Caso 344 16. Corvo
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16. Corvo

Lo interrogaron cuatro días después de la exhumación, en una sala de la comisaría de la capital, con Aristegui dirigiendo, Rojas a su lado, un secretario judicial tomando nota, y, enfrente, Ismael Corvo y su abogado: un penalista caro traído de Madrid, joven, de traje impecable y modales de terciopelo, de esos que cobran por hora lo que un capataz gana en un mes y que se ganan ese dinero, sobre todo, enseñando a callar a sus clientes.

Corvo había cambiado en aquellos días de cárcel.

No del todo —los hombres como él no cambian del todo nunca—, pero el color se le había apagado, la papada le colgaba distinta, y el traje de campo caro había dado paso a la ropa gris y sin cinturón de los presos preventivos.

Aun así, cuando entró y vio a Rojas, encontró fuerzas para dedicarle una mirada de odio y una sonrisa torcida, la del hombre que todavía cree, en algún rincón de su soberbia, que aquello es un malentendido pasajero que sus amigos y su dinero van a arreglar.

Rojas lo observó entrar y sentarse, y pensó en la última vez que habían estado así de cerca: en el despacho de la cantera, con las vistas al reino, el café y el anís, la maqueta del terraplén sobre la mesa, la palmada en el hombro.

Cuánto camino en pocas semanas. Entonces mandaba Corvo, y Rojas fingía ser un funcionario vencido; ahora Corvo llevaba ropa de preso y Rojas tenía delante la carpeta que lo hundía.

Y sin embargo, curiosamente, el que parecía menos cambiado era Corvo, porque los hombres como él no entienden la caída hasta muy tarde, a veces hasta nunca; siguen creyéndose, aun con las esposas puestas, que son ellos los que mandan en la sala, que el mundo sigue debiéndoles el respeto que le compraron durante cuarenta años.

A Corvo todavía no le había llegado la noticia de que ya no era nadie.

Iba a llegarle aquella tarde, en aquella sala, dato a dato.

—Vaya, el inspector del sótano —dijo, sentándose—. El de la palmadita en el hombro. Me tenía usted engañado, oiga. Enhorabuena. Disfrute mientras dure.

—Señor Corvo —cortó su abogado, con suavidad—, le recuerdo lo que hemos hablado. Se acoge usted a su derecho a no declarar. Yo hablo por usted.

—Muy bien —dijo Aristegui, imperturbable, abriendo una carpeta gruesa—.

Acójase usted a lo que quiera. No necesito que declare.

Lo que voy a hacer, para que su cliente sepa exactamente dónde está, es contarle yo lo que tenemos.

Y luego ustedes deciden si les sigue pareciendo un malentendido pasajero.

Empezó a poner las piezas sobre la mesa, una a una, con su voz seca de fiscal que no pierde el tiempo.

Fue, pensó Rojas mientras la escuchaba, una obra maestra de la frialdad.

Aristegui no gritó, no acusó, no se indignó.

Se limitó a enseñar. Puso sobre la mesa las fotocopias de la báscula, con la letra de Nuria y sus números que no cuadraban.

Puso el diario de la obra, con la cronología del terraplén, el hueco abierto justo esa semana, la coronación y el sellado el lunes siguiente.

Puso la transcripción de la confesión grabada de Damián, palabra por palabra: cómo Corvo citó a Nuria, cómo la intentó comprar, cómo la agarró del cuello cuando ella se negó, cómo le ordenó a Damián enterrarla y fabricar el rastro.

Puso el informe del georradar. Puso el informe forense: el hioides fracturado, el estrangulamiento manual, la coincidencia hueso por hueso con la confesión.

Puso la libreta de hule, y la cadena que iba de Nuria a Damián, de Damián al cura, del cura a la policía.

Puso el informe sobre la muerte de Damián: el golpe en la nuca, las marcas en las muñecas, la ventanilla bajada, todo lo que convertía el «accidente» en un homicidio.

Y puso, por último, el informe de medio ambiente sobre los bidones, con la etiqueta legible de la gestora.

Rojas observó a Corvo mientras Aristegui iba colocando las piezas, y fue viendo cómo, una a una, se le caía la cara.

Al principio mantuvo la sonrisa torcida, la de «esto no hay por dónde cogerlo».

Aguantó las fotocopias. Aguantó el diario de obra.

Pero cuando Aristegui empezó a leer la transcripción de la confesión de Damián —«el señor la agarró del cuello», «me dijo que la metiera en la tongada», «bajé al pueblo con el teléfono»—, la sonrisa se le fue apagando, porque comprendió que el hombre al que había mandado matar para que no hablara había hablado igual, antes de morir, y lo había hablado todo, y lo había grabado un policía, y estaba ahora sobre aquella mesa, resucitado en una transcripción, señalándolo desde el fondo del embalse.

