Caso 344 16. Corvo #2
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16. Corvo #2

—Usted habla mucho de decisiones, inspector —dijo, con una sonrisa venenosa—.

Usted, que tiene un expediente disciplinario, que lo tienen enterrado en un sótano porque no lo quieren en ningún sitio, que es un fracasado agarrándose a un caso viejo para sentirse importante una última vez antes de jubilarse.

No me venga usted a mí a dar lecciones. Yo por lo menos he construido algo.

Usted, ¿qué ha construido en su vida, aparte de amargarse?

Rojas encajó el golpe sin pestañear. Lo había recibido de gente mucho más hábil que Corvo, y hacía tiempo que aquellas cosas no le entraban.

—Tiene usted razón en casi todo —dijo, con una calma que descolocó al otro—.

Estoy en un sótano. Tengo un expediente.

No he construido ninguna cantera, ni doy de comer a nadie, ni tengo amigos importantes.

Soy, más o menos, lo que usted dice: un viejo cansado al final de una carrera gris.

—Se inclinó un poco—. Pero fíjese qué cosas: este viejo cansado del sótano, sin amigos y sin poder, lo ha sentado a usted en esa silla.

Con toda su cantera, y su dinero, y su jefe superior, y su abogado de Madrid, resulta que lo ha hundido un fracasado.

Piénselo, cuando tenga tiempo, que va a tener mucho.

A lo mejor el problema no era yo. A lo mejor el problema es que usted creía que el dinero y los amigos lo hacían intocable.

Y había una cosa contra la que el dinero y los amigos no pueden nada: una mujer que dejó copias, y un policía al que ya no le podían quitar nada porque ya no tenía nada.

Contra eso, don Ismael, no hay cantera que valga.

Corvo lo miró con odio, pero no contestó, porque no tenía qué contestar, y su abogado, a su lado, había empezado a sudar debajo del traje caro, porque un buen penalista sabe distinguir enseguida entre un caso que se pelea y un caso que solo se negocia, y aquel, lo estaba viendo, era de los segundos.

Y entonces Corvo hizo lo que Rojas sabía que acabaría haciendo, porque los hombres como Corvo, cuando ven que el suelo se les acaba, siempre hacen lo mismo: intentar comprar el siguiente trozo de suelo con lo único que les queda por vender.

Miró a su abogado. El abogado le devolvió una mirada, un cálculo mudo entre los dos, y luego el penalista carraspeó y habló, midiendo cada palabra.

—Señora fiscal. Hablando en términos hipotéticos, y sin que esto suponga reconocimiento de nada por parte de mi cliente…

Es posible que mi cliente esté en disposición de aportar a la instrucción información de interés.

Información que va más allá de… de este asunto local.

—Escogió las palabras con cuidado quirúrgico—.

Mi cliente, en el ejercicio de su actividad, ha tenido relación con determinadas empresas, gestoras de residuos, que operan a una escala muy superior a la suya, y que son, digamos, el verdadero origen de lo que se ha encontrado en esa carretera.

Mi cliente no es más que el último eslabón, el pequeño, el rural.

Los que de verdad organizan esto, los que cobran las grandes cantidades, los que tienen los contactos, están por encima.

Muy por encima. Y mi cliente podría… colaborar.

A cambio, naturalmente, de que se valore esa colaboración a la hora de…

en fin, de cuantificar su responsabilidad.

Se hizo un silencio en la sala. Rojas y Aristegui cruzaron una mirada rápida. Ahí estaba. El nombre que faltaba. O el principio del nombre. El hilo rojo del corcho de Elena, subiendo desde un terraplén de pueblo hacia arriba, hacia la nada, hacia la gente a la que ni Corvo llegaba.

—¿Qué empresas? —preguntó Aristegui, con la voz cuidadosamente neutra—. Deme un nombre, señor Corvo, y hablamos. La colaboración se valora, sí. Pero se valora la colaboración, con nombres y con pruebas, no las insinuaciones.

El abogado se inclinó hacia su cliente y le susurró algo al oído, deprisa, con cara de preocupación; probablemente le recordaba que dar nombres en aquel momento, sin un acuerdo cerrado por escrito, era regalar mercancía sin cobrarla.

Pero Corvo, que llevaba cuarenta años negociando graveras y contratos y sabía oler cuándo una partida estaba perdida, lo hizo callar otra vez con el mismo gesto de la mano.

Había entendido, con la lucidez brutal que da el pánico, que ya no negociaba su libertad —eso lo había perdido— sino los años de encierro, y que en esa negociación el tiempo corría en su contra: cuanto antes soltara algo gordo, mejor posición.

Un hombre que se ahoga no regatea el precio del salvavidas.

Corvo miró a Rojas, y a Aristegui, y calculó una última vez, y en aquel cálculo Rojas vio la medida exacta del hombre: ni un gramo de arrepentimiento, ni un pensamiento para Nuria, ni para Damián, ni para la madre, ni para el pueblo envenenado.

Solo aritmética. Solo cuántos años me quito si vendo a los de arriba. Y decidió vender.

