Caso 344 13. Levantar la 344 #3
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13. Levantar la 344 #3

Rojas miró hacia el gentío del pueblo, más allá del cordón, y reconoció caras que ya conocía, o que le parecía conocer: gente que durante más de una década había bajado la voz al hablar de la chica de la báscula, que había apartado la vista, que había preferido la versión cómoda porque la otra costaba demasiado.

Ahora estaban allí, callados, mirando salir de la tierra a la mujer que habían dejado por fugada y los bidones del veneno que habían estado bebiendo.

Rojas no vio en aquellas caras triunfo, ni siquiera alivio: vio vergüenza.

La vergüenza lenta y espesa de un pueblo que descubre, todo a la vez, de qué mano había estado comiendo.

Algunos se irían a casa y seguirían callando, porque la costumbre del silencio no se cura en una mañana.

Pero otros, Rojas lo sabía, no volverían a mirar igual la cantera, ni al hombre de la cantera, ni a sí mismos.

Aquella carretera abierta era también un espejo, y el pueblo entero, sin quererlo, se estaba mirando en él.

Los periodistas, al fondo, grababan y preguntaban a gritos que nadie contestaba.

Para el día siguiente, la historia de la mujer enterrada bajo la carretera de su propio pueblo estaría en todas partes.

Y Rojas pensó, con una satisfacción sombría, que aquella era la mejor protección posible para toda la gente que lo había ayudado: la luz.

En cuanto una historia así salta a la luz, ya no se puede tapar matando a nadie más, porque cada muerte nueva confirmaría lo que se quiere negar.

Corvo, que había prosperado en la sombra, estaba ahora en el peor sitio para un hombre como él: a plena luz, delante de todos, con sus muertos saliendo de la tierra.

A media tarde, cuando ya habían sacado a Nuria y empezaban a extraer los bidones con todas las precauciones, y la lluvia que había amenazado toda la mañana empezó al fin a caer, fina, sobre la carpa blanca y sobre el hoyo abierto y sobre la carretera destripada, Aristegui se acercó a Rojas, que seguía allí, empapándose, sin querer irse.

—Ya está —dijo—. La tenemos. La tenemos a ella, tenemos los bidones, tenemos la confesión, tenemos la libreta.

Se acabó, Rojas. Después de once años, se acabó.

—Miró hacia el cordón, hacia Corvo—. Voy a dar la orden de detención ahora mismo.

No espero ni un minuto más, no vaya a ser que a alguno de sus amigos le dé tiempo a inventarse algo. Hoy duerme en un calabozo.

Rojas asintió, con la lluvia cayéndole por la cara.

—Aristegui. La detención… déjame a mí. Déjame ser yo el que se lo diga.

La fiscal lo miró, y entendió, porque era de las que entendían.

—Es todo tuyo —dijo—. Te lo has ganado.

Rojas se quedó un segundo mirándola, a aquella fiscal pequeña y seca que se había jugado la carrera por una desconocida enterrada bajo una carretera, y sintió que le debía algo que no sabía cómo decir.

No lo dijo; con Aristegui no hacían falta esas cosas, se entendían en el mismo idioma seco.

Pero pensó, mirándola bajo la lluvia, que aquella mañana en el kilómetro 344 se habían juntado, por una vez, todas las piezas que casi nunca se juntan: una fiscal sin miedo, un juez sin teléfono, una forense sin prisa, un policía sin nada que perder, y detrás de todos ellos el empuje callado de un puñado de gente corriente que se había negado a mirar para otro lado.

Hacía falta que se juntaran todas a la vez para levantar una carretera y sacar la verdad de debajo.

Casi nunca se juntaban. Aquella mañana, sí.

Y Rojas, con la libreta de hule de Nuria y el anillo de la vida nueva encima, echó a andar bajo la lluvia hacia el cordón, hacia el hombre colorado y hundido que lo miraba venir, para hacer la única cosa que le quedaba por hacer en aquel kilómetro de carretera: ponerle, por fin, a Ismael Corvo, las manos encima.

