el valor de mirar.
Ese era el lado de lo abierto. De lo que faltaba. De la guerra larga que empezaba.
Rojas se quedó un rato entre los dos extremos, un hombre viejo y solo en el arcén de una carretera nacional, entre lo que había cerrado y lo que le quedaba por abrir.
Pensó que así era, en el fondo, toda una vida en aquel oficio: quedarse siempre en medio de la carretera, entre un caso que termina y otro que empieza, sacando muertos de la tierra uno a uno, sin llegar nunca al final, porque no hay final, porque siempre habrá otro agujero, otra mentira cómoda, otro pueblo que calla, otra chica valiente enterrada bajo algo.
Y pensó que no le importaba. Que si tenía que elegir un sitio donde pasar el tiempo que le quedara, no elegiría un despacho con moqueta, ni una jubilación tranquila, ni ninguno de los sitios cómodos por los que Corvo lo había intentado comprar.
Elegiría aquel: el arcén de una carretera, en medio, entre los dos extremos, buscando lo que otros esconden.
Le vino a la cabeza, allí parado, una idea que no era nueva pero que aquella tarde se le presentó con una claridad rara.
Que a lo mejor su vida —esa vida que tanta gente habría llamado un fracaso: un policía viejo, solo, sin familia, sin ascensos, enterrado en un sótano con los casos que nadie quería— no había sido un fracaso en absoluto.
Que a lo mejor, sin buscarlo, había acabado siendo exactamente lo que tenía que ser: el hombre que se queda en el arcén cuando todos los demás pasan de largo.
Corvo había pasado de largo. El pueblo había pasado de largo.
La jefatura, los jefes superiores, once años enteros habían pasado de largo por aquel kilómetro sin pararse a mirar.
Y había hecho falta un fracasado, un hombre sin nada que perder, para pararse en el arcén, y bajarse, y mirar debajo.
El mundo estaba lleno de gente que pasaba de largo; hacían falta, de vez en cuando, unos pocos que se pararan.
Y Rojas, mirando los dos extremos de la carretera vacía, comprendió que él era uno de esos pocos, y que serlo, aunque no diera ni dinero ni gloria ni compañía, era lo más parecido a un sentido que había encontrado en toda su vida.
Se subió al coche. Antes de arrancar, sacó del bolsillo interior de la chaqueta, de contra el pecho, una hoja de papel doblada: la copia que había hecho de las seis palabras de Nuria, la que tenía clavada en el sótano y de la que se había traído, sin saber muy bien por qué, un duplicado.
La desdobló y la leyó una vez más, allí, en el arcén del 344, en el sitio exacto donde todo había empezado y donde todo, por fin, había terminado.
Tengo miedo. Pero hay que decirlo.
La volvió a doblar, la guardó contra el pecho, arrancó el coche, y miró por última vez, por el retrovisor, la carretera que subía hacia el norte, hacia la niebla, hacia lo que faltaba.
Luego puso el intermitente, salió al asfalto nuevo, y condujo hacia el valle, hacia la ciudad, hacia el sótano donde lo esperaba una hoja clavada en la pared y, tarde o temprano, otro expediente.
Detrás de él, en el kilómetro 344, la carretera volvió a quedarse sola, con sus coches pasando, con su remiendo oscuro en el firme, guardando ahora, en lugar de un secreto, solo el hueco limpio del sitio exacto donde una mujer valiente esperó once años a que alguien la escuchara.
Y alguien, al fin, la había escuchado.
FIN