15. Nuria #2
Porque en las últimas páginas la letra de Nuria cambiaba.
Se volvía más apretada, más nerviosa, la de una mujer asustada.
Entre los recados y las cuentas empezaban a aparecer los números de la báscula que no cuadraban, las anotaciones sobre los camiones de la noche, las palabras «bidones», «veneno», «el arroyo», «las cabras de Nemesio».
Una frase, subrayada dos veces, que Rojas leyó tres veces y que se le quedó grabada para siempre, porque era, en seis palabras, el retrato de una mujer decente atrapada entre el miedo y la conciencia:
«Tengo miedo. Pero hay que decirlo.»
Eso era Nuria Alsina. Una mujer que tenía miedo y que pensaba decirlo igual.
Una mujer normal, con sus cuentas y sus recados y sus sueños pequeños, que un día descubrió una cosa terrible y que, pudiendo callar y seguir con su vida y su boda y su cerro de los domingos, decidió que había que decirlo.
Y la mataron por eso. Por seis palabras. Por tener miedo y pensar decirlo igual.
Rojas cerró la libreta con mucho cuidado, se quitó las gafas y se quedó un rato largo a oscuras en el sótano, sin encender, con la libreta y el anillo delante, pensando en el valor que cabe en la gente corriente, en la gente que no sale en los periódicos, en las Nurias del mundo que hacen lo correcto sin testigos y sin recompensa y a veces sin llegar a saber si sirvió de algo.
Esta sí había servido, se dijo. Tarde, once años tarde, pero había servido.
Sus copias, su libreta, su «hay que decirlo», habían acabado por levantar una carretera nacional y por meter a un hombre en la cárcel.
Muerta y todo, Nuria Alsina había dicho lo que se propuso decir.
Solo que había tardado once años en que alguien la escuchara.
Aquella noche, en el sótano, Rojas hizo una cosa que no habría sabido explicar.
Cogió una hoja en blanco y copió, con su letra torpe de policía, las seis palabras de Nuria: «Tengo miedo.
Pero hay que decirlo.» Y la clavó con una chincheta en la pared, encima de su mesa, entre los expedientes viejos, donde pudiera verla cada día.
No como recuerdo del caso; los casos se cierran y se olvidan, y hacen bien en olvidarse, que si un policía cargara con todos sus muertos no llegaría a fin de mes.
La clavó por otra cosa. Por lo que aquellas seis palabras decían de la gente corriente, de los que no tienen poder ni foco ni nada que ganar y que, aun así, cuando les toca elegir entre callar tranquilos y hablar con miedo, eligen hablar.
Rojas había pasado la vida entre los otros: entre los que callaban, entre los que miraban para otro lado, entre los Corvo y los Peñalver y los pueblos enteros que prefieren la mentira cómoda.
De vez en cuando, cada muchos años, se cruzaba con una Nuria.
Eran esas veces, se dijo mirando la hoja clavada en la pared, las que hacían que aquel oficio ingrato, aquel sótano, aquella vida solo en apariencia perdida, hubieran valido la pena.
Doña Amparo estaba en la capital, en casa de su hermana, en un piso pequeño y luminoso de un barrio tranquilo, muy lejos de la puerta verde y del limonero muerto.
Rojas subió una tarde, solo, con la libreta de hule en su bolsa de pruebas dentro de un sobre, porque había conseguido de Aristegui y del juez que, una vez documentada, fotografiada y peritada, la libreta pudiera volver a las manos a las que pertenecía.
Las pruebas son del Estado; los recuerdos, de las madres.
Aristegui, que de seca no tenía un pelo de tonta, lo había entendido enseguida.
La hermana lo hizo pasar y los dejó solos, con el tacto de la gente sencilla que sabe cuándo sobra.
Doña Amparo lo esperaba sentada en un sillón, junto a la ventana, más pequeña y más frágil que en su casa, pero con los ojos, esos ojos que Rojas ya conocía, fijos en él desde que entró, buscándole en la cara la respuesta antes de que hablara.
Porque una madre que ha esperado once años lee las caras.
Y en la de Rojas, aquella tarde, estaba escrito lo que venía a decir.
Rojas acercó una silla, se sentó frente a ella, muy cerca, y le cogió las dos manos entre las suyas, como ella se las había cogido a él el día del aniversario.
—Doña Amparo —dijo, con toda la suavidad de la que fue capaz—.
La he encontrado. He encontrado a Nuria.
Está… la hemos sacado. Ya no está debajo de la carretera.
Está con nosotros, la cuida una forense buena, una mujer que la ha tratado con todo el respeto del mundo.
Y es ella, sin ninguna duda. Se lo prometí, y aquí estoy para decírselo yo, en persona, antes que nadie, como le dije.
Ha aparecido su hija. Ya la puede usted enterrar. Ya se acabó la espera.
