16. Corvo #3
Corvo levantó la vista, y lo miró como si la pregunta no tuviera ningún sentido, como si Rojas le hubiera preguntado por el tiempo en otro país.
—¿Por qué iba a pensar en ella? —dijo, con una sinceridad que era, en sí misma, la peor de todas las respuestas—. Ella eligió. Yo le ofrecí una salida y ella eligió la otra. Cada uno carga con lo que elige.
En aquella respuesta, «¿por qué iba a pensar en ella?
», Rojas encontró al fin la medida exacta del hombre que tenía delante, y comprendió una cosa que llevaba semanas rondándole sin saber formular.
Había esperado, sin darse cuenta, encontrar en Corvo a un monstruo: a alguien distinto, marcado, reconocible, con algo en la mirada que explicara de qué había sido capaz.
Y no había ningún monstruo. Había un hombre corriente, un empresario de pueblo, campechano, querido, que pagaba entierros y daba de comer a doscientas familias, y que había estrangulado a una mujer con sus manos y no había vuelto a pensar en ella ni una noche, no por una crueldad extraordinaria, sino por algo más banal y más terrible: porque para él Nuria nunca había sido del todo una persona.
Había sido un problema. Un obstáculo. Una cifra en el lado equivocado de una cuenta.
A los problemas no se les llora: se les gestiona, y se pasa página.
Eso era lo que de verdad daba miedo de Corvo, comprendió Rojas: no que fuera un monstruo, sino que no lo fuera; que se pudiera hacer lo que él hizo desde la más absoluta normalidad, tomándose un anís, sonriendo a los vecinos, sintiéndose, hasta el final, un buen hombre incomprendido.
—Sí —dijo Rojas, en voz baja, cogiendo la puerta—.
Cada uno carga con lo que elige. En eso, por una vez, estamos de acuerdo.
—Y lo miró una última vez, al hombre que se hundía en la silla—.
Ella eligió decir la verdad aunque le costara la vida.
Y usted eligió esto. Que le aproveche la celda, don Ismael.
La va a tener mucho tiempo para pensar en lo que eligió.
Corvo no dijo nada. Miró un largo rato la mesa, la carpeta cerrada, sus propias manos —las que habían apretado hasta romper un hueso, las que habían levantado un imperio de piedra y polvo—, y por un instante, un instante brevísimo, a Rojas le pareció que en aquella cara colorada y hundida asomaba algo que no era rabia ni cálculo, sino la sombra de una comprensión: la de un hombre que empezaba, muy despacio, once años tarde, a entrever el tamaño de lo que había hecho.
No era arrepentimiento; Rojas dudaba que Corvo fuera capaz de eso.
Era otra cosa, más pequeña y más inútil para nadie: el principio del miedo de verdad, el de las noches largas que le esperaban, el de los años de celda por delante para hacer, por fin, la única cuenta que nunca había querido hacer.
Rojas no se quedó a verlo. Ya no le interesaba Corvo.
Corvo era, a partir de aquella tarde, un asunto de jueces y de calendarios, un hombre que iría bajando escaleras hacia el olvido mientras el mundo, afuera, seguía girando sin él.
Y a Rojas le esperaba, afuera, lo único que le importaba: los vivos, y una muerta a la que todavía tenía que llevar a casa.
Salió, cerrando la puerta despacio, sin dar un portazo, porque a los hombres como Corvo no hay que darles ni siquiera la satisfacción de un portazo. Se los deja, sin más, con lo que son, que es el peor castigo que existe.
Fuera, en el pasillo, Aristegui lo esperaba, apoyada en la pared, guardando sus papeles.
—Gestión Ambiental del Norte —dijo Rojas.
—Gestión Ambiental del Norte —repitió ella—.
Y un hombre detrás, sin nombre todavía, que manda por intermediarios y que lleva veinte años enterrando cosas y gente por toda España.
—Lo miró—. Eso, Rojas, no es lo mío. Yo te dije desde el principio que iba por la chica y por la madre, y a la chica y a la madre se las he devuelto.
Lo de arriba es otra guerra, otra fiscalía, otro expediente.
Una guerra larga, fea, de años, contra gente que no deja etiquetas legibles en los bidones.
—Se separó de la pared—. Pero conozco a alguien a quien esa guerra le interesa mucho.
Alguien que lleva años con un corcho lleno de hilos, buscando justo eso. Deberías contárselo.
—Voy a contárselo —dijo Rojas—. Esta misma noche.
—Lo has hecho bien, Rojas —añadió Aristegui, y viniendo de ella, que no repartía elogios, aquello era casi una condecoración—.
No te lo voy a repetir, así que aprovéchalo.
Has cerrado en unas semanas un caso que llevaba once años muerto, con medio mundo en contra, y sin dejarte por el camino un solo atajo que un abogado pueda usar.
Ese hombre se va a la cárcel para siempre, y se va limpio, sin recovecos.
Eso, en mi profesión, es lo más parecido que hay a una obra de arte.
—Se colgó el bolso—. Ahora ve a hacer lo que te queda.
Lo del cementerio. Eso ya no es asunto mío, ni de la ley.
Eso es lo tuyo. Y por lo que he visto estas semanas, se te da mejor incluso que lo otro.
Mientras bajaba las escaleras de la comisaría, Rojas sacó el teléfono y miró la foto que había hecho en el terraplén, la de la etiqueta oxidada del bidón.
Gestión Ambiental del Norte. El primer eslabón visible de una cadena que subía, y subía, hacia el cabo en blanco del corcho de Elena, hacia el hombre sin nombre, hacia el mismo pozo del que, doce años atrás, había desaparecido una chica llamada Marina.
Se quedó parado en el último tramo de la escalera, con el teléfono en la mano y la foto de la etiqueta en la pantalla, y sintió las dos cosas a la vez, como se sienten al final de los casos que de verdad importan: la satisfacción honda de haber cerrado uno, y el vértigo frío de asomarse al siguiente.
Porque Corvo, con su ofrecimiento miserable, acababa de abrir la puerta a un pasillo largo y oscuro, de esos que uno no sabe, cuando los enfila, dónde terminan ni si terminan.
Gente enterrada por toda España. Un hombre sin nombre que mandaba por intermediarios.
Un negocio de veinte años. Y en algún punto de ese pasillo, entre bidones y terraplenes y expedientes archivados con dos palabras cómodas, estaba Marina Vidal, y quizá otras muchas Marinas, y otras muchas Nurias, esperando, como había esperado esta, a que alguien tuviera el valor de mirar debajo.
Rojas era viejo, y no sabía si le quedaba cuerda para recorrer aquel pasillo entero.
Pero sabía quién sí tenía la cuerda, y la paciencia, y la rabia: una mujer con un corcho lleno de hilos que llevaba doce años esperando, sin saberlo, exactamente aquella foto que él tenía ahora en la pantalla.
El caso de Nuria estaba cerrado. Corvo iba a morirse en la cárcel. La madre iba a poder enterrar a su hija. Todo lo que Rojas había prometido, lo había cumplido, o estaba a punto de cumplirlo.
Pero al fondo de todo, apenas visible, empezaba otra cosa. Un hilo nuevo. Un expediente nuevo. Otro caso, más grande y más oscuro, que ya no era solo de Rojas, sino de Elena, y de Marina, y de quién sabía cuántas más enterradas bajo quién sabía cuántas carreteras.
Eso, sin embargo, sería otra historia. Porque a Rojas, antes de empezar ninguna guerra nueva, le quedaba todavía una cosa por hacer. La más importante. La única que de verdad le importaba. Le quedaba enterrar a Nuria.