18. La sala
El juicio se celebró casi dos años después, en la Audiencia Provincial, un martes de junio, y duró nueve días.
Rojas había declarado en muchos juicios a lo largo de su vida y hacía tiempo que no esperaba nada de ellos.
Un juicio, para un policía viejo, es el sitio donde el trabajo de meses se convierte en una tarde de preguntas capciosas de un abogado que cobra por hora, y donde uno aprende que la verdad, en una sala, no es lo que pasó, sino lo que se puede probar que pasó.
Había visto absolver a culpables por un plazo mal contado.
Había visto sentencias que no se parecían en nada a la vida.
Subía a los juicios como se sube al dentista, con el trámite hecho por dentro antes de entrar.
Aquel fue distinto. Y fue distinto por una razón que no tenía nada que ver con el derecho.
La sala estaba llena desde el primer día.
Había prensa —mucha, porque «la mujer de la carretera» había sido titular durante semanas y volvía a serlo ahora—, había cámaras en la puerta, y había, sobre todo, pueblo.
Habían fletado un autobús. Rojas los vio bajar de él la primera mañana, cincuenta o sesenta vecinos de El Pedernal, con la ropa de los domingos, y entrar en la Audiencia en fila, callados, y sentarse a llenar el público.
Los mismos que durante más de una década no habían llamado a una puerta verde a cincuenta metros de sus casas.
Ahora se levantaban a las seis de la mañana y hacían noventa kilómetros para sentarse en un banco de madera a mirarle la nuca a Ismael Corvo.
Rojas no lo juzgó. Había aprendido, aquellos dos años, que la gente rara vez cambia de golpe: primero cambia lo que hace, y solo mucho después, si acaso, lo que es.
Aquel autobús no era una redención. Pero era mejor que el silencio, y a doña Amparo, que llegaba cada mañana del brazo de su hermana y se encontraba media docena de vecinas guardándole el sitio, aquel autobús le hacía bien.
Eso, a esas alturas, era lo único que a Rojas le importaba medir.
Los dos años previos habían sido, como Aristegui le había advertido, un desgaste largo y feo.
La defensa de Corvo —el penalista de Madrid, más otros dos que se incorporaron después, porque el dinero de la cantera todavía daba para eso— había peleado cada centímetro.
Recurrieron la prisión provisional cuatro veces.
Impugnaron la grabación de Damián. Pidieron la nulidad del georradar.
Alegaron que la libreta de hule no tenía cadena de custodia.
Pusieron un perito a decir que el hioides puede fracturarse post mortem por la presión de la tierra.
Intentaron, con una habilidad que a Rojas casi le arrancó una carcajada amarga, que se juzgara por separado lo de Nuria, lo de Damián y lo de los bidones, sabiendo que las tres cosas juntas contaban una historia y por separado eran tres accidentes.
Aristegui aguantó todo. Uno por uno.
La grabación de Damián se admitió, no como confesión —Damián no era acusado, estaba muerto, y su declaración no podía valer como tal—, sino por otra vía: el tribunal admitió a Rojas como testigo de referencia de lo que Damián le contó, y admitió la grabación como soporte de ese testimonio, precisamente porque todo lo que Damián dijo se había corroborado después de forma independiente.
Ahí estuvo la clave, y ahí se vio por qué Aristegui había insistido tanto, desde el primer día, en no dar «un solo atajo que un abogado pueda usar».
Damián había dicho: está enterrada en el terraplén, a la altura del mojón, en el arcén del barranco, a dos metros o dos metros y medio, encima de los bidones.
Y allí estaba. Damián había dicho: la estranguló con las manos.
El hioides lo decía también. Damián había dicho: iba con un abrigo azul y unas botas bajas, y llevaba unos papeles apretados contra el pecho.
Y el abrigo azul y las botas salieron de la tierra.
Damián había dicho: yo escribí el mensaje, sin comas, bajando al pueblo. El mensaje no tenía comas.
Un muerto no puede acusar a nadie. Pero un muerto que describe con exactitud, antes de que nadie excave, lo que hay debajo de una carretera nacional, y que acierta en todo, es otra cosa.
Ese muerto no está acusando: está demostrando que estuvo allí.
Y si estuvo allí, y dijo quién más estuvo, el tribunal escucha.
A Rojas, aquellos dos años le habían pasado factura, aunque no la que Peñalver había prometido.
El expediente disciplinario no lo reabrió nadie: cuando salió de la tierra una mujer con un abrigo azul y una fila de bidones, la idea de ir a por el policía que la había encontrado dejó de parecerle brillante a todo el mundo, y muy especialmente a los que la habían tenido.
El jefe superior de policía de la provincia se jubiló nueve meses después, anticipadamente, «por motivos personales», y su nombre apareció un par de veces en la instrucción de la Audiencia Nacional sin que llegara a pasar de ahí, que es como acaban casi siempre esos nombres.