La mujer no gritó, ni se derrumbó. Se quedó muy quieta, con las manos de Rojas apretando las suyas, y las lágrimas empezaron a caerle en silencio, aquellas lágrimas suyas sin ruido, mientras la cara se le llenaba, poco a poco, de una cosa extraña, una cosa que Rojas tardó en reconocer porque no era solo dolor: era descanso.
El descanso terrible y dulce de la que por fin puede dejar de esperar.
Once años con el cuerpo en tensión, con la puerta sin echar del todo, con el oído puesto por si sonaba el teléfono, por si volvía; y de pronto, aquella tarde, en un sillón junto a una ventana, podía al fin soltar.
Su hija no iba a volver. Pero había vuelto.
Y esas dos cosas, que parecen contrarias, en el corazón de una madre caben juntas.
Estuvieron un rato así, sin hablar. Fuera, por la ventana, se oía la ciudad, los coches, la vida de la gente que no sabía nada de El Pedernal ni de terraplenes ni de mujeres valientes.
Dentro, una madre lloraba despacio el final de una espera de once años.
Al cabo, doña Amparo, sin soltarle la mano a Rojas, empezó a hablar de su hija, como habla la gente cuando por fin puede: en presente unas veces y en pasado otras, mezclándolo todo.
Le contó que Nuria de pequeña le tenía miedo a los truenos y se le metía en la cama.
Que era la primera de la clase en cuentas, siempre, que por eso acabó en la báscula, por lo buena que era con los números.
Que cuidaba de ella, de su madre, desde que murió el padre; que se había echado la casa a la espalda con veinte años, sin una queja.
Que era testaruda como una mula, que cuando se le metía una cosa entre ceja y ceja no había quien se la sacara.
Rojas la escuchó sin interrumpir, dejándola sacar a su hija de once años de silencio a base de recuerdos pequeños, porque comprendió que aquello, más que ninguna prueba y que ninguna condena, era lo que la mujer necesitaba: no solo saber que la habían encontrado, sino poder volver a hablar de ella en voz alta, delante de alguien, sin que nadie bajara la mirada ni cambiara de tema.
—Testaruda como una mula —repitió Rojas, con una media sonrisa triste—.
Sí. Eso lo he comprobado yo sin conocerla.
Una mujer menos testaruda se habría callado, habría devuelto los papeles y habría seguido con su vida.
La suya no. La suya tuvo miedo y decidió hablar igual.
Esa testarudez la mató. Y esa misma testarudez, once años después, es la que lo ha hundido a él.
Porque guardó copias. Porque no se fiaba. Porque era terca hasta para eso.
—¿Sufrió? —preguntó al fin, con un hilo de voz, la pregunta de todas las madres, la que hay que contestar con la verdad justa y con toda la piedad posible.
—Fue rápido —dijo Rojas, y era verdad, y además era lo que había que decir—.
No la torturaron, no la tuvieron. Fue una cosa rápida, doña Amparo, en un arranque, porque ella se plantó y no se dejó comprar ni callar.
Su hija murió de pie, diciendo que no. Murió siendo valiente.
Eso también se lo puedo decir, porque lo sé: su hija fue, hasta el último momento, la mujer más valiente de esta historia.
No se calló. Aunque tuvo miedo, no se calló.
Doña Amparo cerró los ojos y asintió, despacio, aferrándose a aquella palabra, valiente, como quien se aferra a un salvavidas.
Durante once años le habían pintado a su hija como una mujer que se largó, una fresca, una desagradecida que dejó tirada a su madre.
Y ahora, de golpe, le devolvían a otra Nuria, la de verdad: una mujer que murió de pie, diciendo que no, por defender lo que estaba bien.
Rojas vio cómo aquella palabra, valiente, empezaba a hacer su trabajo lento en el corazón de la madre, empezaba a borrar once años de una mentira infame y a poner en su sitio, por fin, el orgullo.
Porque una madre puede soportar casi cualquier cosa sobre una hija muerta, menos la vergüenza; y a doña Amparo le acababan de quitar la vergüenza y devolverle el orgullo, y eso, en aquel momento, valía tanto como devolverle el cuerpo.
Y entonces Rojas sacó del sobre la libreta de hule y se la puso a la madre en las manos.
—Esto era de ella. Lo llevaba siempre. Se lo devuelvo.
Está todo dentro: sus cuentas, sus recados, sus cosas.
Y hay una lista, doña Amparo, una que se titula «para la vida nueva», donde su hija había apuntado los sueños que tenía.
Y en esa lista, la primera de todas, después de una casa con luz, está usted.
«Que mamá venga con nosotros o cerca.» Eso escribió su hija.
Que no la quería dejar sola. Nunca la quiso dejar sola.
Todo lo contrario de lo que le hicieron creer al pueblo durante más de una década.