14. Los que callaron #2
—Vengo a que me lo pongan por escrito —le dijo a Rojas, sentándose enfrente—.
Que conste. Que conste en algún papel del Estado que yo no fui.
Que lo diga un juez, o una fiscal, o quien sea, pero que quede escrito en algún sitio donde lo pueda ver mi madre.
—Se le movió la mandíbula—. Mi madre tiene ochenta y un años y no ha vuelto a ir a misa a este pueblo desde entonces, señor.
Porque la señalaban. La madre del que mató a la chica.
Ochenta y un años. Yo lo que quiero es subirla del brazo a la iglesia el domingo y que la vean entrar.
Aristegui, que lo había oído desde la mesa de al lado, se acercó, y le dijo, en aquel tono suyo de fiscal seca que no promete lo que no puede cumplir:
—Le voy a decir cómo va a ser, señor, y no le voy a adornar nada.
Su nombre no aparece en esta instrucción, y eso, jurídicamente, es lo mejor que le puede pasar: significa que para el Estado usted nunca fue nada.
Pero le entiendo, y le voy a dar lo que sí puedo darle.
—Cogió un papel—. Cuando esto vaya a juicio, y va a ir, el relato de hechos que se lea en voz alta en una sala, delante de un tribunal y de la prensa, va a decir quién citó a Nuria Alsina aquella noche, quién la mató y quién la enterró.
Con nombres. Y no va a decir el suyo. Su absolución, que nunca necesitó porque nunca lo juzgaron, la va a firmar el pueblo entero cuando lea eso en el periódico.
—Dejó el papel—. Y en cuanto a su madre: suba usted el domingo con ella. Del brazo. Y que la vean.
Quique asintió, tragando saliva, incapaz de hablar.
Y Rojas pensó, viéndolo, que aquella era la clase de daño que ningún tribunal indemniza: once años de una vida rota no por lo que uno hizo, sino por lo que la gente decidió creer, con la comodidad del que necesita un culpable a mano y lo elige entre los que no tienen con qué defenderse.
El teniente Colmenar subió el miércoles.
Subió con el bastón, despacio, con una chaqueta buena y una corbata que le venía grande, y a Rojas le bastó verlo aparecer al final de la calle para saber a qué venía. Colmenar no venía a declarar. Venía a pagar.
Se sentó frente al secretario, dio su nombre completo, su empleo —«teniente de la Guardia Civil, retirado»— y contó, con la precisión de cuarenta años de atestados, todo lo que llevaba más de una década callándose.
Que él instruyó las diligencias. Que él firmó «se valora que resulta compatible con una marcha voluntaria».
Que un conocido suyo de la compañía de teléfonos le dijo, extraoficialmente y sin papeles, que el móvil de la chica había pingado la antena del pueblo la noche de autos mientras el coche estaba quince kilómetros más arriba.
Que él supo, desde ese momento, que la marcha voluntaria era imposible. Y que no lo puso en el atestado.
—¿Por qué no lo puso? —preguntó el agente que tomaba nota, sin mala intención, por rutina.
Y Colmenar dijo, mirando a la pared:
—Porque tenía un capitán con prisa por cerrar y una carrera por delante.
Ponga usted eso tal cual. No lo suavice.
Ponga que el instructor sabía que aquello no era una marcha voluntaria y que firmó que lo era.
—Golpeó el suelo una vez con el bastón—.
Y ponga también que vengo yo solo, sin que nadie me llame, a decirlo.
Que eso no me quita lo otro, ya lo sé. Pero que quede.
Cuando terminó, se levantó, y al salir se cruzó con Rojas en el pasillo. Se quedaron los dos parados un momento, el policía viejo y el guardia viejo, sin saber muy bien qué decirse.
—Ya está —dijo Colmenar, al fin—. Ya lo he dicho.
Once años tarde, pero lo he dicho. —Se le movió la barbilla—.
¿Sabe lo que me da rabia, señor Rojas? Que si yo hubiera puesto en aquel papel lo que sabía, aquel octubre, el Damián estaría vivo.
Porque lo habrían apretado en su día, y el Damián era un hombre que se rompía; se rompió con usted a los dos meses de que subiera a preguntar, imagínese cómo se habría roto con la chica todavía caliente.
Habría cantado. Y don Ismael estaría en la cárcel desde hace once años, y ese hombre no estaría en el fondo del embalse, y esa madre no habría bajado mil veces a mi comandancia.
Todo eso cabía en dos líneas que yo no escribí.
—Se apoyó en el bastón, y de pronto pareció mucho más viejo—. Dos líneas.
—Teniente —dijo Rojas—. Usted ha sido el único de esta historia que ha subido a decirlo sin que nadie se lo pidiera.
El único. Los demás han venido cuando ya no había peligro.
Usted vino a su huerto a esperarme, y cuando llegué me lo contó todo a la primera.
