17. El sitio exacto #3
Elena cogió el teléfono, miró la foto un largo rato, y a Rojas le pareció que, detrás de aquellos ojos que no perdían detalle, se ponía en marcha, despacio, una maquinaria que llevaba doce años esperando justo aquello: una punta de hilo por la que empezar a tirar.
—Marina —dijo ella, en voz muy baja, casi para sí—. A lo mejor esto llega hasta Marina.
—A lo mejor —dijo Rojas—. Y si llega, no vas a estar sola tirando de él. Cuenta conmigo. Estoy viejo, y estoy en un sótano, y no tengo nada que perder, que es justo lo que hace falta para estas cosas. Cuando quieras empezar, empezamos.
Elena lo miró un momento, calibrándolo, como calibraba todo, y Rojas se dejó calibrar, porque sabía que aquella mujer no se fiaba de las palabras, solo de los hechos, y que si le decía «cuenta conmigo» tenía que estar dispuesto a que le tomara la palabra: a meterse con ella en una guerra larga, fea y sin garantías contra gente mucho más poderosa que Corvo.
Y lo estaba. A su edad, con su vida ya casi gastada, no se le ocurría mejor manera de gastar lo que le quedara que aquella: ayudando a una mujer terca a sacar a su hermana de debajo de alguna carretera, y con ella a todas las demás.
No era una causa que fuera a ganar; seguramente se moriría antes de llegar al cabo del hilo.
Pero eso, había aprendido, no era lo importante.
Lo importante no era llegar al final. Lo importante era no dejar de tirar.
Elena le devolvió el teléfono, y por primera vez desde que Rojas la conocía, hizo una cosa que no la había visto hacer nunca: sonrió. Poco, y triste, y solo un momento. Pero sonrió.
—Otro expediente —dijo—. Pero sí. Empezamos. Cuando enterremos bien a esta, empezamos con las nuestras.
Y se fue, como se iba siempre, sin despedirse, cruzando el cementerio con su abrigo oscuro, y Rojas la vio marcharse y supo que aquello, más que un final, era el principio de otra cosa, larga y oscura y necesaria, que tendría que esperar a otro día y a otra historia.
Se quedó solo el último, como se había quedado el primero.
El enterrador esperaba a una distancia discreta, con la pala apoyada en el hombro y un cigarrillo apagado en la boca, con esa paciencia de los hombres que trabajan con muertos y saben que a los vivos hay que darles su tiempo.
Rojas le hizo un gesto de que ya podía, y se apartó unos metros, y desde allí vio cómo el hombre echaba las últimas paladas, sin prisa, alisando la tierra encima, dejándola lisa y limpia.
Sonaba solo eso en todo el cementerio: la pala, la tierra, la pala, la tierra.
Y a Rojas le vino a la cabeza, sin poder evitarlo, la otra pala.
La de una década atrás. La de un hombre asustado echando tierra encima de aquella misma mujer, de noche, a la luz de unos faros, para que no la encontrara nadie.
La misma herramienta. El mismo gesto exacto de un hombre echando tierra sobre una mujer.
Y sin embargo, aquella mañana, ya no era lo mismo, y no lo era por una sola razón: porque esta vez se hacía a la luz del día, con su nombre escrito, delante de su madre y de su pueblo.
Toda la diferencia entre esconder y enterrar cabía en eso: en si hay alguien mirando.
Antes de irse, el hombre señaló con la barbilla una losa apoyada contra la tapia, tapada con un plástico, esperando a que la tierra asentara para poder colocarla.
—La lápida —dijo—. La trajeron ayer. ¿Quiere verla?
Rojas dijo que sí. El enterrador levantó una punta del plástico.
Era una piedra sencilla, sin florituras, con el nombre, las dos fechas —la de nacer y la de aquel octubre de once años atrás, que por fin podía escribirse porque por fin se sabía— y, debajo, en letra pequeña, las tres palabras que había elegido su madre.
NO SE FUE.
—Llevo cuarenta años poniendo lápidas —dijo el enterrador, dejando caer el plástico—, y nunca había puesto una que dijera eso. Aquí se pone «tu familia no te olvida», «descansa en paz», esas cosas. Esto es otra cosa. Esto es… —buscó la palabra y no la encontró— esto se lo está diciendo a alguien.
—Se lo está diciendo al pueblo entero —dijo Rojas.
El hombre lo miró, asintió despacio, como quien cae por fin en algo, y no dijo nada más.
Rojas pensó que aquella piedra iba a estar allí cien años.
Que dentro de mucho tiempo, cuando todos los que aquella mañana llenaban el cementerio estuvieran también bajo tierra, y cuando ya nadie se acordara de Ismael Corvo ni de la cantera ni de los bidones, alguien pasaría por delante de aquella lápida, leería aquellas tres palabras raras y se preguntaría qué querrían decir.
A lo mejor preguntaba, y alguien le contaría la historia de una mujer que tuvo miedo y habló igual.
Nuria Alsina había querido que se supiera una cosa y la habían matado por eso; y ahora iba a decirla, en piedra, en la plaza de los muertos de su propio pueblo, durante los próximos cien años, sin que nadie pudiera taparla ya nunca más.
Aquello, se dijo Rojas, era lo más parecido a ganar que existía en su oficio.
Cuando el enterrador terminó, se tocó la gorra y se fue. Y Rojas se quedó solo del todo, delante de la tierra removida y de las flores de cuneta de Satur.
No supo cuánto rato estuvo. Pensó, sin ningún orden, en las semanas que llevaba viviendo con aquella mujer a la que nunca conoció: en el depósito lleno, en las comas, en la caja de zapatos, en la libreta que no se pudo quemar, en el terraplén, en el anillo que ahora estaba bajo aquella tierra en el dedo que le correspondía.
Pensó que hay muertos con los que uno trabaja y muertos que se le quedan dentro, y que Nuria Alsina era de los segundos, y que a su edad ya no le quedaban tantos años como para llenarse de más.
Y pensó, por último, en una cosa rara, que no le habría contado a nadie: que iba a echarla de menos.
Que llevaba semanas hablándole en voz baja en los arcenes y en los sótanos, y que a partir de mañana ya no tendría a quién hablarle, porque a la gente se la echa de menos aunque solo la hayas conocido debajo de una carretera.
—Adiós, Nuria —dijo, en voz alta, y le sonó ridículo y lo dijo igual.
Luego se subió el cuello del abrigo y bajó del cementerio, y dejó atrás, por fin, el sitio exacto donde una mujer valiente había dejado de estar sola.