17. El sitio exacto #2
Rojas los miró a todos, dispersos entre la gente del pueblo, y sintió una cosa rara, que no era alegría —en un entierro no cabe la alegría—, pero que se le parecía: la de ver reunida, por una vez, a la gente buena.
Porque eso eran, aquel puñado de personas que no se conocían entre sí y a las que había ido juntando, uno a uno, el rastro de una mujer muerta: gente buena.
Gente corriente que, cuando le tocó elegir, eligió bien.
Una madre terca, un mecánico calumniado, un guardia con remordimientos, un camionero con memoria, una forense con principios, una fiscal sin miedo, un cura sin rebaño, una hermana con una lista.
Ninguno era un héroe. Ninguno saldría en los periódicos.
Y sin embargo, entre todos, sin más arma que negarse a callar, habían levantado una carretera nacional y hundido a un hombre intocable.
Rojas llevaba toda la vida viendo lo contrario: cómo la gente mala, organizada, ganaba casi siempre, porque el mal es disciplinado y el bien es disperso.
Aquella mañana, en aquel cementerio, veía por una vez la excepción: la gente buena, juntándose.
Duraría poco; después de un entierro cada uno vuelve a su vida y la gente buena se vuelve a dispersar.
Pero había pasado. Él lo había visto. Y no lo iba a olvidar.
Don Serapio, el cura viejo sin rebaño, ofició.
Y lo hizo bien, con pocas palabras y verdaderas, sin los latines huecos de costumbre.
Habló de Nuria como de lo que había sido: una mujer trabajadora, buena hija, que había visto una injusticia y no había querido callarla, y que había pagado por ello el precio más alto.
Dijo que en un tiempo en que casi todo el mundo aprende a mirar para otro lado, ella había tenido el valor de mirar de frente, y de hablar, aun con miedo.
Dijo —y lo dijo mirando, sin señalarlo, al pueblo entero— que había muchas maneras de ser culpable de una cosa así, y que solo una de ellas se juzgaba en los tribunales.
Y dijo una cosa más, que sorprendió a todos, porque nadie esperaba oírla en un entierro así.
Habló de Damián. Del capataz. Dijo que también él, el que había cavado la fosa de aquella mujer once años atrás, había tenido, al final de su vida, un momento de valor: que había llevado a la iglesia, la última noche, lo único que podía devolver, y que había pagado por ese gesto con su vida.
Dijo que no le correspondía a él, un cura viejo, juzgar el alma de nadie, que para eso había Uno más arriba; pero que le gustaba pensar que, en el peso final de las cosas, contaría, además de todo el mal que aquel hombre hizo por miedo, aquel último gesto que hizo por decencia.
Doña Amparo, en la primera fila, escuchó aquello y asintió despacio, y no hubo en su cara rencor, y Rojas pensó que hacía falta ser una madre muy grande para, en el entierro de la hija, encontrar un rincón de piedad hasta para uno de los que se la enterraron.
Nadie tosió. Nadie miró el reloj. El pueblo entero escuchó al viejo cura decirle a la cara lo que llevaba más de una década sin querer oír.
Bajaron la caja despacio, con las cuerdas, y doña Amparo echó el primer puñado de tierra, y luego, uno a uno, fueron pasando los demás.
Cuando le tocó a Rojas, se agachó, cogió un puñado de aquella tierra buena, y lo dejó caer sobre la caja, y pensó, sin poder evitarlo, en las seis palabras clavadas en la pared de su sótano.
Tengo miedo. Pero hay que decirlo. Aquí acababa aquello.
Aquí, en una fosa limpia, al lado de su padre, con su nombre en una piedra que decía «No se fue», descansaba por fin la mujer que había tenido miedo y lo había dicho igual.
Rojas se apartó, y observó cómo iba pasando el resto, echando cada uno su puñado de tierra.
Y entonces reparó en una cosa que le llegó al alma: que el pueblo entero, uno tras otro, pasó por la fosa.
No hizo falta que nadie los llamara. Fueron pasando, en fila, todos, los que la habían calumniado y los que habían callado, y cada uno cogió su puñado de tierra y lo dejó caer sobre la caja de la mujer a la que habían dado por fugada.
Era, comprendió Rojas, un rito antiguo y sabio: enterrar a alguien es también, para el que echa la tierra, una manera de reconocerlo, de decirle «eras de los nuestros, y lo siento».
El pueblo de El Pedernal, echando puñado tras puñado de tierra sobre Nuria Alsina, le estaba pidiendo perdón de la única manera que un pueblo sabe pedir perdón: en silencio, con las manos, uno detrás de otro, devolviéndola a la tierra, al fin, como a una de los suyos.
Cuando terminó todo, y el pueblo empezó a irse, en pequeños grupos, callados, doña Amparo se acercó a Rojas, le cogió las dos manos entre las suyas —aquel gesto que ya era de los dos— y no le dio las gracias, porque para entonces las gracias se habían quedado pequeñas. Le dijo otra cosa.
—El anillo —dijo—. ¿Se lo puso?
—Se lo puse —dijo Rojas—. Con estas manos. Como le juré.