—Le puso una mano en el hombro—. No le voy a decir que se perdone, porque eso no me toca a mí ni le serviría.
Solo le digo una cosa, y luego no lo hablamos más: si usted no me llega a contar lo del teléfono aquella mañana, yo no tengo caso.
Con eso supe que la habían matado. Todo lo demás salió de ahí.
—Le apretó el hombro—. Aquellas dos líneas no las escribió usted en un atestado hace once años.
Pero me las dijo a mí en un porche, y con ellas hemos levantado una carretera. Llegaron tarde. Pero llegaron.
Colmenar asintió, con los ojos claros brillándole, y no dijo nada, y bajó la calle apoyado en su bastón, un poco más recto que había subido.
Y hubo otra cosa que Rojas vio aquellos días, y que no salió en ningún atestado.
Doña Amparo había vuelto de la capital. Y la casa de la puerta verde, la de la cadena y el limonero muerto, la casa a la que en once años no había llamado nadie más que el cartero, se llenó de gente.
Iban las vecinas. Iban mujeres que no le dirigían la palabra desde hacía años, o que se la dirigían con esa lástima incómoda que se le da a las madres de las que se fueron.
Iban con un bizcocho, con un táper, con cualquier excusa, y se quedaban en la puerta sin saber qué decir, y algunas se echaban a llorar antes de decir nada.
Entonces doña Amparo, que habría tenido todo el derecho del mundo a cerrarles la puerta en la cara, no le cerró la puerta a ninguna.
Las hacía pasar, les ponía café, y las escuchaba pedirle perdón.
Rojas subió un momento el miércoles a ver cómo estaba, y se la encontró así, sentada en su salita, rodeada de tres vecinas llorando, y ella, la madre, la única que tenía derecho a llorar de verdad, sirviendo café y consolándolas.
—Es que llevo once años sola en esta casa —le dijo después a Rojas, cuando se fueron, encogiéndose de hombros—.
Y ahora está llena. ¿Qué quiere que haga, echarlas?
—Recogió las tazas—. Yo no les guardo rencor, hijo.
Se lo digo de verdad. Ellas no me la mataron.
Ellas hicieron lo que hace todo el mundo: creerse lo que les contaron, porque creérselo era más cómodo.
Yo, si me llegan a decir que la hija de otra se había ido con un hombre, a lo mejor también me lo creo.
Es más fácil creer eso que pensar que en tu pueblo pasan esas cosas.
—Se paró un momento con la bandeja en las manos—.
Lo que no les perdono no es que se lo creyeran.
Es que ninguna, en once años, ninguna, subiera a esta casa a preguntarme a mí.
A mí, que era la madre. Ni una. Once años a cincuenta metros y ni una llamó a esa puerta.
—Miró hacia el recibidor—. Y ahora llaman todas.
Fíjese usted qué cosa. Ha tenido que aparecer mi hija debajo de una carretera para que llamen a mi puerta.
También subió Satur, el camionero, con su gorra en la mano y sin saber dónde ponerse, a preguntar por doña Amparo, a la que no conocía de nada, solo para decirle que él pasaba mucho por aquella carretera y que lo sentía.
La mujer lo hizo pasar, le dio café, y estuvieron un rato hablando de la chica, un camionero jubilado y una madre que no se habían visto nunca.
Cuando Rojas se lo encontró bajando la calle Fragua, el viejo estaba emocionado y no quería que se le notara.
—Le he dicho lo de la flor —dijo, mirando al suelo—.
Que cuando la entierren yo quiero llevarle una.
Y la señora me ha dicho que suba, que la ponga yo mismo.
—Se caló la gorra—. Fíjese usted. Cuarenta años de carretera para acabar llevándole flores a una chica a la que no conocí.
Pero es que uno pasó por al lado, ¿sabe? Uno pasó por al lado.
No todo el pueblo habló, claro. Rojas, que no era ingenuo, contó también a los que no.
No subió el alcalde, que llevaba tres días «con gripe» y que había sido, durante veinte años, el hombre que le pedía las cosas por favor a don Ismael.
No subió el cabo de la Guardia Civil del puesto, al que le habían abierto sus propias diligencias en la capital y que ahora tenía cosas más urgentes que explicar.
No subió el dueño del bar, que había servido copas a Damián durante once años y lo había mandado a casa borracho más de una vez, y que ahora se dedicaba a repetirle a todo el que entraba que él nunca se había fiado de don Ismael, con una vehemencia que no le había oído nadie hasta la semana anterior.
Y no subieron, sobre todo, unos cuantos que Rojas veía por la calle apartar la vista al cruzarse con él, los mismos que se la habían apartado semanas atrás en la cantera: los que no iban a hablar nunca, ni ahora ni luego, porque en su cabeza no había nada que confesar; ellos no habían hecho nada. Ese era, precisamente, el problema.