Se plantó ante él. Corvo, sujeto ya por los dos agentes, lo miró con una mezcla de odio, de miedo y de una incredulidad que no terminaba de irse: la de un hombre que llevaba cuarenta años sin oír la palabra «no» y al que el mundo, de golpe, en una mañana de lluvia, se la decía entera.

—Ismael Corvo —dijo Rojas, despacio, saboreando cada palabra no por crueldad, sino porque se las debía a demasiada gente—, queda usted detenido como presunto autor del asesinato de Nuria Alsina, del asesinato de Damián Sanz y de unos cuantos delitos más que ya le irá contando el juez con calma.

Tiene derecho a guardar silencio. —Hizo una pausa, y no pudo evitar añadir, en voz más baja, solo para él—: Guárdelo, don Ismael.

Guarde silencio. Después de más de una década haciendo callar a todo el mundo, le va a sentar bien probar cómo es callarse uno.

Corvo no dijo nada. Por primera vez desde que Rojas lo conocía, Ismael Corvo se quedó sin palabras, sin sonrisa, sin amigos a los que llamar, sin nadie a quien dar una palmada en el hombro.

Los agentes le pusieron las esposas —a él, al dueño de la comarca, al que daba de comer a doscientas familias— y se lo llevaron hacia un coche, bajo la lluvia, delante de todo el pueblo, delante de los periodistas, delante de los bidones que seguían saliendo de la tierra.

Y a su paso, entre la gente del cordón, se hizo un silencio que no era de respeto, sino de asombro: el asombro de ver caer, por fin, lo que se creía que no podía caer nunca.

Antes de irse, Rojas paseó la vista por el gentío una última vez, y entre las caras del pueblo reconoció dos que no eran del pueblo.

Al fondo, apartado, con una gorra calada y las manos en los bolsillos, estaba Satur, el camionero, que había subido —Rojas lo supo con solo verlo— a cumplir a su manera lo que le había pedido: estar cerca del sitio, poder un día llevar una flor.

Y más allá, junto a su coche, sin atreverse a acercarse, estaba Quique.

Había hecho hora y media de carretera para estar allí.

No lloraba, no gritaba; solo miraba el hoyo abierto, la carpa blanca, los de blanco trabajando, con la cara de un hombre al que once años de una acusación injusta se le caían al cabo de encima, allí, en aquel arcén, a la vista de todos.

Rojas cruzó con él una mirada, de lejos, y le hizo un gesto pequeño con la cabeza, un gesto que lo decía todo: ya está, Enrique.

Ya lo saben. Ya saben que no fuiste tú. Ya sabe el pueblo entero que ella no se fue.

Y Quique le devolvió el gesto, se llevó una mano a la boca, y se dio la vuelta, porque hay cosas que un hombre prefiere sentir sin que lo vean.

Cuando el coche con Corvo esposado desapareció carretera abajo, hacia la ciudad, hacia un calabozo, Rojas se quedó un momento solo en medio de la carretera destripada, bajo la lluvia, y pensó en doña Amparo.

En la casa de la puerta verde, ahora vacía, con la mujer escondida en la capital, sin saber todavía nada de aquella mañana.

Le había prometido que sería la primera en saberlo todo, antes que el juez, antes que el pueblo, antes que nadie.

Aunque el pueblo ya lo supiera, y los periodistas ya lo estuvieran contando al mundo, Rojas se prometió que la noticia, la que importaba —tu hija ha aparecido, la hemos sacado, ya puedes enterrarla—, esa se la iba a dar él, en persona, sentado en su salita, con el café que ella le tuviera hecho, cogiéndole la mano.

No por teléfono. No por la televisión. Así, como se dan las cosas que de verdad importan. Se lo debía. Y pensaba pagarlo.

Detrás de él, en el hoyo abierto en la N-344, bajo la lluvia, los de blanco seguían sacando de la tierra, con cuidado, lo que un pueblo entero había preferido no mirar durante más de una década.

Sección transversal del terraplén, N-344 pk 344. Anexo 3 del informe pericial.