La mujer asintió, y las lágrimas le cayeron otra vez, aquellas lágrimas suyas sin ruido, pero ya no eran solo de dolor, ya llevaban dentro otra cosa, algo sereno, algo terminado.
—Entonces ya está —dijo—. Ya puedo yo también descansar.
Once años esperando, y ya está. Está en casa, con su padre, con su nombre, con su anillo.
Y todo el mundo sabe que no se fue. —Le apretó las manos—.
Usted me devolvió a mi hija, hijo. No me la devolvió viva, que eso no puede nadie.
Pero me la devolvió. Que es más de lo que hizo por mí el mundo entero en once años.
Váyase usted tranquilo. Y viva mucho. Porque el mundo necesita gente como usted, aunque el mundo no lo sepa ni se lo agradezca.
Rojas no supo qué decir, así que no dijo nada, que muchas veces es lo mejor que se puede decir. Le apretó las manos, le sostuvo la mirada, y en aquel apretón y aquella mirada se dijeron los dos todo lo que había que decirse.
Antes de que se vaciara del todo, Rojas vio una cosa que le hizo gracia y que le duró dentro mucho tiempo.
Lúa Couto, la forense, la mujer que había sacado a Nuria de la tierra con sus manos, se acercó a doña Amparo y le dijo algo al oído, muy poco, unas pocas palabras.
La madre le cogió la cara con las dos manos, como se le coge la cara a una hija, y le dio un beso.
Y Lúa, que era la persona más socarrona y más blindada que Rojas conocía, la que hacía bromas encima de una mesa de autopsias para poder aguantar lo que había en la mesa, se puso a llorar en mitad de un cementerio como una cría, sin ningún disimulo, y luego se secó la cara con la manga, se colocó las gafas y se fue derecha al coche sin mirar a nadie, furiosa consigo misma.
Rojas no le preguntó nunca qué le había dicho. Le pareció que no era asunto suyo. Pero se lo imaginó, y lo que se imaginó le pareció bastante: que una mujer le había dicho a otra que su hija no había estado sola ahí abajo del todo, porque alguien había ido a buscarla.
Se fue quedando el cementerio vacío. Quique acompañó a doña Amparo hasta el coche de su hermana, los dos del brazo, el novio y la madre, la familia que once años de mentira habían separado y que la verdad, tarde, volvía a juntar.
Satur se fue el último de los del pueblo, después de arreglar una vez más sus flores humildes sobre la tierra.
Antes de irse, Satur se acercó a Rojas, con la gorra todavía en la mano.
—Me avisó usted —dijo—. Como me prometió.
Para poder venir a traerle la flor. —Miró hacia la tumba, hacia sus flores de cuneta—.
Cuarenta años pasando por esa carretera, señor.
Cuarenta años pasándole por encima sin saberlo.
Ahora, cada vez que suba el puerto, que subiré, que uno no deja la carretera aunque se jubile, voy a saber que aquí abajo estuvo ella, y que ya no está, que la sacaron.
Y le voy a dar los buenos días al pasar, como se los da uno a un conocido.
—Se le quebró un poco la voz—. Gracias por avisarme.
Un hombre necesita poder despedirse de las cosas, aunque sean cosas por las que solo pasó de largo.
—Gracias a usted por acordarse, Satur —dijo Rojas—. Si usted no se hubiera acordado de aquellas luces, de aquella noche, a lo mejor esto no se resuelve. Usted vio lo que nadie quiso ver. Llévele su flor cuando quiera. Se la ha ganado.
El camionero asintió, se caló la gorra y se fue, carretera abajo, hacia el valle, un hombre viejo un poco más en paz.
Lúa y Aristegui se habían despedido de Rojas con pocas palabras, las justas entre gente que se entiende, y habían bajado juntas hacia la ciudad.
Colmenar se fue apoyado en su bastón, más ligero que había subido.
Al final, como al principio, junto a la tumba recién cerrada, se quedaron solo dos: Rojas y Elena.
Estuvieron un rato callados, mirando la tierra removida, las flores de Satur, la piedra que aún no tenía grabado el nombre pero que pronto diría «No se fue».
—Gracias por venir —dijo Rojas—. Sé que a los entierros no vas.
—A este tenía que venir. —Elena miró la tumba—.
Por ella. Y por lo otro. Por acordarme de cómo es esto.
De cómo termina, cuando termina bien. Una fosa limpia, un nombre, una madre que puede llorar.
—Hizo una pausa—. Llevo doce años sin ver terminar así ninguna de las mías.
Necesitaba ver que se puede. Que a veces, aunque tarde, se puede.
Rojas sacó el teléfono, buscó la foto de la etiqueta oxidada del bidón, y se la enseñó otra vez, aunque ella ya la había visto.
—Gestión Ambiental del Norte —dijo—. Corvo la vendió.
Dice que hay un hombre por encima, sin nombre, que lleva veinte años haciendo esto por toda España.
Con canteras, con obras, con vertederos.
Enterrando cosas. Y gente. —La miró—. Es tu hilo, Elena.
El del corcho. El que sube al cabo en blanco.
Por fin tiene por dónde empezar a tirar.