13. Levantar la 344 #2
Rojas se acercó al borde del hoyo y miró abajo.
Habían cavado ya más de dos metros a través del terraplén, atravesando las tongadas de zahorra compactada que Damián había extendido once años atrás, y en el fondo, entre la tierra parda y las piedras, allí donde los pinceles de Lúa iban apartando el polvo con cuidado de orfebre, empezaba a aparecer, poco a poco, lo que once años de carretera habían guardado.
Cuando el primer resto quedó a la vista, un silencio se extendió por todo el kilómetro 344.
Se calló la gente del cordón. Se callaron los periodistas.
Fue como si la carretera entera, y el valle, y el pueblo del fondo, contuvieran la respiración a la vez ante lo que salía de la tierra.
Once años de un silencio cómplice, de un no-mirar colectivo, se convirtieron de golpe, en aquel instante, en otro silencio distinto: el del respeto y el del horror, el que se hace ante un muerto que por fin aparece.
Y en aquel silencio, los pinceles de Lúa seguían apartando el polvo, despacio, devolviéndole a la luz, hebra a hebra, a una mujer que una década atrás había subido aquella misma cuesta confiada, con el depósito lleno y las copias contra el pecho, pensando que iba y volvía.
Rojas había visto muchos muertos en su vida.
Había visto cosas que no le contaba a nadie, que no se cuentan.
Pero pocas veces había sentido lo que sintió aquella mañana, al borde de aquel hoyo, viendo emerger de la tierra, entre los pinceles, los primeros restos de Nuria Alsina.
No fue horror. Fue una emoción más honda y más difícil, hecha de pena, de respeto y de una extraña forma de alegría, la de saber que aquella mujer, después de once años de estar donde nadie la buscaba, por fin volvía a la superficie, por fin salía, al fin dejaba de estar sola.
De lo que había en el fondo del hoyo, Rojas no dejó constancia en ningún informe más allá de lo que exigía el atestado; hay cosas que el respeto manda callar.
Lúa, cuando levantó la vista hacia él, no necesitó decir nada: en su cara, dentro del mono blanco, había una certeza serena y triste que lo decía todo.
—Es ella —dijo, en voz baja, para que no la oyeran los periodistas—.
Es una mujer. Y por lo que veo aquí, en el cuello…
—se detuvo, apretó la mandíbula—. Luego, Rojas.
Luego te lo cuento todo, en la mesa, con calma y con respeto.
Aquí no. Aquí lo que toca es sacarla con cuidado.
Se lo prometí, ¿te acuerdas? Que la sacaría yo, con mis manos, como se saca a alguien que importa. Pues eso voy a hacer. Déjame.
Rojas asintió y se apartó, para dejarla trabajar.
Se quedó viendo cómo, de vez en cuando, Lúa levantaba algo con unas pinzas, lo miraba a contraluz, lo nombraba en voz baja para el que iba anotando —«fragmento de tejido, azul; posible calzado, cuero, bota»— y lo depositaba en una bandeja.
Cada cosa, un pedacito de la Nuria viva: el abrigo azul que había descrito Damián, las botas que había descrito Damián, todo encajando, todo confirmando, todo devolviéndole nombre y cuerpo a la que habían querido convertir en una fugada sin rastro.
Mientras tanto, Lúa y los suyos, arrodillados en el fondo del hoyo, iban liberando a Nuria de la tierra con una delicadeza que a Rojas se le quedó grabada para siempre —aquellos hombres y mujeres de blanco, arrodillados en el arcén de una carretera nacional, tratando unos huesos de más de una década con más cuidado del que muchos vivos reciben en toda su vida—, y Rojas subió al borde del terraplén, se apartó del ruido, y se quedó un momento solo, mirando el valle, El Pedernal al fondo entre la niebla, la cantera como una herida blanca en la montaña.
Y le habló a Nuria por última vez en silencio, como llevaba días hablándole.
Ya está, le dijo. Ya sales. Ya no estás sola.
Tenías razón, y dejaste tus copias, y muerta y todo los ganaste.
Ahora te vas a casa con tu madre, y te van a enterrar como Dios manda, con tu nombre y con tu anillo, y todo el mundo va a saber que no te fuiste, que nunca te fuiste, que fuiste la más valiente de todos nosotros.
Gracias, Nuria. Gracias por no callarte. Descansa ya.
Cuando se volvió del borde del terraplén, Elena estaba allí.
No la había oído llegar; nunca la oía llegar.
Estaba a unos metros, fuera del cordón, quieta, con un abrigo oscuro y el pelo mojado por la llovizna que empezaba, mirando el hoyo, la carpa blanca, los de blanco arrodillados, con una fijeza que a Rojas le encogió el pecho.