Y cuando llegó la libreta, y la cadena del cura, Corvo miró de reojo a su abogado, un vistazo rápido, instintivo, el del jugador que mira sus cartas y descubre que no tiene ninguna.

A Rojas no se le escapó ese vistazo, porque en él estaba la primera vez, en toda la mañana, que Ismael Corvo tuvo miedo.

Cuando terminó, Aristegui cerró la carpeta y miró a Corvo por encima de las gafas.

—Esto es lo que tenemos, señor Corvo. Y le voy a traducir lo que significa, para que no dependa usted solo de lo que le diga su abogado, que le cobra por horas y por tanto tiene interés en que esto dure.

Significa que tenemos el cuerpo, el móvil, el arma —sus manos—, el método, la cronología, un testigo que confesó cómo fue y al que usted mató por confesar, y una prueba física, la libreta, que solo pudo llegar a nuestras manos si su testigo estuvo en el lugar del crimen.

Significa que no tenemos una sospecha: tenemos una condena escrita.

Por el asesinato de Nuria Alsina. Por el asesinato de Damián Sanz.

Por el delito ecológico continuado. Por el fraude a la obra pública.

Y por unos cuantos más que le ahorro. —Se quitó las gafas—.

Usted, señor Corvo, no va a volver a pisar la calle como hombre libre.

Eso ya está decidido, aunque usted todavía no lo sepa.

Lo único que queda por decidir es con cuántos años, y eso, en parte, depende de lo que haga usted en esta sala.

El abogado abrió la boca para intervenir, pero Corvo levantó una mano y lo hizo callar, con el gesto automático de cuarenta años de mandar, y por primera vez habló, y al hablar se le cayó la máscara del malentendido pasajero y apareció debajo lo que de verdad era.

—La chica —dijo, y su voz ya no era campechana; era fría, dura, la de un hombre acorralado calculando—.

La chica fue un accidente. Yo no subí a matar a nadie.

Subí a hablar, a razonar con ella, a ofrecerle una salida buena, generosa, más de lo que se merecía.

Y la muy… —se contuvo— la muy testaruda no quiso entrar en razón.

Se puso a gritar que lo iba a contar, que nos iba a hundir a todos, al pueblo entero, a doscientas familias, por unos papeles.

Por unos papeles iba a dejar sin comer a doscientas familias.

¿Y yo soy el malo? Yo llevo cuarenta años dando de comer a esa gente.

Ella iba a acabar con todo en una tarde, por una rabieta de moralista.

—Se inclinó hacia delante—. Fue un momento.

Un arrebato. La agarré para que se callara, para que dejara de gritar aquellas barbaridades, y…

se me fue la mano. Fue un accidente. Un homicidio imprudente, como mucho. Eso es lo que fue.

Rojas lo escuchó sin mover un músculo. Ahí estaba el hombre entero, por fin, sin la sonrisa.

Un hombre capaz de estrangular a una mujer con sus manos y de llamarlo, tantos años después, «un momento», «un accidente», «se me fue la mano».

Un hombre que, teniendo delante todas las pruebas de lo que era, seguía convencido de ser la víctima: el pobre patrón incomprendido al que una moralista testaruda había obligado a matarla.

—Se le fue la mano —repitió Rojas, despacio—.

Verá, don Ismael, yo he hablado esta semana con la forense.

Y me ha explicado una cosa. Ese hueso que se le rompió a Nuria, el hioides, no se rompe en un momento, ni en un arrebato, ni porque se le vaya a uno la mano.

Se rompe apretando. Y siguiendo apretando.

Con fuerza, y con tiempo. El tiempo suficiente para pensárselo.

El tiempo suficiente para parar, si uno quiere parar.

Usted no paró. Usted la miró a la cara y siguió apretando hasta que dejó de moverse.

Eso no es un accidente, don Ismael. Eso es una decisión que se toma despacio, con la víctima delante.

Y luego, cuando ya estaba muerta, usted no llamó a una ambulancia, ni a la Guardia Civil, ni se echó las manos a la cabeza arrepentido de su «arrebato».

Usted, muy tranquilo, le dio instrucciones a un hombre para enterrarla en un agujero, le mandó bajar al pueblo a fabricar un rastro falso, y a la mañana siguiente fue a la obra como si nada, y el lunes selló la tongada, y firmó la certificación, y durante once años durmió estupendamente mientras una madre se moría de a poco esperando a su hija.

Eso no lo hace el que ha tenido un accidente.

Eso lo hace el que ha cometido un asesinato y lo tapa a sangre fría.

Y para que no le quede duda de que lo sabemos: la misma sangre fría con la que, hace cuatro noches, mandó matar a Damián y tirarlo al embalse en cuanto sospechó que había hablado.

Ese sí que no fue ningún arrebato. Ese lo planificó usted con toda la calma del mundo, como planifica todo.

Corvo, acorralado, hizo entonces lo que hacen los acorralados que aún tienen veneno: intentar morder.