Caso 344 14. Los que callaron #3
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14. Los que callaron #3

Porque aquello, entendió Rojas viéndolos pasar, era lo más difícil de explicar de todo el caso.

En El Pedernal solo había un asesino, y estaba en la cárcel.

Solo había un hombre que hubiera cogido una pala, y estaba en el fondo de un embalse.

Todos los demás —los doscientos, el pueblo entero— no habían matado a nadie.

La mujer de la gasolinera no mató a Nuria.

El peón de los sobres no mató a Nuria. El alcalde no mató a Nuria.

Ninguno de ellos habría sido capaz de ponerle a nadie las manos en el cuello.

Y sin embargo, sin ellos, Ismael Corvo no habría podido enterrar a una mujer bajo una carretera y dormir tranquilo once años.

Hizo falta un hombre para matarla. Hizo falta un pueblo entero para que no la encontraran.

El jueves, a última hora, cuando ya cerraban las mesas, entró un hombre al que Rojas no esperaba.

Era joven, treinta y pocos, con un polo con el logotipo de Áridos Corvo bordado en el pecho.

Rojas lo reconoció: era el chaval de los auriculares, el que estaba en la caseta de la báscula el día que subió a la cantera.

El que había sustituido a Nuria. Bueno, el que había sustituido al ordenador que sustituyó a Nuria.

Se sentó, incómodo, y dijo que no sabía si aquello servía de algo, que a lo mejor era una tontería, pero que llevaba tres días dándole vueltas.

—Yo entré a trabajar allí hace seis años —dijo—.

Y en la caseta de la báscula, en un cajón de abajo, del fondo, había una cosa que nadie tocaba.

Un cuaderno viejo. De esos de cuadros, de toda la vida.

Con una letra muy chiquitita y muy ordenada.

Yo lo abrí una vez, al principio, por curiosidad, y eran pesadas antiguas, de hace años, apuntadas a mano, con muchas comas y unas notas al lado.

Y le pregunté al encargado de qué era aquello, y me dijo…

—tragó saliva— me dijo: «Eso es de la chica de antes.

Déjalo ahí y no lo toques». Y lo dejé ahí.

Y no lo toqué. Seis años lo he tenido en el cajón de abajo.

—Levantó la vista, asustado—. ¿Eso… eso vale para algo?

Porque yo, cuando he visto lo que han sacado de la carretera, he pensado: madre mía, el cuaderno de la chica. Y he venido corriendo.

Rojas y Aristegui se miraron por encima de la mesa.

—¿Sigue ahí? —preguntó Aristegui, muy despacio.

—Estaba el viernes pasado, antes de que precintaran todo. En el cajón de abajo del todo, en la caseta de la báscula. Debajo de unos guantes.

Aristegui cogió el teléfono sin decir una palabra más.

Y así fue como, tres días después, con la cantera precintada y con un secretario judicial delante, un agente sacó del cajón de la caseta de la báscula un cuaderno de cuadros con la letra menuda y ordenada de Nuria Alsina: su libro de trabajo, el de verdad, el que ella llevaba a mano en su caseta con sus comas puntualísimas mientras el sistema de la empresa decía otra cosa.

Más de una década en un cajón. Ni Corvo se acordó de él; y si se acordó, lo dejó porque le pareció más peligroso hacerlo desaparecer que dejarlo criando polvo entre unos guantes, donde nadie lo había mirado nunca.

Estaba, además, fechado, y las fechas cuadraban con las fotocopias de la caja de zapatos como cuadra una llave con su cerradura: era el original del que Nuria había sacado sus copias.

Rojas se acordó, mirándolo, de lo que le había dicho Elena aquella noche en el piso del casco viejo, con las fotocopias extendidas bajo el flexo: que los originales llevaban once años en manos de Corvo y que a esas alturas estarían limpios como una patena, o ardidos, o perdidos.

Y era una predicción sensata. Era lo que habría pasado en cualquier sitio donde alguien se hubiera molestado en mirar.

Pero en El Pedernal nadie había mirado nunca, y esa —comprendió Rojas con una risa interior amarga— era la única ley constante de aquella comarca: lo que no se mira, no existe; y lo que no existe, no hace falta destruirlo.

Corvo había quemado con un mechero, en un terraplén, unas hojas dobladas en el abrigo de una muerta, convencido de que con eso bastaba.

