13. Levantar la 344
Rojas había llegado el primero, antes del amanecer, y había visto montar todo aquello en la oscuridad, con los faros de los coches oficiales barriendo la niebla y el frío calándolo todo.
Nunca en su carrera había participado en algo así.
Cerrar una carretera nacional, cortar el tráfico de media provincia, meter una excavadora en el firme y ponerse a cavar eran palabras mayores, de las que un policía dice tres o cuatro veces en la vida, si acaso.
Hacerlo, además, para desenterrar a una mujer a la que nadie había buscado en once años, contra el hombre más poderoso de la comarca y sus amigos de arriba, le daba a la mañana una solemnidad de acontecimiento.
Rojas lo notaba en el silencio de los agentes, que hablaban poco y bajo; en la manera en que Lúa preparaba sus cajas y sus paletas, concentrada, casi en oración; en la cara del propio juez, un hombre serio que sabía que, si allí abajo no había nada, aquello acabaría con varias carreras, empezando por la suya.
Todos lo sabían. Y aun así, allí estaban, al amanecer, dispuestos a cavar.
Porque a veces, se dijo Rojas mirándolos, el sistema, que tantas veces mira para otro lado, junta de pronto a un puñado de personas dispuestas a mirar de frente, y entonces, solo entonces, funciona.
Aristegui no había hecho las cosas a medias.
Sabiendo lo que sabía —que la Guardia Civil de la comarca comía, como todo el mundo allí, de la misma mano—, había traído a los suyos de fuera: una comisión judicial con el juez que había firmado la orden y su secretario; un equipo de la Policía Judicial de la capital, ajeno por completo a la comarca y a sus lealtades; los técnicos del georradar; una excavadora con un maquinista especializado en trabajos delicados, de los que abren fosas comunes de otras épocas; y a Lúa Couto y su equipo forense, con sus monos blancos, sus cajas, sus paletas y sus pinceles, como arqueólogos de un horror reciente.
Habían montado una carpa blanca sobre el arcén, para trabajar a resguardo de las miradas y de la lluvia que amenazaba, y un cordón policial amplio mantenía a distancia a los curiosos, a los periodistas que ya empezaban a llegar avisados por no se sabía quién, y a los camiones de la cantera, que aquella mañana, por primera vez en más de una década, se encontraron la carretera cortada y tuvieron que dar media vuelta.
Hubo un momento tenso, a media mañana, cuando se presentó una patrulla de la Guardia Civil del puesto de El Pedernal, la de siempre, la de la comarca, alertada seguramente por alguien de la cantera, y su cabo intentó, con muy malos modos, «hacerse cargo de la situación».
Aristegui lo cortó en seco: le enseñó la orden, le recordó que la instrucción estaba en manos de un juzgado de la capital y de la Policía Judicial, y le indicó, con una frialdad cortés que no admitía réplica, que su colaboración no era necesaria y que hiciera el favor de mantenerse fuera del cordón.
El cabo, rojo, se retiró a un lado a telefonear a alguien, y Rojas lo observó y pensó que aquel hombre, y su puesto, y quién sabe cuántos más, tendrían también que dar explicaciones cuando todo aquello saliera a la luz: no por haber matado a nadie, sino por lo otro, por lo de siempre, por haber mirado para otro lado durante once años a cambio de que la mano que daba de comer les diera de comer también a ellos.
La comarca entera del silencio iba a tener que empezar a hablar.
Rojas estaba dentro del cordón, junto a la carpa, viendo cómo la excavadora empezaba a morder el asfalto que él llevaba semanas mirando.
Y a pesar de los años, a pesar del oficio, a pesar de todo, se le hizo un nudo en la garganta cuando la pala rompió por primera vez la losa negra y saltaron los primeros pedazos de aquel firme perfecto que un aparejador había certificado once años atrás sin saber lo que sellaba.
Estaban abriendo la carretera. Estaban, por fin, mirando debajo.
La excavadora trabajó despacio, con un maquinista que sabía lo que hacía, arrancando primero la capa de aglomerado —el asfalto que había certificado el aparejador—, y debajo la base, y debajo la sub-base, y debajo la zahorra: las mismas capas que una década atrás se habían ido echando en orden inverso sobre el secreto, ahora deshechas una a una en sentido contrario, como quien desanda un camino.
Cada palada que subía la máquina, Lúa la revisaba con la mirada antes de dejar continuar.
A partir de cierta profundidad —la que marcaba el georradar, la que había dicho Damián— ordenó parar la máquina y seguir a mano.
Y el ritmo cambió. Se hizo lento, reverente, casi litúrgico.
Ya no era una obra: era una exhumación. Los técnicos de blanco bajaron al hoyo con palas pequeñas primero, y luego con paletas y pinceles, y empezaron a sacar la tierra cubo a cubo, cribándola, apartando cada piedra, porque en un trabajo así no se puede perder nada: ni un hueso, ni un botón, ni un jirón de tela, ni una prueba.
