17. El sitio exacto
Enterraron a Nuria Alsina un sábado de noviembre, en el cementerio de El Pedernal, al lado de su padre, en una mañana clara y fría en la que, por fin, la niebla se había ido del puerto y se veía el valle entero, verde y lavado por las lluvias, y muy al fondo la cicatriz blanca de la cantera, ahora parada, precintada, silenciosa.
Habían pasado casi tres semanas desde que levantaron la carretera.
Tres semanas en las que Lúa había terminado su trabajo con el mismo cuidado con que lo empezó; en las que el juez había autorizado la entrega del cuerpo; en las que doña Amparo había vuelto de la capital, ya sin miedo, a su casa de la puerta verde, a preparar al fin el entierro que llevaba más de una década sin poder preparar.
Tres semanas en las que el mundo, poco a poco, había ido pasando página de la noticia —los periódicos ya hablaban de otras cosas, que para eso están los periódicos—, mientras en El Pedernal, en cambio, la cosa no pasaba, no podía pasar; porque una cosa es leer en el periódico que en un pueblo lejano enterraron a una mujer bajo una carretera, y otra muy distinta es ser ese pueblo, y tener que mirarse al espejo cada mañana, y saber que la carretera por la que uno pasa todos los días guardó durante más de una década a una vecina a la que uno llamó fugada.
Fue, como quería doña Amparo, un entierro como Dios manda.
Con su caja, su nombre, su cura, sus flores.
Con la lápida ya encargada, sencilla, en la que decía lo único que había que decir: su nombre, sus fechas, y debajo, en letras pequeñas, tres palabras que había elegido su madre y que a Rojas, cuando las vio, se le hizo un nudo en la garganta: «No se fue.
» Nada más. No se fue. Más de una década de calumnia desmentida en tres palabras sobre una piedra.
Rojas llegó temprano, antes que nadie, y se quedó un rato solo junto a la fosa abierta, mirando el agujero limpio, rectangular, de tierra buena, tan distinto del otro, del que habían abierto en la carretera.
Este era un agujero para descansar. Aquel había sido un agujero para esconder.
La misma tierra, el mismo gesto de cavar, y sin embargo todo lo contrario.
Pensó que en eso, quizá, se resumía todo su oficio: en la diferencia entre los dos agujeros.
En sacar a la gente de los agujeros donde la esconden y ponerla en los agujeros donde puede, por fin, descansar.
Se acordó, mirando la fosa limpia, de la primera vez que había subido al 344, semanas atrás, y de cómo aquel terraplén le había devuelto la mirada, mudo, diciéndole «aquí cabe, aquí nadie ha mirado nunca».
Cuánto había cambiado todo desde entonces.
Aquel terraplén ya no guardaba nada; lo habían vaciado, lo habían obligado a soltar su secreto.
Y la mujer que había guardado durante todos aquellos años estaba a punto de bajar, por fin, a una tierra que no la escondía, sino que la acogía.
Rojas pensó que habían tardado once años en llegar a aquel momento, y unas pocas semanas él en provocarlo, y que las dos cosas juntas —los once años de nada y las pocas semanas de todo— decían algo importante sobre el mundo: que casi todo el mal que aguanta, aguanta no porque sea invencible, sino porque nadie se pone a deshacerlo.
Que las mentiras más grandes se sostienen, muchas veces, sobre la única base de que nadie las empuja.
Y que basta, a veces, con que aparezca uno dispuesto a empujar.
Antes del entierro, la tarde anterior, Rojas había cumplido su promesa.
Lúa lo había dispuesto todo con su delicadeza de siempre, en una sala tranquila del tanatorio, y le había dejado un momento a solas, a Rojas, con la caja aún abierta.
Lo que Rojas vio allí, y lo que sintió, se lo guardó para siempre, porque hay cosas que pertenecen solo al que las vive.
Sacó del bolsillo interior de la chaqueta, de contra el pecho, donde lo había llevado desde el día del aniversario, el anillo de la vida nueva, el que Nuria no se puso nunca porque lo guardaba para una vida que no llegó, y lo dejó con ella, con todo el cuidado y todo el respeto del mundo, cumpliendo lo que le había jurado a una madre.
Mientras lo hacía, le habló por última vez, en voz muy baja, a la mujer a la que nunca conoció y a la que, sin embargo, había llegado a querer como se quiere a los muertos que uno rescata: aquí lo tienes, Nuria.
El anillo de la vida nueva. Perdona que llegue once años tarde.
Perdona que llegue así. Pero llega. Descansa ya, valiente.
Se acabó estar sola. Se acabó estar debajo de una carretera. Ya estás en casa.
Estuvo con ella un rato más del necesario.
