15. Nuria #3
La mujer cogió la libreta con las dos manos, temblando, y la apretó contra el pecho, contra el corazón, igual que Nuria había apretado las copias contra el suyo la última noche, y al fin, solo entonces, se rompió del todo, y lloró, ya sin silencio, un llanto viejo de más de una década que por fin encontraba por dónde salir, y Rojas la dejó llorar, sin soltarle la mano, sin decir nada, porque hay llantos que no hay que consolar, solo acompañar.
Cuando la mujer se serenó, un buen rato después, con la libreta todavía apretada contra el pecho, le preguntó a Rojas por lo que iba a pasar ahora.
Y Rojas se lo contó, con calma: que el hombre que le mató a la hija estaba detenido, en la cárcel, y que no iba a salir, porque las pruebas eran abrumadoras; que habría un juicio, y que a ella, si se sentía con fuerzas, a lo mejor le pedirían declarar, pero que no estaría sola, que él estaría, y la fiscal, y que la gente del pueblo, poco a poco, empezaba a atreverse a contar lo que sabía.
Que la verdad, por fin, después de once años, iba a salir entera.
—Y una cosa más quiero que sepa —añadió Rojas—, porque sé que le va a importar.
El Quique. El novio de Nuria. Al pobre chico lo señaló el pueblo entero durante todos aquellos años, como si él tuviera algo que ver, y tuvo que irse, con la vida rota.
Pues bien: se ha demostrado que él no tuvo nada que ver, que la quería, que fue de los pocos que nunca se creyó que ella se hubiera ido.
Y eso también va a salir a la luz. El pueblo que lo señaló va a tener que saber que se equivocó con él, como se equivocó con todo.
A doña Amparo se le llenaron los ojos otra vez.
—Pobre Quique —dijo—. Buen chico era. Yo nunca creí lo que decían de él, pero no me atreví a defenderlo, para qué le voy a mentir.
Una tenía bastante con lo suyo. —Se secó los ojos—.
Dígale, cuando lo vea, que suba a verme cuando quiera.
Que la madre de Nuria no le guarda ningún rencor, al contrario.
Que él también la quería, y eso, en el fondo, nos hace de la misma familia. Los dos la perdimos.
—Se lo diré —dijo Rojas—. Le va a hacer bien oírlo. Lleva once años esperando que alguien de la familia de Nuria le diga eso.
—¿Y podré enterrarla? —preguntó—. ¿Como Dios manda? ¿Con su nombre, en el cementerio del pueblo, al lado de su padre?
—Podrá —dijo Rojas—. En cuanto la forense termine y el juez lo autorice, que será pronto.
Podrá enterrarla con su nombre, en tierra sagrada, al lado de su padre, y ponerle una lápida, y llevarle flores el día que quiera.
Y le voy a pedir una cosa, doña Amparo, si me la concede: el día del entierro, quiero estar.
No como policía. Como… no sé como qué. Como alguien que le ha cogido cariño a su hija sin haberla conocido. Me gustaría estar.
—Va a estar usted en primera fila —dijo la mujer, cogiéndole la mano—. Usted y todos los que la han sacado de ahí. Faltaría más.
—Todos —repitió Rojas—. Sí. Va a haber gente en ese entierro que usted no conoce, doña Amparo, y que ha hecho esto posible.
Una forense que la ha tratado como a una hija.
Una fiscal que se ha jugado la carrera. Un camionero que quiere llevarle una flor.
Hasta un cura viejo, y una mujer que perdió a su hermana igual que usted perdió a su hija y que quiere estar.
Su Nuria, sin conocerlos, ha juntado a un montón de gente buena.
No se va a ir sola. Va a ir a la tierra acompañada de todos los que se negaron a dejarla debajo de una carretera.
La mujer escuchó aquello con los ojos muy abiertos, y a Rojas le pareció que le consolaba, más que casi nada de lo que le había dicho, saber que su hija, en el último tramo, no había estado sola: que un puñado de desconocidos se había peleado por ella.
Se quedó un momento callada. Luego, con una timidez que a Rojas le partió el alma, preguntó:
—El anillo. El que le di. El de la vida nueva. ¿Lo tiene usted todavía?
—Lo tengo. —Rojas se llevó la mano al bolsillo de la chaqueta, donde lo guardaba desde el día del aniversario—.
Lo tengo aquí, conmigo, todos los días. Y le voy a cumplir lo que le prometí: el día que la entierren, se lo pongo yo.
En el dedo. Con estas manos. Para que descanse con su anillo de la vida nueva, aunque la vida nueva no llegara. Se lo juré, y se lo voy a cumplir.
Doña Amparo asintió, y sonrió por primera vez en toda la tarde, una sonrisa pequeña, temblorosa, empapada de lágrimas, pero una sonrisa.
Y en aquel piso pequeño y luminoso de la capital, tan lejos de la puerta verde, una madre que llevaba más de una década sin poder llorar a su hija lloraba al cabo, con la libreta de su niña apretada contra el pecho y la promesa de un anillo, y a Rojas le pareció que aquella tarde, más que ninguna otra en mucho tiempo, había servido para algo estar vivo y hacer aquel trabajo ingrato.
Cuando se levantó para irse, la hermana de doña Amparo, que había estado en la cocina todo el tiempo, respetando, salió a acompañarlo a la puerta.
Era una mujer de la edad de Amparo, más entera, con la misma bondad callada en la cara.
En el recibidor, antes de abrirle, le cogió a Rojas la mano entre las suyas.
—No sabe usted lo que ha hecho —le dijo, en voz baja, para que no la oyera su hermana—.
Yo la he visto a Amparo estos once años.
La he visto apagarse. La he visto convertirse en una sombra que iba a una comandancia a que le dijeran que no.
La habíamos perdido a ella también, ¿me entiende?
No solo a la niña. A las dos. —Le apretó la mano—.
Y hoy, por primera vez en más de una década, la he visto llorar por su hija.
Llorar de verdad, como una madre, no como un fantasma.
Usted le ha devuelto a su hija, sí. Pero también me ha devuelto a mi hermana.
Que Dios se lo pague, porque yo no sé cómo.
Rojas no supo qué contestar. No estaba acostumbrado a que le agradecieran las cosas así; en su oficio, lo normal era lo contrario.
Murmuró algo, que era su trabajo, que no había que darle las gracias, las torpezas que se dicen en esos momentos.
La mujer negó con la cabeza, como diciendo que aquello no había sido un trabajo, y le abrió la puerta.
Bajó a la calle cuando ya anochecía. Le quedaban dos cosas por hacer para cerrar del todo aquella historia.
Una, en un despacho, con un hombre esposado que iba a tener que responder por todo.
Y otra, unos días después, en el cementerio de un pueblo de cantera, con una lápida, un anillo y un puñado de gente que había aprendido, a fuerza de una mujer valiente y once años tarde, a no mirar para otro lado.
Pero eso sería después. Aquella noche, mientras conducía de vuelta con la ciudad encendiéndose alrededor, Rojas no pensó en Corvo, ni en el juicio, ni en el nombre que faltaba en el corcho de Elena.
Pensó en seis palabras escritas con letra apretada en una libreta de hule.
Tengo miedo. Pero hay que decirlo. Y pensó que, si algún día se moría y le preguntaban qué había hecho con su vida, no le importaría que su respuesta fuera solo esa: que una vez, siendo ya viejo y estando ya enterrado en un sótano, había ayudado a que las seis palabras de una mujer valiente no se quedaran, para siempre, debajo de una carretera.
Libreta personal de Nuria Alsina. Anotación subrayada de su puño y letra.