Rojas los miraba desde el borde, incapaz de apartar la vista, con el corazón latiéndole despacio y fuerte, sabiendo que de un momento a otro, en aquel hoyo abierto en mitad de una carretera, iba a aparecer el final de once años de mentira.
La noticia de que estaban levantando la N-344 corrió por la comarca más deprisa que ninguna otra en todos aquellos años, y a media mañana, como Rojas sabía que pasaría, apareció Corvo.
Su todoterreno negro frenó en seco al borde del cordón, y de él se bajó un Ismael Corvo que ya no tenía nada que ver con el patrón dolido del embalse.
La máscara se le había caído. Venía rojo, congestionado, con la corbata torcida, y se plantó ante el agente de la Policía Judicial que guardaba el cordón exigiendo pasar, exigiendo saber qué era aquello, quién había autorizado semejante disparate, si sabían con quién estaban hablando.
—¡Esto es una carretera nacional! —bramaba—. ¡No se puede cortar así como así! ¡Yo hice esta obra! ¡Voy a llamar ahora mismo al jefe superior, que es amigo mío, y os vais a enterar todos! ¿Quién manda aquí? ¡Quiero hablar con el que manda!
—Mando yo —dijo Aristegui, saliendo de la carpa, pequeña y seca frente a la mole colorada de Corvo, con la orden judicial en la mano—.
Fiscal Aristegui. Y esto lo autoriza el juez de instrucción cuya firma tiene usted aquí, si quiere leerla.
Llame al jefe superior si le apetece, don Ismael, está en su derecho.
Pero le adelanto que el jefe superior no tiene ninguna competencia sobre un juez de instrucción, ni sobre una fiscal, ni sobre una orden de exhumación.
De modo que puede usted llamarlo, y él puede lamentarlo mucho, y no va a servir de nada, porque hay cosas, aunque a usted le cueste creerlo, que sus amigos no pueden parar.
—Dio un paso hacia él—. Y ahora apártese del cordón, o hago que lo aparten.
Corvo no estaba acostumbrado a aquello. Llevaba cuarenta años siendo el que decía a los demás lo que tenían que hacer, y de pronto una mujer pequeña, con bata de fiscal y unas gafas sin montura, le hablaba como no le hablaba nadie desde que era un crío, y lo peor era que tenía un papel firmado que le daba la razón.
Miró a los agentes, buscando en ellos el respeto reflejo que le tenía todo el mundo en la comarca, y no lo encontró: aquellos agentes eran de fuera, no sabían quién era, no le debían nada, y lo miraban como se mira a un detenido más.
Buscó al teniente de la Guardia Civil, su conocido, y el teniente había desaparecido discretamente, porque una cosa es hacerle un favor a don Ismael y otra que te vean a su lado el día que lo trincan.
Se estaba quedando solo. Delante de todo el pueblo, por primera vez en su vida, Ismael Corvo se estaba quedando solo.
Luego buscó, entre la gente del cordón, a Rojas, y lo encontró, y sus ojos —los ojillos que sonreían un cuarto de segundo tarde— se clavaron en él con una comprensión súbita y terrible.
Rojas le sostuvo la mirada, sin una sonrisa, sin un gesto de triunfo, solo mirándolo, dejándole ver por fin lo que la víspera le había ocultado en el embalse: que no había ganado.
Que el viejo cansado del sótano que se había dejado dar una palmada en el hombro lo había estado jugando desde el principio. Que la palmada, Corvo, se cobraba hoy.
—Usted —dijo Corvo, y le tembló la voz de rabia—. Usted me dijo… en el embalse me dijo que lo dejaba.
—Le mentí —dijo Rojas, tranquilo—. Como usted me mintió a mí, y le mintió a una madre, y le mintió a un pueblo entero durante más de una década.
Ya ve, don Ismael: al final resulta que el forastero también sabía mentir.
Lo que pasa es que yo mentí para sacar a una mujer de debajo de una carretera, y usted mintió para meterla.
Esa es toda la diferencia. Pero es toda la diferencia del mundo.
Corvo abrió la boca para contestar, y no le salió nada, porque en aquel momento, a su espalda, la excavadora se detuvo, y uno de los técnicos que miraba el hoyo levantó un brazo y gritó hacia la carpa:
—¡Alto! ¡Alto la máquina! Hay algo. Aquí hay algo.
Y todo el mundo —Rojas, Aristegui, los agentes, los periodistas al fondo, y el propio Corvo, paralizado al borde del cordón— se volvió hacia el hoyo abierto en la carretera.
A partir de ahí, la máquina no volvió a tocar.
Se apartó la excavadora, y bajaron al hoyo Lúa y los suyos, con sus monos blancos, sus paletas pequeñas y sus pinceles, y empezó el otro trabajo, el lento, el de sacar la tierra a mano, capa a capa, cubo a cubo, con la paciencia sagrada con que se desentierra a un ser humano.