Caso 344 15. Nuria
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15. Nuria

El Instituto de Medicina Legal olía, como siempre, a café y a formol, pero aquella mañana, tres días después de levantar la carretera, olía además a otra cosa que Rojas no habría sabido nombrar y que solo se respira en los sitios donde se trata a los muertos con respeto: olía a cuidado.

Lúa lo recibió en la sala, con la bata puesta, más seria que de costumbre, y lo llevó hasta una mesa donde, sobre un paño limpio, había dispuesto lo que quedaba de Nuria Alsina.

No la había amontonado; la había ordenado.

Cada cosa en su sitio, con la anatomía respetada, como se coloca a alguien que duerme.

Al lado, en bandejas aparte, los efectos: los restos del abrigo azul, una bota, una hebilla, botones, una cadena fina con una medalla, y otras pocas cosas que once años bajo tierra habían perdonado.

Rojas se acercó a la mesa, despacio, y miró aquello un largo rato, en silencio.

Lúa lo dejó mirar; había aprendido, en años de trabajar con policías, que hay un momento, al principio, en que el que llega necesita simplemente estar delante del muerto un rato, sin hablar, como quien saluda.

Cuando Rojas levantó por fin la vista, ella empezó a explicarle, con esa voz técnica y contenida que era su manera de sostener lo insostenible, cómo había reconstruido, hueso a hueso, efecto a efecto, la identidad de la mujer que le habían traído del terraplén.

—Antes de nada —dijo Lúa, y su voz sonó distinta, sin nada de la sorna habitual—: es ella.

Sin ninguna duda. Tengo la comparación de ADN con la muestra que le tomamos a la madre, y da lo que tiene que dar: madre e hija.

Y aunque no la tuviera, tengo la edad, la estatura, la dentadura, que cuadra con su ficha, y tengo el abrigo azul y las botas que describió el capataz.

Es Nuria Alsina, Rojas. La hemos encontrado.

Después de once años, ya tiene nombre otra vez.

Rojas asintió, con la garganta cerrada. Lo sabía desde el hoyo. Pero oírlo dicho así, oficial, con el ADN de una madre confirmándolo, era otra cosa. Era convertir la certeza en verdad.

—¿Cómo murió? —preguntó, en voz baja, aunque también lo sabía.

Lúa cogió, con las dos manos y un cuidado infinito, un hueso pequeño, y se lo mostró sin acercárselo demasiado, con la delicadeza de quien enseña algo sagrado.

—Esto es el hioides. Un huesecillo del cuello, aquí, delante.

—Se lo señaló en su propia garganta—. Es un hueso que casi nunca se rompe, salvo por una cosa: por presión directa y fuerte en el cuello.

Estrangulamiento. Y el de Nuria está fracturado.

—Lo dejó de nuevo en su sitio, con reverencia—.

No hay golpes en el cráneo, no hay fracturas de defensa que indiquen una paliza, no hay señales de otra cosa.

Hay esto. La estrangularon. Con las manos, casi con seguridad, por la forma.

Lúa hizo una pausa, y a Rojas no se le escapó que, aun con toda su contención profesional, le costaba. Más de una década de trabajo la habían acostumbrado a los huesos, pero no del todo a lo que los huesos cuentan.

—Y te digo una cosa que no va en el informe, va de mí para ti —añadió, más bajo—.

El hioides se rompe con fuerza. Con mucha fuerza y con las manos.

No es un empujón que sale mal, no es un forcejeo desgraciado.

Es apretar, y seguir apretando. Eso, en un juicio, no lo voy a decir así, porque no es lenguaje forense.

Pero tú y yo sabemos lo que significa. No fue un accidente en una discusión: fue una decisión.

Alguien decidió, con ella delante, que aquella mujer tenía que callar, y apretó hasta que calló.

—Levantó la vista hacia Rojas—. Coincide, hueso por hueso, con lo que te contó el capataz antes de que lo mataran: que Corvo la agarró del cuello.

La ciencia y la confesión dicen justo lo mismo.

Y cuando la ciencia y una confesión dicen lo mismo, Rojas, no hay abogado en el mundo que lo despegue.

Esto, ante un tribunal, es el final de Ismael Corvo.

Rojas miró la mesa, los restos ordenados con tanto respeto, y pensó en la mujer viva que había reconstruido pieza a pieza a lo largo de aquellas semanas: la de las comas, la que saludaba a los perros, la que subía al cerro los domingos, la que no quería dejar sola a su madre, la que guardó copias por si acaso, la que apretó los papeles contra el pecho hasta el final.

Y ahora la tenía delante, reducida a esto, a un puñado de huesos ordenados sobre un paño, y aun así, o precisamente por eso, le pareció que nunca la había sentido tan viva, tan presente, tan persona.

—Gracias, Lúa —dijo—. Por sacarla tú. Por hacerlo así.

—Te lo prometí. —Lúa se quitó los guantes, despacio—.

Y ahora te toca a ti la parte que yo no sé hacer.

