Caso 344 14. Los que callaron
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14. Los que callaron

Lo que pasó en El Pedernal los días siguientes a la exhumación fue una cosa que Rojas había visto pocas veces en su vida y que no olvidaría: un pueblo entero empezando a hablar.

No empezó de golpe. Los pueblos no funcionan así.

Un pueblo es un animal viejo y desconfiado que lleva sus silencios como lleva sus muros, y no se derriban en una tarde.

Empezó despacio, por goteo, como empieza siempre lo que lleva mucho tiempo represado: primero una persona, luego otra, luego cinco, y de pronto una mañana la comisaría provisional que Aristegui había montado en la casa consistorial —dos mesas, dos agentes de fuera y un secretario— tenía cola en la puerta.

Rojas subió cada uno de aquellos días, no porque le tocara —la instrucción la llevaba ya la Policía Judicial de la capital, y él, formalmente, no pintaba nada—, sino porque Aristegui le pidió que estuviera.

«La gente de ese pueblo no habla con un uniforme de la capital —le dijo—.

Habla contigo, que llevas semanas subiendo.

Ponte ahí y escucha.» Y Rojas se puso ahí, en una silla, en un rincón, y escuchó.

Y lo que oyó, durante cuatro días, fue el inventario completo de once años de miedo.

Porque eso fue, más que una instrucción, lo que se montó en aquella sala prestada del ayuntamiento, con su ventana que daba a la plaza y su retrato del rey torcido en la pared: un inventario.

Uno a uno, los vecinos de El Pedernal fueron subiendo a poner encima de la mesa el trozo de verdad que cada uno había tenido guardado en el bolsillo durante once años.

Trozos pequeños. Insignificantes por separado.

Nadie traía una revelación; nadie había visto nada que por sí solo probara nada.

Traían una bota manchada, un sobre sin apuntar, una frase oída en un bar, una luz encendida a deshora.

Cada uno con su trozo y con su vergüenza, y cada uno diciendo, con las mismas palabras o con otras muy parecidas, la frase que Rojas oyó tantas veces aquella semana que acabó por no distinguir unas voces de otras: yo pensé que no era asunto mío.

Y la cosa curiosa, la que a Rojas le dio de verdad que pensar, es que ninguno mentía.

Ninguno de aquellos hombres y mujeres había hecho nada malo.

Cada uno, en su momento, había tomado una decisión razonable, prudente, incluso sensata: no meterse.

Y de la suma de doscientas decisiones razonables había salido, sin que nadie lo decidiera, una mujer enterrada bajo una carretera durante once años.

La primera fue la dueña de la gasolinera del 331.

Subió el mismo lunes, con el pelo recién arreglado, como se va a los sitios importantes, y pidió hablar «con el señor de la ciudad, el que preguntó por la chica». Se sentó frente a Rojas con el bolso en el regazo y las manos encima del bolso, y tardó un rato en arrancar.

—Yo le mentí a usted —dijo al fin—. Bueno, mentirle no. Le conté lo del tique y lo del depósito, que eso es verdad. Pero me callé una cosa. Y llevo desde aquel día sin dormir bien, y ahora que la han sacado de ahí abajo, ya no puedo callármela más.

—Cuéntemela ahora —dijo Rojas, sin reproche.

La mujer respiró hondo.

—Aquella noche, la de la chica, ella no fue la única que paró en mi gasolinera.

Un rato después, no sé, una hora, hora y media, paró el Damián.

El capataz. Con la furgoneta de la empresa.

Y bajó a por tabaco. —Se agarró más fuerte al bolso—.

Y yo lo vi. Vi que le temblaban las manos de una manera que no era normal.

Y vi que llevaba las botas y los bajos del pantalón llenos de barro fresco, y las manos también, con las uñas negras de tierra.

Y me acuerdo de que le dije, por hablar, «Damián, hijo, qué tarde andas trabajando», y él no me contestó.

No me miró a la cara. Cogió el tabaco, me dio un billete, no esperó la vuelta y se fue.

El Damián, que era un hombre de dar los buenos días y de esperar la vuelta hasta el último céntimo.

—Los ojos se le llenaron—. Y a la mañana siguiente, cuando se supo lo del coche de la chica en el arcén, yo até cabos.

Vaya si los até. Aquí —se tocó la sien— lo até desde el primer día.

—¿Y por qué no lo dijo?

La mujer lo miró como se mira a un forastero que pregunta una obviedad.

—Porque el Damián era el capataz de don Ismael, señor.

Y mi gasolinera vive de los camiones de don Ismael.

Cuarenta camiones al día repostando, ese es mi negocio, ese es el pan de mis hijos.

Si yo voy a la Guardia Civil y digo que el capataz de don Ismael bajó de noche con las manos llenas de tierra…

¿qué pasa? Pues que a la semana siguiente los camiones de don Ismael empiezan a repostar veinte kilómetros más allá, y yo cierro.

Y me quedo sin nada. Y encima, ¿para qué?

Si la Guardia Civil ya había dicho que la chica se había ido por su gusto.

¿Quién me iba a creer a mí? —Se limpió los ojos con el dorso de la mano, furiosa consigo misma—.