—Gestión Ambiental del Norte —dijo, escupiendo el nombre como quien suelta lastre—.

Y detrás de ella, otras tres o cuatro sociedades, todas del mismo.

Un hombre. Yo con él he hablado dos veces en mi vida, en persona, siempre lo manda todo por intermediarios.

Pero sé quién es. Sé cómo funciona. Sé de cuántos sitios como el mío, como mi cantera, se ha servido este hombre en media España para hacer desaparecer lo que las fábricas le pagan por hacer desaparecer.

Canteras, vertederos ilegales, obras públicas.

El mío no es el único terraplén con bidones debajo, se lo aseguro.

Ni de lejos. —Se recostó, y por un instante recuperó algo de su vieja soberbia, la del que cree que todavía tiene una carta ganadora—.

Yo enterré a una chica. Ese hombre ha enterrado cosas, y gente, por toda España, durante veinte años, y no lo ha tocado nadie.

Si quieren ustedes un caso de verdad, ahí lo tienen. Yo se lo doy. A cambio de mis años.

Rojas escuchó todo aquello con el corazón acelerado por una razón que Corvo no podía sospechar.

Porque mientras Corvo hablaba de canteras y de terraplenes por toda España, de cosas y de gente enterradas durante veinte años, Rojas no veía canteras: veía un corcho en un piso sin muebles, un hilo rojo subiendo a un cabo en blanco, y una ficha con la cara de una chica llamada Marina.

«Gente enterrada por toda España.» Corvo, sin saberlo, acababa de confirmar en voz alta lo que Elena llevaba doce años sospechando en soledad: que Nuria no era un caso aislado, que había un patrón, un método, una empresa, un hombre; que las «marchas voluntarias» archivadas de media España no eran mala suerte ni casualidad, sino un sistema, un negocio, una manera de hacer desaparecer lo que estorbaba, fueran bidones o personas.

Corvo creía estar vendiendo a sus jefes para rebajarse la pena.

En realidad, sin saberlo, acababa de darle a Elena Vidal la primera confirmación —dicha por un culpable, ante una fiscal y un secretario judicial— de que su guerra de doce años no era la obsesión de una loca.

Era real. Existía. Y ahora, por fin, tenía un nombre por el que empezar a tirar.

Aristegui cerró la carpeta y se levantó, dando por terminado el interrogatorio.

—Su ofrecimiento queda registrado, señor Corvo, y se estudiará por quien corresponda, que no soy yo.

Yo instruyo lo de Nuria Alsina y lo de Damián Sanz, y de eso no le voy a quitar a usted ni un año, porque de eso hay condena escrita, se lo he dicho.

Lo otro, lo de arriba, lo de esa gestión ambiental y ese hombre que menciona, es una causa distinta, mucho más grande, que le corresponderá a otra fiscalía, seguramente a la Audiencia Nacional.

Si usted quiere colaborar en eso, adelante, le pondrán delante a quien tenga que ponerle.

Pero le adelanto una cosa, para que no se haga ilusiones: por muy arriba que estén los de arriba, y por mucho que usted los venda, usted enterró a una mujer viva bajo una carretera y mató a un hombre para taparlo.

Y por eso, señor Corvo, va a morirse en la cárcel.

Lo de vender a sus jefes solo servirá para que se muera en una un poco más cómoda. Buenas tardes.

Y salió, seca y pequeña, dejando a Corvo y a su abogado con la palabra en la boca.

El abogado de Madrid recogió sus papeles despacio, sin mirar a su cliente, con la cara del profesional que ya ha hecho la cuenta y sabe el resultado.

Rojas conocía esa cara: la de los buenos abogados cuando les toca un caso que no se puede ganar, solo administrar.

Aquel hombre elegante seguiría cobrando sus horas, presentaría sus recursos, alargaría lo alargable, pero ya sabía —y Corvo todavía no— que su trabajo, a partir de aquella tarde, no consistía en salvar a su cliente, sino en acompañarlo cuesta abajo con la mayor dignidad posible.

Y ni de eso estaba seguro, porque a los clientes como Corvo la dignidad se les acaba justo cuando más la necesitan.

Rojas se levantó también. Pero antes de salir, se quedó un momento mirando a Corvo, al hombre hundido en la silla gris, sin cinturón, sin sonrisa, sin pueblo, sin amigos que le cogieran el teléfono, y sintió, para su propia sorpresa, algo que no era odio ni triunfo.

Era una especie de asco tranquilo, casi de lástima, el que da la contemplación de un hombre que lo tuvo todo —dinero, poder, el cariño de doscientas familias— y que lo cambió, por avaricia y por soberbia, por un terraplén con dos muertos y una vejez de preso.

Un hombre que, teniendo la posibilidad de ser recordado como el que dio de comer a un pueblo, iba a ser recordado para siempre como el que envenenó a ese mismo pueblo y enterró bajo su carretera a la única que quiso salvarlo.

—Una última cosa, don Ismael —dijo Rojas, ya de pie—. Por curiosidad. En once años, ¿pensó usted alguna vez en ella? En Nuria. En la madre. ¿Alguna noche, aunque fuera una?