Yo le he devuelto el nombre y la causa. Tú tienes que devolvérsela a su madre.

—Le puso una mano en el brazo, un gesto rarísimo en ella—.

Y hazlo bien, Rojas. Esa mujer lleva once años esperando. Que la espera termine con delicadeza.

Rojas salió del Instituto con aquella frase de Lúa dándole vueltas, «que la espera termine con delicadeza», y con la sensación, rara en él, de estar viviendo los días extraños que siguen a una tormenta.

Porque el mundo, esos tres días, se había puesto del revés.

La historia de la mujer enterrada bajo la carretera de su pueblo había estallado en la prensa, en la televisión, en todas partes; y con ella, arrastrado por ella, había empezado a salir a la luz todo lo demás: los bidones, el veneno, el fraude a la obra pública, los años de silencio de una comarca entera.

Corvo estaba en la cárcel, en prisión provisional sin fianza, porque ni sus abogados caros pudieron evitar que un juez que había visto salir un cadáver y unos bidones de una carretera lo mandara a un calabozo.

El jefe superior de policía, de pronto, no le cogía el teléfono a nadie, y se rumoreaba que a él también iban a hacerle unas cuantas preguntas incómodas.

Y Peñalver, el comisario que le había ordenado a Rojas cerrar el caso «sin ruido», había tenido la desfachatez de felicitarlo por los pasillos, como si la idea hubiera sido suya.

Rojas lo había dejado hacer: a los Peñalver del mundo se les gana no discutiéndoles, sino resolviendo el caso que querían enterrar; el resto es ruido.

Pero nada de aquel estruendo le importaba a Rojas tanto como la parte callada, la que no salía en los periódicos: una libreta que tenía que leer, y una madre a la que tenía que subir a ver.

Antes de subir a ver a la madre, Rojas hizo una cosa que llevaba tres días posponiendo, porque no se sentía con derecho, y que ya no podía posponer más. Se sentó a solas en el sótano, una noche, con guantes, y abrió la libreta de hule de Nuria Alsina.

Era, por fuera, una libreta cualquiera, gastada, con las esquinas redondeadas por el uso, con una goma que la cerraba y que se había quedado sin elástico.

Por dentro era una vida entera. Rojas la fue pasando despacio, hoja a hoja, con el cuidado de quien entra en una casa ajena, y en aquellas páginas, escritas con una letra menuda y clara, ordenada, con sus comas puntualísimas hasta en las listas de la compra —«tomates, pan, las pastillas del corazón de mamá, hilo azul»—, fue apareciendo la Nuria de verdad, la que ninguna prueba forense podía dar.

Había cuentas de la casa, apuntadas al céntimo.

Había recados: «llamar a la tía Loli por su cumpleaños», «arreglar el grifo del baño», «preguntar en la farmacia por lo de mamá».

Había una lista, conmovedora, titulada «para la vida nueva», con cosas pequeñas y soñadoras: «una casa con luz», «aprender a conducir mejor», «que mamá venga con nosotros o cerca», «no volver a pesar camiones nunca más».

Rojas se detuvo mucho rato en aquella lista.

Había algo insoportable en ella, en su modestia: los sueños de Nuria Alsina no eran grandes sueños.

No quería viajar por el mundo, ni hacerse rica, ni nada que no cupiera en la vida de una mujer de pueblo.

Quería una casa con luz. Quería aprender a conducir mejor.

Quería tener a su madre cerca. Quería dejar de pesar camiones.

Sueños pequeños, del tamaño de una vida decente, y ni siquiera eso le habían dejado tener.

Le habían quitado no una vida de lujo, sino una vida normal, que es el robo más cruel de todos, porque una vida normal es lo único que quiere casi todo el mundo, y era lo que Nuria tenía al alcance de la mano, a un año o dos de distancia, cuando alguien decidió que sus seis palabras valían menos que unas toneladas de árido falso y unos bidones de veneno.

Siguió pasando páginas. Encontró recetas copiadas con letra aplicada.

Encontró las medidas de una habitación, con un pequeño plano dibujado a mano, flechas, y la palabra «¿cuna?

» con un interrogante tímido, y a Rojas se le cerró la garganta, porque comprendió que aquella mujer no solo soñaba con una casa: soñaba con llenarla.

Encontró, en los márgenes, dibujitos distraídos —flores, una casa con humo saliendo de la chimenea—, las cosas que dibuja la mano cuando la cabeza está en otro sitio.

Todo aquello era Nuria. Todo aquello lo habían enterrado con ella bajo el asfalto, y todo aquello, gracias a un capataz que no pudo quemar una libreta, volvía ahora a la luz.

Había, en una página, pegada con celo ya reseco, una foto pequeña de ella y Quique, riéndose, jóvenes.

Y había, hacia el final, en las últimas páginas escritas, otra cosa, la que a Rojas le encogió el corazón y le confirmó, por si le quedaba alguna duda, con quién había estado tratando aquellas semanas.