No había subido como fiscal, ni como policía, ni como nada oficial; había subido como lo que era: una mujer que llevaba doce años buscando a su hermana bajo alguna otra carretera, bajo algún otro silencio, y que venía a ver, con sus propios ojos, cómo se saca por fin a una de las que el sistema dio por fugadas.
Rojas se acercó a ella y se quedó a su lado, sin decir nada, los dos mirando el hoyo bajo la lluvia fina.
—Ojalá algún día seas tú quien mira este hoyo por Marina —dijo Rojas, al cabo, en voz baja.
—Ojalá —dijo Elena. Y por una vez no dijo «eso es otro expediente».
Se quedó callada, mirando cómo sacaban a Nuria de la tierra, y a Rojas le pareció que, aunque Elena no lloraba nunca, aquella mañana, bajo la lluvia, algo se le había quedado brillando en los ojos que no era solo el agua—.
Cuando la entierren —añadió, tras un silencio—, quiero ir.
A la de Nuria. Nunca voy a los entierros de mi lista, porque no los hay, porque a los de mi lista no los entierra nadie.
Pero a esta sí. A esta quiero ir. Por ella, y por todas las que todavía están debajo de algo, esperando.
—Vendrás —dijo Rojas—. Vendremos juntos.
Más abajo, cuando Lúa y su equipo terminaron de rescatar los restos de Nuria y los técnicos siguieron cavando bajo la supervisión del juez, apareció lo otro. Lo que confirmaba el resto de la historia. A medio metro más de profundidad, en el mismo relleno, empezaron a salir los bidones.
Eran metálicos, oxidados, abollados, algunos con las tapas reventadas por la presión de once años de tierra y por lo que fuera que contuvieran.
Una fila de ellos, alineados como Damián había dicho, como los había visto el georradar.
En cuanto el primero quedó a la vista, un técnico de medio ambiente que Aristegui había tenido la previsión de convocar se acercó con un aparato, midió, y ordenó parar y evacuar la zona inmediata, y ponerse todos mascarillas, porque el aparato marcaba lo que tenía que marcar: que aquello era veneno, veneno enterrado bajo una carretera nacional, veneno que llevaba todos aquellos años filtrándose despacio hacia el barranco, hacia el valle, hacia los pozos de El Pedernal, mientras el pueblo bebía y comía y le reía las gracias al hombre que se lo había enterrado.
Rojas miró a Corvo, que seguía al borde del cordón, sujetado ya discretamente por dos agentes, y vio en su cara, mientras sacaban los bidones de la tierra, el derrumbe final.
Porque una cosa era negar un asesinato de una década atrás —eso todavía habría podido intentarlo, con abogados, con dudas, con su palabra contra la de un muerto—, y otra muy distinta eran los bidones.
Los bidones estaban ahí, físicos, innegables, con su veneno y quizá con las etiquetas de las fábricas del norte todavía legibles bajo el óxido.
Los bidones no admitían versión. Los bidones eran once años de un delito continuado, ecológico, sanitario, contra su propia gente, saliendo de la tierra a la vista de los periodistas, de los agentes, del juez, del pueblo entero que empezaba a agolparse en la lejanía, más allá del cordón, mirando cómo se abría por fin la carretera sobre la que habían pasado cada día sin saber lo que pisaban.
Y hubo más. En el costado de uno de los bidones, cuando lo limpiaron un poco, apareció, medio comida por el óxido pero legible, una etiqueta: un logotipo, un código, el nombre de una empresa gestora de residuos, la intermediaria que había cobrado a las fábricas por «tratar» aquel veneno y se lo había vendido a Corvo para enterrarlo.
Rojas la fotografió con el móvil y se la mandó, sin una palabra, a Elena.
La respuesta llegó un minuto después, dos palabras: «Es ella».
La gestora del corcho. El hilo que subía a la nada.
El mismo del que colgaba Marina. Rojas se guardó el teléfono.
No era su parte todavía; su parte era Nuria, y Corvo, y el terraplén, y esa parte la estaba cerrando aquella misma mañana.
Pero acababa de ver, con sus propios ojos, saliendo de la tierra, el primer eslabón del otro hilo, el largo, el que subía por encima de Corvo hacia gente a la que ni Corvo llegaba.
Otro día, se dijo, guardando la foto. Ese hilo es de Elena, y de Marina, y es para otro día.
Pero existe. Ahora tenemos por dónde empezar a tirar.
El silencio del pueblo, aquel silencio de once años que había sido el gran aliado de Corvo, se estaba rompiendo. Y se rompía de la peor manera para él: no con un grito, sino con la evidencia muda de unos bidones oxidados saliendo de la tierra, uno tras otro, ante los ojos de todos.