Peñalver, por su parte, se pasó dos años contando en los pasillos que él siempre había apoyado aquella investigación desde el principio, y a Rojas le ofrecieron, con esa elegancia que tiene la casa cuando quiere arreglar una cosa sin reconocerla, un traslado a un puesto mejor, con ventana y con equipo.
Lo rechazó. Aristegui, cuando se lo contó, lo miró como se mira a un idiota.
—¿Por qué? —le dijo.
—Porque en el sótano me dejan trabajar —dijo Rojas—. Arriba, con ventana, me pondrían a hacer informes de nada y a asentir en reuniones. Y en esa caja del sótano hay más gente esperando. —Se encogió de hombros—. Además, ya me he acostumbrado a la humedad.
Doña Amparo declaró el segundo día.
Rojas la acompañó desde primera hora. La había ido a buscar a su casa, le había abierto la puerta del coche, y en el trayecto no habían hablado casi nada.
La mujer llevaba el mismo vestido oscuro del aniversario y el mismo camafeo, y llevaba también, en el bolso, la libreta de hule de su hija, que no pensaba dejar en casa aunque no le sirviera para nada.
—Tengo miedo —le dijo, en el coche, mirando al frente—. Fíjese usted qué tontería, a mis años.
—No es ninguna tontería —dijo Rojas—. Pero acuérdese de una cosa: usted no tiene que convencer a nadie. Ese trabajo ya está hecho. Usted solo tiene que contar lo que vivió. Nada más. Y si se emociona, se emociona, que no pasa nada, que el tribunal ya ha visto llorar a mucha gente.
—No pienso llorar delante de ese —dijo la mujer.
Y no lloró.
Rojas la vio entrar en la sala pequeña y erguida, cruzar delante del banquillo sin mirarlo, sentarse, ajustarse el micrófono con dos dedos, y responder a la fiscal con una serenidad que dejó la sala en silencio.
Contó la cena de aquella noche. Contó la llamada.
Contó la frase —«voy y vuelvo, mamá, déjame la puerta»— y la sala, que lleva oídas mil frases, se quedó quieta al oír aquella.
Contó los once años bajando a la comandancia cada veintitrés de octubre.
Contó lo del mensaje y las comas: que su hija ponía comas hasta en la lista de la compra, y que ella lo dijo desde el primer día, y que nadie le hizo caso.
—¿Y usted qué pensó cuando leyó aquel mensaje, señora? —preguntó Aristegui.
—Pensé que mi hija estaba muerta —dijo doña Amparo—. Lo pensé aquella misma mañana. Y lo dije. Y durante once años, cada vez que lo decía, la gente me miraba con lástima y cambiaba de tema. Once años diciendo la verdad y que te traten como a una vieja que no acepta las cosas.
Le tocó entonces a la defensa. El penalista de Madrid, que era caro pero no era tonto, hizo lo único inteligente que podía hacerse: casi nada.
Se levantó, le dio las condolencias, le hizo dos preguntas de trámite sobre fechas y se sentó.
Sabía que enfrentarse a aquella mujer delante del tribunal era la manera más rápida de perder lo poco que le quedaba.
Cuando doña Amparo se levantó para salir, ya de camino a la puerta, se detuvo.
Nadie se lo había pedido; no formaba parte de nada.
Se paró en mitad de la sala, se volvió hacia el banquillo y miró a Ismael Corvo a la cara, por primera y única vez en toda su vida.
Corvo, que llevaba dos días con la mirada baja, tuvo que levantarla, porque el silencio de la sala lo obligó.
—Yo no le voy a decir nada a usted —dijo la mujer, muy tranquila, con una voz que no le tembló—.
Usted no es nadie. Usted es un hombre que mató a mi niña y que luego me dio el pésame en la calle.
—Se ajustó el bolso—. Solo he venido a que me vea la cara.
Para que sepa que la madre existe. Que no era un papel de una carpeta. Que había una madre.
Se fue. Y aquello, que no constaba en ninguna diligencia y que no valía nada procesalmente, fue lo único de aquellos nueve días que Rojas no olvidó nunca.
El resto fue oficio.
Lúa Couto declaró el cuarto día, con una batería de imágenes, y desmontó al perito de la defensa con una educación gallega que era mucho peor que un grito.
Explicó lo del hioides. Explicó por qué la fractura era perimortal y no post mortem, con la histología en la mano.
Explicó, mirando al tribunal y no al abogado, que la presión del terreno no rompe un hioides así, y que si lo rompiera, lo rompería de otra manera y en otro sitio.
Cuando el penalista le preguntó, con esa suavidad de terciopelo, si podía estar equivocada, Lúa dijo:
—Podría. Yo no soy Dios. Pero si estoy equivocada, entonces también está equivocado el capataz que describió, once años antes de que abriéramos, la manera exacta en que se la mató y el sitio exacto donde estaba.
Somos dos equivocados diciendo lo mismo sin habernos conocido.
—Se ajustó las gafas—. Yo firmo lo que cuadra. Y esto cuadra.