Me dije: yo no he visto nada. Barro fresco a las once de la noche.

En la sierra. Que puede ser de mil cosas, ¿verdad?

Puede ser de mil cosas. Once años llevo diciéndome que podía ser de mil cosas.

Rojas la dejó llorar un momento, y luego le dijo lo único que se le ocurrió que fuera verdad y no fuera crueldad.

—Escúcheme. Lo que usted vio, dicho a tiempo, no habría salvado a Nuria: cuando el Damián bajó a por ese tabaco, ella ya estaba muerta.

No cargue con eso, que no es suyo. —La mujer levantó la cara, y a Rojas le pareció que aquella frase le quitaba de encima un peso de once años—.

Pero dígalo ahora, con nombre y apellidos, delante del secretario.

Ahora ya no salva a Nuria. Ahora sirve para que el que la mató no salga.

—Eso lo hago —dijo la mujer, y se limpió la cara y se compuso el pelo—. Eso lo hago ahora mismo.

Detrás de ella vinieron los demás.

Vino un peón de la cantera, un hombre de cuarenta y pocos, que contó que aquel otoño lo habían mandado a él y a otros dos, varias noches, a «echar unas horas extra» descargando camiones de fuera en el terraplén; que les pagaban en mano, en sobre, sin apuntarlo en ningún sitio; que les dijeron que era escombro de obra, y que ellos, aunque olía a lo que olía y aunque los bidones pesaban lo que pesaban, prefirieron no preguntar y coger el sobre.

«Yo tenía a mi mujer sin trabajo y dos críos, señor —dijo, con la vista clavada en la mesa—.

Y aquí, o cobras de don Ismael, o coges la maleta.

Yo cogí el sobre. Me he pasado once años sin querer acordarme de aquellos sobres. »

Vino el que llevaba la contabilidad de la cantera hasta hacía cinco años, un hombre menudo y gris, con la voz temblorosa, que aportó algo que a Aristegui se le iluminó la cara al oírlo: que existían dos contabilidades.

Una oficial, para el Ministerio y para Hacienda; y otra, la de verdad, que llevaba el propio don Ismael a mano en un libro de tapas de piel, guardado bajo llave en su despacho.

«Yo se lo dije una vez, don Ismael, esto no puede ser, y me dijo que me limitara a sumar lo que me pusieran delante y a cobrar mi nómina, que era buena. Y era buena, señor. Era muy buena.»

Vino la mujer de Damián, de negro, con la cara deshecha, a decir que su marido llevaba más de una década sin dormir, que se levantaba de noche a beber en la cocina, a oscuras, y que ella no le preguntaba nunca por qué, porque en el fondo tenía miedo de la respuesta.

Y añadió una cosa más, la que había venido a decir de verdad: que las últimas semanas él le había repetido varias veces, sin venir a cuento, una frase que ella no entendió hasta que sacaron a la chica de la carretera.

«Si un día me pasa algo, tú vete del pueblo, María, tú coge a los niños y vete. »

Vino gente que no tenía nada que aportar y que subió igual, solo a decirlo en voz alta: que ellos siempre lo habían pensado, que la chica no se fue, que allí todo el mundo lo sabía y nadie lo decía.

Aristegui les tomaba declaración con la misma paciencia a todos, aunque no valieran para nada procesalmente, porque había entendido —y se lo dijo a Rojas en un descanso, fumando fuera, cosa rara en ella— que aquello ya no era solo una instrucción.

—Esto es otra cosa —dijo, mirando la cola de la puerta—.

Esto es un pueblo confesándose. Y mira, Rojas: yo soy fiscal, no cura.

A mí, procesalmente, la mitad de lo que están contando ahí dentro no me sirve para nada.

Pero que lo cuenten sí sirve. Sirve para ellos.

—Apagó el cigarrillo—. Y sirve para la madre.

Porque cada uno de esos que entra ahí y dice «yo lo sabía y me callé» está haciendo, sin saberlo, lo único que puede hacerse ya por Nuria Alsina: quitarle a esa mujer la calumnia de encima, en público, en su propio pueblo, delante de sus vecinos. Eso vale más que mi sumario.

El martes, a media mañana, entró en la sala un hombre al que el pueblo llevaba once años sin ver.

Quique había subido desde la capital con su furgoneta del taller, se había aparcado en la plaza, a la vista de todos, y había cruzado El Pedernal andando, despacio, de punta a punta, con las manos en los bolsillos.

Rojas se enteró después de cómo fue aquello, porque se lo contaron tres personas distintas y las tres lo contaron igual: que la gente se paraba a mirarlo pasar, que se hizo un silencio en la calle, y que Quique no saludó a nadie ni bajó la cabeza; solo cruzó el pueblo entero mirando al frente.

Más de una década atrás, aquel mismo pueblo lo había mirado pasar así, en silencio, y él había bajado la cabeza y había hecho la maleta.

Aquella mañana no. Aquella mañana el que iba con la cabeza baja era el pueblo.

No venía a declarar; ya lo había declarado todo, y además su declaración no hacía falta para nada. Venía a otra cosa.