No por deber; por acompañamiento. Le pareció que aquella mujer, que había pasado once años sola bajo el asfalto, con la única compañía de unos bidones de veneno, se merecía que alguien se quedara un momento a su lado antes de la tierra buena, sin prisa, en silencio, como se acompaña a un amigo.
Y Rojas, que había acompañado a muchos muertos en su vida —casi siempre a solas, casi siempre de noche, casi siempre en sitios feos—, se quedó con Nuria Alsina en aquella sala tranquila, haciéndole la compañía tardía que el mundo le había negado, hasta que sintió que ya podía dejarla. Entonces sí se apartó.
Luego dejó que Lúa cerrara la caja, y salió al frío de la noche, y estuvo un rato largo en el aparcamiento del tanatorio, mirando las luces de la ciudad, sin llorar, porque hacía muchos años que no lloraba, pero con una cosa apretada en el pecho que se le parecía bastante.
La mañana del entierro, el cementerio de El Pedernal se llenó como no se había llenado nunca.
Vino el pueblo entero. Vinieron los que la habían llamado fugada durante más de una década, y los que habían bajado la voz, y los que habían apartado la vista, y los que habían comido de la mano de Corvo y le habían reído las gracias.
Vinieron todos, con la cabeza gacha, en un silencio espeso, incómodo, el silencio de un pueblo que va a enterrar, con la chica, una parte de su propia vergüenza.
Nadie los había obligado. Habían venido porque, después de lo que había salido de aquella carretera, no ir habría sido una segunda cobardía encima de la primera, y hay cobardías que hasta un pueblo entero se cansa de cargar.
Rojas los miró llegar, en fila, y no sintió rencor.
Pensó que a lo mejor aquel entierro era, para El Pedernal, el principio de algo: la primera vez en mucho tiempo que el pueblo entero miraba de frente una cosa en lugar de mirar para otro lado. Tarde. Pero un principio.
Rojas vio, mientras el pueblo llenaba el cementerio, pequeños gestos que once años atrás no se habrían dado.
Vio a la dueña de la gasolinera del 331 acercarse a doña Amparo, cogerle las manos y decirle algo al oído, con la cara descompuesta, y a doña Amparo asentir, sin rencor.
Vio a alguno de los hombres de la cantera, de los que habían trabajado a las órdenes de Corvo, quitarse la gorra al pasar junto a la tumba y quedarse un momento con la cabeza baja, como pidiendo perdón sin palabras.
No era gran cosa; no borraba once años. Pero era el primer deshielo de un pueblo entero, la primera vez que aquella gente se atrevía a mirar de frente su parte de culpa, que no era la de matar, pero era la de callar, que es la culpa más común y más cómoda del mundo.
No era gran cosa, pensó Rojas. Pero la próxima Nuria de aquel valle, quizá, no tendría que morir sola.
Vinieron los otros. Vino la conjura.
Vino Quique, con un traje que le venía estrecho, de los de las bodas y los entierros, y se quedó al principio atrás, sin atreverse, hasta que doña Amparo lo vio, cruzó el cementerio despacio, con su vestido oscuro, y lo cogió del brazo y se lo llevó con ella, a la primera fila, delante de todo el pueblo que una década atrás lo había señalado, y aquel gesto de la madre —coger del brazo al novio calumniado y ponerlo a su lado, en el sitio de la familia— dijo, sin una palabra, más que todos los periódicos: este es de los míos.
Este la quería. El culpable nunca fue él.
Vino Satur, el camionero, con su gorra en la mano y un ramo de flores del campo, humildes, de esas que crecen en las cunetas de las carreteras, y las dejó sobre la tierra con un cuidado torpe de hombre grande, y se quedó mirándolas un momento, y Rojas lo oyó murmurar algo que no entendió, una disculpa quizá, la de un hombre que durante once años había pasado por encima de ella sin saberlo y que al cabo podía pararse y mirar.
Vino Lúa Couto, seria, de oscuro, la mujer que la había sacado de la tierra con sus manos y le había devuelto el nombre.
Vino Aristegui, pequeña y seca, en un rincón, sin protagonismo, como quien va a asegurarse de que una cosa que ha costado mucho termina bien.
Vino, incluso, el teniente Colmenar, el guardia viejo de las acelgas, que había subido desde su pueblo apoyado en su bastón para ver, antes de morirse, cómo se cerraba por fin el caso que le había ocupado la silla durante todos aquellos años; y cuando cruzó la mirada con Rojas, asintió despacio, y en aquel gesto había una paz que el viejo llevaba mucho tiempo sin tener.
En la última fila, apartada, con un abrigo oscuro y las manos en los bolsillos, mirándolo todo con aquellos ojos suyos que no perdían detalle, estaba Elena.