Y se había dejado el original en el cajón de la caseta, a cincuenta metros de su despacho, criando polvo debajo de unos guantes, durante once años.

Aristegui, que no se emocionaba jamás, se quedó mirando aquel cuaderno de cuadros sobre la mesa un rato largo.

—Aquí está el original —dijo—. El que su abogado iba a decirme que no existía.

Y el que yo misma daba por perdido. Once años en el cajón de una caseta.

—Miró a Rojas—. ¿Sabes lo que es esto? Es la última copia de seguridad de Nuria Alsina.

Esa mujer no solo escondió copias en casa de su madre.

Dejó el original en su sitio de trabajo, a la vista, en el cajón de siempre, donde ella lo dejaba cada día. Y ahí ha estado. Esperando.

Rojas miró el cuaderno, aquella letra con sus comas, y pensó que ya no le sorprendía.

Aquella mujer llevaba once años ganándoles la partida desde debajo de una carretera, con papel y bolígrafo, a base de una sola cosa: ser ordenada.

Nuria Alsina no había vencido a Ismael Corvo con valor —el valor lo tuvo, y le costó la vida—.

Lo había vencido con comas, con copias y con fechas.

Con la meticulosidad terca de una mujer que apuntaba hasta los cafés.

Aquella tarde, bajando del pueblo, Rojas hizo un alto en el arcén del 344, junto al hoyo abierto y las cintas, donde los técnicos seguían sacando bidones bajo la lluvia fina, y llamó a Elena.

Le contó lo del cuaderno. Le contó lo de la gasolinera, lo del peón de los sobres, lo del contable, lo de Colmenar.

—Está hablando el pueblo entero —dijo—. Cuatro días llevan subiendo a confesarse. Y todo lo que dicen, absolutamente todo, ya lo sabían hace once años.

Al otro lado, Elena tardó en contestar.

—Eso es lo que nunca entiende la gente de fuera —dijo por fin—.

Creen que estos casos no se resuelven porque falta información.

Y no falta. Nunca falta. La información está siempre ahí, repartida en trozos pequeños dentro de la cabeza de veinte personas: una que vio barro en unas botas, otro que cobró un sobre, un guardia que supo lo de una antena, un camionero que vio unas luces.

Ninguno de esos trozos, solo, prueba nada.

Y cada uno de esos veinte tiene una razón buenísima para callarse el suyo: el pan, el miedo, la costumbre, la vergüenza.

—Hizo una pausa—. Por eso funcionan, Rojas.

Los Corvo de este mundo no ganan por listos.

Ganan porque saben que nadie va a juntar los trozos.

Y no los junta nadie, porque juntarlos no es trabajo de ninguno de los veinte.

Es trabajo de uno solo que suba a preguntar.

Y ese uno casi nunca sube. Porque no le pagan por subir, o porque le pagan por no subir, o porque el que sube pierde: pierde el sueño, pierde el destino, pierde a los amigos.

Mira a tu Colmenar: el único que lo supo a tiempo, y se pasó once años cuidando acelgas.

No es que la gente sea mala, Rojas. Es que subir sale caro y callarse sale gratis, y el mundo está montado justo así, con toda la intención.

Rojas se quedó mirando la carretera abierta, el hoyo, los de blanco moviéndose despacio bajo la lluvia.

—Este año ha subido —dijo.

—Este año has subido tú —dijo Elena—. Y ya ves lo que ha aparecido debajo.

—Otra pausa, más larga—. Ahora piensa una cosa, y luego colgamos, que no quiero ponerme intensa.

Piensa en cuántos pueblos hay en España con un solo hombre que da de comer a todos.

Piensa en cuántos cajones hay con un cuaderno dentro que nadie ha abierto.

Y piensa en cuántas mujeres hay archivadas con dos palabras cómodas, esperando a que alguien suba a preguntar. —Colgó, como siempre, sin despedirse.

Rojas guardó el teléfono. Se quedó un momento en el arcén, con la lluvia fina cayéndole encima, mirando aquel agujero del que estaban sacando, uno a uno, los bidones de once años.

Luego se subió al coche y bajó al valle.

Al día siguiente tenía que ir al Instituto de Medicina Legal: Lúa lo había llamado por la mañana, con una voz que no le había oído nunca, para decirle solo tres palabras.

—Ya la tengo.